Teoría del rehén

Otro debate europeo de alta tensión. Esta vez sobre los rehenes cada día más frecuentes en la crónica internacional. Hay en él consenso en que toda delincuencia organizada entre las que registra la historia, ha acabado en el negocio del secuestro (añado por mi cuenta el caso del bandolerismo andaluz, ya en sus amenes isabelinos), el despreciable del repertorio, y parece haberlo también contra el pago del rescate por parte del Estado o con su vista gorda, delicada cuestión sobre la que no seré yo quien lance la primera piedra. El episodio de nuestros pescadores en Somalia aparece, no sé bien por qué, como el hito que marca el actual periodo de prosperidad de esa industria inhumana, pero se recuerda, como no podía ser menos, el posterior de nuestros cooperantes apresados en Mali, el de los periodistas galos que capturó en diciembre el tingado talibán y ahora también, por desgracia, el del médico español capturado en el Congo por los hechiceros de una tribu pero que ya veremos en qué acaba. Demasiados secuestros, incluso si nos olvidamos de los que acabaron de sesiones filmadas de degüello a manos del integrismo islámico. ¿Debe pagarse el rescate o resistir heroicamente hasta el sacrificio si llegara el caso, cabe una acción internacional coordinada o habrá que plegarse a ese bandolerismo que ha hallado en el eco mediático globalizado su mejor garantía de éxito? Es difícil, en conciencia, responder a esas preguntas, para calibrar cuya gravedad nada mejor que ponerse en la piel de los deudos del secuestrado, y muy fácil, obviamente, cerrarse en banda desde la experiencia ajena, reclamando firmeza al Poder. Incluso a un tragaldabas como Moratinos hay que tenerle consideración en semejante encrucijada, por más que por ahí la tendencia sea la de mantenerse ternes y no ceder ante el chantaje.

 

Lo que no se entiende bien es la flaqueza generalizada ante esta agresión que está acarreando el alejamiento radical entre los pueblos al impedir una comunicación normal entre ellos. Incluso si damos por hecho que son los respectivos intereses creados –fundamentalmente económicos– en aquellos los que impiden una reacción proporcionada y capaz de disuadir a los poderes locales de su evidente colaboración, activa o pasiva, con los facinerosos. Alguien en el debate aludido deja caer que mientras se mantenga la actitud doblegada que acaba pagando lo exigido y garantizando la impunidad, esa “industria” tenderá a crecer ,que es ni más ni menos que lo que postulaba hace siglo y medio el gobernador Zugasti antes de liquidar nuestro legendario bandidismo. Lo que no oigo son soluciones. De momento, me temo, el negocio del secuestro seguirá viento en popa.

Justicia imposible

Se inicia el circo del “caso Marta” justo cuando conocemos los más alarmantes datos sobre la situación de la Administración de Justicia en Andalucía. Los juzgados de Vigilancia Penitenciaria tienen que vérselas con una media cercana a los 2.000 reclusos, media que en Sevilla alcanza casi los 4.000, mientras que en los juzgados de Huelva decenas de miles de sentencias esperan para ser ejecutadas tanto tiempo después de que el escándalo provocado por el “caso Mari Luz” pusiera en evidencia a una Junta que, a estas alturas, incluso incumple su compromiso de aumentar las plantillas más precarias. Así no hay modo de hacer Justicia. Mucha gente mira atrás echando de menos la Justicia unificada que dependía de Madrid.

Vandalismo impune

Nuevamente salta a la actualidad la situación en que se encuentra el patrimonio arqueológico onubense, en concreto sus dólmenes milenarios, hoy como siempre –al margen de alguna intervención oportunista–  abandonados a su suerte. Se culpa de los últimos atentados, con razón, al actual delegado de Cultura, Juan José Oña, pero hay que admitir que el abandono de la cacareada “ruta dolménica” viene de viejo. En el importante enclave de Pozuelo se destruyeron monumentos funerarios por dos veces en laboras agrícolas mientras que los demás –anunciados en carretera, eso sí—sobreviven en el más absoluto abandono, sin accesos ni custodia adecuada. La Junta que los reclamó en su día los mantiene en el más absoluto abandono.

