Todos de acuerdo

Los dos grandes partidos andaluces se han dado la mano para sacar adelante una razonable ley de la llamada “muerte digna”. Hasta ha habido felicitaciones y plácemes parlamentarios allí donde suele haber dicterios y cortes de manga, lo que quiere decir que, miren por dónde, no es imposible unir fuerzas para afrontar problemas comunes. Lo que no tiene demasiado sentido es que el acuerdo haya llegado a propósito de la muerte mientras en los proyectos que versan sobre la vida, tantas veces agónica, de esta maltratada sociedad, las cañas se tornen por sistema en lanzas. ¿Por qué no un pacto vital frente a la crisis firmado con la misma pluma que éste que garantiza el derecho a morir? Eso es algo que no sólo tiene que contestar el PSOE sino también el PP.

Quedarse al margen

Resulta incomprensible, en especial tras la exitosa asamblea convocada por la Sociedad de Estudios Iberoaméricanos, el emperre del PSOE, o más bien de la presidenta de la Diputación, de romper esa clamorosa unidad ciudadana autoexcluyéndose del proyecto común enderezado a conseguir que la UNESCO declare  nuestros lugares colombinos “Patrimonio de la Humanidad”. Eso es puro partidismo, injustificable falta de sentido de lo común, y por eso mismo la Universidad debería renunciar a su autoexclusión situándose al lado de la inmensa mayoría. Que lo haga o no la Diputación, importa menos, en última instancia.

El lobo secreto

Una fuerte polémica viene resonando en Europa a propósito del alcance perverso de eso que llaman “telerrealidad” y la posibilidad de que la tele acabe convirtiéndose en una escuela implacable capaz de moldear la dotación perversa del subconsciente humano hasta conseguir que el individuo de las democracias, termine por plegarse al Sistema abducido por su irresistible atracción. La mirada de la serpiente, ésa es la imagen. Estos días se ha repetido en Francia la experiencia que hace medio siglo realizó en los EEUU el grupo que dirigía el psicólogo Stanley Milgram, a saber, el experimento –ahora juego televisivo—en el que un grupo de peatones se convierten en verdugos de una víctima ficticia  pero real que hace el papel de culpable, al disponer de un dispositivo para acalambrarlos con descargas considerables cuando estimen que en sus respuestas no dicen la verdad. El sayón dormido que, al parecer, lleva en su almario el mono loco, se libera de sus ataduras en cuanto le dan la oportunidad de manifestar sin ambages su crueldad nativa, porque el hombre es un lobo –como sabemos desde que lo aclaró Plauto aunque el tanto –dado que somos monos de repetición– se lo suela apuntar Hobbes– pero ya se oyen voces, como la del filósofo Stiegler que alertan sobre la inquietante evidencia de que la fascinación televisiva libere esas pulsiones y de que la telerrealidad acabe reduciendo al personal al estado pueril en que todavía no se oculta la pulsión del mordisco o la fantasía del gañafón. Lo que estos días se ha emitido en Francia (en la cadena ‘France 2’) arroja resultados muchos más alarmantes que los en su día obtenidos por Milgram: parece que la tele nos ha hecho peores, una tele que, con la excusa nominalista de la telerrealidad, pudre el ambiente con visiones que apuntan, según los especialistas, a lo que el último  Freud llamaba el “instinto de muerte”. El mono se le ha ido de las manos al domador.

 

Entiendo algunas de las razones, siempre originales, de mi admirado Gustavo Bueno en defensa de la telebasura, pero la realidad es que, al paso que va la burra, la putrefacción moral de la gente está garantizada. Y eso es algo que los poderes públicos deberían plantearse, de espaldas a la superstición de la libertad sin límites. Ese mono reclama ser domado para salvar su propio albedrío pero a la vista está que en el zoo postmoderno se está haciendo con él todo lo contrario. Es la “dimisión de sí mismo” de que habló Umberto Eco, el fin de la autonomía personal. Hay teles que han retransmitido en directo y con gran éxito ejecuciones públicas. El verdugo interior, como se ve, está al alcance de la mano.

