Ocaso de los premios

Circula en Internet una historia emocionante y paradójica que un amigo solícito me remite acompañada de su enérgica y justificada protesta. Se trata de la historia de una anciana polaca, Irena Sendler, que acaba de fallecer casi centenaria, tras ser apeada de la candidatura del Nobel de la Paz para la que había sido propuesta, primero en beneficio de Al Gore, ese gran malabarista u embaucador, y luego por el propio Obama que, quizá sin comerlo ni beberlo él mismo, se vio sorprendido con el galardón nada más apearse de la carroza y a pesar de llevar un par de guerras entre manos. La odisea de Irena tuvo lugar en la terrible Varsovia ocupada por los nazis, donde, aprovechando su empleo de varillera en el alcantarillado de la ciudad, logró sacar del gueto en su carro de herramientas nada menos que a 2.500 niños judíos cuyas familias perecieron, casi en su totalidad, gaseadas en las cámaras de los campos de exterminio, pero cuyas identidades ella guardó en un escondrijo de su jardín hasta que pasó el ciclón de la guerra. Pues bien a Irena, propuesta con insistencia para el Nobel, la han postergados sus responsables más atentos, como era de esperar, al brillo mediático de sus decisiones que a la justicia que merecerían, y ahora ha muerto a los 93 años, siempre mortificada por las secuelas de las torturas recibidas de aquellos verdugos cuando al fin la descubrieron, entre las que se incluía la fractura de sus brazos y piernas entre otras varias lesiones. Son le faltaron a esa mujer excepcional galardones y reconocimientos pero hubo de irse de este mundo sin el laurel de ese Nobel de la Paz que ha terminado por convertirse, en su radical desprestigio, en una antítesis virtual de lo que parece prometer. Figurar junto a Kissinger o Arafat, Walesa o Rigoberta Menchú tampoco debía ser algo que, a estas alturas, le quitara el sueño a esa luchadora heroica.

 

Hay premios y distinciones irreparablemente dañados en su prestigio a los que no les resultará fácil ya nunca recuperar su aureola. El temible Léautaud, tan extremado en su autoexigencia, llegó a decir alguna vez que recibir un premio constituye una deshonra para un creador, pero no es preciso subirse tan alto en la parra para comprender que una distinción universal como pretende ser la de ese Nobel resulta incompatible con la inclusión en su nómina de malhechores probados o reconocidos cantamañanas como las conveniencias políticas han acabado por imponerle. Se fue sin Nobel Irena Sendler, “madre del Gueto”, “Justa entre las naciones”, pobre y olvidada en su asilo de Varsovia. Gore y cía. se encargan ya de pasear el galardón que les sube exponencialmente el ‘caché’ de sus apariciones.

Juez y parte

Resulta algo capciosa la reclamación judicial del PP que exige a Griñán una sanción para Chaves: tendríamos que ver qué hacía el reclamante del PP si le exigieran a él que sancionara a Arenas por una acción similar. Ahora bien, que la Junta haya sido juez y parte en ese pleito –¿puede un informe de un funcionario jerárquicamente supeditado jerárquicamente al presunto incumplidor exonerar a éste, como ha hecho, de toda responsabilidad?—no tiene ni mucho ni poco sentido. El “caso Matsa” está claro como el agua como lo estuvo en su día el “caso Montaner” y sospecho que como aquel, quedará en agua de borrajas. Chaves ya está amortizado, después de todo. Y Griñán, desde luego, no está para bromas.

Terquedad

Insiste el PSOE en que los ataque sufridos por el sector fresero onubense en los medios franceses –sin duda motivados por intereses propios—no son tan graves, después de todo, y exonera al Gobierno por su pasividad ante la situación, con el argumento de que habrá que acostumbrarse a que cada cual defienda lo suyo. Tenemos unos políticos de mogollón, esa es la realidad, que poco pueden pintar en Francia, por supuesto, cuando ni siquiera consiguen hacerse oír de su propio Gobierno. Pero no dan su brazo a torcer, entre otras cosas porque la ruina del sector que sea no afecta a sus intereses personales ni partidistas.

