Ellos y nosotros

La fotografía de un sujeto en actitud de limpiarse el culo con la bandera, expuesta en una muestra organizada por la Fnac, ha abierto un ruidoso debate en Francia sobre los límites de la libertad de expresión. Varios ministros –los de Interior, Justicia, Defensa y hasta Industria—han salido a la palestra para reclamar mano dura frente y contra estos abusos y proponer el endurecimiento de la normativa penal vigente que sanciona con 7.500 euros de multa o hasta tres meses de cárcel a quienes públicamente desprecien ofensivamente tanto a la bandera como al himno nacionales. Uno de ellos ha propuesto que se prive de la nacionalidad francesa a un ciudadano de origen argelino –que mantiene un harén familiar de cuatro mujeres y que habría recurrido la sanción impuesta a una de ellas por conducir cubierta enteramente por un burka– con el argumento de que si la ocultación física de la mujer es normal en su cultura de origen, la poligamia no lo es en la francesa. ¿Qué tal si comparamos estas actitudes impecablemente democráticas con las usuales en nuestra maltratada democracia en esta hora revuelta en la que se ha despenalizado de hecho la quema de la bandera, en la que desde el propio Gobierno se injuria al Tribunal Constitucional y desde la calle se deslegitima al Supremo, o en la que un padre inmigrante, en fin,  crea un problema de Estado al reclamar para su hija el libre uso de los símbolos religiosos que, en nombre del laicismo militante, viene prohibiendo el Gobierno a la cultura vernácula? A ningún islamista se la ha ocurrido en la jacobina Francia reclamar el culto de su religión en Chartres o en Notre Dâme como aquí acaban de hacer en Córdoba, ni a ningún obispo galo se le ocurriría, como aquí, barrer para adentro reclamando el derecho de otras religiones a usar en público sus símbolos mientras se prohíben los tradicionales. El viejo paradigma británico que permite en el rincón del parque despotricar de lo que se quiera menos de Dios y de la Corona pertenece a una era en que aún la democracia era entendida como un sistema para el que la garantía de la libertad eran sus propios límites.

 

Si en Inglaterra, una cadena de televisión se ha visto obligada estos días, bajo duras amenazas, a eliminar de una serie popularísima ciertas alusiones a Mahoma, en España se hace publicidad gratis a un film sobre Jesús de Nazaret que, con toda probabilidad, herirá la sensibilidad de millones de ciudadanos. Aquí limpiarse el culo con la bandera está al alcance de cualquier mentecato. Nos han bastado treinta años para que las democracias de verdad no alcance siquiera a vernos la cochambrosa matrícula.

Prioridad absoluta

La provincia de Granada no va nada bien, ni siquiera comparada con la media andaluza. Y sin embargo, la preocupación prioritaria de las fuerzas autodenominadas de izquierda, concretamente PSOE e IU, no andan en esa grave pelea por la subsistencia sino empeñadas en un objetivo mucho más “in”: conseguir que el Ayuntamiento de la capital luzca en su balcón el arco iris de la bandera gay (esto es la que representa a gays, lesbianas, transexuales y bisexuales) para conmemorar la efemérides que supone el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. Pues nada, adelante, prioridad absoluta. La crisis, con sus parados y sus comedores de caridad pueden esperar. Sentados.

El pregón del libro

Permítanme la broma, pero escuchando el pregón del libro de Manuel José de Lara tienta decir que menos mal que, por una vez, topamos con un pregonero (de lo que sea) que sabe de qué habla y cree en lo que dice, lo que demuestra que el descrédito del pregón como género se arreglaba rápido con sólo mantener el cuidado de elegir a pregoneros de verdad y no a fantasmas improvisados. Lara, un lector impenitente y un profesor con una obra de peso tras de sí, ha resultado la voz autorizada que se preveía. Ya ven lo fácil que era salir de ese círculo de tiza.

