Arqueología de la moda

Me he quedado de piedra al comprobar que no era una macana la leyenda de que en Francia iban, al fin, a suprimir la prohibición legal que veta a las mujeres el uso del pantalón. Admito que no he conocido nunca un caso parejo de anacronismo legal, pero me rindo ante la evidencia al enterarme de que un grupo de diputados radicales de izquierda acaba de registrar ante la Asamblea Nacional francesa una proposición de ley que pretende suprimir definitivamente las disposiciones legales vigentes en aquel ordenamiento jurídico que todavía prohíben a la mujer el uso de esa prenda masculina en su origen. No es ningún secreto que Georges Sand se paseaba por París luciendo su palmito con pantalones de varón y desafiando a los bienpensantes con su larga boquilla, pero entonces, como ahora, eso que ella hacía constituía una violación legal a tenor de lo dispuesto en la ley de 26 de Brumario del Año VIII (saque el lector la cuenta en arábigos), norma vigente siempre, aunque modificada dos veces –en 2892 y en 1909—para autorizar el uso de la prenda siempre que la mujer llevara de la mano un manillar de bicicleta o las riendas de un caballo (sic). Créanselo: ni siquiera la Constitución del 46 que establecía la igualdad de derechos entre los sexos pudo con esa inercia revolucionaria. Habrá de ser en pleno siglo XXI, si es que finalmente llega a buen puerto la iniciativa, la que “legalice” el uso del pantalón por parte de la mujer. Carlota Corday se pudo llevar por delante al loco de Marat, pero ni sus tataranietas hubieran podido legalmente calzar pantalones de hombre con la ley en la mano. ¡Haga usted una Revolución para esto!

 

Por las historias del tema sabemos hace tiempo que el travestismo es una fantasía dominante hasta el punto de que es la que, según Judith R. Walkowitz, con mayor frecuencia aparece en los diarios femeninos conservados, acaso porque, a pesar de la superficialidad de su carácter simbólico, hay pocas cosas tan eficaces  como la ropa a la hora significar la identidad. A Georges Sand aquellos pantalones prohibidos le parecían más significantes que su propio pseudónimo macho pero lo que no nunca hemos sabido al verla retrata por Laurentz o idealizada por sus émulos, es que, ciertamente, al vestir aquellos pantalones estaba desafiando nada menos que a la ley. Una ley inconcebiblemente anacrónica que ahí está, en todo caso, aguardando a que un piquete de radicales la asalte como una fortaleza en ruinas, imaginamos que apoyados por un criterio unánime. El feminismo rampante, incluidas desde la Stein o la Beauvoir, no sospechó siquiera que bajo sus pies se mantuviera intacto ese tabú indumentario.

Vivir del pañuelo

El caso de la concejala morita de Gines es de los que no dejan lugar a dudas, sobre todo después de que se haya ofrecido a cualquier partido, no importa el signo ni el color, con tal de que respete ese pañuelo suyo de la discordia. Un caso de profesionalismo –en tiempos de paro—que revela hasta qué punto la política se está pervirtiendo en oficio puro y duro, en el que la ideología puede servir de coartada incluso en situaciones tan ridículas como la presente. Ignoro si es verdad que el PP ya no cuenta con ella, pero en todo caso parece obvio que es ella la que ha de integrarse en Gines y no al revés.

Sin ton ni son

Vaya papelón que ha hecho doña Petronila –toda una vida vivaqueando en la nómina pública–, vaya colmillo retorcido y vaya endeblez de argumentos. Se ve que andan nerviosos y no saben bien qué hacer para espantar el espectro de la crisis, la pesadilla del paro, el timo de Astilleros, el retraso de los puentes o el desdoble y, por supuesto, la ausencia del AVE, pero arremeter sin más ni más contra el alcalde de la capital constituye toda una demostración de chapucería política que, incluso tratándose de ella, no deja de llamar la atención. Superviviente de todas las purgas, la señora presidenta no ha aprendido, como puede verse, a respetar ni los límites más elementales del juego limpio.

