La sociedad idólatra

Menos mal que ha terminado el fúnebre show de Michael Jackson. Las cifras asombran. Nunca un acontecimiento –dicen—alcanzó tal difusión en la tele, ni siquiera los JJOO de China o la toma de posesión de Obama. Lágrimas a gogó entre los 18.000 afortunados a los que, entre un millón largo de aspirantes, alcanzó la gracia lotera de obtener una plaza en el Staples Center para asistir a la demostración, aparte de los millares que rondaban el estadio fúnebre y los millones que se engollipaban en casa ante sus televisores, cientos de millones sólo en los Estados Unidos. Y en Internet, la caraba: 18 millones de visitantes en la Red, 9 millones de personas enganchadas durante varias horas en tanto duró el desfile de famosos en plan elegiaco, con sus sentidas baladas y estudiados espiches, siempre en torno al ataúd de bronce dorado. La globalidad de la vida ha hecho del entierro del mito un acontecimiento ubicuo y el mito ha logrado reunir lo que quizá nada ni nadie fuera capaz de juntar tan estrechamente en estas circunstancias. Idolatría: ésa es la palabra. Este Hombre no poco deshumanizado, tan abismado en lo material, tan rehecho en su perfil laico por el agudo proceso de secularización que vive el mundo desarrollado, resulta que estaba loco por desatar sus emociones y rendir culto de latría aunque fuera a un personaje tan banal en definitiva, a pesar de su talento artístico, como lo fue ese pobre enfermo. Música y lágrimas: nada nuevo bajo el sol, pues, pero números que asustan, movimientos sin precedentes, una fiebre entusiasta como no se recuerda otra. La vida se banaliza hasta extremos asombrosos y todo indica que la interacción entre la mitomanía y la mediatización acabará pudiendo con lo que le echen. Menos mal, ya digo, que se ha acabado la fiesta.

 

La pulsión idolátrica es dura de pelar. Léon-Dufour expuso hace mucho tiempo la larga batalla bíblica por desalojar a los ídolos –en la que resuena la voz de tantos profetas– insistiendo en que en definitiva, aquella acabaría filtrándose en el seno mismo del yahvismo. Pero esto que vivimos hoy es, en términos antropológicos, apenas una mala caricatura de aquellas luchas del espíritu en las que el Hombre se jugaba a ciegas su identidad y su propio sentido. Una cosa es simbolizar la fuerza divina en el becerro de oro y otra bien diferente rendir culto a un saltimbanqui drogata (y más cosas) por mucha genialidad que quiera reconocerse en sus creaciones. La inmensa desproporción entre estos entusiasmos y su objeto habla por sí sola de la mezquindad de una cultura de masas capaz de ofrecer un espectáculo tan desmesurado como éste que acabamos de soportar en torno a ese cadáver exquisito.

Aulas precarias

Demoledor informe de CCOO sobre el estado del sistema andaluz de enseñanza: faltan 23.000 profesores para igualar la media nacional, es el último en el ránking nacional si se considera el número de alumnos por aula, está muy lejos de aquella media en Bachillerato y ciclos de Grado Medio. Sería necesario, según el sindicato, un aumento del 21 por ciento en las plantillas de profesores –seis veces más en la enseñanza pública que en la concertada– para alcanzar la media española. Una mala situación que aleja sin remedio, de momento, el buen propósito del presidente Griñán.

Aquel incendio

Parece que se complica el olvidado incendio del verano del 2004 en que murieron dos personas y se quemaron 35.000 hectáreas de monte entre Huelva y Sevilla mientras Chaves prolongaba sus vacaciones en la lejana Galicia. Reclaman los hijos de los fallecidos que, como en el caso del posterior incendio de Guadalajara se responsabilice penal o civilmente a la Administración por su obvia falta de previsión y eventualmente por su negligencia. Entonces los diputados del PSOE andaluz, incluyendo los onubenses, votaron en el Congreso contra la propuesta de conceder a la comarca quemada el beneficio de las zonas catastróficas que si tuvo Guadalajara. Ahora van a exigirle a la Junta que peche con las responsabilidades subsidiarias y ya veremos con qué más. Han pasado cinco años, pero nunca es tarde para hacer las cosas bien.

