Las cosas en su sitio

Me extrañó leer que el Defensor del Pueblo había abogado en Córdoba por la construcción de mezquitas con dinero público como medio para solucionar las crecientes tensiones entre los creyentes de los diversos credos. En realidad, lo que Chamizo dijo fue que había que templar gaitas y rebajar el clima de enfrentamiento, que la ley de Libertad Religiosa, que no acaba de llegar, podría ser el cielo protector de esas legítimas aspiraciones, pero que, mientras tanto, lo mejor sería mantener la estrategia de cada uno en su casa y Dios en la de todos. Chamizo une a su probada discreción un conocimiento excepcional de la situación de la gente. No habría tenido sentido que reclamara una solución como la que se le atribuyó.

Unos y otros

Ahora sale el coordinador de IU, Diego Valderas, denunciando la actitud engañosa de la Junta en el conflicto de Astilleros y sin cortarse a la hora de decir que la Junta y el nuevo portavoz del PSOE y jefe del partido en Huelva, Mario Jiménez, “están  traicionando” (sic) a los trabajadores onubenses, y dándole hilo a la cometa para ganar tiempo en un negocio que desde el principio ambos saben que acabaría mal: con el cierre de Huelva y el mantenimiento de Sevilla. Valderas es un especialista en denunciar al PSOE en público y apoyarlo luego en el Parlamento, pero en esta ocasión lleva más razón que el santo que, desde luego, no es.

Los niños terribles

Si algo no admite discusión en el actual panorama penal es la insólita frecuencia del crimen juvenil, adolescente, casi infantil en nuestra crónica negra. Niñas que torturan o matan a sus compañeras, adolescentes que queman por diversión a indigentes desvalidos, coleguitas que filman el acoso a las víctimas de esta rara agresividad, crímenes perpetrados con fría crueldad, se han convertido en noticias poco menos que habituales provocando el estupor general y dejando en evidencia a un aparato de poder incapaz de reaccionar de manera apropiada debido a las fuertes presiones de la opinión pública que hace posible una sociedad mediática. Lo de Seseña, por supuesto, colma un vaso que mañana mismo, por desgracia, puede ser nuevamente desbordado sin que los responsables de la reacción ofrezcan otra respuesta que la muy mediática de que legislar “en caliente” es peligroso o la muy cínica pero siempre socorrida de que la actual ley del Menor es una buena norma a la que sólo le faltan medios para demostrar su excelencia. ¿Sí? Pues que expliquen por qué andan por la calle hace años la parejita de escolares que cosieron a puñaladas a su compañera, que el “niño de la katana” campe también por sus respetos tras degollar a sus padres y hermano, que los asesinos del mendigo del cajero o los jugadores de rol que arrancaron la tráquea a un ciudadano, hayan salido del brete sobre la alfombra roja de esa superstición pseudohumanista que es el buenismo injertado de permisividad. Lo de Seseña, insisto: pocas veces hemos visto más clara la mano psicótica del “enfant terrible” al lado del cual el imaginado por Cocteau resulta una malva. Una grave epidemia de violencia se ha apoderado de esta sociedad ante la inhibición práctica de quienes deberían defenderla y es obvio que, antes de debatir y hacer psicologías sociales, lo que urge es poner coto a la clamorosa  impunidad que hoy acoge a los jóvenes bárbaros. Todos los discursos regeneradores  quiebran con estrépito ante imágenes como las que llevamos vistas. El menor no puede seguir siendo un irresponsable protegido por el prejuicio adulto.

 

Las sociedades que se rinden por adulación a la juventud acaban tan mal como las que intentan despreciarlas. Y no hay duda de que la nuestra vive un momento de desconcierto en cuyo marco es incapaz de entrever siquiera el recurso disciplinario que los atroces acontecimientos vividos reclaman con urgencia. El guante de seda del paternalismo puede ser tan nocivo como el zurriago del “padre padrone”. Pero hay hechos, como lo de Seseña, que no admiten espera. Cruzarse de brazos entre la anomia y la psicosis es, sencillamente, una opción suicida.

