La mitad del cielo

A finales de los años 40, la propaganda maoísta difundió intensamente por China un eslogan tan bello como extraño: “La mujer es la mitad del cielo”. Quizá se trataba de reconducir el estrepitoso fracaso de la ambigua política feminista del régimen iniciada con la prohibición, jamás respetada, de vendar los pies a las niñas para reducírselos, pero en cualquier caso la frase no pasó de tal. Una larga campaña demográfica legitimó (y legalizó, de hecho) no sólo el aborto selectivo cuando ya se dispuso de ecógrafos, sino la eliminación de las hembras nacidas que bien podían ser enterradas vivas, ahogadas en el río más próximo o vendidas en la ciudad prácticamente como esclavas. De “mitad del cielo”, nada, no ya bajo Mao sino también bajo el régimen híbrido que dice conciliar los rigores comunistas con la tiranía de un capitalismo salvaje que crece en tasas desconocidas hasta ahora a costa de la explotación más descarnada, y en cuyo ámbito persiste la diferencia brutal entre los sexos a pesar de la galopante emancipación de la mujer que ha propiciado la demanda industrial de mano de obra masiva entre las jóvenes del campo. Verán, hay quien relaciona este atavismo hiriente con la cosmovisión y la antropología confuciana pero hay que estar ciegos para no ver que el menosprecio de la mujer es una invariante de todas las culturas que, tristemente, ha pervivido en la nuestra, incluso en los niveles más civilizados y cultos. ¿No decía Eurípides que una mujer miente incluso cuando dice la verdad, y Erasmo , creo recordar que textualmente, que una mujer es siempre una loca?  ¿Por qué extrañarnos de que el primitivismo chino desprecie y maltrate a las mujeres cuando un Faulkner nada menos ha dicho entre nosotros que una mujer no es más que un “órgano genital” (sic) capaz de gastar todo el dinero del mundo? ¿No las comparó Niestzche con las gatas o las vacas lecheras y las calificó Proust como un elemento intercambiable de un placer siempre idéntico? Mejor no sigo. Ovidio dijo en su “Arte de amar” que cuando la fuerza triunfa de una bella es porque ella lo ha querido. Para que luego hablemos de algunos jueces.

 

Cuando hace pocos años se celebró allá el cónclave mundial del feminismo de nómina no recuerdo a ninguna amazona plantada en jarras frente al poder anfitrión al que, con su presencia, ellas estaban legitimando. Ha pasado el tiempo y sólo la lógica del mercado –y de la explotación—parece conseguir algún  progreso en esta tragedia inmemorial. ¡La mitad del cielo! Hay que desconfiar de las metáforas cuando prometen paradojas. La brutalidad del sexismo chino no se distingue del occidental más que por el grado.

Remedios tardíos

Reunión de ZP con Griñán para prometer el oro y el moro con el fin de solucionar el grave problema que Andalucía tiene planteado con las inundaciones. Otra vez la solución tras la catástrofe, de nuevo la evidencia de que aquí no se prevé nada sino que se espera a que truene para rezar a santa Bárbara o que caiga el rayo para llamar a los bomberos. Cada dos por tres queda patente una imprevisión grave de una autonomía que se ha pasado 30 años viéndolas venir y sin plan racional alguno. Estas catástrofes, por ejemplo, se podían haber minimizado actuando sobre los cauces y controlando el urbanismo anárquico. Como no se ha hecho, ahora hay que prometer. Que, ciertamente, no es lo mismo que dar.

La ciudad y su Puerto

No hacía falta el estudio confirmatorio (aunque bienvenido sea) para percibir que la imagen que los onubenses, sobre todo los de la capital, tienen de su Puerto, ha mejorado considerablemente en esta etapa de trabajos callados, austeros  e integradores. Se ha acercado la ciudad al puerto, se ha luchado con decisión a favor del medio ambiente, se ha atendido al uso público de las instalaciones portuarias. Y parece que los onubenses lo han reconocido sin reservas calificando la labor de sus responsables con la máxima estima que se recuerda. Es preciso que ese reconocimiento se haga también desde la esfera oficial, al margen de partidismo y, lo que es peor, de pugna internas.

