El miedo y la viña

Quien no advierta el progreso de la extrema derecha en toda Europa es que no tiene ojos. Ahí van unos datos: en Francia, el FN de Le Pen se recupera a ojos vista del desastre de 2004; en Italia, con el 11 por ciento de los votos, ya lleva años en el poder apoyando a Berlusconi en plan cada día más exigente, lo mismo que en Dinamarca, donde supera el 15 por ciento; en Hungría acaba de obtener un éxito notable hasta el punto de andar ya muy cerca de esa Izquierda Socialista que es todo lo queda allí del pasado; en los Países Bajos se ha convertido en la primera fuerza política con un 17 por ciento de los votos y en Bélgica anda ya por esa misma cota; algo por debajo, aunque no demasiado, se observa en Finlandia o Rumanía, países en los que uno de cada diez ciudadanos vota ya en esa dirección. En España, donde no alcanza aún el 1 por ciento, puede que sea cierta la tesis de que si la extrema derecha no se cuantifica a lo grande es porque anda integrada silenciosamente en el electorado conservador, pero por lo que se está viendo en la campaña británica de un Cameron, por ejemplo, lo inquietante no es ya el resultado que obtiene la corriente clásica sino el que puede agenciarse ese BNP xenófobo y asustaviejas que esgrime en sus mítines los típicos fantasmas de la inmigración, la globalización, el europeísmo y el pánico ante la delincuencia creciente, en un tono claramente populista que la sedicente izquierda española exhibe cada más desacomplejada. ¡El miedo a la libertad! Y el miedo al futuro, a la novedad, a una realidad social compleja ya definitivamente alejada de la “comunidad” (recuérdese la distinción de Tönnies), lo mismo vista desde la derecha que contemplada desde la izquierda. Inquieta, en efecto, escuchar a Cameron clamar contra la inmigración con acentos pánicos, pero lo que le levanta a uno la oreja es escucharlo invocar a “la gente decente”, ya saben. El populismo es igual en todas partes y tras él acaba enseñando la patita bajo la puerta el extremismo en cualquiera de las formas de fascismo posibles.

 

La extrema derecha que vuelve. Curiosamente, menos en Alemania, donde parece que dura el efecto de la tremenda vacuna, lo que no quiere decir que no se agite allí también. Una democracia averiada, sostenida precariamente sobre los cimientos podridos de la corrupción, se ve amenaza por el otro fantasma, el que ingenuamente se pudo creer a buen recaudo tras la tragedia mundial, pero que ahora aparece a ambos lados del espectro. La ciudad alegre y confiada, no sé si recuerdan, el reino de Babia. Y puede que algún día haya que pedirle cuentas a la izquierda más que a la derecha. Cuando ya no tenga remedio o cuando, ojalá, todavía lo tenga.

Dar largas

Lo que la Junta ha hecho en la crisis de Astilleros ha sido tratar de ganar tiempo engañando a los trabajadores y a la opinión pública. De sobra conocían los esgrimidores de la famosa “hoja de ruta” la auténtica situación financiera de la empresa que salen diciendo ahora que acaban de descubrir, lo que no impidió que, no sólo dieran largas, sino que contrajeran compromisos a pie de obra de los que ya no quiere ni oír hablar. ¿Por qué la Junta elige siempre el circunloquio y el camelo, por qué juega con las esperanzas vitales de los que no tienen más que su trabajo, cómo justifica sus cambiazos sin alternativa? En Astilleros, la Junta ha demostrado tanta insolvencia como cinismo y ahora, sencillamente, no sabe por dónde tirar.

Échenles un galgo

No había nadie antier en la sede del PSOE para recibir a los estrellados de Astilleros ahora que pintan bastos. Mientras pudo mantenerse la pamema, los utilizaron como adorno político, les dieron mítines y les hicieron promesas a sabiendas –eso parece más claro que el agua—de que esa crónica de una muerte anunciada no tenía más que una lectura. Y sin embargo, engañaron a los trabajadores, utilizaron su angustia y le prometieron un oro y un moro que de sobra sabían los políticos que nunca llegarían. Huelva pierde otra pieza clave de su empleo. La Junta y su partido se limitan a utilizar el conflicto según las circunstancias.