Gaudeamus igitur

El rector de la Universidad Hispalense, doctor Luque, se ha propuesto pasar a la historia aunque, ciertamente, por la puerta de atrás. Él fue quien ideó el caramelo envenenado de la impunidad del examinando copión y él también quien acaba de liquidar las clásicas “llaves”, es decir, quien permitirá en adelante el grotesco absurdo de que un alumno que suspenda una asignatura en el nivel inferior pueda matricularse de la misma en el del curso siguiente… siempre que se matricule de todas las pendientes. Ahí los tienen, entre la improvisación clientelista y el afán recaudatorio, mientras la Universidad se hunde. Ese rector pasará a la Historia, ya digo, como exponente de un proceso de decadencia sin parangón posible.

Crónica valverdeña (2)

Y siguió el follón al día siguiente, cuando el alcalde, monterilla rematado en esta ocasión, negó a los vecinos el local para reunirse en asamblea con la intención de debatir su inobjetable causa: el abandono municipal de Los Pinos. Con policías y todo, locales y guardias civiles, como en los viejos tiempos. Y con posterior manifestación y sonora pitada a las puertas del Ayuntamiento, sobre esa lastimosa Plaza desfigurada sin motivo ni razón y con criterio pardillo, con cargo al Plan E. Puede que sea el principio del fin de Cejudo. En compañía de socios como los que lo sostienen en el poder, no tendría nada de extraño.

País efervescente

Con el anuncio de una huelga de futbolistas convocada por su representación nacional , la AFE, culmina, de momento, la tensión vivida en ese poderoso sector de actividad económica que es el negocio del fútbol. Ni que decir tiene que los huelguistas no han osado perturbar la próxima jornada –al esperado Real Madrid-Barça, ni reñirle, claro–, pero sí que amenazan con colgar las botas en la siguiente, es decir, la del fin de semana posterior, desesperados ante la insolvencia de esos despilfarradores clubs que andan debatiéndose en las últimas con la evidente vista gorda del propio Gobierno que es quien debería preocuparse ante esa nueva burbuja que amenaza con estallar en cualquier momento. Al grano: el negocio del fútbol debe hoy al menos 3.000 millones, más de 600 a una complaciente Hacienda que lo deja hacer y deshacer, y casi 5.000 a la Seguridad Social, estimándose que apenas un 15 por ciento de los clubs está en estos momentos al día. ¿Cómo y por qué se permite esa deuda a un Real Madrid que debe más de 500 millones mientras dilapida doscientos en fichajes mediáticos, a un Barcelona que no puede pagar casi 400 millones o a un Atlético que roza por abajo esa cifra? Sumen esa locura a los 4.000 millones que tiene colgados la Segunda División y tendrán claro que esa burbuja explotará tarde o temprano, dejando muy clara la inmundicia del negocio de los dirigentes y la complicidad acollonada del Gobierno. Dicen, eso sí, que la burbuja futbolera no está sola, sino acompañada por la enorme deuda municipal, cuyos Ayuntamiento empiezan a cruzar ya la raya roja al no pagar siquiera sus nóminas, o la que a ojos vista aloja en su templado amniótico a las Cajas de Ahorro. El trajín de los constructores se las trae, no lo discuto, pero ándense listos porque esa supernova fue la primera pero no va a ser la última en sobresaltar nuestro firmamento.

 

Un poco, pues, como la muñeca rusa, el país soporta una crisis abierta bajo el cielo encapotado de otras pendientes y amenazadoras. Y en todos los casos –fútbol, Ayuntamientos, Cajas—hay que preguntarse qué hace el Gobierno consintiendo el despiporre, por qué tolera esas deudas inmensas si se las compara con las minúsculas por las que cruje a diario al sufrido empresario, cuántos rasero maneja esa Hacienda componedora y qué razón puede dar la implacable Seguridad Social para plegarse a semejante cachondeo. Será curioso ver, eso sí, a esos jóvenes millonarios paralizar psíquicamente, por lo menos a la mitad de la población, saqueando nuestras reservas de opio. Franco no dejaría que las cosas llegaran a mayores. La democracia, ya lo verán, tampoco va a consentirlo.