Pintar la mona

Toda reivindicación justa merece respeto. Ninguna, si está basada en el oportunismo. El montaje de Córdoba reivindicando la memoria de los ajusticiados por la Inquisición, mismamente, viene a sumarse a la fiebre memorística que amenaza si no infecta nuestra convivencia. La Inquisición es de las materias que cuenta con historiadores más serios y ninguno de ellos aparece en esta verbena justicialista que, ciertamente, merece un respeto mayor. Porque no parece lógico vivir mirando obsesivamente hacia atrás, como no lo hace ningún otro pueblo, teniendo todos su pasado negro. Ya es bastante negro el presente español y andaluz para andar revolviendo esas oscuras y remotas tragedias, por desgracia del todo irremediables.

‘Gürtelillo’ en Cartaya

Mala cosa para el Ayuntamiento de Cartaya y su partido, la investigación ordenada por un Juzgado ayamontino sobre el patrimonio del “número 2”, Miguel Novoa, que incomodará sin duda al propio ‘comandante’ Millán, ese alcalde con salida para todo cuya reacción se espera con interés. Habrá que aguardar a que se aclaren las cosas, pero el asunto –obras urbanísticas autorizadas sin darse las circunstancias legales preceptivas, patrimonios familiares galopantes—pinta de lo peor. Y afecta a la Diputación, como es lógico, dada la vara alta que Novoa ha esgrimido en la Casa todos estos años. ¿Un ‘gürtelillo’ en Cartaya? Todo a su tiempo. De momento son Novoa y su partido quienes tienen que mover ficha.

Las nieves del tiempo

Una influyente marca cosmética está consiguiendo esta temporada imponer en el gran mundo de la moda la exhibición de las canas. No las ocultan ya, antes las exhiben, estrellas como Georges Clooney o Meryl Streep, aunque disidentes de la moda como Demi Moore acaban de confesar que mantienen con esas nieves del tiempo, pinza en mano, una dura batalla. No me parece caprichosa esta vez la elección de la moda, sino ilustrativa de una sociedad seducida por la originalidad que, como comentaba hace poco alguna historiadora gala, ha decidido apostar por lo desvalorizado como signo de una nueva cultura, consciente de que en las posibilidades de su estética entra de sobra la capacidad de disociar la apariencia de la realidad, permitiendo, por ejemplo, entender que unas canas bien llevadas para nada implican decrepitud ni siquiera decadencia. Volvemos quizá al prestigio de la madurez, al respeto inmemorial por esa seña de superioridad moral que vio siempre en la blancura del pelo la comunidad primordial, prácticamente en todas las culturas conocidas, y que poco tiene que ver, en todo caso, con la amanerada sofisticación de la “estética blanca” que hizo furor en el mundo “ilustrado” de las albas pelucas y los polvos de arroz. Esa moda funciona hoy sobre una fuerte ambigüedad, favorecida por el progreso de la conservación física, que ha sido capaz de propiciar la imagen del maduro atractivo y de la matrona seductora, asistidos uno por el milagro de la química (el viagra ha hecho realidad al filtro de amor) y la otra por una biología capaz de prolongar casi indefinidamente su pubertad. En un mundo donde la virilidad ya apenas caduca y en el que la maternidad reproduce los prodigios bíblicos, las canas han liquidado su connotación fatal mientras que el mito de la experiencia gana puntos a ojos vista. Tengo la  sensación de que la Moore no se ha enterado de qué va la película.

 

No cabe duda de que el desprestigio de las canas ha sido siempre la traducción del desprecio productivista que veía en ellas la seña de la disfunción, pero curiosamente tampoco es dudoso que, paralelamente, desde el venerable homérico hasta el druida celta, en ellas se haya visto siempre el signo venerable de cierta superioridad moral. La novedad estriba ahora en que esa seña no marca ya al anciano sino al maduro, de cuyo perfil ahuyenta (como hemos vista tantas veces en los anuncios del comercio o en los carteles electorales) cualquier rastro de inmadurez, considerado por el marketing como poco favorable para la estimativa general. Nada, pues, de rescate de la viejez, sino de prolongación de la juventud. Si hay algo que no han cambiado estos tintes es la lógica de la dominación.