El día del Señor

La penúltima ocurrencia del ingenio neoliberal ha sido la propuesta imponer el trabajo dominical. El viejo ‘sabbat’, el día del Señor, la jornada semanal de descanso que los antropólogos descubrieron allá por donde se han movido, se ve amenazada en el reverso psíquico y moral de una conciencia colectiva que tiene asumido desde tiempos remotísimos el derecho del hombre al descanso. En mi niñez conocí todavía el pago de las empresas al arcipreste del lugar por la dispensa para trabajar los domingos, es decir, el arreglo que hacían entre empresario y eclesiástico al margen del protagonista, es decir, del trabajador mismo, con un inconfundible acento de simonía. Pero la conciencia de progreso, allí donde surgió y se desarrolló, tuvo en ese derecho al descanso, así como en la limitación de la jornada, sus objetivos más memorables. Y ya ven, hoy vamos hacia atrás, como de vueltas de esta Babilonia productivista a ultranza, hacia la región primitiva en la que el trabajo no tenía reglas ni límites. Es verdad que una mayoría de ciudadanos, por ejemplo en Francia, rechaza aún la idea de eliminar el descanso dominguero, pero no lo es menos que un alto porcentaje de ciudadanos seducidos por la lógica del Sistema apoya la idea de prolongar la semana comercial eliminando cualquier pausa, un poco como si el comercio y el consumo fueran los nuevos dioses y el tajo, el templo nuevo en el que rendirles culto. La libertad absoluta de los agentes económicos está por encima de todo, incluso de la inmemorial limitación del trabajo un día a la semana que no era otra cosa que el reconocimiento de un espacio humano indispensable incluso para la lógica del explotador. Producir y consumir: eso es todo lo que se le ocurre a nuestros líderes para remontar una crisis en gran medida provocada por el abuso de esas dos actividades. No escarmentamos. Las previsiones dicen que en poco tiempo serán mayoría los partidarios de la semana laboral completa.

 

Lejos ya del sentido religioso del reposo obligatorio, la lógica laica que veía en éste un factor de humanización de la vida laboral también fracasa y naufraga en el piélago de la concepción utilitarista del hombre que subyace en la propuesta del integrismo liberal. Y hay motivos que lo explican, por supuesto, como los hubo para que masas de individuos asumieran la esclavitud como un estatus natural hasta que la razón ilustrada fue descubriendo la índole necesaria de la dignidad y sus consecuencias. Han sido las circunstancias las que han ido convenciendo al personal para que abdicara de su derecho, y hay que reconocer la maravilla de esa hegeliana “astucia de la razón” que ha conseguido el milagro hasta antier inconcebible. Producir y consumir. A este Hombre que regresa del progreso no le queda otra que aplicarse dócil, voluntariamente, a la famosa servidumbre voluntaria.

Segundo nivel

No debe de enojarse el consejero de Presidencia porque la Oposición califique de “segundo nivel” el encuentro entre la consejera de Economía y el secretario de Estado, y menos decir que esa calificación insulta al pueblo andaluz. ¿Por qué, si en Cataluña, por ejemplo, Montilla deja oír a quien quiere escucharlo que no tiene bastante con el Vicepresidente Tercero y reclama el diálogo directo con la Vicepresidenta Segunda, cuando no exige y consigue ver al mismísimo Presidente? Pocas dudas van quedando sobre que nuestro papel en esta farsa no es otro que el de comparsas dispuestos a legitimar a coro el acuerdo político del Gobierno con Cataluña.

Trabajo sin puesto

El colmo: el PSOE onubense coloca a los suyos incluso donde no hay puesto de trabajo, si hemos de creer la circunstanciada denuncia de IU sobre el “traje a la medida” que le ha hecho el Ayuntamiento de Cumbres de San Bartolomé a su concejal de Cultura para emplearla como “auxiliar de biblioteca” a pesar de que en el pueblo no existe biblioteca alguna. ¡Empleos sin puestos! Lástima que esta tropa, que podría acabar con el paro en un pis pas con solo proponérselo, no aplique su fórmula mágica más que dentro de casa y a sus propios clientes. Por lo demás, no es descabellado preguntarse qué responsabilidad puede haber en decisiones semejantes si se demuestra que, más allá de la anécdota, constituyen auténticos fraudes de ley.