¡Qué pedrada!

La anécdota la contó Vilallonga, recordando cuando, en la mili, hubo de acompañar como conductor a un general proverbialmente estólido al que llevó a ver cierta catedral catalana para mostrarle una célebre vidriera, ante la que el espadón se quedó como absorto y ensimismado, y al preguntarle Villallonga la causa del soponcio recibió una escueta respuesta : “¡Joder, qué pedrada tiene!”. La anécdota se viene a la memoria al escuchar al Ayuntamiento de Antequera minimizar la investigada venta de 17 vidrieras recuperadas por la Guardia Civil del chisgón de un chatarrero, con una fórmula escueta: las vidrieras no eran más que “simples cristaleras de hojalata y cristal” (sic). Nuestra historia cultural era y es la crónica de una chuscada.

El ladrillazo

Hay Ayuntamientos que no parecen haber aprendido las diversas lecciones de la crisis. El de Aljaraque, mismamente, proverbial explotador de un urbanismo galopante, parece que pretende sacudirse el parón crítico promoviendo en Corrales algún proyecto salvaje que, todo hay que decirlo, contrastaría con el desarrollo apreciable de la construcción  registrado en los últimos decenios. Claro que el problema no concierne sólo al consistorio sino a la Junta, que tiene que decir, y no poco, en esa materia, máxime si algún proyecto radicaliza a la población y divide a los ciudadanos.

El tigre de África

Hoy domingo hay elecciones en Etiopía. No se prevé que acaben como las de 2005, con doscientos muertos acribillados por la tropa, porque según los observadores las cosas van viento en popa en ese régimen comunista –el Estado mantienen la propiedad y manejo del grueso de los medios de producción—que se ha abierto al Mercado lo justo para reproducir el milagro chino: crecer al 10 por ciento del PIB desde hace diez años, ahí es nada. El “tigre de África” se complace en llamar a su feudo quien lo gobierna desde hace tres lustros, Meles Zenawi, el poderoso aliado de los EEUU en su conflictiva región, un tigre de papel si consideramos que a pesar de ese vertiginoso crecimiento, ocho de cada diez criaturas cabalgan sobre él en régimen de subsistencia agraria, es decir, con un pie en la tragedia que puede disparar cualquier sequía. El éxito de Zenawi, a quien dan por ganador hasta sus peores enemigos, radica en su mano de hierro que ha conseguido carta blanca para su tiranía al tiempo que creaba una incipiente pero activa clase media por entero dependiente del Poder. Cuentan que los lujosos barrios residenciales lindan con las míseras chabolas donde se hacinan trajinantes que sacan al día lo justo para aguantar hasta el siguiente (30 céntimos de euro es un beneficio aceptable, al parecer, entre ellos), pero se da por seguro que el clima de éxito macroeconómico garantiza la continuidad. Están satisfechos los etíopes, aunque a nosotros nos cueste entenderlo, y si no lo están, peor para ellos: Zenawi tiene el ejército y los EEUU tienen a Zenawi: círculo cerrado, pues. Verán como gana de nuevo, el hombre. Un hijo de puta, según algunos, pero “nuestro hijo de puta”.

 

Nada como injertar con tacto la economía de libre mercado en el paisaje comunista –ahí tienen a China, ese tigre indiscutido–, que hay que ver lo fácil que era encontrar el famoso tránsito desde el “socialismo real” a la libertad, que nos decían que era casi imposible. Con la complicidad del llamado “mundo libre”, por supuesto, que si no la cosa puede que no estuviera tan clara, ni siquiera para los chinos, que son los padres del invento. Pero ya me dirán que coños le importa al mundo libre lo que pase en Etiopía, sobre todo mientras mantenga con él su alianza militar y siga creciendo de esa manera galopante. La enorme ayuda exterior –la misma que se le niega a tantos países desgraciados—resulta que acaba siendo la garantía de la dictadura. ¿Y qué más da? Hoy domingo vamos a comprobar lo bien que carbura el liberalcomunismo. En Shangay estamos viéndolo brillar en todo su esplendor desde hace quince días.

