El paripé de Valderas

Lleva razón el PSOE onubense cuando le dice a Valderas que se deje de teatro y reconozca que gasta un doble lenguaje frente a privatización de los servicios municipales de abastecimiento de agua, y resulta ridícula la excusa dada por el responsable local de IU culpando al PSOE de la decisión del alcalde de Hinojos. IU dice una cosa en este pueblo y otra en la capital y la prueba va a ser cómo Valderas deja pasar el tiempo sin mover un dedo contra el insurrecto por más que mandara ensañarse contra una decisión pareja en el Ayuntamiento de Huelva. Cuentos. Esta historia demuestra que IU atacó al alcalde de la capital aun teniendo muy claro que la operación era de lo más razonable.

El arte loco

En la radio de madrugada escucho a un especialista la receta para detectar si una obra de arte es arte verdadero o simple camelo. Dice, el hombre, que hay para ello dos caminos: conseguir que el autor te la “explique” hasta que la comprendas o, en su defecto, lograr que un “experto” haga lo propio, en el sobreentendido de que si no funciona ni uno ni otro test podemos dar por camelancia el pretendido arte. También me entero de que en el museo Reina Sofía se inauguró el miércoles pasado una exposición que, bajo el título de Marcos de reclusión, recoge la obra realizada por un mexicano presunto esquizofrénico que, privado de la palabra y verosímilmente de la razón, vivió recluido treinta años en un duro nosocomio, para perderse luego (la obra) en el garaje del psicólogo que lo descubrió y pasar, sin solución de continuidad, a la cadena marchante. Desde luego, no hay nada especialmente novedoso en el arte majarón, genuino o falsario, al menos desde que el surrealismo –esa proeza que los marxista más combativos vieron siempre como expresión idónea de la aventura burguesa—descubrió al espectador el dogma freudiano del valor de lo in o subconsciente, expresado en clave salvaje en la maestría de un Bacon o desde las perspectivas lúdicas de esos linces vividores que van desde Max Ernst a Pollack pasando por De Chirico y toda la patulea que chuleó en Venecia a Peggy Guggenheim. Dalí, que estaba completamente cuerdo a mi juicio, dijo en una ocasión algo que me hubiera apetecido retrucarle al “especialista” que me ha dado la noche, algo así como que el hecho de que él ignorara el significado de su obra no implicaba que ésta careciera de significado. De sobra sabía él que lo difícil es conseguir que el almotacén de la lonja te deje abrir el puesto porque luego todo es pintar y vender. Él llegó a colocarle a los turistas yanquis, pliegos sobre los que un erizo impregnado en tinta china dejaba su rastro, sin duda inconsciente y –ésta vez sí que sí– “brut”, “outsider” y lo que ustedes gusten.

 

Tanto en USA como en Francia funciona como un reloj ese mercado de arte loco apellidado como acabo de entrecomillar, y en él hace tiempo que se cotiza divinamente la obra que aquel desgraciado produjo viviendo en la más cruda miseria. ¿No se venden hoy por doquier muñecones ahorcados y Cristos erectos? La diferencia está en que la obra de este recluso expresa con sinceridad sus barruntos estéticos y otros seísmos anímicos, en vez de defraudar al destinatario con ocurrencias deliberadas. La esquizofrenia anda instalada en el mercado desde mucho que el museo se haya decidido a acogerla.

Doble error

Se entiende la protesta del Partido Andalucista frente a la exigencia de las autonomías agresivas que priman en las oposiciones a los aspirantes a funcionarios que hablen sus respectivas lenguas. No puede aceptarse, en cambio, el doble error que supone la propuesta de que, como compensación, entre nosotros se prime a los nacidos en Andalucía frente a los demás españoles, porque eso no es arreglar un roto sino abrir otro descosido. Mucho va a tener que espabilar el andalucismo de partido para salir de la postración en que se encuentra, alojado en la periferia de la política regional, pero si toda su imaginación va a consistir en copiar los dislates ajenos, aviado va.

