El ejemplo de Cunete

Se va del PP el hombre que, siendo concejal, rechazó un escandaloso intento de soborno del PSOE de Sanlúcar luego condenado, en efecto, por los tribunales. ‘Cunete’ dice que su marcha se debe a que su partido está obsoleto, controlado por un “aparato” oficial y centralizado que no deja ni un espacio mínimo de autonomía para la política local, un aparato que gana en la capital gaditana pero que fracasa en masivamente en los pueblos de la provincia. Habría que escuchar también a la otra parte, pero convengamos en que la pérdida de un militante que ha hecho lo que ha hecho por su partido –considerando, sobre todo, la que está cayendo– sugiere una cierta rigidez en el partido de la oposición.

Dies incertus…

« Dies incertus an incertus quandum », decían los romanos cuando de un proyecto no se sabía ni el cuando ni siquiera la posibilidad de realización. Así ocurre ahora con la Ciudad de la Justicia onubense, tan traída y llevada, de creer al delegado de la consejería cuando dice que la cicatera estrategia de reformas en las viejas sedes no quita para que “un día” Huelva pueda lograr el viejo objetivo, que él mismo considera fundamental. Vamos, que no, que mientras el Ayuntamiento esté en manos de quien está, no habrá Ciudad como verosímilmente se hará todo lo posible desde la Junta y el Gobierno para que no haya AVE, ni puentes sobre el Odiel, ni aeropuerto. A Huelva se le niega el pan y la sal por votar libremente a quien quiere. Eso es algo que ya no hay manera de ocultar.

Gana la banca

Si hay un aspecto de la presente crisis económica que ha conseguido unanimidad de criterio entre los ciudadanos es el que resume la pregunta que plantea cómo es posible que la banca siga acumulando beneficios colosales mientras el resto de los mortales pierden dinero sin remedio. Convencidos de que la crisis misma no es más que el efecto explosivo de una larga estrategia financiera mantenida artificialmente por los agentes del dinero, la opinión no alcanza a entender la razón de que los causantes del desastres sean los únicos en salvarse y menos todavía, por supuesto, el motivo por el que los Gobiernos están asistiendo a la banca con ayudas colosales de dinero público con el argumento, capcioso en buena medida, de que del mantenimiento de ese sistema culpable depende, a pesar de todo, la supervivencia del sistema de todos. El ciudadano abrumado por la plaga del paro y la ruina generalizada no puede entender que no sólo se subvencione a los responsables de la situación sino que se vuelva al sistema –abandonado en un primer momento bajo la presión masiva—de premiar a los agentes concretos del desastre con esos ‘bonos’ extraordinarios que anda cuestionando la mayoría de los Gobiernos occidentales. Hace falta desparpajo para recuperar las escandalosas primas a directivos que tanto han tenido que ver con el colapso general del sistema, incluso si los rotundos beneficios de los bancos han decrecido respecto a los logrados durante los años dorados, pero las han recuperado: el último escandaloso ejemplo lo ha dado BNP Paribas al repartir 10.00 millones de dólares entre sus ejecutivos a pesar del catastrófico panorama general. La prensa americana sostiene, por ejemplo, que casi un veinte por ciento de la fortuna adjudicada por el contribuyente para salvar la banca se ha escurrido en esos bonos de fortuna. A la banca Goldman Sachs se le atribuye una cínica variante del apotegma de Erwin Wilson: “Lo que es malo para América es bueno para la Goldman Saschs”. Hay mil ejemplos pero, créanme, en todos gana la banca.

Nunca se ha evidenciado la indefensión del contribuyente ante el tinglado financiero como durante esta crisis. En ello radica la diminuta esperanza de que tal vez alguna moraleja permita al común de los mortales salir de ella con algunas lecciones aprendidas aunque, si les soy sincero, debo decir que no confío lo más mínimo en semejante experiencia. ¡Pero si han vuelto a las andadas de los ‘bonos’ incluso antes de que se insinuaran las todavía incipientes sugerencias de mejora real! La banca gana, en resumen, incluso con el crupier cruzado de brazos. La crisis ha servido para dejar claro que el destino económico general es por completo ajeno a la acción privada. Estamos en manos de quienes estamos, eso es todo. Comprenderán que no deja de tener su lógica que los blinden y los bonifiquen precisamente con nuestro dinero.

