Carnaval en Cuaresma

Carnavalillo en plena Cuaresma ha sido el organizado por los alevines del PSOE –esas Juventudes en las que muchos encontrarán su empleo de por vida– al manifestarse ante la tele municipal reclamando pluralismo. ¡Qué cosa, tener que escuchar al PSOE exigir pluralismo tras tan larga experiencia de “agiprop” monocolor! ¿No habrán visto más que esa tele los jóvenes del esparadrapo en la boca? ¿Qué pluralismo han encontrado alguna vez siquiera en los ‘medios’ que controla su partido aunque los paguemos entre todos? ¿Quieren acaso controlar también los medios ajenos? Se comprenden las prisas por hacer méritos pero no espectáculos como el que los veteranos han hecho representar a estos jóvenes.

Amor y odio

Para las elecciones regionales del próximo domingo, convertidas de hecho en un referéndum sobre la extravagante figura de Berlusconi, la propaganda oficial anda manejando sin contemplaciones el arsenal populista a base, sobre todo, de los mensajes recibidos tras la sospechosa agresión sufrida en Milán en noviembre pasado, la lectura de los cuales deja claro al más escéptico el hecho de que la opinión italiana se desliza peligrosamente hacia los viejos y conocidos modelos que hacen del “duce” una necesidad. “Italia sin Silvio no sería Italia”, dice alguien, “es nuestra única referencia”, añade otro, “Es un padre, un hermano, un amigo: él lo es todo para nosotros”, remata el más entusiasta. Cosas por el estilo y peores han podido oírse durante la demostración celebrada el sábado en Roma, mientras el “Cavaliere” vende/regala a mansalva un libro editado por su editorial Mondadori en el que, desde el título, sostiene la seráfica tesis de que “El amor la gana siempre sobre la envidia y el odio”, y en el que se describe la creciente fractura social del país como la consecuencia del la maldad de los “jueces rojos que representan la patología de la democracia”, en combinación con la inquina periodística de los medios críticos, por cierto silenciados por el peso del Poder. “No me preocupa que sea rico y que se haya enriquecido más aún desde el Poder”, se llega a escuchar estos días en medio de un clima inquietante, “¿Acaso no hacen lo mismo los políticos de izquierda?”. En una recepción oficial, el “duce” llega tarde pero sin complejos: “Sí, qué pasa, me he entretenido para que me maquillaran, yo no soy ningún hipócrita. Mi partido no miente nunca a sus electores”. Y un cerrado aplauso celebró la ocurrencia. Berlusconi, Bossi y compañía ha demostrado que no es imposible encontrar una vía democrática al fascismo de hecho.

 

Pone los pelos de punta escuchar esa lógica de la sumisión, asistir al envilecido espectáculo de la devoción por el amo que está devolviendo a aquel país un contexto psíquico y a una circunstancia sociológica que recuerda los vividos en épocas pasadas y nefandas. Y la vía que está inundándolo no es otra que ese populismo que ha sabido explotar el descrédito de unos partidos tradicionales incapaces de reaccionar a pesar de la escandalosa experiencia por la que atraviesa el Poder. Yo creo que esta estampa italiana debería hacer que muchos a su alrededor pusieran sus barbas en remojo mientras aún se esté a tiempo. Luego, una vez que el mecanismo enloquezca y el vértigo caudillista se apodere de la razón colectiva, no escucharíamos otras voces que estas humilladas endechas que hoy nos suenan todavía lejanas.

Pitas, pitas, pitas

No ha estado afortunada Esperanza Aguirre, ni mucho menos, en su forma de criticar el sistema –sobradamente criticado desde la seriedad—del subsidio agrario. Lo que no supone, en modo alguno, que ese exceso retórico “ofenda” a los andaluces, una mayoría importante de los cuales es igual de crítico o más con ese sistema asistencial que ella misma. Y en definitiva, tampoco debe servir para ocultar la descarada maniobra electoralista que ha supuesto la reducción de las peonadas que dan derecho a percibir esa ayuda, tan justa en muchos casos como impropia en tantos otros, a la que se aferra visiblemente el “régimen” autonómico andaluz.

