Chirigota y gulag

Cádiz tiene hoy, aunque no ganara las elecciones, a un alcalde leninista revestido de bolivariano. Un alcalde con camiseta y mochila. que promete pero que no cumple ni siquiera con los “sin techo”, y que se niega a consentir que se rinda homenaje a los presos políticos encarcelados por sus compadres de la dictadura bolivariana, a los que debía entregar el Premio Libertad. Primero ocultó la convocatoria de ese premio y luego, ya en el brete de la debida solemnidad, ha dispuesto que el galardón se entregue –ya que no tiene otro remedio—pero no en Cádiz, “la cuna de la Libertad”, sino en un cuchitril madrileño alquilado para el caso y sin representación municipal. Les tira el Gulag, está visto, y no lo instalan en la Bahía porque no pueden que si no…

Viejas novedades

Nunca debieron restringir el estudio de la filosofía en el bachillerato. Cierto que el que había resultaba poco sugestivo, pero con los años vamos descubriendo que filosofar, aunque sea en dosis homeopáticas, puede resultar no sólo útil, sino de actualidad. A propósito del singular hallazgo de las ondas gravitacionales, que dicen que va a revolucionar nuestro saber sobre el universo, leo muchos y variados comentarios: uno que atribuye a Einstein la intuición precocísima de ese concepto, otro que lo niega sosteniendo que Einstein culebreó sobre el tema aprovechando los descubrimientos ajenos, y hasta que Agustín de Hipona –entre los siglos IV y V- habría penetrado ya ese misterio. Esas ondas, que consisten en una ondulación del espacio-tiempo , van a permitirnos, según los sabios, alcanzar hasta los últimos secretos del cosmos, para que de una vez por todas sepamos a qué atenernos sobre el origen de este inmenso montaje en cuya sentina viajamos. Ojalá, desde luego, aunque lego como es uno deba aquí taparse la boca como Job y no opinar de lo inopinable. A quien sí he leído, y despacio, es a Agustín –ese centauro divinal de cintura para arriba y más que humano de cintura para abajo– quien dejó en sus “Confesiones” la grave opinión de que Dios creó el espacio y el tiempo “a la misma vez”, como dicen por la cúpula de la Junta, descartando con destreza las hipótesis contrarias pues, según él, nada podía durar antes del tiempo ni estar fuera del mismo.
La eternidad, comfesaba Agustín en su libro X, no puede consistir en una sucesión infinita de tiempos, sino en “concentración y permanencia” o, para decirlo con razones teológicas, “en la plenitud sustancial de Dios”, porque la eternidad serena no es ese “tiempo inquieto” que nos desasosiega imponiéndonos sus ritmos, sino una fusión misteriosa de tiempo y espacio en el que, desde la galaxia al mequetrefe, todo viaja a ciegas según un plan matemático. Es curioso el modo original en que convergen el santo viejo y el sabio laico a la hora de otear el origen o plantearse el final de lo existente. Por su parte, es conocida la respuesta de Agustín sobre la idea del tiempo, explícita en el libro XII: “Pues si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si quiero explicarlo, no lo sé”. Por mi parte, creo que Einstein no lo sabía mejor que Agustín y que estas teológicas ondas tampoco nos van a sacar de dudas. Rudolf Otto hablaba del “mysterium fascinans”, algo bastante más conspicuo que un sistema de ecuaciones.

La Junta y el empleo

La estrategia de la Junta frente a la evolución del empleo es sencilla: si éste crece es mérito suyo, si mengua la culpa es del Gobierno. Los empresarios no lo tienen, en todo caso, tan claro, cuando avisan de que la licitación de obras públicas se ha reducido en 2015 en un 60 por ciento, según ellos a causa de la pésima gestión de lo presupuestado y a que nadie o casi nadie se fía ya de casi nadie. La Junta no “recorta”, es el Gobierno quien lleva esa carga, y con ese sencillo expediente liquida lo mismo los frecuentes caos sanitarios o la indigencia del sistema educativo, mientras la cúpula del “régimen” vive pendiente de la carrera política de la Presidenta y los funcionarios declinan hasta los golosos ofrecimientos de altos cargos. ¡Ni siquiera ejecutan lo que presupuestan! Mientras haya un Rajoy que apedrear, todos tranquilos.

