Más huevos, no

Esta segunda vez la policía no ha permitido a los trabajadores de Astilleros acercarse a la sede del PSOE a la que anteriormente bombardearon con sus huevos. ¿No decía un bocazas de la organización que la bronca anterior demostraba la sintonía de esos trabajadores con “su” partido? Se ve que no, y el subdelegado –que para eso está—se ha ocupado en esta ocasión de prevenir el bombardeo. Lo que sigue sin solución es el problema, del que el PSOE no quiere ni oír hablar y menos en estos ruinosos tiempos. Les darán largas, posiblemente, les prometerán esto o lo otro, pero esos mismos que hoy les regatean incluso las audiencias son quienes desde el principio conocían esta solución final.

Dies Irae

Nunca en mi larga experiencia de trato con la Administración había asistido a una reacción como la que en las oficinas públicas se vive desde que ZP, tras prometer cien veces que ni siquiera congelaría los sueldos de los funcionarios, anunció en el Parlamento un recorte medio del 5 por ciento. Nunca había oído tanto ruido y mucho menos algunas protestas en el mismísimo primer nivel de la Administración, lo que incluye, como es obvio, a destacados militantes del partido en el poder, jamás hasta ahora disidentes ni en broma. Ante el anuncio sindical de una huelga del ramo he podido escuchar propuestas de convertir ese gesto tímido y calculado en una manifestación callejera para reivindicar a la luz del día la un trabajo que tanta aversión  despierta en una opinión a la que los políticos le han vendido toda la vida que el carácter vitalicio del empleo era una bicoca y no una imprescindible garantía de independencia frente al arbitrio de ellos. En el Diario del Parlamento de Andalucía ha de constar –supongo—la afirmación de un presidente de la Junta que tuvo la insólita desfachatez de postular la obligación de los funcionarios de servir a ojos cerrados al poder político que en cada momento imperara, y eso es justo lo que, desde don Andrés Oliván hasta la llamada “Escuela de Madrid”, los administrativistas han tratado de evitar reclamando una estabilidad vitalicia que pusiera a la función pública a salvo del capricho político. No es, pues, la fijeza en el empleo la razón por la que haya de sangrase a esos trabajadores, sino su número desconcertante, el gigantismo provocado por la estrategia de unos partidos que se mantienen apoyados por esas clientelas. No se trata de “recortar” sueldos en su mayoría modestos, sino de desmontar el inmenso tinglado de lo que Unamuno fue el primero en llamar “enchufes”, y pedirle eso a los partidos sería como pedirle al condenado que se ahorque por su mano.

 

Puede que la crisis permita cuestionar el viejo expediente heredado de la Restauración y acabe forzando una poda drástica de esa trama exactora. Y a pocos beneficiaría tanto esa operación como a los funcionarios que dejarían de ser confundidos con los enchufados. De momento al cabreo es insólito y, dado que la maniobra no tiene marcha atrás, su reflejo electoral puede ser decisivo. Una encuesta de urgencia daba sobre la marcha la mayoría absoluta al PP, aparte de que más pronto que tarde los sindicatos del neoverticalismo no podrán evitar la huelga general. Mala cosa tentarle el bolsillo al personal. Quién sabe si con esa medida demagógica el PSOE ha matado su gallina de los huevos de oro.

Veleta obediente

“Hay que dejar ya de hablar de crisis y recesión”, Antonio Ávila, consejero de Economía, Innovación y Ciencia (lunes 10); “Los indicadores demuestran que pasamos de los números rojos a los verdes”, Mar Moreno, consejera de Presidencia y virtual sucesora (martes 11); “Ha llegado el momento del sacrificio del sector público”, Carmen Martínez Aguayo, consejera de Hacienda (miércoles 12); “Los recortes son responsables, razonables e imprescindibles”, José Antonio Griñán, presidente de la Junta de Andalucía (jueves 13). Blanco y negro, ida y vuelta: la Junta no sabe dónde ir pero acude decidida allí donde le marque el Gobierno. Y no se puede decir que sin criterios, porque la verdad es que los tiene de sobra.

