Lo de la Mezquita

Lo ocurrido en la Mezquita de Córdoba –la invasión del recinto sagrado por un grupo perteneciente a  otra religión—es un aviso de la que previsiblemente se avecina y ante el que es imprescindible mostrar una absoluta firmeza. Nada tiene que ver la libertad religiosa con el derecho a ejercerla en el ámbito de otras religiones, y menos si, como en el presente caso de los islamista, cualquiera sabe que resulta inconcebible la recíproca, a saber, que un grupo de cristianos invadiera por las bravas una mezquita en esos países donde la mera conversión se castiga con la muerte. Sólo un complejo ignorante podría confundir semejante provocación con el ejercicio de un derecho.

Huelva existe

Tenía que suceder y ha sucedido: hemos oído a la oposición decir que presionará al Gobierno en la calle –en vista de que no acomete una gran obra pública desde los 90—a ver si cae en la cuenta de que “Huelva existe”. Realmente el compromiso pendiente con Huelva es ya insoportable –obras nunca afrontadas del AVE, de la N-435, del aeropuerto prometido, de los puentes sobre el Odiel…– y todo indica que va a continuar siéndolo de no cambiar la relación de fuerzas políticas en el país y en Andalucía. Mantener la negativa a la vía Huelva-Cádiz no tiene sentido tantos decenios después, pero ésa es sólo una de las deudas políticas que el Gobierno y la Junta mantienen congeladas en nuestra tierra.

El guante blanco

En la India, acaso el país más corrupto del planeta,  acaban de reactivar una ley creada hace cinco años por Sonia Gandhi que propone atacar en la raíz la corrupción por el método más sencillo: habilitando el derecho a la información de manera que cualquier ciudadano pueda obtener fehaciente respuesta a sus demandas sobre ingresos y gastos oficiales. Aquí entre nosotros andan dándole vueltas los dos grandes partidos a un pacto que les permita al menos guardar la cara, ya que no salvar la ropa, ante la ignominiosa avalancha de agio y peculado que está consiguiendo grabar en la duramadre del país la idea nefanda de que ese vicio es propio de la democracia y, en consecuencia, inevitable. Desde India nos llegan imágenes de escribanos de aldea diligenciando demandas a la sombra del árbol sagrado, sentados sobre la alfombrilla al modo de los viejos chamanes, y dispuestos a salvar en lo posible aquel universo asolado por la clepotocracia, mientras aquí se anuncia una foto de los mascarones del bipartidismo anunciando el fin de esa miseria moral con un nuevo gesto teatrero en el que, ni que decir tiene, no va a creer nadie y menos ellos. Ha sido demasiado el espectáculo ofrecido por el circo balear, cierto, pero no lo es menos que no hay en él nada que pueda considerarse nuevo o que los partidos no hubieran podido evitar simplemente evitándolo, no sé si me explico. La corrupción existe porque se tolera y son esos mismos partidos que la exculpan o disimulan cuando les llega el turno los que ahora pretenden hacernos creer, con un simple gesto disciplinario, que todo lo anterior no tiene nada que ver con ellos. Que dejen al ciudadano asomarse a las cuentas, que legalicen la vigilancia del pueblo, que abran las cuentas públicas, empezando por las propias, a la fiscalización del contribuyente y se dejen de cuentos. Desde Juan Guerra a Matas pasando por lo innumerable, aquí se ha podrido la política con el consentimiento cómplice de los partidos. Que vengan ahora a vendernos el fin de la corrupción tanto puede parecer un gesto saludable como una tomadura de pelo. Vamos, como ven, detrás de la India.

 

Una encuesta oficial, acaba de revelarnos que la opinión pública, además de “suspender” a sindicatos, iglesias, asociaciones gays y grupos antisistema,  conceptúa a los políticos más o menos a la altura de los okupas, lo que nos da una idea del estado de postración de nuestra vida pública. ¿Y va a liquidar eso una foto a dúo precisamente de quienes han tolerado hasta ahora el desastre? Quizá acabemos echando de menos al plumilla indio redactando demandas bajo el árbol sagrado.

