El atasco judicial

Los datos oficiales hechos públicos por el Consejo General del Poder Judicial son definitivos. Que en Huelva, por ejemplo, haya en este momento amontonadas más de 22.400 sentencias esperando turno para ser ejecutadas es un dato que habla por sí solo y, desde luego, en el lamentable sentido de que el sistema judicial está definitivamente desbordado y los contribuyentes y ciudadanos en general, dejados de la mano de Dios. No sirvió de nada el escándalo y la tragedia del “caso Mari Luz” porque las cosas están hoy peor aún que estaban antes ocurrir ésta. Algo que la Junta debe abordar con urgencia, anteponiendo ese objetivo a tantísimos gastos superfluos –incluyendo los de personal—como llevan por delante las Administraciones.

Ciencia y paciencia

Conversación radiofónica en la alta madrugada. El doctor Martínez Arias, director de un avanzado centro interdisciplinar de Cambridge, va desgranando con rotundidad opiniones que, de tratarse de una hora punta, levantarían ampollas. Que se fue de España hace como treinta años porque entonces no se encontraba biología solvente en nuestro país. Que hace falta más ciencia básica frente a la especializada, que el signo del nuevo siglo no será el solitario triunfo de la biología sino el maridaje entre ésta y la física con la medicina amancebada por añadidura. ¿El genoma? Ese salto prodigioso nos ha descubierto el alfabeto de la vida, pero conocer el alfabeto y aún las palabras de un idioma no habilita para escribir una novela. Compara este prodigio con la ininteligible hojita de instrucciones ante la que solemos rendirnos impotentes cuando compramos un mueble desmontado en Ikea. ¿Y las células-madre? No se arredra ante la pregunta el cerebro fugado: primero, esas células sólo se apellidan “madre” en español (en los demás idiomas se designan como “troncales”) y esa excepción semántica es ya bastante significativa; y segundo, los trabajos que con ellas se hacen son “alquímicos”, búsquedas a ciegas, excursiones que ignoran su destino. Demasiadas expectativas falsas provoca la “venta”  de ese producto pero su alto rendimiento político está desviando hacia ellas el dinero público que debería financiar la ciencia básica. No señala a nadie, pero me parece que el disparo a quemarropa tiene un blanco evidente, y me parece estar oyendo la insistente propuesta que Faustino Cordón predicaba en el desierto de la periferia hace muchos años. Paciencia, hace falta paciencia. La ciencia hecha de cara a la galería con el reojo puesto en la política puede que triunfe pero no avanzará. Verde y con asas.

 

Mi gozo en un pozo: falta mucho camino por recorrer y las prisas son malas consejeras. No a las promesas imposibles, sí a la investigación paciente. Nuestro doctor trabaja ahora coordinando la difícil conjunción interdisciplinar entre biología, física y medicina– vista larga y paso corto—que permitiría “mediciones” realistas e imprescindibles. Pero sin cerrar ninguna puerta: Newton, el último alquimista, descubriría la nueva ciencia en sus ratos libres. Desde su exilio, el doctor tira con bala, consciente del ritmo lento del progreso, cabreado por los vendedores de humo, en un programa que, discretamente, se titula “Partiendo de cero”. Habría que cerrar la barraca del buhonero por más que le alegre la feria al alcalde monterilla.

Las dos manos

Estupenda respuesta del presidente de la patronal andaluza ( CEA) a este diario: hay corrupción porque en “en muchas administraciones públicas” existe “un alto nivel de extorsión al empresario”. ¿Sí, y qué Administraciones Públicas son ésas, por qué la patronal no las denuncia al juez y a la opinión pública, pero con nombres y apellidos? Esto viene a ser como el aviso de Borrell a los empresarios para que no cedieran a la tentación que (por lo visto le constaba) tendían como redes tramposas ¡sus propios subordinados! Están de más las vueltas: para que haya corrupción hacen falta dos manos, la que da y la que trinca. Echar toda la carga sobre los trincones no es más que una excusa.

