Barbas en remojo

No es que sea calcado el caso, pero sí que tiene mucho que enseñarnos en Huelva la catástrofe de Luisiana. ¿Qué sería de nuestra Doñana y de nuestro turismo si el oleoducto apadrinado por ZP y gestionado por González acaba instalándose y algún día sufre un percance como el que ahora lamentamos en el Golfo de México? Porque también allí se descartaban riesgos y se tachaba de alarmistas a quienes preveían los peligros que la realidad ha acabado por confirmar, y ahora la única realidad es que toda una región ha quedado devastada y arruinados sus habitantes. ¿No tendrán bastante con lo que ya le han hecho a Huelva? Ese proyecto amenazante debe ser reconsiderado por mucho que se resientan los intereses de los “amigos políticos”.

El diván subastado

No vamos a poder librarnos en mucho tiempo del revisionismo de los mitos meridianos del siglo XX. Desde el que trata de destruir a Nietzsche, por ejemplo, curiosamente desde perspectivas incluso contradictorias, hasta el que se ensaña con el viejo Marx en línea con la tradición de la minúscula crítica “ad personam”. Es como un deporte que tiene asegurado el éxito publicitario, hoy tan potenciado por el debate en la Red y, hay que reconocerlo, por la propia penuria teorética de estos “tiempos mudos”. O de los dirigidos contra Freud y su descendencia, por lo general desde la perspectiva hemenéutica que le niega la patente científica que, que yo sepa, nunca pretendió explícitamente el mago vienés. Entre estos últimos –hay que decir que maltratados a conciencia por la crítica, en especial por la francesa—está de moda el publicado por Michel Onfray con el título elocuente de “Crépuscule d’un idole”, que acabo de leer,  y en el que este ágil, atractivo y demoledor iconoclasta –que en su día se reveló por libre contra la enseñanza oficial de la filosofía para proponer su exclusivo método—ensaya una vasta pesquisa (son más de 600 apretadas páginas) consagrada a probar, como ha recordado algún crítico, el postulado nietzscheano de que toda teoría es un artefacto de la propia biografía. ¿Recuerdan las críticas añejas que sugerían al Marx perseguidor de criadas? Pues Onfray la emprende aquí con Freud para “explicarlo” en función de sus propios fallos personales, por ejemplo, qué sé yo, el edipismo como reflejo de su incestuoso amor por la madre, su monismo como consecuencia de su sexualidad obsesiva, la famosa y archibaqueteada dedicatoria a Mussolini o sus inverosímiles connivencias con los nazis derivadas de fantasías tales como que Kant o Juan Evangelista fueron adelantados de Hitler… Se lo están comiendo vivo y la verdad es que el panfletazo no merece menos.

 

Nadie hubiera dicho en los felices 60 que el culto a Hayes y el recuelo neoliberal inaugurado por la Thatcher, acabarían barriendo la asfixiante ortodoxia marxista que por entonces lo dominaba casi todo. Como no creo que nadie pueda garantizarnos hoy que esos olvidados no puedan de volver por donde mismo se fueron, revisados tal vez y libres ya de sus excrecencias dogmáticas, para ser aprovechados en cuanto realmente aportaron. He cerrado este libro con un desolado sentimiento de soledad intelectual, lamentando que un talento como el de Onfray se “divierta” en semejantes meandros, y no me ha extrañado oír a Bernard-Henry Lévy calificarlo de banal, reductor, pueril, pedante y ridículo. Que seguramente no es lo peor que le van a decir ni menos de lo que merece.

Estado terminal

Se ha quedado corta IU con eso de que la economía andaluza está en la UVI, al menos a la vista del peñascazo que ha supuesto el dato de la EPA del primer trimestre: en los primeros tres meses se han ido al garete tantos puestos de trabajo como Griñán preveía que podrían perderse en todo el año. No es posible seguir confiando en esta Junta catatónica ni en este Gobierno al que no le interesamos más que como silo de votos para su partido, porque si es verdad que la crisis a todos afecta, también lo es que lo que está pasando en Andalucía no pasa en ninguna otra comunidad española. ¡Y el PSOE embarcado en 4.000 actos de publicidad para que aprendamos a llamar ‘Pepe’ al Presidente! Nunca una emergencia tan grave obtuvo una respuesta tan estúpida.