Cuentos aldeanos

No cabe duda de que la vida pública española está alcanzando sus cotas más bajas. No sólo en el lenguaje –que es para oírlo—sino también en los actos, tocados uno y otro de un inconfundible tono palurdo. Un ex –“molt honorable” ( las minúsculas son deliberadas) acusado de haber logrado un botín durante su largo mandato, repreguntó en el Parlamento autónomo a un diputado que lo interrogaba: “¿Y qué coño es la UDEF?”. Un alcalde de pueblo sevillano declara con vehemencia en una cinta ya en poder del juez que si había dado un contrato irregular era porque “le había salido a él de la polla”, y disculpen la expresión, pero eso es lo que hay. Y en Pontevedra un concejal ha logrado, con el apoyo de los antisistema y del PSOE, declarar al presidente del Gobierno “persona non grata”. Nada de ello es nuevo. A Víctor Márquez Reviriego le propusieron el mismo “honor” una vez que escribió sobre los negros de Gibraleón –pura etnografía histórica, palabra—tal como al servidor que les habla lo amenazó un tránsfuga de IU al que el PSOE pagó su traición haciéndolo alcalde primero y luego, en la Diputación de Huelva, asesor “de infraestructuras y aeropuertos” a pesar de no haber ninguno en la provincia. Hay muchos casos y también una evidencia: que ese recurso demagógico y banal es siempre fruta aldeana. Hoy andan muchos por ahí retirándole a Franco los títulos y medallas que, en su día, otros como ellos le dieron al dictador, como si con ese gesto inútil fueran a cambiar la Historia. Van listos.
Mala cosa es ver en la pudrición de los modales políticos una conquista democrática. ¿En qué país se injuria tan grave e impunemente a un presidente del Gobierno que, por si algo faltara, acaba de ganar las últimas elecciones? He ahí una pregunta ociosa después de haber escuchado a quienes nos gobiernan o pretenden hacerlo proclamar su desprecio a la Ley, descalificar a la Justicia incumpliendo sus sentencias o convocar a la plebe desde sedes partidarias para avasallar la de un partido o incluso para ¡“cercar al Congreso”! Aunque claro también que poco pueden extrañarnos los paletos si los más altos gobernantes del país se tildan en público de “no decente” o de “miserable”, como vimos hace poco. ¿Nos daremos cuenta de la gravedad del momento en que vivimos o seguiremos en Babia? Si Platón recomendó echar del Poder a los poetas imaginen lo que podría decirnos hoy contemplando los lances de esta capea.

Predicar no es dar trigo

Gran cabreo el que se han pillado las asociaciones voluntarias que velan por los “sin techo” en Cádiz ante el incumplimiento del alcalde Kichi de ayudar a ese segmento desdichado de la sociedad. Es verdad que el alcalde rojísimo llevó a una representación de esos desgraciados al Teatro Falla a ver coros y chirigotas, pero, en cambio, no ha hecho más que poner excusas para no cumplir su compromiso de ayuda: ni sacos de dormir, ni mantas, ni impermeables, ni ropa interior de algodón ni Cristo que lo fundó. Es más, con la friolera que ha afligido a Cádiz durante el Carnaval no sólo no dio lo comprometido sino que dicen los “voluntarios” que envió a la Policía Municipal al Balneario de la Caleta con orden de despojar a los menesterosos de sus sacos y mantas. La pobreza no debe verse y menos en un régimen de “leninismo amable”.

Chapter house

Si para mí hay un lugar evocador en Londres –junto con el Temple—es, sin duda, la abadía de Westminster. Y si me fuerzan a elegir entre sus muchos rincones emotivos, ninguno para mí como la “Chapter house”, la antigua sala capitular de los benedictinos en la que se reuniría el primer Parlamento inglés una vez que Juan sin Tierra reinventó la soberanía en la letra áurea de la Carta Magna. En 1215, oigan, cuando nosotros andábamos todavía en las Navas de Tolosa. ¿Comprenden las diferencias que nos alejan –a casi todos los europeos– de esos soberbios ciudadanos celosos siempre de una soberanía conquistada? A mí no me extraña un pelo el éxito de Cameron al arrancar a la Unión Europea ese pacto leonino que, de hecho, significa su renuncia definitiva al objetivo ideal de unos Estados Unidos de Europa, es decir, a una comunidad política autónoma capaz de contrapesar los grandes poderes nacionales que existen ya o que anuncia el futuro inmediato. ¡Enseguida iban a ceder su soberanía los ingleses o a medirse en igualdad con sus socios continentales de los que los han defendido siempre su propia insularidad! Nunca destacó Inglaterra por su solidaridad, siempre por su identidad firme y por su aislamiento relativo. ¿Por qué iba a cambiar ahora, cuando ni siquiera los miembros de la Unión saben lo que quieren ni son capaces de moverse con energía fuera de su asfixiante burocracia? Cameron sabe lo que hace aunque es muy probable que no sepa lo que debe hacer.

Nos llevan siglos de adelanto, siglos de autoestima, a pesar de la dureza de su convivencia interna que todavía hoy colea en Escocia o Gales, y por eso mismo no están dispuestos a dejar eventualmente su política exterior en manos de, pongamos, de Javier Solana. Por eso no pestañean a la hora de herir, quién sabe si de muerte lenta, a una Europa cogida con alfileres que nunca dejó de ser, de hecho, esa que llaman la “Europa de los mercaderes”. Los ingleses estarán siempre a las maduras, a las duras, jamás, y llevarán toda la vida su identidad radical al punto que significa la nacionalización de su iglesia o el hecho de que mantengan como si tal cosa varias ligas de fútbol. ¡A Inglaterra con trágalas muñidos en Bruselas, con cupos de inmigrantes y refugiados, con el fantasma de un futuro Gobierno único del continente! La autestima inglesa raya con la soberbia y, desde la perspectiva política, es vecina del autismo. Que se logre o no el proyecto europeo le importa a los ingleses tres caracoles.