Prueba número 3

“Solidez y trayectoria política”, dice el autodidacta Jiménez que son los requisitos requeridos para aspirar a la inconquistable alcaldía de la capital, los mismos que concurrirían en la nueva candidata la “pericazo”, Cinta Castillo, que, en fin de cuentas, es más de lo mismo: mucho partido y pocas nueces. ¿Otra oveja al matadero tras las sufridas huellas de Pepe Juan y la señora Parralo? Eso ya se verá, pero la verdad es que –a la fuerza ahorcan—Castillo llega a esa candidatura con bien poca sustancia política y tras un evidente fracaso en la consejería en la que no duró ni un año. Pedro Rodríguez tiene la suerte de los ganadores, por lo que se ve. O al menos, parece que, una vez más, van a ponérselo a huevo.

El cochecito

¿Lo habrá dicho en serio o estaría de coña? No dudo que haya un colectivo de españoles que hayan creído en mayor o menor grado al jefe del Gobierno al anunciar éste su apuesta por el coche eléctrico como la panacea para salir de la crisis. Hay gente para todo, y eso no tiene remedio, pero sospecho que, descontada la legión de los contagiados por la risa floja, la mayoría no habrá pasado en esta ocasión de la duda razonable, en especial si se tiene en cuenta que el prodigioso anuncio –como, en su día, el de las bombillas ecológicas de las que nunca más se supo— remite inevitablemente el imaginario colectivo al prestidigitador en el gesto de sacar el conejo de la chistera. Quizá lo peor del invento haya sido el hecho de su coincidencia en el tiempo con el reconocimiento europeo del fracaso de las perspectivas de crecimiento que venían dándose como seguras y la conclusión provisional de que la crisis pudiera durar mucho más de lo previsto por los expertos, pero es probable que la pregunta que habrá asaltado a esa mayoría se refiera al hecho incomprensible de que una solución tan sencilla se le haya escapado a todas las naciones afectadas antes de ser descubierta por nuestro prodigioso Gobierno. ¿Cómo no se le habrá ocurrido lo del cochecito a Sarkozy, a la señora Merkel, a Gordon Brown o al propio Obama? Nunca el actual Presidente había posado, entre el sarcasmo y la ingenuidad, luciendo tan paladinamente sobre su cráneo privilegiado la llama del Paráclito. Pero quizá tampoco estuvo nunca tan cercano al ridículo como en esa imagen parlante que nos ha devuelto a todos de manera subliminal al encuadre surrealista de aquella España camelística y resignada que retrataron con mano maestra Berlanga y Azcona o que el talentazo de Marco Ferrero nos hizo recorrer encarnados en la figura patética de Pepe Isbert y a bordo de aquel cochecito que era el mejor emblema de la parálisis nacional.

 

Expresada en un ambiente en el que no quedan más millones que los que se han llevado tirios y troyanos, y coincidiendo con una estadística de empleo que prueba que el paro no se arredra ya ni en los meses favorables, la ocurrencia del coche eléctrico como panacea de la crisis sobrepasa incluso ese ancho margen de falacia que la costumbre ha acabado por suponerle al político como antiguamente  se le suponía el valor al soldado. Y ha anublado el televisor con el blanco y negro de este otro neorrealismo que nos devuelve imaginariamente a la camelancia del NO-DO y al eco de los gironazos embusteros. Hemos pasado del “¡Que inventen ellos!” a ser el pasmo del planeta. Y eso es algo que, muy probablemente, no se lo cree ni él.

Las cosas en su sitio

Me extrañó leer que el Defensor del Pueblo había abogado en Córdoba por la construcción de mezquitas con dinero público como medio para solucionar las crecientes tensiones entre los creyentes de los diversos credos. En realidad, lo que Chamizo dijo fue que había que templar gaitas y rebajar el clima de enfrentamiento, que la ley de Libertad Religiosa, que no acaba de llegar, podría ser el cielo protector de esas legítimas aspiraciones, pero que, mientras tanto, lo mejor sería mantener la estrategia de cada uno en su casa y Dios en la de todos. Chamizo une a su probada discreción un conocimiento excepcional de la situación de la gente. No habría tenido sentido que reclamara una solución como la que se le atribuyó.