Prueba número 3

“Solidez y trayectoria política”, dice el autodidacta Jiménez que son los requisitos requeridos para aspirar a la inconquistable alcaldía de la capital, los mismos que concurrirían en la nueva candidata la “pericazo”, Cinta Castillo, que, en fin de cuentas, es más de lo mismo: mucho partido y pocas nueces. ¿Otra oveja al matadero tras las sufridas huellas de Pepe Juan y la señora Parralo? Eso ya se verá, pero la verdad es que –a la fuerza ahorcan—Castillo llega a esa candidatura con bien poca sustancia política y tras un evidente fracaso en la consejería en la que no duró ni un año. Pedro Rodríguez tiene la suerte de los ganadores, por lo que se ve. O al menos, parece que, una vez más, van a ponérselo a huevo.

El cochecito

¿Lo habrá dicho en serio o estaría de coña? No dudo que haya un colectivo de españoles que hayan creído en mayor o menor grado al jefe del Gobierno al anunciar éste su apuesta por el coche eléctrico como la panacea para salir de la crisis. Hay gente para todo, y eso no tiene remedio, pero sospecho que, descontada la legión de los contagiados por la risa floja, la mayoría no habrá pasado en esta ocasión de la duda razonable, en especial si se tiene en cuenta que el prodigioso anuncio –como, en su día, el de las bombillas ecológicas de las que nunca más se supo— remite inevitablemente el imaginario colectivo al prestidigitador en el gesto de sacar el conejo de la chistera. Quizá lo peor del invento haya sido el hecho de su coincidencia en el tiempo con el reconocimiento europeo del fracaso de las perspectivas de crecimiento que venían dándose como seguras y la conclusión provisional de que la crisis pudiera durar mucho más de lo previsto por los expertos, pero es probable que la pregunta que habrá asaltado a esa mayoría se refiera al hecho incomprensible de que una solución tan sencilla se le haya escapado a todas las naciones afectadas antes de ser descubierta por nuestro prodigioso Gobierno. ¿Cómo no se le habrá ocurrido lo del cochecito a Sarkozy, a la señora Merkel, a Gordon Brown o al propio Obama? Nunca el actual Presidente había posado, entre el sarcasmo y la ingenuidad, luciendo tan paladinamente sobre su cráneo privilegiado la llama del Paráclito. Pero quizá tampoco estuvo nunca tan cercano al ridículo como en esa imagen parlante que nos ha devuelto a todos de manera subliminal al encuadre surrealista de aquella España camelística y resignada que retrataron con mano maestra Berlanga y Azcona o que el talentazo de Marco Ferrero nos hizo recorrer encarnados en la figura patética de Pepe Isbert y a bordo de aquel cochecito que era el mejor emblema de la parálisis nacional.

 

Expresada en un ambiente en el que no quedan más millones que los que se han llevado tirios y troyanos, y coincidiendo con una estadística de empleo que prueba que el paro no se arredra ya ni en los meses favorables, la ocurrencia del coche eléctrico como panacea de la crisis sobrepasa incluso ese ancho margen de falacia que la costumbre ha acabado por suponerle al político como antiguamente  se le suponía el valor al soldado. Y ha anublado el televisor con el blanco y negro de este otro neorrealismo que nos devuelve imaginariamente a la camelancia del NO-DO y al eco de los gironazos embusteros. Hemos pasado del “¡Que inventen ellos!” a ser el pasmo del planeta. Y eso es algo que, muy probablemente, no se lo cree ni él.

Las cosas en su sitio

Me extrañó leer que el Defensor del Pueblo había abogado en Córdoba por la construcción de mezquitas con dinero público como medio para solucionar las crecientes tensiones entre los creyentes de los diversos credos. En realidad, lo que Chamizo dijo fue que había que templar gaitas y rebajar el clima de enfrentamiento, que la ley de Libertad Religiosa, que no acaba de llegar, podría ser el cielo protector de esas legítimas aspiraciones, pero que, mientras tanto, lo mejor sería mantener la estrategia de cada uno en su casa y Dios en la de todos. Chamizo une a su probada discreción un conocimiento excepcional de la situación de la gente. No habría tenido sentido que reclamara una solución como la que se le atribuyó.

