Muerte en Japón

Desde que en 1993 se restableció la pena de muerte en Japón, 82 ciudadanos han sido ahorcados. Los últimos la semana pasada, a pesar de la proximidad de las elecciones y, en consecuencia, del relevo gubernamental, con lo que, sumados a los cuatro que perecieron en el pasado mes de enero, suman ya siete las víctimas del año presente. Pocas, si se comparan con las quince que fueron ejecutadas durante 2008, siempre tras ser condenadas por jurados populares compuestos por ciudadanos de a pie. En Japón, según parece, las ejecuciones se llevan a cabo en cualquier momento, es decir, sin previo aviso y en el más riguroso secreto, sin duda para evitar el rechazo de la barbarie que supone esta práctica y que, al parecer, va creciendo en buena parte de la población, no poco sensibilizada con la vieja estampa homicida e inquieta ante el ‘overbooking’ que registran los “corredores de la muerte”, en los que hoy aguardan el suplicio un centenar de criaturas. Se señala que sólo ha habido un periodo de moratoria en estos últimos años y fue cuando un ministro de Justicia budista de religión se negó –como se negara en España en su día Nicolás Salmerón, a costa de perder la presidencia del Poder Ejecutivo—a firmar esas sentencias inhumanas. Uno de los ejecutados esta semana fue acusado de la muerte de varias personas halladas en un foro suicida de Internet, un crespón añadido al luto moral que supone esta progresión del suplicio en un país que salió escarmentado de la última guerra, pero que conserva esa oscura pulsión fanática a cuya exhumación debe de haber contribuido no poco su espléndida narrativa de postguerra.

El culto a la muerte, secularmente entreverado con la cultura del honor, no se erradica así como así, aparte de que, como digo, esa literatura haya contribuido a vigorizarlo de modo extraordinario, es especial, bajo el sombrío ejemplo de Mishima, aquel enamorado de la muerte tradicional en la que el rito enmascara acaso razones psíquicas mucho más profundas. Pero la boga de la pena de muerte tiene que ver también, muy probablemente, con cierto sentimiento de inseguridad que algunos sociólogos atentos han creído ver en aquella sociedad tras la penúltima crisis económica que frenó en seco el desarrollo –y en consecuencia, la secularización radical—de aquella lejana potencia. Los propios foros suicidas de la Red parecen estar sugiriendo con vehemencia que la pasión por la muerte se mantiene firme en un subconsciente colectivo en el que los teóricos del “instinto de muerte”, con Freud a la cabeza, hubieran podido desentrañar muy exclusivos y recónditos motivos. Vieja fascinación por la muerte, propia y ajena, tal como la entrevieron Edgar Morin o Philippe Ariès, que en Japón recobra su inmemorial fulgor lúgubre como fondo de esos patíbulos hodiernos.

Basura política

La mejor defensa, un buen ataque. Chaves insistiendo, por ejemplo, en que “se ha demostrado” que el (segundo) ‘caso’ que lleva su apellido –el de la concesión de más de un millón de euros a la empresa apoderada por su hija– se habría probado que no era más que “un montaje, una auténtica basura política derivada del rencor y para tapar las vergüenzas del PP”. Los hechos, sin embargo, lo acusan con tanta vehemencia que se explica que se negara a que el ‘caso’ fuera investigado en el Parlamento. Lo único no discutible es que, en efecto, de basuras hablamos y que tiene su lógica que se intente taparlas. Aceptada de antemano la decisión de la Justicia, los hechos están ahí y no cabe duda de que son elocuentes.

Hasta la bandera

¡Con que en Huelva no hay ‘afición’, eh! Ahí están los llenos hasta la bandera en la Plaza de la Merced, con su accesoria del Cabezo, para demostrar que cuando las cosas se hacen bien, la feria taurina funciona aquí y en todas partes. A pesar del ganado mediocre, a pesar de los prohibitivos precios de las entradas, ¡a pesar de la crisis!, esta ha sido una de las ferias de agosto más exitosas en la historia de nuestro coso. Se afianza la cita de la Merced a compás de las Colombinas y ese ejemplo debe servir para programar el futuro. Hay ‘afición’ si hay buena oferta. Y los carteles de este año, no cabe duda, prueban que el éxito depende casi exclusivamente de la Empresa.

