Todo es negocio

Aprovechando la denuncia del “chiringuito de Empleo”, la Faffe, lo suyo sería entrar a saco en ese gigantesco negocio a que ha dado lugar en Andalucía la formación profesional, hoy en manos de mucha gente que lo más probable es que se viera en un apuro si se le pidieran papeles y se consideraran despacio los apellidos y nexos que los relacionan con los poderes públicos. A la sombra del “acuerdo de concertación” si ir más lejos, a lo peor, pero es de temer que también en otros varios ámbitos. Esa formación, que ha llegado a incluir visitas de parados al zoo o sesiones de cineclub, es, por supuesto, un expediente político para ganar tiempo frente a la crisis pero también un negocio que debería ser aclarado.

De pena

Da pena escuchar el eco de la politiquilla onubense, toda pullas y rejones al rival, rara vez basada en razones de peso. Lo del PSOE tratando de endosar el barquinazo de Astilleros al PP es, sencillamente, ridículo porque es él el que gobierna, el que prometió a sus trabajadores un apoyo pleno que se ha resuelto en una desbandada, el mismo que a estas alturas no se ha dignado ofrecer una palabra desde la presidencia de la Junta. No sé, por lo demás, por qué se extraña el PSOE de que desde el Ayuntamiento se acoja una manifa para defender lo que él ha abandonado a su suerte, cuando tantas manifas se han organizado desde su sede –estos mismos días sin ir más lejos– siempre que hubo oportunidad de sacar tajada.

Corazón de papel

Un preso condenado a muerte en Utah hace 25 años va a ser, al fin, ejecutado. No lo será, sin embargo, mediante una inyección letal –como dispuso ese Estado tras el escandaloso fusilamiento de hace ahora tres lustros—sino a manos de un pelotón formado por cinco escopeteros  que disparará a quemarropa sobre él apuntando al corazón de papel que las asistencias le colgarán previamente en el pecho. El fusilable, Ronnie L. Gardner, acusado del asesinato de una mujer, tras pasar esa larga condena entre rejas, se “beneficia” ahora del privilegio de elegir el procedimiento letal, reservado por la previsora ley a los condenados en fecha anterior a la reforma que prohibió en aquel Estado la muerte a tiros. ¿Habrá providencia más cínica que ésa de dar a elegir el procedimiento ejecutor a los propios condenados, como si además de tratarse de un favor singularísimo, la macabra oferta conllevara cierta dosis de humanidad? No hay más que escuchar a este desgraciado para convencerse de algo de sobra demostrado en anteriores ocasiones, a saber, que la pena capital, sobrellevada durante años en el infame claustro del corredor de la muerte, desordena la mente del reo hasta inflamar su imaginación en términos deplorables. Quizá nada revela mejor la doble o múltiple moral social que aún sostiene en vigor, por mayoría absoluta, el abominable suplicio, que esta comedia sádica en la que, de algún modo, se consigue la implícita aceptación del inhumano castigo por parte de la víctima. Sólo el viejo ágape del reo –la famosa tortilla de yerbas servida en capilla—supera en vesania aquel gesto de generosidad fingida que, lejos de humanizar la barbarie, confirma ritualmente la inextinguible pervivencia del espíritu de venganza.

 

Ni vale contemplar de lejos el suplicio –Hugo decía en “Los miserables” que se puede ser indiferente en el tema ante de haber visto la guillotina pero no después—ni menos estereotipar esa estampa del reo contrito que acepta el tormento como justo castigo o fatalidad inevitable, porque hace mucho que la psicología insiste en que la aceptación calma o serena de la muerte no es tal mientras no se trate de un acto solitario. Séneca se libera a sí mismo más que cumplir la sentencia de Nerón, pero estos desdichados no son Séneca aunque representen sin saberlo una burda parodia de su ejemplo. Por lo demás, suelo recordar en este trance la tremenda sentencia de Remy de Gourmont en el sentido de que los partidarios de esa barbaridad están más cerca de los condenados que quienes los defienden. Temo que sea, en todo caso, esta trivialización del suplicio que supone el derecho de elección del condenado, la coartada más brutal imaginada por los verdugos.