Perder el tren

Si en Granada anda diciendo el PSOE que el alcalde no puede digerir la realidad de que el AVE está a punto de irrumpir pitando en la estación de Moneo, en Huelva habría que decirle al partido que aquí lo único que está claro es que el AVE nos queda todavía demasiado lejos. Con siete años de retraso, como retrucan con razón desde el Ayuntamiento, y a pesar de las promesas hechas para apoyar a la candidata Parralo, ahora, qué duda cabe, reservadas para repetir la promesa con la probable candidata Castillo, la consejera más breve de la historia autonómica. Huelva sigue quedando lejos y las elecciones demasiado cerca.

‘Beata aetas’

Ahora resulta que esos abuelos que tan poco cuentan para el pragmatismo de nuestro sistema productivo, están que se salen de contentos y felices, o al menos eso dice muy sonriente la ministra de Salud, quien al presentar un trabajo sobre el tema, ha asegurado que la mitad de esa legión maltratada “está satisfecha” con su vida. Todo es riente para estos paladines del optimismo agatológico, incluso esa realidad oprobiosa en que se encuentran nuestros mayores, y ello es así, probablemente, porque éstos, como ya advertía Goethe, han perdido esa prerrogativa esencial del hombre que es el derecho a ser juzgado por sus iguales. Los estudios sobre la vejez que conozco (el tradicional de la universidad de Texas, el del National Opinion Research Center, los publicados por la universidad de Chicago en la American Sociological Review, entre otros) descubrieron hace tiempo esa curiosa “felicidad senil” que los mayores dicen disfrutar confundiendo bienestar con resignación, a favor de la inevitable tendencia de la edad avanzada hacia esa pasividad sentimental que genera la ilusión de serenidad, calma y hasta satisfacción. La ministra se ha mostrado muy contenta ante semejante exultancia, pero eso es porque no ha comprendido aquel apunte tremendo de Diderot que decía que si es verdad que no hay nada más corriente que un viejo que comienza a vivir, la triste realidad es que lo más común es que el pobre viejo muera antes de haber vivido. ¡‘Beata aetas’, la edad feliz! Parece claro que el voluntarismo político confunde gustoso la alegre conformidad declarada por esos encuestados con el reverso de la renuncia. En su ‘Lucien Lewen’ dejó dicho Stendhal que un anciano no es más que un joven que ha agotado su ilusión y que ya no se palpa las pasiones. Alguien le pregunto una vez al viejo Azorín que en qué consistía la vejez y Azorín le respondió que en no tener interés por nada. Me parece a mí que la ministra no ha hilado esta vez lo bastante fino.

 

Ahora bien, decir como ha dicho esa señora que este estado feliz de los ancianos se debe a la mejora de las pensiones y otras medidas sociales adoptadas por el Gobierno es algo que roza ya la ignominia. Lo que una vez más deja clara la capacidad mistificadora de la ciencia social cuando actúa mansueta siguiendo la voz de su amo en connivencia con el impúdico descaro de la política a la hora de invertir las evidencias. Aparte, por lo demás, de la incapacidad de este modelo social para integrar a la población pasiva, tan injustamente contemplada como una simple rémora. La vejez es políticamente inofensiva. Con unas cuantas morisquetas en tiempo de elecciones va aviada de sobra.

Parlamento roto

Otra vez se ausentó el PP de la Cámara autonómica y no sin razón. Contra toda expectativa, el liderato de Griñán no está contribuyendo en nada a pacificar la política y buscar acercamientos, sino todo lo contrario. Repugna ya ese guión agresivo que convierte el debate parlamentario en pura trifulca, entre otras cosas porque con portavoces bronquistas como Mario Jiménez malamente se podría hacer otra cosa más constructiva. Andalucía se hunde a ojos vista y al gobiernillo regional y su mayoría no se le ocurre nada mejor que ahondar diferencias y fomentar divisiones. Empieza a imponerse la convicción de que acaso no sepan hacer otra cosa.