¿Lo ven?

Antier comentábamos en este rincón el aviso, entre ingenuo y trilero, del responsable andaluz de Ciudadanos, que decía, el tío, muy serio, que si Susana Díaz se iba a Madrid, Ciudadanos rompería su pacto para todo en la Junta. Pues bien, en un suspiro ese guardián de las esencias renovadoras ha echado todavía más agua al vino al anunciar, con la misma cara, que, bueno, que tampoco hay que malentenderle, o sea, que si la doña se fuera a Madrid de secretaria general de su partido, ellos no le pondrían obstáculo alguno sino que la seguirían apoyando “in absentia” porque, total, entre Ferraz y San Telmo no hay más que un AVE. ¿Lo ven? La gran pregunta es qué le ha dado doña Susana a estas criaturas para convertirlas, como quien no quiere la cosa, en una franquicia del PSOE.

Muerte en Sevilla

Asisto al funeral de la esposa de mi colega y decano en la Real de Buenas Letras, Juan de Dios Ruiz-Copete, buen poeta y mejor crítico, hombre bueno donde los haya, serio y respetuoso, culto y fervoroso de la amistad. El templo, solemne, estampa en vivo del siglo XVII, con la inigualable pietas presidiendo el retablo y los cuadros de Murillo quitándole hierro al barroquismo fanático de Valdés Leal –“In Ictu Oculi”, ya saben–, el desfile solemne con cruz alzada al frente, pausado el muñidor pausando su campana, escoltado por los asilados de Mañara con sus amplias hopas, los sombreros vueltos con su leve cinta al aire y el farol en la mano abriendo paso al luto supino del féretro. ¡Morir en Sevilla! En nuestra herencia pocas liturgias tan prestigiosas como la muerte, ese rito de paso embellecido piadosamente por el presentimiento de la vida nueva – “mutatur no tollitur”, asegura el oficiante—y sus latines abren en la negrura del duelo el esplendor de la franja de luz más luminosa. Hoy día se muere en el hospital y se vela en el tanatorio, abolida por la secularización la intimidad de la muerte doméstica. Pero no siempre en Sevilla. Miro a Juan de Dios, digno y sereno como el pájaro al que el tiempo venatorio le levanta la hembra, acumulando a otras penas ésta que deja a su lado un hueco irrellenable. Tiene los ojos empañados y el ademán tranquilo. Reza en silencio, quién sabe si reinando en algún endecasílabo para añadir al responso.
La herencia de Mañara: ritos y caridades, belleza inefable del barroco intenso, fascinación por la memoria solemne. Una mirada y un abrazo, sin palabras –los ojos empañados, ya digo, pero sin perder el compás–, en plena Pascua de Resurrección –ahí es nada– y con los primeros vencejos explorando el cielo indeciso. Juan de Dios no está solo y él lo sabe, o mejor, lo cree, lo siente palpitando en el corazón, lo garantiza su memoria devota. Mutatur no tollitur, hoy por ti mañana por mí: la fe es confianza ante todo, saberse efímero y eterno, actor en el reparto de la tragedia con buen fin de esta vida tan breve. Una mirada y un abrazo: sobran las palabras. Y se va el cortejo, sin prisas, contrastando con el tráfico de la ciudad cotidiana y el trajín de los vivos, el pan nuestro de cada día. Sigue la vida, a medias sólo para Juan de Dios, pero plena en su conciencia creyente, en el miajón cálido de su familia que le rodea como a un patriarca. Nos despide una mirada leve. Otro vencejo madruga pro el cielo celeste.

Matonismo de actualidad

Podemos, el “movimiento” (porque no es un partido, ya saben), que viene a liberarnos de la tiranía tradicional, cojea del mismo pie que los pretendidos relevados: la novia del líder contrata ilegalmente al parecer, su número 2 cobra ilegalmente una beca universitaria, otro de los mandamases oculta a Hacienda la pasta gansa apoquinada por sus amigos bolivarianos, el propio líder confiesa haber cobrado en negro en alguna televisión, y ahora, en fin, organiza una movida en las llamadas “redes sociales” para que uno de los suyos –condenado a tres años y medio de cárcel por darle una paliza a un concejal y otros antecedentes similares—no vaya la cárcel a pagar su condena. ¡Los fans de la guillotina autoindultan a sus matones, ya ven que cosa rara! Aunque no lo hicieron hace poco para salvar al joven condenado por el robo de una bici municipal. “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”: Podemos no ha inventado nada nuevo.