Bueno para comer

Me trae a la cabeza el título de Marvin Harris un acontecimiento festejado con entusiasmo por la gastronomía europea de alto nivel: el levantamiento oficial de la prohibición de recoger ostras, vigente hasta ahora en el mítico ‘bassin’ girondino de Arcachon, en función de ciertos riesgos sanitarios detectados en ese preciado manjar. La prohibición venía respaldada por una expeditiva analítica llevada a cabo de acuerdo con las normas comunitarias europeas y basada, sobre todo, en el llamado “test del ratón”, consistente en ingurgitarle al sufrido roedor una molienda de ostras para comprobar sus efectos, desde el supuesto de que si el ratón moría en un plazo inmediato resultaba evidente la toxicidad del molusco, hoy sabemos que eventualmente infectado por una microalga frecuente en las aguas marinas durante los episodios de polución. No se trata de una broma, desde luego, teniendo en cuenta que la ingesta de ostras provoca , o eso dicen, cuatrocientas muertes al año en el país vecino, aparte de la temeridad comercial que supondría permitir la ruina por descrédito de un producto de semejante calidad. En Huelva, salvadas las distancias, anda también planteado el problema del marisqueo de la célebre coquina, esa delicada e inimitable “donas trunculus” que desde hace unos años ha de ser protegida con prudentes vedas para evitar su extinción pero que también ha de someterse a periodos de veda sanitaria a causa de la creciente presencia en ella de la toxina ‘DSP’ de origen tan discutido como peligrosos efectos. Que en Huelva no se pueda comer con tranquilidad todo el año la coquina, la chirla o el longueirón es un hecho que habla por sí solo de la complejidad que la masificación de las relaciones sociales ha introducido en el ámbito cómodo de la vida tradicional.

No conviene bajar la guardia ante el alarmismo ultra propio de las sociedades altamente desarrolladas en las que el exceso ecologista se convierte en marca narcisista. Pero tampoco obviar evidencias tan aplastantes como estos incidentes que afectan ya a los productos más exquisitos y, por ello mismo, más cuidados. Hace poco aprovechó Rusia el susto de la gripe para prohibir dentro de sus fronteras el consumo de jamón, y en los mercados europeos competitivos con el nuestro no son raros los infundios sobre presuntos riesgos concernientes a nuestras hortalizas o a nuestros fresones. Quizá por eso los elitistas de ‘Fauchon’ rotulan como “pêches de Chili” a los melocotones sevillanos y en el ‘Viktualienmarkt’ muniqués nos venden como liebres exóticas los gatos de nuestros invernaderos. La sociedad de masas está destruyendo el arco referente de nuestra alimentación de toda la vida de paso que envenena hasta sus delicias más reservadas. Levantar la mano y coger una manzana dorada puede que acabe siendo un gesto que de nuevo hayamos de ir a buscar en la mitología.

La olla podrida

En el Ayuntamiento de Sevilla, los gestores del PSOE han degenerado la ingeniería financiera en peritaje trincón. Ha habido en el facturas falsas (y hay ya sentencias condenatorias), ha habido obras inexistentes pagadas como ciertas, ha habido exacciones no poco generalizadas para sacarle la pasta a los empresarios como ahora se investiga tras imputar a altos responsables, todos próximos al alcalde. ¿Qué hace falta para que estalle esa olla podrida? Lo peor de este lío monumental no es la corrupción misma sino que se haya alcanzado un punto en que (ni con testigos y cintas grabadas) la institución se tambalee. La podre ha superado obstáculos hasta alcanzar un equilibrio estable. Comparadao con los presuntos trajes de Camps, una pavada.

Agujeros negros

Las Mancomunidades no sólo son ya colocaderos del `partido que gobierna sino auténticos agujeros negros por los que se escurre lo que queda de la economía municipal. La del Andévalo, pesebre del tránsfuga acogido por el PSOE, le va a costar a los Ayuntamientos integrantes lo que no tienen, sólo para en jugar la deuda de bastante más de medio millón de euros que mantiene con la Seguridad Social. Y sin que nadie dimita y menos, claro está, que comparezca ante la Justicia para explicar el gigantesco enredo. Si eso lo hacen en una de las comarcas más pobres de la provincia, imaginen el resto. De estos arbitrios e impunidades comparten la culpa entre la Oposición y la propia Justicia.