Liderato necesario

No me parece bueno el debate sobre el liderato de Griñán que, ciertamente, ha comprometido el embolado de Mar Moreno como “missi Dominici” o enviada del señor. Siempre, y más en una situación crítica, resulta imprescindible la confianza en un liderato político que, por su propia naturaleza, es indivisible, y para abordar la cuesta abajo de la crisis pero también para enarbolar de una vez la autonomía, poco ha de ayudar que propios y ajenos cuestionen al líder legítimo. Claro que esa batalla ha de ganarla el propio Griñán y nadie más. Porque yo que él, a estas alturas, no me fiaría ni de mi sombra.

Otro gran proyecto

A la chita callando, sordo a la hipercrítica de cierta oposición, el gobierno municipal de la capital está abordando en esta legislatura proyectos de enorme envergadura urbanística que van desde el Parque Moret a la Carretera de Tráfico Pesado y desde el nuevo Mercado al boicoteado Ensanche que ahora sabemos que empezará a construirse, por fin, tras las Colombinas, y que creará en alguna de sus iniciativas –un gran centro comercial–nada menos que más de tres mil puestos de trabajo. No hay mejor campaña para las municipales que transformar positivamente la ciudad. En esa intuición puede que resida el éxito del actual alcalde y su consolidado equipo.

El hombre providencial

El reciente triunfo de Le Pen en las regionales francesas ha levantado de nuevo el debate en torno al populismo, considerado éste no tanto como actitud demagógica sino como efecto de un proyecto político “paralelo” al político tradicional y encabezado por un “hombre providencial”, salvador o ‘conducator’, que se presenta a sí mismo como alguien externo al Sistema y, en consecuencia, libre para devolver al pueblo, considerado como sujeto colectivo, su perdida proximidad con quienes lo dirigen. El susto proporcionado por los islamófobos en las recientes municipales de de los Países Bajos, la captación de un quinto del electorado húngaro por la extrema derecha o la creciente presencia del “nacionalismo” identitario inglés demuestran que algo está fallando en el funcionamiento de la democracia convencional que ofrece a los “outsider” de la política una oportunidad de oro. El populismo –tan represtigiado por cierto progresismo europeo tras las huellas de Laclau y otros brillantes autores—comienza a alarmar a la vista de su auge lo mismo en Occidente que en los países orientales, como ha avisado en un libro reciente, también con especial brillo, J.-M. De Waele. Un “hombre providencial”, ya saben, se yergue de pronto sobre el tablado de las teorías y propone a un Pueblo “personalizado” más de lo que hubiera podido soñar Durkheim, la expeditiva redención que la democracia –enredosa, inoperante, corrupta, permisiva, etc.—no podría ofrecerle nunca. Hablamos de Hitler o de Perón, de Fujimori o de Berlusconi, de Bossi, de Le Pen, de Haider o de Ahmadineyad. Es el regreso a la tiranía legítima, al mito griego del ungido demótico, a la “servidumbre voluntaria” que describió magistralmente Étienne de la Boétie: un solo soberano mejor que muchos, que uno sólo sea el amo, no por su virtud ni por su fuerza, sino por la fascinación ejercida sobre los muchos.

 

Hoy el populismo es casi inevitable en la medida en que no hay líder que no se rinda a la exigencia de las encuestas: al Pueblo, lo que quiera. Se gobierna con los sondeos en la mano, tratando de adaptar el proyecto político a la demanda mayoritaria, a cambio del Poder mismo. Do ut des, vale para todos los mencionados anteriormente y para muchos más que tampoco es cosa de citar ahora. Porque, en definitiva, el espejismo popular reproduce su imagen en la conciencia del líder que acaba creyendo en su propia fábula. Se le ha dado demasiado margen al populismo desde la ingenuidad progresista hasta que al zorro se la he visto el hopo. El problema es qué hacer ahora, cómo desmontar esos argumentos sugestivos, de qué modo retroceder antes de que la democracia sea engullida por su rival. Quiero decir, mientras podamos contarlo.