Emergencia andaluza

La crisis afecta a todos, como es natural, pero sus efectos harán más daño allí donde peor estaban las cosas antes de su reconocimiento, que es también donde peor siguen estándolo. En Andalucía, donde no crecerá el empleo, según la propia Junta, hasta 2012 como mínimo, el parón en Obras Públicas caerá como otro mazazo y la eventual subida de impuestos autonómicos que ahora anuncia Griñán tras haberla negado con vehemencia, puede ser la puntilla. No había insidia en la denuncia del “optimismo oficial”, como tantas veces se nos echó en cara. Lo que había era mucha cara en los optimistas oficiales.

En principio

El PSOE onubense ha rescatado el “De entrada, no” de la OTAN, mudado en un “En principio, sí” para referirse a la posibilidad de que el Gobierno cumpla sus viejos compromisos de inversión en Huelva. ¿Habrá AVE en el plazo previsto o el recorte decretado por Blanco nos dejará, una vez más, sin él? Se explica, después de todo, que en estas circunstancias el compromiso se aplace, pero ¿y antes, por qué mientras duró la bonanza –y la crisis sólo era un invento antipatriota, recuerden—tampoco se acarreó un duro para cumplirlo? Pues porque castigan al alcalde pateando el culo de los ciudadanos. No busquen otra clave fuera de ésa, porque no la hay.

Mea culpa

Hablo con esa extraordinaria periodista, Eva Díaz, que en este diario se encarga infatigable de levantarle el celemín a la velilla de la cultura. Como a todos los ancianos de la tribu me toca ponerle carne y hueso a los mitos literarios que nosotros tratamos y ellos, los jóvenes, heredaron ya como leyenda. Hablamos de Artur London, de cuando los entonces jóvenes vinculados a la utopía colectivista (¿se han fijado en el eufemismo?), incluso los que lo respetamos y quisimos tanto, no acabábamos de fiarnos de aquel mártir sin rencor contra quien nos habían predispuesto los vividores de la ortodoxia. ¿Era posible lo que contaba Artur en “La confesión”, la epopeya que dieron a conocer entre Semprún y Costa Gavras, o sería nuestro amigo un agente secreto de la agitprop burguesa, capitalista y demás, que lo utilizaba de cuña de la misma madera? ¡Hasta los que lo tratábamos y queríamos manteníamos aquella duda fomentada por nuestros castradores! Eva no entiende nada, no puede entender, claro, porque quienes han vivido siempre en libertad no pueden imaginar siquiera lo devastadora que puede ser la duda moral del militante que cree estar librando la última batalla. En Madrid, en casa de los Liberman, en su modesto apartamento de París, mirábamos aquellos ojos piadosos, de un celeste diluido, habitados aún por la sombra de la duda de la propia Lise, su gran mujer, la que lo abandonó “en conciencia”, engañada por los verdugos, debatiéndonos entre el tirón entrañable con que nos atraía el hombre bueno y la prevención inducida: ¿sería una víctima o un falsario aquel a quien, en cualquier caso, tanto queríamos? Eva no entiende nada, ¡y miren que es lista! Hay un abismo ¿insalvable? –la estatura del padre—que nos separa de los siguientes impidiéndonos medir con la misma vara. La realidad, lo que fue, puede que para nosotros sea ya un mito: para ellos, ni eso.

 

Generaciones y semblanzas. Yo mismo busco en la prosa de Eva –azacana, ingenua, brillante—el bramante que nos engarce en una misma guirnalda, el hilo frágil del collar de la vida. Y no lo encuentro, fuera de la comprensión y el cariño, como seguramente no lo encuentra ella. “¡No me lo puedo creer! ¡Qué daría yo por haber conocido a ese hombre!”, me dice cuando evoco aquella mirada tierna, clarísima, que nos seducía sin remedio sin despejarnos del todo la sospecha. Y yo no sé qué responderle. Hay un abismo entre las generaciones que quizá no nos enfrenta pero que inevitablemente nos distingue hasta dejarnos –a ambos—solos como la una. Lo entiendo al ver que Eva no puede comprender nada de esta historia. Como no puedo comprenderlo yo mismo.