Volver al realismo

Resulta demoledor el informe de de un grupo de expertos tan poco sospechoso de tremendismo como el de Unicaja, Analistas Económicos de Andalucía: crisis para rato, PIB todavía negativo, recuperación no anterior al 2014, paro aumentando todavía un semestre hasta situarse por encima del 27 por ciento… En absoluto se trata de propiciar el pesimismo, pero sí de que se debería tratar de abandonar ese optimismo sin causa del que la Junta ha hecho su panacea y Griñán su muletilla. No vamos a salir de este agujero a base de falsas esperanzas. El realismo es un prerrequisito ineludible que la Junta ha de asumir si quiere, por fin, hacer algo más que verlas venir.

Capas y sayos

El caso del alcalde sociata de Higuera de la Sierra –otro atropello de la normativa urbanística en beneficio propio por parte de quien tiene el deber de garantizar su cumplimiento—no es el primero ni el segundo que se logra destapar. Y si ha habido casos como el de Linares, en que el PSOE –vaya usted a saber por qué razones– reaccionó con la debida energía, otros hubo, por ejemplo el de Moguer, en que no movió ni un músculo. Esto de que los mismísimos alcaldes/esas se salten la ley a la toreara mientras a los peatones les mandan demoler sus construcciones ilegales, manda huevos. Pocos gestos tan evidenciadores de la vitalidad del caciquismo como éste del abuso monterilla.

Gigantomaquia

Circula por Internet –¡y a qué velocidad!—un desconcertante reportaje fotográfico que da cuenta del hallazgo por parte del National Geographic en cierta región de India de un depósito de restos humanos de tamaño colosal –esqueletos de unos diez metros—que la tradición identifica como cierta raza de gigantes creados en tiempos y luego destruidos por los dioses. Lo de menos es la calidad de la información o de la broma en el caso de que fotoshop haya andado por medio, ya que lo que importa, me parece a mí, es la persistencia de esos mitos y de esas leyendas difundidas un poco por toda la Tierra desde la noche de los tiempos, tradiciones que encontramos lo mismo en aquel subcontinente que en España (en Cataluña, en la Rioja con su gigante ‘Ferragut’, en Baleares , en el País Vasco o en Canarias) y que, por descontado, se remontan a nuestro pasado remoto y, muy en especial, a las referencias tartésicas. En su espectacular excavación de la onubense necrópolis de La Joya, el profesor Juan Pedro Garrido se topó con restos humanos extrañamente bien conservados y de proporciones casi sobrehumanas, igual que antes y después se han venido descubriendo en tantos lugares del planeta dando pie incluso a delirantes teorías sobre su origen extraterrestre. Los imaginativos griegos manejaron una pléyade excepcional de gigantes que, tal como ahora mismo los descubiertos en India, acabaron indefectiblemente fulminado por los poderes celeste, como aquel al que Dionisio se cargó con su tirso o a aquel otro descocado al que la gran Atenea aplastó arrojándole en lo alto nada menos que la isla de Sicilia con todos sus avíos, lo mismo que Poseidón hiciera con otro grandote al que echó encima un pedazo arrancado a la isla de Cos. Los recién descubiertos en la India también habrían sido liquidados, según dicen, por Shiva tras haberse rebelado contra el poder de los dioses. No se le ocurre a nadie una cosa semejante, desde luego, por muy gigante que sea.

 

Que somos de lo más constantes (es decir, de lo más limitados y repetitivos) en nuestra imaginación lo prueba que esa vieja materia de la gigantomaquia –el buen fin en la pelea contra los gigantes– requirió siempre, como la mitografía griega se encargó de especificar, la colaboración del poder de los dioses con la astucia o virtud de algún hombre, un poco como ocurre en el cuento maravilloso, donde el brazo del héroe, así como su corazón, ni que decir tiene que operan animados por fuerzas superiores. Gigantes atestiguan el Génesis o el profeta Baruch que poblaron la tierra en un tiempo primordial como ahora esa prestigiosa revista. No cambiamos ni a tiros. Nuestra imaginación no cesa de reinventar los mismos mitos.

