No somos Cataluña

Mal suerte. El Gobierno considera que las autopistas andaluzas, en concreto la que une Sevilla con Cádiz, no será liberada del peaje aunque lo sean las catalanas, que para eso lo habían incluido astutamente en su Estatuto. Tantos años después se pone de manifiesto el cinismo que suponía exigir al Gobierno del PP por parte del PSOE andaluz la inmediata solución de ese viejo problema y se vienen a la memoria las imágenes de sus dirigentes manifestándose para exigir respeto a Andalucía. Ahora, no. Ahora nadie en el partido del Gobierno se acuerda ya de aquellos clamores sino que se remite el tema a la letra chica de los Estatutos que se les escapó a nuestros mandamases. No somos Cataluña, ni mucho menos. Pero quien comete el agravio ahora es el PSOE, no el PP.

Ganar tiempo

Temo que lo que está haciendo la Junta y su partido en Huelva, a propósito del proyecto de oleoducto Huelva-Badajoz, no es otra cosa que ganar tiempo. ¿Cómo fiarse de una vaga promesa de reconsiderar la cuestión “de forma sosegada y profunda” que ha hecho la consejera Castillo contra lo que ZP prometió en un mitin extremeño, es decir, que habría oleoducto sí o sí? Los ‘ecos’ de WWF llevan razón cuando dicen no fiarse en este negocio ni de Huelva, ni de Sevilla ni de Madrid, tres instancias de partido que hoy se reparten los papeles para excusar el vertido de Doñana. Habrá oleoducto, ya lo verán, y lo de la bahía de Algeciras será una broma con la que puede armarse en nuestras costas. El PSOE onubense está obligado a ganar tiempo, a sabiendas de que no hace más que actuar de comparsa en este caso cerrado.

Páginas interiores

La alcaldía de Nueva York ha puesto en marcha curioso un programa de “ayuda” a los “sin techo”: ofrecerles un billete de avión para que se vayan gratis a donde quieran, pero que se vayan. No se trata sólo de liberar el paisaje urbano de tan incómoda presencia sino de aliviar le presupuesto de los hogares públicos que todavía funcionan con cargo al presupuesto, en los que el mantenimiento de una familia le sale al erario por más de 35.000 dólares al año. El programa dispone de un presupuesto de medio millón de dólares y exige una sola condición para conceder la ayuda: que el desgraciado garantice que cuenta con alguna ayuda segura en destino. La medida es obviamente expeditiva, por no decir brutal, pero hay que considerarla en el contexto, ciertamente terrible de la marginalidad americana, dentro del cual –según, por ejemplo, la National Coalition for de Homeless—se cifra hoy en una muerte cada quince días el balance de las agresiones a los habitantes de la calle. Un considerable aumento de esa población que vive obligadamente al relente, causado por la crisis inmobiliaria sobre todo, ha extremado la inquietud social despertando al mismo tiempo una insólita agresividad entre grupos salvajes que causan ya más de cien muertes al año frente a las 50 que se producían a comienzos de la década, aunque haya que reconocer que esa estadística es seguramente corta teniendo en cuenta que la indefensión y soledad de los agredidos no garantiza, sino todo lo contrario, el adecuado registro de los crímenes. Estados como Maryland y, próximamente, otros como Carolina del Sur, California o Florida, han decidido aplicar a esas agresiones la normativa específica vigente que sanciona los crímenes racistas. Un país que tiene un millón de ciudadanos viviendo en la calle, como es el caso de los EEUU, es lo menos que puede hacer.

Naturalmente el fenómeno tiene un eco menor debido a que noticias de esa índole no suelen ocupar precisamente titulares de primera sino aparecer en páginas interiores, allá donde la gravedad de los sucesos se amortigua hasta casi anularse, algo que no ocurriría, paradójicamente, si las barbaries reseñadas se dirigieran contra grupos étnicos o religiosos, pongo por caso. Un pobre en la calle es poco menos que nada, y lo es hasta el extremo de que las ONGs señalan el escándalo que suponen las razones miserables –el hastío, la diversión y demás—que arguyen los, por lo general, jóvenes agresores como haciendo buena la teoría de Hanna Arendt sobre la “banalización del Mal”. Cuesta aceptar que un millón de americanos se halle en estos momentos expuesto en esa coyuntura. Y ya es significativo que Nueva York no haya encontrado mejor providencia que pasaportarlos gratis lo más lejos posible.