Ajuste de cuentas

Se han ajustado las cuentas, hechas a toda prisa cuando el relevo presidencial, a base de presentar un nuevo gobierno de la Junta, en el que unos van y otros vienen sin que nada sustancial cambie. Ni siquiera el incómodo papel del Presidente, al que visiblemente le han impuesto, como desde el principio fue propósito de ZP, su propia eventual sucesora, y el trágala de seguir contando con el viejo “aparato” manteniendo a su mascarón de proa al menos mientras los novatos se consolidan. Otro gobierno de nivel mediano cuando no bajo, para sustituir al que ha fracasado en un año mal contado. La inseguridad del líder no ha sido en absoluto remediada por la comedia congresual.

Pepe Juan

La tan demorada ascensión de Pepe Juan Trillo a la consejería de Medio Ambiente puede y debe ser una buena noticia para Huelva, cuyos problemas en esa materia él conoce bien. Y vamos a comprobar enseguida si esa expectativa está fundada o no, aunque sólo sea porque, al margen de sustituir a una consejera sin peso específico alguno, tendrá que vérselas con el trágala del oleoducto,gran compromiso del partido que habrá de poner al límite su buen criterio. Sin olvidar el contencioso de los fosfoyesos y otros problemas igualmente difíciles. Hay que desearle a Pepe Juan buena suerte y firmeza de carácter porque ese ascenso no es precisamente, hoy por hoy, ninguna bicoca.

El lema de Guizot

Es probable que el prestigio moral de la pobreza –hace poco recordaba aquí que Abel  Bonnard llegó a asociar riqueza a mediocridad—hunda sus raíces en la moral cristiana de la renunciación, latente, sin duda, en las diversas morales utópicas que han tratado durante siglos de limitar la desigualdad, bien sabemos que, en ocasiones, por procedimientos  tan brutales como inútiles. En un nivel intermedio, la socialdemocracia aceptó el ideal de la nivelación relativa sin cuestionar la fortuna de sus protagonistas que, lejos ya del utopismo igualitario, eran muy libres de buscarse la vida y enriquecerse legítimamente, un proyecto paralelo al que en su día formulara Guizot, el ideólogo de la incipiente burguesía europea, con su famoso lema “¡Enriqueceos!”. Nada más lógico que el desprecio de los colectivistas de toda laya frente a esos que llamaban “socialtraidores”, pero probablemente también nada más inevitable. En España hemos vivido esa experiencia a calzón quitado en estos años no poco podridos, al menos desde que Solchaga hizo el elogio implícito de dinero enorgulleciéndose de que el nuestro era el país del mundo en el que con más facilidad un pringao podía convertirse en millonario. Antier como quien dice el ex-presidente González ironizó ante su partido –todavía “socialista obrero”—sobre los rumores de su fortuna, negando ser millonario pero no sin sentar soberbiamente –¡el hombre del magnate  Slim, su ‘corredor’ en países como Marruecos!–  en que si lo hubiera querido ser, lo hubiera sido. Y el laborista de la “tercera vía”, Tony Blair, ha descubierto por donde discurre realmente ese atajo al explicar a los gavilanes en un curso exclusivo, a cambio de 220.000 dólares de honorarios, cómo enriquecerse en un mundo como éste. Hemos retrocedido a lomos de la socialdemocracia hasta romper en las playas conceptuales de Luis Felipe. El desecho de tienta del viejo socialismo se ha encargado de probarnos que fuera del capitalismo no hay nada.

 

Negocios, en eso han convertido la política: en  negocios. Un doble ‘ex’ como Barrionuevo (ex–ministro y ex-recluso) aparece ahora, por si fuera poco, en las conversaciones grabadas por la policía a los presuntos afanadores de El Ejido haciendo también de conseguidor de amistosas contrataciones. Y encima suena una voz solitaria e ingenua clamando en el desierto para que no se dilapide lo que queda de socialdemocracia. La riqueza ha ganado la partida y la utopía ha adoptado un perfil bajo dispuesta a esperar indefinidamente. Hace poco el propio Slim planteaba en paralelo y sin disimulos  su campaña electoral a los partidos de su país. Como ‘Gog’ el de Papini. Llevaba de escudero a un ex–presidente de la Internacional…