Pantalones a cuadros

La Junta de decidido ponerse los pantalones a cuadros y dejarse caer con una norma que permita los “derribos exprés” de los edificios construidos al margen de la normativa vigente. Magnífico, aunque siempre quepa objetarle que hubiera sido mejor impedir su construcción, ya que tiene facultades para ello, y preguntarse si la piqueta irá a por todas o se quedará sólo en los casos menos defendidos, es decir, si se empezará por el escandaloso hotel de El Algarrobico y se le meterá  mano también a las varias viviendas de ex-alcaldes/a (del propio PSOE incluso) que han edificado residencias sobre suelos rústicos. ¿Qué harán en Marbella, en Chiclana, en Estepona? Esta ley puede ser un test idóneo para comprobar la fuerza de Griñán.

Camisa de once varas

¿Qué habilita al Ayuntamiento de Valverde para reclamar en un Pleno la inocencia del juez Garzón? ¿Acaso saben esos monterillas de qué va una vaina de la que no acaban de enterarse ni los altos magistrados de Madrid? ¿Qué información poseen esos concejales que abominaban de él cuando envió a la cárcel el ministro del Interior del Gobierno del PSOE y a toda su plana mayor, aparte de señalar a al entonces presidente González con la inequívoca razón de “Señor X”? En Valverde hay mucho por hacer como para que sus responsables municipales se dediquen a defender temerariamente causas partidistas de las que no tienen ni idea.

La TV y la gente

Un reportaje emitido el sábado 13 por una cadena de televisión georgiana, en el que se exponía como real una imaginaria invasión rusa del país, similar a la ocurrida cuando la guerra relámpago de Osetia del Sur, ha provocado una violenta ola de pánico en la ciudadanía que creyó a pies juntilla la propuesta de las imágenes, como ya ocurriera en Nueva York en 1938 con la célebre emisión de la guerra de los mundos que lanzó Orson Welles. El debate está en la calle, como era de esperar, dividiendo a la población entre quienes piensan que la tele debe limitar sus contenidos en función de una autocensura que excluya cualquier elemento de alarma o desinformación grave, y aquellos que, por el contrario, le asignan una libertad sin límites en nombre de no se sabe muy bien qué derecho. Las noticias que llegan de Tbilissi hablan de miles de ciudadanos en fuga –como ya ocurriera en Nueva York–, de infinidad de llamadas a los servicios de urgencias y de un número considerable de ingresos hospitalarios provocados por el síncope colectivo, pero me ha llamado la atención que su reflejo en la prensa europea no haya pasado de lo anecdótico, descartando, sin excepción, las demandas de limitación de contenidos que, desde ángulos muy distintos, se han planteado por parte de colectivos ciudadanos. ¿Debe tener las manos completamente libres la tele, o cualquier otro medio, para difundir las informaciones que estime oportuno, o tal vez fuera conveniente limitar ese arbitrio de manera que el medio quedara obligado a distinguir de manera eficiente entre realidad y ficción? La imagen de los tanques rusos avanzando por las carreteras georgianas ha conmocionado al país por la razón elemental de su verosimilitud, vale, pero habría que preguntarse si esa condición no la obligaba precisamente a tentarse la ropa antes de emitirla.

 

Temo que nada vaya a sacarnos de estas dudas y perplejidades, quizá por la simple razón de que, como advirtiera McLuhan,  el medio es (y hace) el mensaje, y por ello mismo se convierte en una fuente fidedigna. La tele ilustra a la opinión al mismo tiempo que la engaña (y no sólo subliminalmente), vendiéndole como ciertas imágenes irreales o proponiéndole como imaginarias realidades como puños.  Últimamente se ha visto a famosillos “uper class” jugando a ser indigentes sin techo junto a miserables auténticos como antes vimos a otros reproduciendo hasta el ridículo la aventura de Robinson. La tele parece ser un medio fatalmente mendaz, pero he llegado a pensar que vale la pena soportar su idiocia con tal de que no nos dé un susto de muerte como ha hecho con los chechenos.