Vivir del cuento

Casi todos los que escribimos en esta era confusa andamos echando nuestro cuarto a espadas sobre la hilarante conseja de la ministra de Igualdad (¡vaya oxímoron!) que propone desterrar del magín infantil las fantasías –el famoso “regalo de amor” de que hablaba Lewis Carroll—contenidas en el cuento infantil, porque ven en él, y no les falta razón, un activo instrumento de socialización que, como todo en esta vida, tiene la marca macho de la tradición cultural, la única conocida, dicho sea con permiso de Bachofen. La legítima aspiración feminista está adquiriendo una vidriosa tonalidad sobre cuyo fondo la hembra se refleja ya con trazas de ménade llevando hasta el paroxismo la pulsión maniquea que vertebró siempre lo que la Campoalange llamaba “la secreta guerra de los sexos”. Un ejemplo: la ministra no se conforma ya con proponer el uso sexualmente indiscriminado del juguete –batalla seguramente perdida por razones estrictamente dinámicas—sino que se propone imponer una didáctica nueva capaz de superar la férula patriarcalista, empezando por desterrar los cuentos en que el varón aparece como héroe salvador de una hembra pasiva en el conocido esquema mítico de la prueba del mérito, esa invariante mítica. Cenicienta misma, cree la ministra que simboliza un abuso viril, a pesar de que Bettelheim propuso ver en el zapatito de cristal la irresistible seducción de la vagina o de que el padre de doña Letizia lo aceptara encantado (y nunca mejor dicho) como un obsequio de la vida. En cuanto a la pobre Blancanieves, la otra perjudicada de este “índice expurgatorio”, ya es mala suerte que haya debido soportar a un tiempo la vejación del cine porno y los neuróticos melindres de estas exaltadas. ¿No se dará cuenta la ministra de que si no fuera por el patriarcalismo de ordeno y mano que hace desfilar a su partido, ella estaría aún en Alcalá de los Gazules y, probablemente, mano sobre mano?

 

Quienes creemos que la vida, sencillamente, ha cambiado para bien y que las relaciones entre los sexos nunca volverán a ser lo que eran, podemos avisar bien alto del riesgo de que estas memeces sexistas acaben devolviéndonos a una antropología como la que en su día levantaron tíos como E.B. Bax o Stevens Goldberg, aunque dudo que la ministra conozca las fuentes. Que se produzca una “reacción”, un impulso inverso, quiero decir, harta de coles la muchedumbre a fuerza de escucharle tonterías a las amazonas. No todo estaba mal en el viejo mundo, obviamente. Otra cosa es que gente como la ministra tal vez nunca hubieran ganado en él unas oposiciones libres. No debería desconfiar de la magia de los cuentos quien se lo debe todo a un príncipe azul.

Misión de la Universidad

La Universidad de Granada debe de tener mucho tiempo libre cuando lo emplea en objetivos tan peregrinos como el que campea en un anuncio suyo en el que se convoca a “chicas adolescente heterosexuales, activas sexualmente, que hayan practicado sexo con penetración, que no estén embarazadas y que no vivan con sus parejas”. ¿Se dan cuenta de en qué consiste hoy, por lo visto, la misión de la universidad por la que Ortega clamaba hace tantos años? El programa contempla materias como el uso del preservativo y las relaciones entre adolescentes, ni que decir tiene que “desde la perspectiva de género”. Del género tonto, hay que decir, una vez más, aparte de elevar un réquiem por el “alma mater”.

El atasco judicial

Los datos oficiales hechos públicos por el Consejo General del Poder Judicial son definitivos. Que en Huelva, por ejemplo, haya en este momento amontonadas más de 22.400 sentencias esperando turno para ser ejecutadas es un dato que habla por sí solo y, desde luego, en el lamentable sentido de que el sistema judicial está definitivamente desbordado y los contribuyentes y ciudadanos en general, dejados de la mano de Dios. No sirvió de nada el escándalo y la tragedia del “caso Mari Luz” porque las cosas están hoy peor aún que estaban antes ocurrir ésta. Algo que la Junta debe abordar con urgencia, anteponiendo ese objetivo a tantísimos gastos superfluos –incluyendo los de personal—como llevan por delante las Administraciones.