Larga perspectiva

Desde lejos, en plena jubilación, reaparece, Carlos Sanjuán, el ex-secretario general del PSOE-A que en su día defenestró a Borbolla y pactó la venida de Chaves, clamando alto y claro como profeta en el desierto: “Quiero un partido con voz y vida propia, nada que ver con el modelo de Chaves”; “No quiero un PSOE en el que se está en función del cargo que puedas ocupar”; “El modelo de Chaves supedita el partido a las instituciones”. Y añade: “La bicefalia es buena. Si es tan mala como dice Chaves, ¿por qué no ni dimite él?” La distancia es la mejor perspectiva, proporciona clarividencia. Lo malo que es que su ventaja suele llegarle a cada uno cuando ya no pinta nada y su tiempo pasó.

Liderato en drogas

Debería difundirse el informe del Observatorio Andaluz sobre Drogas que da cuenta del incremento del número de menores admitidos a tratamiento de desintoxicación durante el año pasado. En resumen, dice que se multiplicó por tres la cifra del año anterior, lo que sitúa a la provincia muy por encima de la media regional. Un problema grave que concierne a la familia tanto como a la escuela y, en último término, a la autoridad, y que ilustra dramáticamente el fracaso relativo de nuestro sistema social. En Huelva urge incentivar la presión contra la droga en especial entre los sectores más jóvenes. No reaccionar ante una estadística como la comentada es una insensatez que pagaremos más pronto que tarde.

Sábado y domingo

Vuelvo sobre el tema del descanso dominical, que traje aquí hace bien poco, a propósito de la polémica prolongada en Francia, tras la aprobación en el Parlamento de la porfiada ley en torno al caso específico de París, ciudad a la que esa norma concedía un estatuto especial que ha sido descalificado ahora por el Consejo Constitucional. El caso no es sencillo porque en aquella capital de ensueño ocurren cosas tan desmañadas como que en una acera de los Campos Elíseos se pueda abrir el comercio los domingos y en la otra no, y porque, como dijo Sarko el 30 de junio pasado, no tiene sentido que si la mujer de Obama quiere ir de compras ese día –los conservatas siempre tan elitistas en sus ejemplos– tenga el Presidente de la nación que levantar un teléfono para conseguir que le abran las puertas. En Jerusalem, por el contrario, el alcalde laico Nir Barkat, tiene que vérselas cada sábado, desde hace mes y medio, con una patulea ultraortodoxa que protesta airada contra la apertura de un parking en la Ciudad Vieja que rompería, según ellos, la ley ancestral que prescribe el respeto al sábado. Ahí siguen, íntegras y ternes, las dos concepciones del trabajo y del descanso basadas en la religión que constituyen el legado –hoy, realmente fósil—de una concepción sacralizada de la realidad y de la vida hace mucho superada por las circunstancias, como superada parece la noción progresista que veía en el descanso obligatorio un logro de la civilización sobre la costumbre y, por supuesto, un derecho arañado con esfuerzo inolvidable a la rapacidad explotadora. Unos que parecen querer maximizar la lógica productivista, otros empeñados en mantener la vida en la matriz de un dogmatismo formalista hace siglos desbordado por las circunstancias. Desde la irrupción del cristianismo, ese debate no ha dejado nunca de dividir la opinión.

No deja de ser elocuente el olvido que durante lo que llevamos de crisis ha rodeado la profecía de Paul Lafargue, el yerno de Marx, expresada en “El derecho a la pereza”, primer aviso, que yo sepa, sobre el riesgo cierto de sobreproducción y sobreconsumo formulado al capitalismo desde la izquierda crítica. Lafargue entrevió con nitidez el mundo vertiginoso de los Madoff y los ‘Pocero’, como previó el despilfarro de un consumo asumido como objetivo vital. Pero no cayó en la cuenta de que a la mujer de Obama podría antojársele algún día ir de compras por París precisamente en fin de semana o de que las ‘grandes superficies’ llegarían a convertir la compra dominical en una fiesta de familia. Échenle un rato al librillo de Lafargue y verán de qué poco le sirven al Hombre los vaticinios sensatos.