Unos y otros

Ahora sale el coordinador de IU, Diego Valderas, denunciando la actitud engañosa de la Junta en el conflicto de Astilleros y sin cortarse a la hora de decir que la Junta y el nuevo portavoz del PSOE y jefe del partido en Huelva, Mario Jiménez, “están  traicionando” (sic) a los trabajadores onubenses, y dándole hilo a la cometa para ganar tiempo en un negocio que desde el principio ambos saben que acabaría mal: con el cierre de Huelva y el mantenimiento de Sevilla. Valderas es un especialista en denunciar al PSOE en público y apoyarlo luego en el Parlamento, pero en esta ocasión lleva más razón que el santo que, desde luego, no es.

Los niños terribles

Si algo no admite discusión en el actual panorama penal es la insólita frecuencia del crimen juvenil, adolescente, casi infantil en nuestra crónica negra. Niñas que torturan o matan a sus compañeras, adolescentes que queman por diversión a indigentes desvalidos, coleguitas que filman el acoso a las víctimas de esta rara agresividad, crímenes perpetrados con fría crueldad, se han convertido en noticias poco menos que habituales provocando el estupor general y dejando en evidencia a un aparato de poder incapaz de reaccionar de manera apropiada debido a las fuertes presiones de la opinión pública que hace posible una sociedad mediática. Lo de Seseña, por supuesto, colma un vaso que mañana mismo, por desgracia, puede ser nuevamente desbordado sin que los responsables de la reacción ofrezcan otra respuesta que la muy mediática de que legislar “en caliente” es peligroso o la muy cínica pero siempre socorrida de que la actual ley del Menor es una buena norma a la que sólo le faltan medios para demostrar su excelencia. ¿Sí? Pues que expliquen por qué andan por la calle hace años la parejita de escolares que cosieron a puñaladas a su compañera, que el “niño de la katana” campe también por sus respetos tras degollar a sus padres y hermano, que los asesinos del mendigo del cajero o los jugadores de rol que arrancaron la tráquea a un ciudadano, hayan salido del brete sobre la alfombra roja de esa superstición pseudohumanista que es el buenismo injertado de permisividad. Lo de Seseña, insisto: pocas veces hemos visto más clara la mano psicótica del “enfant terrible” al lado del cual el imaginado por Cocteau resulta una malva. Una grave epidemia de violencia se ha apoderado de esta sociedad ante la inhibición práctica de quienes deberían defenderla y es obvio que, antes de debatir y hacer psicologías sociales, lo que urge es poner coto a la clamorosa  impunidad que hoy acoge a los jóvenes bárbaros. Todos los discursos regeneradores  quiebran con estrépito ante imágenes como las que llevamos vistas. El menor no puede seguir siendo un irresponsable protegido por el prejuicio adulto.

 

Las sociedades que se rinden por adulación a la juventud acaban tan mal como las que intentan despreciarlas. Y no hay duda de que la nuestra vive un momento de desconcierto en cuyo marco es incapaz de entrever siquiera el recurso disciplinario que los atroces acontecimientos vividos reclaman con urgencia. El guante de seda del paternalismo puede ser tan nocivo como el zurriago del “padre padrone”. Pero hay hechos, como lo de Seseña, que no admiten espera. Cruzarse de brazos entre la anomia y la psicosis es, sencillamente, una opción suicida.

Gaudeamus igitur

El rector de la Universidad Hispalense, doctor Luque, se ha propuesto pasar a la historia aunque, ciertamente, por la puerta de atrás. Él fue quien ideó el caramelo envenenado de la impunidad del examinando copión y él también quien acaba de liquidar las clásicas “llaves”, es decir, quien permitirá en adelante el grotesco absurdo de que un alumno que suspenda una asignatura en el nivel inferior pueda matricularse de la misma en el del curso siguiente… siempre que se matricule de todas las pendientes. Ahí los tienen, entre la improvisación clientelista y el afán recaudatorio, mientras la Universidad se hunde. Ese rector pasará a la Historia, ya digo, como exponente de un proceso de decadencia sin parangón posible.