Alerta roja

Si hace unos días nos enterábamos de que la inversión en Andalucía se ha reducido casi a la mitad y que sin los fondos estructurales poco menos que esto habría estallado ya, luego hemos sabido que el superpuerto de Algeciras ha sufrido, por una parte, un duro zarpazo de Marruecos –el “país amigo”, que anda derivando a Tánger su tráfico habitual a base de dumping y de lo que se tercie–, y por otra, que China –que acaba de comprar Volvo, no se olvide—la está echando una mano arrimándole mercancías lejanas. ¿Sabe Andalucía adónde va, sabe siquiera dónde está, o se limita a tirar p’alante a fuerza de rutinas? Esta pregunta ensombrece el mandato de Griñán como antes ensombreció al de Chaves.

Más problemas en Bollulos

Al ex–alcalde el PSOE, Carlos Sánchez, se le amontonan en Bollullos los problemas judiciales mientras su partido mira para otro lado como si con él no fuera la cosa. En efecto, el propio Gobierno municipal ha interpuesto ahora una nueva demanda contra Sánchez por presuntas irregularidades cometidas en la construcción del Recinto Ferial, demanda ya admitida por la jueza y que viene a sumarse a la anterior en que ya está imputado por un posible delito de prevaricación. Mala se le pone la cosa al ex-alcalde, pero peor debería considerar el propio PSOE que se le pone a él en un momento como éste en que el debate sobre la corrupción alcanza su cénit en el país.

Ciencia y mito

El entusiasmo de los científicos se compagina bien con el que gastan los políticos. Pudimos verlo antier martes cuando el ministro de Industria comparaba el estreno de la TDT con la llegada de la TV a España, símil a todas luces insensato, como lo era el de esa joven física cántabra que coordina el funcionamiento del detector de partículas (LHC) y que, explicablemente fascinada por la hazaña de recrear el ‘Big Bang’ al conseguir el choque de dos haces de protones lanzados a velocidades inimaginables  (esos fabulosos 3’5 teraelectrovoltios, próximos ya al ritmo de la luz), se embaló y se embaló hasta desmelenarse proclamando que, de hallarse al fin el bosón de Higgs o “partícula de Dios”, descubriríamos “cuál es el origen de la materia, por qué estamos en el universo, cual es la razón de que los objetos tengan masa y por qué el Universo se comporta como se comporta”. A mí me ha recordado nuestra científica, en su entusiasta ingenuidad, a aquel Bourdeau que, en el último cuarto del XIX, propuso escribir la Historia por medio de cifras y fórmulas, dejando las palabras para la literatura, y a tantos otros deterministas que probablemente nunca leyeron por derecho el axioma de Galileo de que la matemática es la gramática de la realidad. Es posible que estemos en el umbral de una nueva era, no lo dudo, como es seguro que esta proeza científica de nuestros físicos podría acabar explicándonos a fondo los mecanismos primordiales en que toma cuerpo el mito del ‘Génesis’. Lo que dudo es que descubrir esa huidiza partícula postulada por Higgs nos vaya a explicar de paso qué hacemos perdidos entre galaxias y mucho menos las misteriosas razones por las que el Universo es cómo es. Íbamos bien encaminados en lo antiguo, cuando filosofía y ciencia avanza cogiendo el paso, flanqueadas ambas por el mito del que me da el pálpito que nunca acabarán de librarse.

 

Conceptos como causa, ley, determinación o posibilidad, van y vienen por el saber moderno en un incierto vaivén, del que ya se ocupó mi maestro Maravall y sobre cuyo impacto en la geografía debemos una preciosa y olvidada reflexión a don Manuel de Terán. Por lo demás, más allá de mi respetuosa atención hacia la ciencia positiva, no creo que ninguno de sus descubrimientos consiga liquidar nunca la materia mítica inseparable de nuestro conocimiento de las cosas. Salvatore Quasimodo, el poeta comunista, celebró el lanzamiento del ‘Sputnik’ con un poema –“…mise nel cielo altre luinimari/ uguali a quelli que giravano dalla creazione del mondo”– en el que equipara la hazaña humana a la creación divina. Yo he visto ese aparato en Moscú y, palabra, no era para tanto.