Regreso a Willendorf

Mucho más que la extravagancia de ese psiquiatra yanqui que atribuye la infidelidad de los varones adultos a la experiencia de la niñera, me ha interesado el número especial dedicado a las gordas bellas por esa Biblia femenina que es la revista Elle. He dicho “gordas” a propósito, para evitar la ambigüedad del eufemismo, y añadido “bella” porque, como es natural, el truco de esa industria consiste en fidelizar a las clientas proponiéndoles en el espejo amañado imágenes en que puedan reconocerse con agrado identificándose con jamonas excepcionalmente atractivas, como la modelo Tara Lynn, una talla 48 –como lo oyen—, que se volvió a atrás tras un periodo de régimen para volver a ganar los kilos perdidos antes de posar sensualmente, ya sin rastro de complejo, sentada en el famoso sillón de Emmanuelle. No acaba, como ven, esa lucha inmemorial, que es de suyo cambiante, como lo demuestra el arte con su repertorio de venus macizas o gráciles, efímeros fenotipos de moda que alguien, a la sombra de Wilhelm Reich, trató en vano de explicar hace tiempo en función de los diferentes modelos económicos, como si en la era en que fue esculpida la dama de Willendorf o esa otra en la que Rubens pintaba sus rotundas matronas, hubiera explotado el PIB o algo por el estilo. Reinando en estos misterios, yo siempre acabo recordando que los argentinos han conseguido hacer un elogio del adjetivo “flaca” mientras que los españolitos suelen extremar su cariño con madres y novias llamándolas “gordi”, inspirados por ese Edipo agazapado que quien más quien menos lleva alojado en las entretelas. Es una bomba, Tara, créanme, pero al final de la edición, cuando ya nos tienen casi convencidos para la buena causa, se cuela el renglón “correcto” sugiriendo, o tal vez añorando, el día en que sea posible la convivencia de gordas y flacas en paz y harmonía. Ese elogio de la rotundidad en las formas viene a ser como un saldo (anual, por cierto) ofrecido por los mismos que el resto del año mercadean con la esbeltez.

 

Se comercia con la imagen –es decir, con la autoestima—como con cualquier otra mercancía, sin consideración por el daño ni pudor por la evidencia, en la seguridad de que el enjambre novelero no fallará nunca a la cita de la ilusión y menos en el ámbito narcótico de una sociedad de la imagen. Y exhiben una vez al año el palmito de la robusta, bella y abundante como las madonas del Aretino, y como ellas fosilizadas en el anacronismo, para compensarla del éxito de la asténica que señorea el ideal colectivo. El crimen de esa cruel estimativa no está en la demanda sino en la propia oferta.

Confesión de parte

No era de esperar que un dirigente histórico como Diego Cañamero cantara tan claro como para darle la razón a Esperanza Aguirre en el lío de las “pitas, pitas”, explicando que si lo que ésta pretendía era sugerir que, con la reducción de peonadas para cobrar el subsidio agrario, lo que “el Gobierno del PSOE quiere es captar votos a bajo precio, no va descaminada”. No se queje luego cuando, desde fuera y desde dentro, se hable de “sociedad subsidiada” y de “voto cautivo”, de “régimen” clientelar y de votantes trincones. Una declaración semejante me cuesta trabajo creer que osara hacerse desde la derecha. Desde esa izquierda profesional, me resulta insólita.

La fresa en Paris

Realmente no tiene mucho sentido el viaje a Paris organizado por la Diputación –¡un Martes Santo!– para defender la fresa onubense sin contar con el apoyo y la presencia del Gobierno. No es ésa tarea que vaya a conseguir una embajada provincial sino obligación de nuestra diplomacia, ni parece lógico que, mientras a otras autonomías se les consiente que mantengan prohibitivas “embajadas” en el extranjero, a la nuestra se la fuerce a organizar números tan poco creíbles como éste. No es en París y desde Huelva como puede resolverse un asunto que concierne por completo a Sevilla y a Madrid. Otra cosa es que estos viajeros vayan para dejar en evidencia la pasividad de los responsables.