Archivo en Punta

El archivo del “caso Ibercons” por parte del Juzgado de Instrucción  número 4 de Huelva devuelve a los imputados su derecho a protestar por las acciones sufridas y, de paso, sirve de lección a las acusaciones políticas (de todos los colores) más atentas al efectismo de sus denuncias que a las exigencias procesales. Ahora bien, lo que no desaparece es el hecho mismo, reconocido por el juez, de que en el Ayuntamiento de Punta Umbría de le “pidió políticamente” a un empresario concursante que desistiera de un derecho dejando en el aire una significativa e incómoda opción en caso de que no accediera. Ni una parte ni la otra deberían echar las campanas al vuelo. Porque este caso lo único que ha demostrado es el modo indeseable en que en Huelva se desenvuelve la competición política.

El séptimo día

En Bruselas anda planteado un no poco sonoro debate sobre la eventual declaración legal del domingo como día de descanso obligatorio para todos los trabajadores de la Unión. Un tema curioso, al menos si se tiene en cuenta que los defensores del proyecto apoyan al mismo tiempo la semana de 48 horas, pero que encubre, obviamente, viejos motivos culturales, no sé si decir que incluso subconscientes, en torno a la sacralidad de del día del descanso forzoso que, como se sabe, es una imposición de naturaleza religiosa. El miércoles 24 se celebrará en el Parlamento una acción que pretende influir en los 27 jefes de Estado y de Gobierno reunidos esa misma fecha, para que la legislación europea decida de una vez el derecho al ocio dominical que sus defensores ven muy distinto del simple derecho disponer de un día de la semana que ya asiste a todo trabajador, pretensión que tratan de apoyar incluso en la opinión científica que probaría la idoneidad del “week end”. El peso de la tradición cristiana salta a la vista pero también plantea la dificultad –al margen del problema de la disfuncionalidad que la medida acarrearía en los servicios de una sociedad compleja—de imponer un día sagrado en un mundo laboral en el que los judíos celebran el sábado y los musulmanes el viernes. Va a hacer falta un Julio César o un Gregorio XIII para resolver este problema que, sin embargo, parece que apoya sin fisuras el grueso de los agentes sociales y los representantes políticos, en este caso alineados con la pretensión eclesial, pero el hecho mismo de la discusión del “día solis”, como lo llamó Constantino, nos sugiere la curiosidad de esa pervivencia de la tradición en el magma de las mentalidades. Habrá que parafrasear al Evangelio y decir que el hombre no se hizo para el domingo sino el domingo para el hombre, pero sobre todo habrá que ver cómo se ajusta esa pieza en la muy desquiciada maquinaria del trabajo moderno.

 

No quiere Europa que desaparezca la imagen del domingo reparador, la estampa del concierto familiar en los parques, el reencuentro siquiera fugaz del ser enajenado en el trabajo con esa inefable sensación que es la libertad y la sempiterna fascinación por el ocio, la cita soleada con la Naturaleza que libera brevemente del Orden. Hoy queda escasa materia sagrada en el “séptimo día” pero no deja de ser significativa su pervivencia en la mentalidad postmoderna, tan ajena ya a aquella en la que era posible discutir la licitud de romper el descanso ritual para rescatar al pollino del fondo del pozo. Cuando Ortega dijo que el Hombre es Historia llevaba más razón que un santo.

Liderato necesario

No me parece bueno el debate sobre el liderato de Griñán que, ciertamente, ha comprometido el embolado de Mar Moreno como “missi Dominici” o enviada del señor. Siempre, y más en una situación crítica, resulta imprescindible la confianza en un liderato político que, por su propia naturaleza, es indivisible, y para abordar la cuesta abajo de la crisis pero también para enarbolar de una vez la autonomía, poco ha de ayudar que propios y ajenos cuestionen al líder legítimo. Claro que esa batalla ha de ganarla el propio Griñán y nadie más. Porque yo que él, a estas alturas, no me fiaría ni de mi sombra.