Lentejas

Al final, el populismo le ha ganado por la mano a los restos de IU, aquella interesante creación de Anguita y los suyos en abril del 86, poco después del “otanazo” de González. E IU, la actual, vencida y desarmada además de ávida de un mendrugo, se ha vendido a Podemos por unos cuantos escaños. Es verdad que IU estaba ya para el arrastre, pero desde ahora no será sino un apéndice de los oportunistas bolivarianos que mantienen entre Venezuela e Irán. Echo de menos la voz de mi admirado Julio Anguita, la de los viejos “camaradas” de la hora difícil, y me sobran estos noveles de diseño que han liquidado, de hecho, a la izquierda real. El entierro se celebrará, pues, en la intimidad. Curiosos, abstenerse.

Con los jueces

Presentación en Sevilla del libro de un magistrado joven, decano de los Juzgados de Guadalajara, Jesús Villegas. Gran afluencia de concernidos/as –en la Justicia sí que ha prosperado la igualdad de género sin necesidad de “discriminación positiva”, a puro codo—jueces, fiscales secretarios y letrados, pendientes todos del subtítulo de la obra: “La historia oculta de cómo el poder político se ha infiltrado en la Justicia española”. Un libro informado, atentísimo, calmado en el que se van extirpando una a una las capas podridas de esa lamentable cebolla, hasta dejar a la vista el cogollo de una resistencia moral que poco tiene que ver con otras actitudes corporativas o gremiales. Villegas sostiene que estamos como estamos no por causa de los juzgadores sino por efecto de un sistema mediatizado al que los políticos han logrado arrebatarle su genuina e imprescindible independencia, controlándolos a través de un órgano partidista como es el Consejo General del Poder Judicial, cuyos miembros son elegidos por cuotas pactadas entre los partidos. Olvídense de la majestad salomónica del juez y de la solemnidad del cadí, no se molesten en buscar otra explicación a la postración de la magistratura fuera de la propia y deliberada voluntad política. Montesquieu ha muerto –como dijo Guerra sin inmutarse– y día tras día caen sobre su fosa nuevas paletadas de tierra. Ahora bien, ¿quién le ha abierto a los políticos la puerta de la fortaleza de la Justicia, ha sido el ariete de los partidos o bien se ha logrado con la ayuda de una “quinta columna” interior? Ésta es la tesis de Villegas y también la mía.
Sale uno de esa lectura escindido entre la desolación y la esperanza. ¿Tendrá remedio este carnaval jurídico, volverán a su cauce la vieja “diké”, la “iustitia” del romano? Es poco probable –pienso y pensamos (casi) todos los presentes— mientras la corrupción ande instalada en la vida pública y, por supuesto, mientras pululen por el foro los ganapanes que guiñan el ojo al Poder. Habrán de mutar las actuales “asociaciones”, habrá que recuperar la independencia y la autonomía ahora perdidas, habrá de entender el pueblo, acaso, que sin juzgadores libres la sociedad seguirá siendo rehén. Una denuncia tremenda la de Villegas. Mucho me temo que se ande jugando la carrera a esa carta blanca. Pero algo se mueve, no hay duda, entre los ropones, última esperanza de la democracia. Si los Villegas no logran su propósito, volveremos todos al punto de partida. ¿Lo recuerdan?

Lo que perdemos

Un duro artículo del duque de Segorbe en la competencia denuncia la extrema exposición del patrimonio cultural y artístico español abandonado de hecho por un Estado incompetente. Y desde Huelva –una zona que vive agarrada al salvavidas del turismo—nos llega la noticia de que sus principales playas han perdido este año las “banderas azules” que garantizan su calidad. ¿Por qué no habrá medio para exigir responsabilidades, siquiera subsidiarias, a los incompetentes gestores que arruinan nuestro patrimonio? Hasta al pan de la boca nos lo dejamos arrebatar. Junta, municipios, mancomunidades bastante tienen con señorear lo público y, de paso, llevarse el manso.

Berza y ambrosía

Desvelado por los corticoides con que combato mi afonía, oigo distraído la radio nocturna. ¡Que desastre! Pocas cosas traducen tan bien nuestro desfondamiento cultural como esa radio íntima que, desde que se fue Quintero, no da pie con bolo. Cuando se apagan las tertulias futboleras –que en estos días giran como norias en torno a la final milanesa del Real contra el Atlético — el dial se desvencija entre algún programa de jazz, otro de flamenco, un par de sermones preconciliares o sectarios y la inevitable página “clásica” que cuesta no apagar ante la perorata de sus comentaristas. Y sin embargo, ya en la alta madrugada, hasta las 6 nada menos, escucho un riguroso espacio en el que entre Santesmanses y un colega, a propósito del homenaje que se le acaba de hacer a Rodríguez Huéscar, nos recuerdan (o descubren, según) la herencia de Ortega, ese “sálvese quien pueda” contra el que poco pudo la Escuela de Madrid, cuando la muy reaccionaria Facultad de Filosofía destacaba por su integrismo y ferocidad, mientras que los discípulos del maestro –perdida ya la pulsión ensayística a excepción de Marías– se encerraban en lo que creo que fue Huéscar precisamente quien caricaturizó de “hermenéutica venerativa”. No falta la Filosofía en la España de hoy y ahí tienen al plantel de la Facultad sevillana donde Manuel Barrios, José Manuel Sevilla, Pablo Badillo, José Villalobos y otros andan recuperando en nuevas claves temas viejos como el mundo apasionante de Vico, el planeta tacitista o la propia prosa de Cervantes.