Polémica inútil

Está de más cuanto se diga sobre/contra la, a mi juicio, inevitable recolocación de los cesados en las Administraciones andaluzas y sus rémoras suplementarias. Ningún “régimen” puede prescindir de sus clientelas y menos cuando quien lo dirige es un recién llegado en esa ciénaga atestada de cocodrilos. La política se ha convertido en una pingüe profesión autonómica porque con ésta, junto con otras bicocas, se garantiza el voto fiel. Entrar a saco en esa ciénaga como se pretende (y lo que es peor, “como se promete”) resultará, sencillamente, inviable. Y eso vale para el PSOE en Andalucía y para el que se tercie allá donde gobierne.

De capirote

De capirote, de solemnidad, hace falta ser bobo para decir eso que ha dicho un tal Baluffo, joven bárbaro del nuevo PSOE: que si los trabajadores de Astilleros dan la bronca y la emprende a huevazos con la sede del PSOE –hay amores que matan– es porque confían en él y en nadie más. Uno se queda admirado viendo lo fácil que resulta aquí auparse a la profesión política, pero también se aloba al considerar el grado de estupidez al que esa estupenda profesión obliga a someterse a sus beneficiarios. Lo de Baluffo ha sido de traca, pero si al pobre chico no se le ocurre nada mejor, también hay que comprenderlo.

Ellos y nosotros

La fotografía de un sujeto en actitud de limpiarse el culo con la bandera, expuesta en una muestra organizada por la Fnac, ha abierto un ruidoso debate en Francia sobre los límites de la libertad de expresión. Varios ministros –los de Interior, Justicia, Defensa y hasta Industria—han salido a la palestra para reclamar mano dura frente y contra estos abusos y proponer el endurecimiento de la normativa penal vigente que sanciona con 7.500 euros de multa o hasta tres meses de cárcel a quienes públicamente desprecien ofensivamente tanto a la bandera como al himno nacionales. Uno de ellos ha propuesto que se prive de la nacionalidad francesa a un ciudadano de origen argelino –que mantiene un harén familiar de cuatro mujeres y que habría recurrido la sanción impuesta a una de ellas por conducir cubierta enteramente por un burka– con el argumento de que si la ocultación física de la mujer es normal en su cultura de origen, la poligamia no lo es en la francesa. ¿Qué tal si comparamos estas actitudes impecablemente democráticas con las usuales en nuestra maltratada democracia en esta hora revuelta en la que se ha despenalizado de hecho la quema de la bandera, en la que desde el propio Gobierno se injuria al Tribunal Constitucional y desde la calle se deslegitima al Supremo, o en la que un padre inmigrante, en fin,  crea un problema de Estado al reclamar para su hija el libre uso de los símbolos religiosos que, en nombre del laicismo militante, viene prohibiendo el Gobierno a la cultura vernácula? A ningún islamista se la ha ocurrido en la jacobina Francia reclamar el culto de su religión en Chartres o en Notre Dâme como aquí acaban de hacer en Córdoba, ni a ningún obispo galo se le ocurriría, como aquí, barrer para adentro reclamando el derecho de otras religiones a usar en público sus símbolos mientras se prohíben los tradicionales. El viejo paradigma británico que permite en el rincón del parque despotricar de lo que se quiera menos de Dios y de la Corona pertenece a una era en que aún la democracia era entendida como un sistema para el que la garantía de la libertad eran sus propios límites.

 

Si en Inglaterra, una cadena de televisión se ha visto obligada estos días, bajo duras amenazas, a eliminar de una serie popularísima ciertas alusiones a Mahoma, en España se hace publicidad gratis a un film sobre Jesús de Nazaret que, con toda probabilidad, herirá la sensibilidad de millones de ciudadanos. Aquí limpiarse el culo con la bandera está al alcance de cualquier mentecato. Nos han bastado treinta años para que las democracias de verdad no alcance siquiera a vernos la cochambrosa matrícula.