La red o el garlito

A pesar de tantos avisos discretos, todavía queda por ahí mucha gente crédula que no acaba de percatarse de la peligrosa capacidad de engaño que, junto a su indudable valor como fuente, posee Internet. Un amigo que enseña en la universidad francesa me decía no hace mucho que el mayor riesgo de la Red no estriba en ofrecer sus eventuales trampas o errores a los estudiantes sino en que los propios profesores lo hayan convertido en una Biblia de uso corriente, argumento similar al que se prodigó entre las elites europeas tras el descubrimiento de la imprenta. Hay que aceptar, en cualquier caso, que el recurso a una base inmensa e incontrolable de información implica riesgos evidentes desde la perspectiva de la difusión del saber, como acaba de probar la extraordinaria anécdota de ese bloguero que ha puesto patas arriba las redes sociales al inventarse una espléndida camelancia según la cual el círculo mágico de Stonehenge –sobre el que desde los fantasiosos hasta un tipo tan severo como Fred Hoyle, tanto se ha especulado ya—no sería una obra megalítica genuina sino un artificioso invento de ciertos personajes británicos empeñados en superar a base de timos los logros famosos de la arqueología continental. Ni siquiera el hecho de haber sido difundido el cuento el 1 de abril, es decir, el April Fools’ Day (Día de los Bobos, nuestros decembrinos “Inocentes” ) ha bastado para desengañar a los ingenuos, hasta el punto de que el propio National Geographic al que falsariamente se atribuía el apócrifo, se vio obligado a salir a la palestra para desmentirlo, aunque muy probablemente esa diligencia no bastará ya a deshacer un entuerto que, en mayor o menor medida, seguirá rodando por ahí quizá para siempre. Es ya un viejo tópico de la sociología que no hay innovación o desarrollo de relieve que no acarree sus costes al sistema. Ahí tienen una prueba más.

 

La Red es un también, qué duda cabe, un garlito, como lo ha sido antes el libro y, por supuesto, el manuscrito, porque el fracaso de la verdad no deriva del soporte sino de la proverbial tentación humana de utilizarlo para el fraude. No hay diferencia entre este bloguero y el misterioso artífice de los llamados “Plomos” del Sacromonte, los malvados redactores de los “Protocolos de los Sabios de Sión” o tantos otros estafadores culturales. La novedad estriba en el alcance universal de un difusor que, encima, resulta tan difícilmente controlable. Un tío cualquiera –que sepa lo que hace, eso sí—puede echar abajo la certeza allí donde se le antoje con sólo “colgar” en Internet una fantasía bien traída. Nunca la Cultura dispuso de mejor aliado ni estuvo sujeta a una amenaza mayor.

Volver al realismo

Resulta demoledor el informe de de un grupo de expertos tan poco sospechoso de tremendismo como el de Unicaja, Analistas Económicos de Andalucía: crisis para rato, PIB todavía negativo, recuperación no anterior al 2014, paro aumentando todavía un semestre hasta situarse por encima del 27 por ciento… En absoluto se trata de propiciar el pesimismo, pero sí de que se debería tratar de abandonar ese optimismo sin causa del que la Junta ha hecho su panacea y Griñán su muletilla. No vamos a salir de este agujero a base de falsas esperanzas. El realismo es un prerrequisito ineludible que la Junta ha de asumir si quiere, por fin, hacer algo más que verlas venir.

Capas y sayos

El caso del alcalde sociata de Higuera de la Sierra –otro atropello de la normativa urbanística en beneficio propio por parte de quien tiene el deber de garantizar su cumplimiento—no es el primero ni el segundo que se logra destapar. Y si ha habido casos como el de Linares, en que el PSOE –vaya usted a saber por qué razones– reaccionó con la debida energía, otros hubo, por ejemplo el de Moguer, en que no movió ni un músculo. Esto de que los mismísimos alcaldes/esas se salten la ley a la toreara mientras a los peatones les mandan demoler sus construcciones ilegales, manda huevos. Pocos gestos tan evidenciadores de la vitalidad del caciquismo como éste del abuso monterilla.