Ni unos ni otros

Entiendo la estrategia del PP de recurrir al TC el pago en solares de la llamada “deuda histórica”, pero me parece más justo decir de una vez que ni unos ni otros, ni PP ni PSOE, han creído nunca en serio en esa figura contrahecha que IU supo imponer cuando pudo y cuando todavía ella misma pintaba algo en la política real. Ninguno de los dos grades partidos ha creído en esa “deuda” ni ha dejado de utilizarla contra el adversario, ya desde el Gobierno ya desde la oposición. Y desde luego, la situación tremenda que vive Andalucía no depende de ese compromiso inventado e incumplido, sino de otros graves problemas sobre los cuales esos mismos partidos poderosos no son capaces ni de intentar un pacto de emergencia.

Cuentos onubenses

Un año después de hacerse la foto a toda plana tras la firma del “Pacto por Huelva”, Diputación, Sindicatos y Patronal caen en la cuenta de que aún no tiene contenido, y ello a pesar de que, durante ese año, ellos mismos han reclamado  en varias ocasiones que se activara el tingladillo para esto o para lo otro. En la vida pública onubense sobran fotos y falta talla, pero sobre todo, hay circulando demasiados cuentos que, aunque no engañen a mucha gente, consiguen entretener la situación nada envidiable de la capital y la provincia. Gran acuerdo el del alcalde Pero Rodríguez al no posar aquel día. Que tiene más olfato que todos los demás juntos, hace tiempo que  no necesita ya demostración.

El pito del sereno

Hay muchos españoles que se preguntan la razón por la que las instituciones concernidas han decidido celebrar la final del Copa del Rey en Barcelona, a sabiendas de que esa decisión garantiza, una vez más, la bronca de los independentistas al Rey, es decir, al Jefe del Estado, que ya se llevó galanamente otras lo mismo en Bilbao que en Valencia. No hay memoria de situaciones semejantes ni siquiera en este país tan abrupto, pero todo indica que en las actuales circunstancias se ha apostado por “normalizar” el desacato, como si aceptar a título anecdótico –y así lo hizo ya explícitamente el PSOE– el insulto público a quien representa legítimamente a la nación entera no equivaliera, de hecho, a trivializar la realidad institucional y no sólo en términos simbólicos. ¿En qué país democrático se tolerarían estas broncas insurgentes a grupúsculos? No hará falta recordar la firmeza con que Sarkozy zanjó en seco la polémica provocada por la rechifla de ciertos aficionados a La Marsellesa con la providencia de cerrar de inmediato cualquier encuentro deportivo en que se reprodujeran hechos semejantes, ni insistir en que en Gran Bretaña o en Alemania resultaría inimaginable que cuatro bellacos aprovecharan el amparo de la muchedumbre para insultar a quien preside el Estado. Y si embargo, aquí no sólo se renuncia a estrategias enérgicas como la francesa, sino que se convoca con estupenda anticipación y sin necesidad alguna, una final en un estadio ya demostradamente hostil por parte de unas minorías que acaso no lo sean tanto. Más papistas que el Papa o más tontos que Abundio. O quién sabe si, simplemente, irresponsables hasta el absurdo.

 

Claro que no puede extrañar demasiado que se desprecie como insignificante una bronca a la primera magistratura del país cuando estamos viendo a órganos del propio Estado convocar actos en los que se desafía e insulta impunemente a las instituciones legítimas, y a los propios mandatarios encabezar esos despropósitos ignorando su responsabilidad. Allá los monarquistas con la defensa sus ideales, pero la de aquellos que a todos concierne es obligación de los demócratas sin excepción. Ya es grave que un presidente del Gobierno tenga garantizado al abucheo soez cada vez que acude a un desfile militar. Pero eso no puede evitarse de antemano como evitarse puede que abronquen al Rey unos futboleros descerebrados instigados, ni que decir tiene, por los profesionales de la sedición. Si en Barcelona está garantizado el escándalo, ¿por qué no se elige otra sede para la final de Copa? La misma elementalidad de esta pregunta nos remite a la estupidez o a una malevolencia que, por cierto, contempla y sanciona el Código Penal.