Banderas al viento

Poco éxito, más bien ninguno, el de la convocatoria de los sindicatos para concelebrar el 1º de mayo: descontados los manifestantes en nómina, cuatro gatos. Muchos indicios a apuntan al final de una era en que el mito de la representación obrera ha podido funcionar, mal que bien, antes de que unos y otros decidieran la liquidación práctica del movimiento de los trabajadores. ¿Cómo confiar en unos sindicatos profesionalizados, ayunos de militancia, subvencionados a manos llenas por el Poder y alineados con la patronal a la hora de poner la mano? Esas banderas y pancartas del sábado no significan ya casi nada, aparte de que mantengan a mucha gente y de que el Poder esté encantado con ellas.

Barbas en remojo

No es que sea calcado el caso, pero sí que tiene mucho que enseñarnos en Huelva la catástrofe de Luisiana. ¿Qué sería de nuestra Doñana y de nuestro turismo si el oleoducto apadrinado por ZP y gestionado por González acaba instalándose y algún día sufre un percance como el que ahora lamentamos en el Golfo de México? Porque también allí se descartaban riesgos y se tachaba de alarmistas a quienes preveían los peligros que la realidad ha acabado por confirmar, y ahora la única realidad es que toda una región ha quedado devastada y arruinados sus habitantes. ¿No tendrán bastante con lo que ya le han hecho a Huelva? Ese proyecto amenazante debe ser reconsiderado por mucho que se resientan los intereses de los “amigos políticos”.

El diván subastado

No vamos a poder librarnos en mucho tiempo del revisionismo de los mitos meridianos del siglo XX. Desde el que trata de destruir a Nietzsche, por ejemplo, curiosamente desde perspectivas incluso contradictorias, hasta el que se ensaña con el viejo Marx en línea con la tradición de la minúscula crítica “ad personam”. Es como un deporte que tiene asegurado el éxito publicitario, hoy tan potenciado por el debate en la Red y, hay que reconocerlo, por la propia penuria teorética de estos “tiempos mudos”. O de los dirigidos contra Freud y su descendencia, por lo general desde la perspectiva hemenéutica que le niega la patente científica que, que yo sepa, nunca pretendió explícitamente el mago vienés. Entre estos últimos –hay que decir que maltratados a conciencia por la crítica, en especial por la francesa—está de moda el publicado por Michel Onfray con el título elocuente de “Crépuscule d’un idole”, que acabo de leer,  y en el que este ágil, atractivo y demoledor iconoclasta –que en su día se reveló por libre contra la enseñanza oficial de la filosofía para proponer su exclusivo método—ensaya una vasta pesquisa (son más de 600 apretadas páginas) consagrada a probar, como ha recordado algún crítico, el postulado nietzscheano de que toda teoría es un artefacto de la propia biografía. ¿Recuerdan las críticas añejas que sugerían al Marx perseguidor de criadas? Pues Onfray la emprende aquí con Freud para “explicarlo” en función de sus propios fallos personales, por ejemplo, qué sé yo, el edipismo como reflejo de su incestuoso amor por la madre, su monismo como consecuencia de su sexualidad obsesiva, la famosa y archibaqueteada dedicatoria a Mussolini o sus inverosímiles connivencias con los nazis derivadas de fantasías tales como que Kant o Juan Evangelista fueron adelantados de Hitler… Se lo están comiendo vivo y la verdad es que el panfletazo no merece menos.

 

Nadie hubiera dicho en los felices 60 que el culto a Hayes y el recuelo neoliberal inaugurado por la Thatcher, acabarían barriendo la asfixiante ortodoxia marxista que por entonces lo dominaba casi todo. Como no creo que nadie pueda garantizarnos hoy que esos olvidados no puedan de volver por donde mismo se fueron, revisados tal vez y libres ya de sus excrecencias dogmáticas, para ser aprovechados en cuanto realmente aportaron. He cerrado este libro con un desolado sentimiento de soledad intelectual, lamentando que un talento como el de Onfray se “divierta” en semejantes meandros, y no me ha extrañado oír a Bernard-Henry Lévy calificarlo de banal, reductor, pueril, pedante y ridículo. Que seguramente no es lo peor que le van a decir ni menos de lo que merece.