Retraso autonómico

El descubrimiento del caso del bebé muerto en circunstancias idénticas al famoso del hospital madrileño que tanto ha dado que hablar, obliga a plantear ciertas preguntas. Para empezar, qué explica que para destapar ese caso haya habido que aguardar dos años. O bien si su destape obedece al mimetismo, a un “efecto llamada” provocado por el escándalo madrileño, lo que no dejaría de ser lamentable. La Junta debe averiguar con urgencia qué ocurrió hace dos años y zanjar la duda de si en una autonomía como la andaluza es necesario que otra marque el camino para obtener un derecho. Hay demasiadas cuestiones tras esta nueva denuncia que obligan a actuar con diligencia incluso en pleno ferragosto.

La justicia, en cuadro

A la Junta no le preocupa la Administración de Justicia salvo cuando se le quema el monte en sus propias barbas. ¿Habrá que aguardar a otro caso desgraciado, será preciso que se produzca alguna otra barbaridad irreparable para que los políticos se dignen reparar en que la Justicia funciona “en cuadro”, no solamente bajo sus mínimos habituales, sino sin alcanzar siquiera a ellos? Huelva está siendo castigada con especial dureza por la Junta en este servicio esencial, y decir que ello obedece a falta de presupuesto es una auténtica tomadura de pelo. Habrá que confiar en la buena suerte. Es la opción única que nos deja el centralismo político sevillano que la Junta ejerce con desdeñosa indiferencia.

Turismo espacial

Varias veces nos hemos detenido aquí ante las aportaciones de Étienne Klein, en especial a propósito de su espléndido libro “Las tácticas de Cronos”, gran éxito de la temporada anterior. Nos aturde y entusiasma su idea sobre el Tiempo, su diatriba contra la perspectiva convencional, las audaces incursiones en el concepto y símbolo de una noción, el Tiempo, que escapa siempre y en toda época a la inteligencia humana escondiendo su auténtico rostro, la paradoja de los viajes al futuro y al pasado, el disfraz espacial con que el Tiempo acepta insinuarse a la comprensión humana viajando impasible en la órbita o deslizándose cauto sobre la esfera del reloj. Ahora en pleno ferragosto, irrumpe de nuevo Klein asegurando que si es cierto que la llegada del hombre a la luna determinó un cambio esencial en nuestra visión –en nuestra “mirada”—cósmica y, en consecuencia, la alteración profunda de la ilusión extraterráquea, no lo es menos que, desde la nueva perspectiva astronómica, nuestro planeta ha dejado de ser una “banalidad astrofísica” para convertirse en “el nuestro”, desde la evidencia de que nuestro propio pensamiento ha de insertarse en su suelo y de la inevitabilidad del geocentrismo gnoseológico. No hay, pues escapatoria, se acabó la ilusión de una futura huída a algún exoplaneta, la idea novelera de que la especie podría colonizar otros espacios tras la destrucción definitiva del suyo genuino. Klein se basa en una vieja intuición de Husserl para recomendar a ese animal inevitablemente geocéntrico que es el hombre, aviárselas para salvar este mundo, por la sencilla razón de que no habría de encontrar otro. Se acabaron los sueños. El turismo espacial existe pero no pasará, probablemente, de navegaciones de cabotaje.

Salir de la Tierra y llegar a la Luna habría supuesto, pues, para la especie recobrar la perspectiva ancestral que, en las noches claras, miraba a través de sus propios ojos un orden maravilloso que parecía converger en nosotros mismos. Y llegar a la Luna, poder contemplar la escena en sentido inverso, no ha hecho más que confirmar la intuición primordial que hacía del infinito nuestro entorno y del firmamento nuestro alfoz. Klein no nos ve de mudanza por el universo, a cuestas la vieja civilización planetaria y en busca de algún paraíso propicio, turistas a la fuerza tras la destrucción del solar nativo. Más bien cree en la necesidad de salvar los viejos muebles para garantizarle a la vida su medio natural e imprescindible. La fantasía sideral empieza y acaba donde lo dejaron Luciano de Samósata o Cyrano de Bergerac, pero no va más allá. El hombre no es ‘Gulliver’ escapado al espacio. Lo que quiere decir que tendrá que cuidar el planeta en vez de enajenarse en ilusiones vanas. Klein, tan amante de las paradojas, da la impresión de que ahora viene hablando en serio.