La democracia rota

El Ayuntamiento de Valverde ha nombrado al juez Garzón hijo adoptivo de su noble villa. Pudo haberlo hecho cuando Garzón envió a la cárcel al ministro Barrionuevo y toda la cúpula policial señalando a González como la “X” que coronaba la banda terrorista del GAL, y no lo hizo. O cuando el juez obtuvo alguno de sus éxitos contra ETA y el narco, y tampoco lo hizo. Y lo hace ahora, cuando el juez está imputado en tres causas penales, adelantándose a los acontecimientos (que pudieran ser demoledores) y desafiando a la Justicia en toda la línea. Igual que cuando, en su día, desde el partido homenajeaban a Barrionuevo, que ahora cierra contra Garzón en solitario. No debería consentirse que desde la autonomía municipal se ofenda y comprometa los fundamentos de la democracia.

El niño abducido

No parece verosímil esperar una reacción familiar que libre a la santa infancia de la excesiva exposición a la TV. Las estadísticas son aterradoras porque hablan de medias de cinco horas y hasta mayores calculadas para los niños menores de cinco años, a los que la revolución del doble trabajo familiar y la inevitable ausencia de la madre no encuentra otro remedio que abandonar a su suerte ante la imagen devoradora. Miren a un niño en esas edades y comprobarán que mientras permanece atento a sus programas –bueno o malos, instructivos o directamente abominables—sus actitudes son las del infante abducido, ajeno por completo a la realidad, sordo en la práctica incluso ante la interpelación vehemente, víctima en definitiva de lo que Edgar Morin llamó hace muchos años la subyugante “introyección” del espectador. ¿Riesgos? De los ‘Archives of Pediatrics and Adolescent Medicine’ recojo para ustedes las conclusiones de un estudio  en el que se establece, por ejemplo, que el niño que antes de los cinco años consume tele en exceso, disminuye significativamente su rendimiento escolar, lo mismo en lo que se refiere a la capacidad de atención, que en el progreso en matemáticas o en su relación abierta y no conflictiva con los demás. Por cada hora de atención a la pantalla, calculan los autores que el niño despilfarra un 9 por ciento de su actividad física, al tiempo que, al aumentar otros factores de riesgo, lo normal es que incremente su masa corporal en un 5 por ciento sobre la media estimada como óptima. Y no es cierto tampoco que esas desdichas acaben cuando la víctima pasa de los críticos cinco años, sino todo lo contrario, pues los resultados negativos se mantienen. La recomendación facultativa de reducir a menos de dos horas la exposición del niño a la tele es ignorada por la inmensa mayoría de los países desarrollados. Estamos propiciando una marca blanca de autismo cuyas consecuencias sólo conoceremos cuando ya sea tarde.

 

No es discutible que el problema tiene difícil solución, pero tampoco que la sociedad, en el ámbito familiar, no ha sido capaz de dar una respuesta adecuada a la transformación de su estructura productiva. Pero observen ustedes a ese niño absorto ante su mundo virtual, comprueben su desconexión práctica del entorno y se verán obligados a concluir que urge dar con un remedio adecuado si no queremos exponer las nuevas generaciones a riesgos insospechados. La mirada de la serpiente acechando en el electrodoméstico. Nunca sabremos hasta qué punto la sustitución drástica de la realidad por la fantasía en la mente de esas maleables cobayas las inutilizará en un futuro para la vida real.

Desconcierto total

A la vista de las declaraciones de sus máximos responsables, la Junta andaluza no tiene ni idea de lo que está pasando ni de lo que tendría que hacer para ponerle remedio. Esas declaraciones contradictorias, a veinticuatro horas de distancia, lo dicen todo, pero su previsión de que no crecerá el empleo al menos en año y medio –vieja previsión, por cierto—obliga a esos responsables a reconocer su desconcierto y ofrecer siquiera un programa creíble. A base de mimetismo y demagogia, a golpe de improvisación, no iremos a ninguna parte. La Junta debe contar con el apoyo de todos, pero ella debe empezar por reconocer su fracaso.