El espejo griego

La maniobra económica espectacular de salvación de Grecia está siendo interpretada por la mayoría de los observadores como un ejercicio de autoayuda con el que, aunque tardíamente, la Unión Europea trata de salvarse a sí misma. Ya tenemos otra vez ahí la angustiosa imagen del náufrago tirando de su propio brazo para escapar del piélago, en la medida en que es el propio sistema que sustenta la precaria realidad europea el que trata de salvarse acudiendo en ayuda de uno de sus miembros. Hasta Edgar Morin ha roto su silencio para concluir que no se trata tanto de remediar el naufragio griego como de comprender que Europa se encuentra en una situación crítica como consecuencia del fracaso a la hora de dotarse de una autoridad política legítima, consecuencia del egocentrismo de sus miembros, y ya de paso para avisar de que un fracaso definitivo podría hacernos retroceder a situaciones anteriores que creíamos definitivamente superadas. De la ilusión del progreso indefinido e ineluctable hemos pasado a la evidencia de un porvenir incierto y peligroso, caldo idóneo para la amenaza neonacionalista. Salvar a Grecia es salvarnos todos, fracasar en su rescate supondría la liquidación de hecho de un proyecto como el europeo que arrastraría tras de sí imprevisibles consecuencias globales. Lo mismo piensan los expertos griegos, que han visto de cerca la tragedia y que insisten en la idea de que el sistema monetario europeo conduce de modo inevitable a una especulación que califican de dramática. No es descartable que tras Grecia vayan cayendo Portugal, España e Italia en un dramático dominó que liquide el montaje continental. Pero en ese supuesto nos despertaríamos transportados a 1929 con todas sus consecuencias. Salvar a Grecia no es un mérito solidario; es simple y previsora autodefensa.

 

Parece que hay consenso en que de la crisis habremos de salir –si es que salimos a tiempo—decididos a rematar el ideal europeo dotando al proyecto comunitario de una auténtica entidad política transnacional, perdido el miedo al menoscabo de la soberanía que es el que ha frenado la integración justo en el límite del establecimiento del euro. Con un Banco Central por ejemplo, que a semejanza del americano, preste a los Estados y no a esos bancos comerciales que hacen su agosto revendiendo a intereses prohibitivos el dinero barato que reciben. Con una autoridad efectiva, en fin, capaz de evitar cambalaches como el griego y desmarques como el alemán. La crisis será la prueba de fuego de Europa y del Sistema. Ahí radica su peligro pero también nuestra esperanza.

Pintar la mona

Toda reivindicación justa merece respeto. Ninguna, si está basada en el oportunismo. El montaje de Córdoba reivindicando la memoria de los ajusticiados por la Inquisición, mismamente, viene a sumarse a la fiebre memorística que amenaza si no infecta nuestra convivencia. La Inquisición es de las materias que cuenta con historiadores más serios y ninguno de ellos aparece en esta verbena justicialista que, ciertamente, merece un respeto mayor. Porque no parece lógico vivir mirando obsesivamente hacia atrás, como no lo hace ningún otro pueblo, teniendo todos su pasado negro. Ya es bastante negro el presente español y andaluz para andar revolviendo esas oscuras y remotas tragedias, por desgracia del todo irremediables.

‘Gürtelillo’ en Cartaya

Mala cosa para el Ayuntamiento de Cartaya y su partido, la investigación ordenada por un Juzgado ayamontino sobre el patrimonio del “número 2”, Miguel Novoa, que incomodará sin duda al propio ‘comandante’ Millán, ese alcalde con salida para todo cuya reacción se espera con interés. Habrá que aguardar a que se aclaren las cosas, pero el asunto –obras urbanísticas autorizadas sin darse las circunstancias legales preceptivas, patrimonios familiares galopantes—pinta de lo peor. Y afecta a la Diputación, como es lógico, dada la vara alta que Novoa ha esgrimido en la Casa todos estos años. ¿Un ‘gürtelillo’ en Cartaya? Todo a su tiempo. De momento son Novoa y su partido quienes tienen que mover ficha.