Malas perspectivas

Mala cosa la estrategia de dejar correr el tiempo en espera de mejores perspectivas, pero si cabe confiar en que el remonte de otros nos saque del pozo. Ahora viene el parón veraniego y poco cabe esperar de los políticos, pero tras las vacaciones vamos a enfrentarnos a una de las peores coyunturas que jamás haya vivido nuestra comunidad: la de soportar un millón doscientos mil parados, es decir, el 29 por ciento de la población mano sobre mano (en teoría). ¿Y qué medidas proporcionadas a esa catástrofe han adoptado el Gobierno y la Junta? Pues ninguna que merezca la pena. La crisis es mucho más dramática en Andalucía que en cualquier otra región mientras los poderes están, sencillamente, a verlas venir.

Argumento que no cuela

No se le ha ocurrido nada mejor a la presidenta de la Diputación al verse sometida a una moción de reprobación por iniciativa del PP y a propósito del evidente dispendio que ha supuesto el gasto suntuario en la nueva “sede bis” de la casa, que acusar a los reprobadores de machistas, antidemócratas, lamentables, mezquinos y no sé cuantas cosas más. Una pasada pero, sobre todo, un cuento muy viejo, ése de machista, que vale ya lo mismo para un roto que para un descosido siempre que la señalada sea una mujer. Y un cuento inútil porque la inmensa mayoría de los onubenses asume que el lujazo de la sede presidencial es intolerable. No tiene sentido sexualizar el debate cuando aquí lo que se discute es la insultante y reprobable prodigalidad de unos políticos en plena crisis.

La fiebre del oro

Desde que estalló la crisis económica prolifera por doquier la compraventa de oro. Abundan los anuncios callejeros que ofrecen buenos precios, hay reclamos en Internet incitando a protegerse con esa inversión segura y en la tele se han hecho habituales los reportajes que muestran al personal vendiendo su joyero como remedio de urgencia o empeñándolo previsoramente en espera de tiempos mejores. El oro, y otros metales preciosos, por supuesto, se presenta en esas propagandas como un “refugio seguro” en tiempos de turbulencias financieras, algo así como un “refugio natural” ante los riesgos generados por la amenaza de deflación y recesión global, lo cual no es ni más ni menos que la vieja idea ‘mercantilista’ que, hace siglos, cifraba la riqueza en la posesión de esos metales (Hume, Colbert, Adam Smith) frente a la actitud “fisiócrata”, que veía en la tierra el factor básico y decisivo de toda economía (Quesnay o Turgot). Parece probado que desde los tiempos más remotos el oro constituyó el ideal de riqueza, pero la nueva fiebre que comento responde más bien al sentimiento de inseguridad radical desatado por una crisis que ha forzado a cuestionar todo un sistema económico puesto patas arriba por sus efectos. Lo último en esta materia es, por el momento, la instalación en el aeropuerto de Frankfurt del prototipo de la máquina dispensadora de lingotes y monedas de oro que pronto podrá utilizarse también en centros comerciales, y que ofrecerá al inseguro la ocasión de hacerse con ese bien presuntamente inalterable, a un precio inferior al de la cotización oficial y que se revisa varias veces al día. Tratándose de un pueblo como el alemán que ya ha perdido un par de veces hasta la camisa por fiarse del Estado y las finanzas, la cosa tiene, desde luego, su explicación.

 

¿Pero por qué vendería Solbes a Rusia, entonces, las reservas de oro del Banco de España no hace más que un par de años, si todo hacía prever ya que el debilitamiento del dólar y la amenaza de inflación llevarían a muchos ahorradores a refugiarse en aquel metal cuyo precio en el mercado internacional viene subiendo en términos tan convincentes? Solbes dijo que para convertir un activo no rentable (¿) como el oro en bonos de renta fija, pero lo cierto y verdad es que desde que lo dijo la demanda mundial de oro se ha multiplicado por cinco y va de máximo histórico en máximo histórico, incluso antes de que entren en funcionamiento esas maquinitas para coleccionistas y aficionados. Hay expertos que sostienen que el ideal es invertir en oro el 15 por ciento del patrimonio personal o familiar pero también hay ya por ahí cocineros que emplean el oro en sus más exclusivos mejunjes. Después de Virgilio, los romanos hablaban de esa  “Auri sacra fames”. Siglos más tarde, por lo visto, seguimos en las mismas.