Los dos reyes

A la vista del espantoso ridículo protagonizado por nuestra diplomacia frente al desafío chulesco del dictador Hugo Chávez, alguien recuerda en la radio la imagen del rey de la tribu enfrentado ritualmente a King Kong en aquella película de los años 30 que aterrorizó a nuestros padres. La comparación puede ser simpática pero no es muy rigurosa, evidentemente, porque el gesto del Rey de España, es decir, del Jefe del Estado, no fue sino la réplica imprescindible que el presidente del Gobierno estaba claro que no era capaz de darle a ese crecido dictador que, con su verborragia, estaba boicoteando de hecho el diálogo para sordos. Nuestro servicio diplomático, que, como es sabido, crea con sus maneras maquiavélicas don Fernando el Católico, con su sentido de la modernidad y su austeridad suprema (hay un libro espléndido sobre el tema debido a Garret Mattigly), es hoy un montaje tan caro como inútil como consecuencia de unas comunicaciones que permiten una dirección centralizada de la política exterior. ¿O es que alguien ha oído siquiera hablar del embajador español a lo largo de esta humillante crisis que ha terminado por ponernos de rodillas ante el monstruo arrogante? Pues seguramente no, porque en esta debacle diplomática la cara alelada la pone exclusivamente el ministro y el guión lo improvisa un lego en la materia como el Presidente. Hubo un tiempo en que nuestros embajadores hacían temblar a los papas pero hoy vivimos otro muy distinto en el que, insignificantes o poco menos para las auténticas grandes potencias, cualquier satrapilla nos pone mirando para la Meca. Casi se echan de menos aquellos patosos pies de Aznar sobre la mesita del rancho.

 

El éxito de la aventura “bolivariana” se basa tanto en la fuerza residual de la leyenda insurgente como en la debilidad de unos aliados mediatizados en exceso por los intereses económicos en juego y por su propio complejo frente al aura de los tiranos. Y ya sé que Felipe II, al menos según leyenda, fulminó a un embajador con la mirada, pero sin llegar ese exceso, la verdad es que este estado de postración y debilidad resulta incomprensible más todavía que intolerable. Sé también que no me faltarán críticas radicales por parte de quienes olvidan que Chávez es, al fin y al cabo, un golpista indultado que practica una sagaz demagogia que aspira a la hegemonía regional. Contesto a eso, de antemano, que nos hemos quedado solos en semejante besamanos, doblegados ante un bocazas sin el menor crédito al que hasta se la ha permitido insultar al Rey. Vamos camino de ser el hazmerreír del planeta. También se echa de menos estos días el corte de don Juan  Carlos.

Andalucía, ‘casi na’

No sé si Griñán distinguirá entre las críticas de quienes lo hemos apreciado y apreciamos, y aquellas otras de quienes tratan de arrastrarlo, pero no sería decente callarnos ante el modo inquietante en que se está deslizando por la pendiente retórica y camelística. Decir, por poner un caso, que Chaves ha dejado a Andalucía convertida en un “referente de Europa”, cuando la única realidad es que somos el vagón de cola del continente, es una frívola pamplina que no tengo la menor duda de que él considera como tal a pesar de utilizarla. Aparte de que lo que de él se espera es, precisamente, que saque a la autonomía de ese pozo de ridículas pretensiones. El arte de la arenga linda con el disparate.

La ‘patena’ onubense

Está dando la vuelta al ruedo ibérico la penúltima chorrada de Jiménez, el autodidacta que ordena y manda en el PSOE de Huelva (se halan de los pelos los mismos que lo izaron): “Como la Semana Santa viene pronto, los turistas no vendrán a bañarse” y, en consecuencia, tampoco es tan grave que las playas onubenses –¿sabrá este sobrevenido cuál es el peso del turismo en la formación de nuestra renta provincial?—hayan quedado destrozadas por el temporal. Lo de pedir a esos huéspedes que “confíen en las instituciones” porque las playas quedarán “como una patena”, ya es de traca. Es curioso que la empresa más ardua de la vida colectiva esté en manos de aficionados.