Volver a empezar

Pasó en paz la semana, descontada, si eso fuera posible, la infamia de Bruselas. La Humanidad recupera en vacaciones su propio ritmo y se va al campo o a la playa cuando no se queda en casa, en zapatillas, ojeando perezosamente el libro siempre aplazado. Por lo demás, y salvado el comienzo lluvioso, sol y tranquilidad. Creo que Rajoy se bajó a Doñana, que Sánchez se fue a la montaña, Rivera a su nueva taifa, Madrid, e Iglesias no se sabe a dónde. Y la paz: ha sido coger las maletas los barandas y descender la paz sobre estos reinos sobre los que hoy mismo se abatirán de nuevo las turbadoras brumas del ruido político. ¿Será ese conflicto perpetuo el prohibitivo precio de la normalidad que nos imponen sus manijeros, acaso podríamos vivir la vacación perpetua a este ritmo lento, tiempo para el espíritu y la vida, sólo con que esos profesionales prolongaran indefinidamente las suyas? Es peligrosa esta hipótesis que corre como la pólvora entre los ciudadanos, la fantasía primitiva del mundo feliz con orden pero sin concierto, la vida conducida por la inercia idílica que rompe fatalmente la vuelta de la política, un mundo feriado en rojo con el “dolce far niente” de un calendario sin hojas, sin despertadores, sin telediarios. Ya sé que no es posible, que el orden tiene su precio y que sin él regresamos a la barbarie. Pero entiendo esa ilusión que viene del desencanto y se aferra al clavo ardiente de la anomia, al vacío político regido sólo por la gravitación universal del deseo. La vacación es lo más parecido a un mundo feliz.

Hoy vuelve, en todo caso, la rutina candente, el inútil torneo dialéctico, los sí pero no, la oposición por sistema, los desencuentros, y desde los miradores lejanos hasta se anuncia –¡Dios nos libre!—una nueva recesión que esta vez nos pillaría sin Gobierno, descabezados como el gallo corredor, nostálgicos seguramente de estos días soleados, del interludio en que no resonaba más que el flagelo y la tamborrada. Mal invento, el Poder, esa férula imprescindible que hace súbditos de los ciudadanos y que vuelve hoy como un vencejo ávido a disputarle el territorio a los mirlos del invierno, como una hipoteca perpetua de nuestra imaginaria libertad. Ya vendrá el verano, pero mientras tanto, volveremos a la inquietud y el notición, a la pelea de gallos interrumpida por el tiempo sagrado, a la vida granuja con su horario adelantado. El ácrata lleva razón pura. Lástima que le falte la práctica.

Aviso para ingenuos

Desde el arquitrabe de Ciudadanos se nos ha anunciado que, en caso de que la presidenta Díaz consiguiera saltar a Madrid dando un triple quien sabe si mortal, sus huestes emergidas romperían el pacto a ciegas con la Junta del PSOE aunque, eso sí, habría que calibrar al eventual sucesor para “empezar desde cero”. ¡Se necesita ser ingenuo para atenerse a esa amenaza frente a una doña a la que, de tener expedito el viaje a Madrid, le importarían un rábano –y seguro que Ciudadanos lo sabe de sobra—las consecuencias de su cabriola. Ciudadanos se ha retratado ya de frente y de perfil y de poco valdrán estos mensajes para ingenuos que tratan de perfilar el mensaje de unas casi inevitables y nuevas elecciones en las que sus votantes sabrían ya a qué aspira ese partido ávido de Poder.

Culpas tardías

El TIP que se ocupa en La Haya de sancionar a los grandes criminales de guerra, acaba de condenar a 40 años de prisión al psiquiatra Radovan Karadzic, el temible asesino que organizó y ejecutó la matanza de Sbrenica en el verano de 1995 al mando de las tropas serbobosnias. Lo ha condenado como autor de crímenes de guerra y contra la Humanidad, pero lo ha absuelto del delito de genocidio porque el Tribunal ha estimado que no había para ello evidencias “más allá de lo racional”, ya ven. También lo fueron ya varios de aquellos verdugos, incluido Milosevic, aunque esté pendiente aún el caso que afecta al sádico Ratko Mladic y una importante patulea se haya escapado por las rendijas del olvido o perdido en laberinto procesal. Incluyendo a la propia Holanda, cuyas tropas entregaron a la horda de Karadzic los refugiados que en masa se acogieron a la protección del campamento de las fuerzas de la ONU comandada por sus militares para que éstos los entregaran inermes a sus perseguidores. Miles de ciudadanos bosnios, entre ellos muchos niños, fueron inmediatamente ejecutados al borde de las fosas comunes pero, aparte de una inevitable dimisión del Gobierno holandés, la verdad es que nadie movió un dedo para evitar el exterminio ni para exigir responsabilidades. Es posible que lo ocurrido en Sbrenica entonces sea el mayor crimen de guerra perpetrado desde la segunda Guerra Mundial pero este Nurenberg de juguete –que ni siquiera ha sido reconocido aún por los EEUU—no quiere ni oír hablar de otro Spandau con su Hess encerrado de por vida. Con cubrir el expediente basta.

Es verdad que en Holanda –en su prensa, en su opinión—la tragedia de Sbrenica y la sombra de la responsabilidad propia no acaba de borrarse ni desaparece el fantasma de la mala conciencia por aquella infame dejación, aunque ello no satisfaga a las viudas bosnias que siguen clamando más de veinte años después por su derecho al talión. Aquel conflicto fue el broche de hierro del temible siglo XX y el motivo por el que muchos viejos yugoeslavos echaran de menos a Tito, aparte de constituir la ocasión para demostrar una vez más la inepcia del llamado “mundo libre” tanto sobre el terreno ensangrentado como ante el estrado. Nada puede reparar aquellos lutos que, como tantos otros, perdurarán en la memoria colectiva como un sordo rencor, lo mismo en Bosnia que en Vietnam, igual en Irak que en Siria. Una tragedia se borra con otra. Esperar en la Justicia no es más que una ingenuidad.