Lo nunca visto

El escándalo provocado por la bien tramada campaña de difusión de los casos de pedofilia atribuidos a clérigos católicos lleva trazas de convertirse en el peor episodio de la Iglesia contemporánea, a pesar de la vigorosa reacción institucional que ha incluido desde peticiones de perdón por parte del propio pontífice y la adopción de drásticos códigos de conducta, hasta la imprescindible decisión, al fin adoptada, de entregar a la justicia ordinaria a los pedófilos, pero que no ha logrado impedir que los despropósitos se sucedan por ambas partes. Por ejemplo, si de un lado, el inevitable Dawkins, que parece decidido ya a garantizarse la posteridad como pope del ateísmo, plantea nada menos que al eventual detención judicial del papa  –un jefe del Estado en activo, no se olvide—, acusado de “delitos contra la Humanidad”, en caso de que viaje a Gran Bretaña, el cardenal Bertoni, número 2 del Vaticano, no ha tenido mejor ocurrencia que defender el celibato recurriendo a vincular la pederastia con la homosexualidad, disparate mayúsculo –enseguida contestado por los propios expertos católicos–  que sólo contribuirá a empeorar las cosas aún más de lo que ya lo están. He hablado de campaña porque, a mi entender, verdaderamente de una campaña se trata, con independencia de que los hechos denunciados sean deplorables, incluso infames, y de que la estrategia tradicional de la jerarquía –como ella misma acaba reconocer—haya consistido hasta ahora en el ejercicio de un oportunismo táctico empeñado en ocultar esos crímenes en lugar de someterlos a la ley común. ¿O es casual que ahora surjan un día y otro también sujetos que denuncian –muchas veces, sin más prueba que su palabra, por otra parte—acosos sexuales sufridos en la niñez o en la adolescencia a manos de sus educadores y por los que ahora se reclaman a la Iglesia millonarias indemnizaciones?

 

Una actitud moderada aconseja tanto la inaplazable y radical toma de partido de la jerarquía frente a ese abuso plurisecular, como el discreto mantenimiento de la protesta en un contexto ajeno al escándalo. Pedir que se detenga y juzgue al papa, con la que está cayendo, es un dislate, porque supongo que hasta Dawkins estará de acuerdo en que antes que a Ratzinger habría que meter en el trullo a la práctica totalidad de los mandatarios actuales. Es llamativa, en todo caso, esta marea antirreligiosa y anticlerical que, ciertamente, penosos indicios sugieren que encuentra su mejor aliado en la pertinacia de sus altos responsables. Por lo demás, ni esos despreciables abusos son peores que tantos horrores conocidos, ni Ratzinger es Pinochet. El hecho de que se haya llegado a este punto me parece a mí que habla por sí solo.

Prietas las filas

Los pretorianos del griñanato hacen bien en procurar (o aparentar, que de todo puede haber en esa viña) la unidad en un partido que acaba de superar un difícil relevo que nadie se acaba de creer del todo, pero de ahí a recurrir a la unanimidad del 100 por 100 dista un  trecho insalvable que ni las cortes amañadas de Franco osaron nunca simular. Ese cien por cien  con que el partido ha solventado  en Granada el relevo en su secretaría provincial constituye, desde luego, un excelente indicio de los nervios tensos que se trata de controlar. Y si así no fuera, peor que peor, porque lo inverosímil nunca es bueno. Tanto es así que los pucheristas tradicionales solían encargar sus votos disidentes entre los más fieles.

Terquedad política

La extraña testarudez del PSOE onubense y, en especial de la presidenta de la Diputación, ha dado lugar a que el resto de las fuerzas políticas y sociales deba irse con la música del manifiesto en defensa de La Rábida al Congreso. ¿No es una bobada tanto emperre, qué gana el PSOE manteniendo esa rigidez, qué perdería sumándose a “todo lo que no es el PSOE” –no hace falta que dé ningún brazo a torcer—en un asunto tan de sentido común y de tan evidente necesidad? Llevar la contraria al rival no es un buen argumento ni lo será nunca si el gesto no se acompaña con buenas razones que, desde luego, el PSOE no tiene en esta ocasión.