¿Cuántos españolitos habrán escuchado a esos dos sabios conversar a esas horas? Cree uno haberse equivocado de vigilia o andar soñando despierto el espejismo de nuestro propio deseo, pero no, es lo que parece, un espacio culto y esclarecedor en medio de un dial atestado de becarios que ríen sus propias gracias y brujas que fomentan la idiocia con las cartas del tarot. Ortega no tuvo la descendencia que reclamaba su obra ingente: normal: entre el nacional-catolicismo y los postmodernos se extiende un desierto inhóspito poco o nada interesado en la “razón vital”. ¡Qué lástima! Aún resuenan por ahí la mandanga de que a Ortega le faltaba “sistema”, algo que nadie en sus cabales le habría dicho nunca a Goethe o los maestros de Franckfurt, sencillamente porque es una bobada equiparable a rechazar la perdiz porque el estofado no es el de mamá. Son las seis y media. Veré si todavía puedo coger el sueño.

Grandes y chicos

Al entusiasmo de muchos futboleros por la hazaña que anda realizando el Atlético de Madrid, que presupuestariamente no figura entre los magnates del deporte-rey, se le ha opuesto enseguida, desde la arcana heurística de los comentaristas deportivos, la tesis que le reprocha su modelo de juego y la dureza-límite de sus modales sobre el césped. Tres cuartos de lo mismo parece que está ocurriendo en Inglaterra desde que un equipo modestísimo como el Leicester haya conseguido ganar nada menos que la “Premier League”, ese mito secular del fútbol de competición europeo. Ni el Atlético ni el Leicester cuentan con un millonario árabe o chino dispuesto a pagar los caprichos de sus entrenadores con cantidades prohibitivas para cualquier competidor, pero ambos han demostrado que es posible triunfar por encima del dinero a base de coraje y firmeza, hasta lograr una inédita adhesión basada, sin duda posible, en la fascinación que provoca el éxito de David frente a Goliat. Sí, existe una visible fascinación del triunfador modesto, una empatía sencilla que desde lo pequeño seduce a la opinión, logrando sustituir el éxtasis ante el estrellato por la emoción cálida que emana de la acción humana modesta, la seducción de los penúltimos incluso, sobre una perceptiva pública que reconoce en ella sus propios rasgos medianos, es decir, que se identifica por afinidad natural con la modestia ajena a partir de la propia.
Todo fenómeno de masas ilustra, al menos ante la mirada del sociólogo, la realidad social en su conjunto, y el fútbol –esa religión hodierna– no iba a ser una excepción. Los hombres se rinden niestcheanamente ante el fulgor deslumbrante de las estrellas prohibitivas, pero también sienten sus pulsos alterados ante la visión del éxito modesto, “humano, demasiado humano” en todo caso, que invierte la tiranía del magnetismo hasta hacer que se atraigan los polos de signo similar. Y tentado anda uno de decir que afortunadamente, puesto que, tanto en la vida como en el deporte, no hay competición realmente justa si los medios y recursos no son parejos. David y Goliat, Epulón y Lázaro: esa tensión dicotómica arrastra su significativa entidad a lo largo de toda la historia del mono loco y, por eso mismo, el éxito de los medianos y más chicos sobre los opulentos generan tanta simpatía y afición. Es la fascinación de la modestia frente al atractivo estelar, el eclipse del astro que nos libera de su injusto deslumbramiento.

Se lo ha buscado

La verdad es que la dura situación en que la reprobación parlamentaria del consejero de Justicia va a colocar a Susana Díaz se la ha buscado a pulso el propio consejero-fiscal. Ya es notable que hasta C’s apoye la moción reprobatoria pero, bien pensado, le cueste el cargo o no, ese personaje ha venido provocando al gallinero desde que llegó al teatro, con el consentimiento de la acomodadora, como es natural. Desde luego si ya es un papelón subirse al carro con el encargo expreso de neutralizar en lo posible las acciones judiciales que comprometen gravemente a la Junta, más lo es, con diferencia, dedicarse a provocar a diestro y siniestro sintiéndose plenamente respaldado. Díaz tendría que aprovechar la reprobación, sin se consuma, y cerrar una minicrisis en la que podría librarse de paso, de cara a las elecciones, de la carga que debe suponerle el imputado consejero de Economía.