Ajenos al horror

Mucha solidaridad y mucho cuento pero la verdad es que esta sociedad se desliza vertiginosa hacia la indiferencia más absoluta respecto de la desgracia ajena. Son demasiadas tragedias, demasiadas catástrofes, de acuerdo, pero ello no justifica nuestra radical indiferencia ante el espectáculo –por ejemplo—de los naufragios de pateras, nuestra más absoluta lejanía ante esos cadáveres a la deriva, arrastrados hasta la playa o congelados en la funeraria a la espera de la reclamación que nunca llega. Nunca una sociedad fue más narcisista y satisfecha, pero jamás ninguna se mantuvo tan al margen de la tragedia próxima.

Apoyo al polo

Parece que el PSOE apoyará a los trabajadores del Polo en el pleno de la Diputación, es decir, que hará justamente lo contrario de lo que hizo cuando quien lo proponía era IU o en las dos ocasiones en que la propuesta se planteó en el Ayuntamiento de la capital. Vale si lo propone el partido, no vale si la propuesta viene de otro: así de banal es la estrategia del PSOE onubense, definitivamente desnortado por su incapacidad para conquistar la alcaldía durante cuatro legislaturas. Está bien lo que bien acaba, de todas formas, incluso si se produce de esta inaceptable manera, porque la verdad es que no tenía el menor sentido que el partido “socialista obrero” negara su apoyo, como ha venido haciendo, a los amenazados trabajadores del Polo.

La segunda ola

Cuando el profesor Badiola, responsable del Laboratorio Nacional de Referencia, nos habló en las ‘Charlas de El Mundo’ de la gripe A (él se resistía a llamarla “porcina”) nos advirtió, como quien no quería la cosa, que estas pandemias suelen producirse en tres oleadas y que el peligro estaba en que una de ella coincidiera con los fríos del invierno, es decir, lo contrario de lo que, por fortuna, nos estaba ocurriendo a nosotros, pobladores del hemisferio norte, al que el virus llegó en la templada primavera. No sabíamos que iba a ocurrir cuando en sucesivas oleadas, la gripe se cebara en países durante el invierno, que es lo que está sucediendo (y él lo vaticinó, por cierto) en la inquieta Argentina de estos días en que, por vez primera, el peronismo ha sido derrotado en toda la línea. En efecto, las noticias que llegan, lejanas todavía de la catástrofe, son, en todo caso, más que alarmantes como lo prueban la dimisión de la ministra del ramo, el cierre de las escuelas en tres provincias, la previsión del estado de emergencia –reclamado incluso con urgencia por el vencedor de los Kirchner, el diputado Francisco de Narváez– , el colapso de los hospitales y centros de atención primaria y, sobre todo, la creciente cifra de defunciones, que ronda ya la treintena. Y todo ello ocurre justo cuando los expertos certifican que el virus en cuestión es un descendiente de la temible y mal llamada “gripe española” que asoló medio mundo al terminar la primera Guerra Mundial, es decir, en 1918. Se confirma, pues, la previsión epidemiológica y con ello se reabre el abanico del miedo mientras los Gobiernos tratan de ganar tiempo y algún laboratorio trabaja a marchas forzadas amasando otro fortunón a fuerza de vacunas. Los estudiosos de las pestes (Delumeau, entre otros) saben bien que esos azotes dejaron tras de sí, junto a la memoria de la desgracia, muchas fortunas sobrevenidas. Lo de que no hay mal que por bien no venga, se acaba justificándose siempre para algunos.

 

Nos hemos acostumbrado a menospreciar los riesgos en base a la teoría que, por sistema, invoca  el alarmismo como argumento, pero a la vista está que ése no es un procedimiento aconsejable. Pero por lo que respecta a esa gripe, parece claro, además,  que habíamos liquidado la cuestión un poco a la ligera y, desde luego, que su eventual irrupción futura en territorios sanitariamente desprotegidos podría abrir una página desastrosa en la crónica de estos inicios del siglo, posibilidad que por sí misma descalifica nuestro hiperoptimismo primermundista. En Argentina estamos asistiendo al segundo acto de un drama con vocación de tragedia al que nadie sabe todavía a ciencia cierta como oponerse, mientras esta ciudad alegre y confiada se distrae como puede. Resulta desolador pensar que todo lo que nuestra vertiginosa civilización posee hoy frente a estos grandes desafíos del destino se reduce a su capacidad de cerrar los ojos.