Una joya en Valverde

Han sido interesantes las declaraciones del delegado de Cultura, Juan José Oña, en torno al Plan de Arquitectura Defensiva de Andalucía (PADA), y valiosa sin duda la tarea de conservación patrimonial que trae entre manos. En la relación de obras echo, sin embargo, de menos, la ermita valverdeña de El Santo –joya del neobarroco andaluz debida a Balbontín, que contiene obras excepcionales como las vidrieras de Carmen Laffón o el mosaico de Javier Clavo—en ruinas desde el pasado temporal de lluvias. Por qué ese monumento no es hace tiempo un “BIC” (Bien de Interés Cultural) sólo puede contestarlo un Ayuntamiento que va a acabar famoso a causa de disparates como el adefesio de nueva Plaza que acaba de perpetrar.

El amor virtual

Intrigado por su ruidoso éxito europeo, me asomo a una novela alemana (“Cuando sopla el viento del norte”, de Daniel Glattauer) o, mejor dicho, a un folletín de los antiguos que ha arrasado en librerías y que ahora será publicado “por entregas” en un periódico galo, como si hubiéramos regresado a aquel invento post-romántico que hizo las delicias conjunta de la gran dama y su portera. La novedad del cuento está en que Glattauer narra una historia estrictamente virtual, a saber la aventura imaginaria de una pareja de internautas en la que el sociólogo ha de ver, inevitablemente, la réplica de esa relación de nuevo orden vivida a diario por la muchedumbre silenciosa que transita por las “redes sociales”, exhibiendo un comportamiento que, por vez primera en la historia de la comunicación humana, ha logrado prescindir de la materialidad y sus accidentes, libre al fin en virtud de unos códigos sociales nuevos en los que la ilusión de la ausencia permite descartar las viejas reglas. Nos llegan por aquí y por allá historias de amores virtuales que han acabado en pasiones reales como la vida misma, pero más interesante resulta el hecho mismo del amor virtual, ese trampantojo delicioso que ofrece un campo pasional libre de todo límite por su propia naturaleza sublimada, en el que los amantes exprimen su experiencia liberados de los riesgos que implica la materialidad. El amor o la pasión, que ya habían ensayado su renuncia al cuerpo para reducirlo a la simple voz en las relaciones telefónicas, ven ahora eliminada incluso esa voz para reducirse –como temían los clásicos desde Eurípides– al mensaje dirigido exclusivamente al ojo, inaugurando un erotismo sublimado que en cierto modo recuerda a los amores míticos. Encerrados en su celda de autismo retornable, esos amantes se multiplican injuriando la memoria libidinal de la especie, pero, ojo, porque en una sola de esas “redes” (la Farmville de Googel) se registran ya al mes ochenta y dos millones de usuarios activos. Un paso más y todos castos.

 

Son falsas, sin embargo, tanto la sensación de seguridad que proporciona el anonimato como la ilusión neo-romántica del amor secreto e inmaterial que proporciona la virtualidad. Tanto que una aplicación holandesa anda ofreciendo en la Red el “suicidio internáutico”, es decir, el súbito borrado del rastro, no tan fácil de eliminar, que fatalmente dejan impreso en ella sus ingenuos argonautas. Mientras tanto, ahí estará cada mañana el capítulo del folletín en el que los protagonistas exhibirán apenas la sombra de una imagen de la que ha sido eliminada hasta la voz. Quizá nunca el amor ideal estuvo tan cerca de la pornografía.

Lo de la Mezquita

Lo ocurrido en la Mezquita de Córdoba –la invasión del recinto sagrado por un grupo perteneciente a  otra religión—es un aviso de la que previsiblemente se avecina y ante el que es imprescindible mostrar una absoluta firmeza. Nada tiene que ver la libertad religiosa con el derecho a ejercerla en el ámbito de otras religiones, y menos si, como en el presente caso de los islamista, cualquiera sabe que resulta inconcebible la recíproca, a saber, que un grupo de cristianos invadiera por las bravas una mezquita en esos países donde la mera conversión se castiga con la muerte. Sólo un complejo ignorante podría confundir semejante provocación con el ejercicio de un derecho.