El espejo griego

La maniobra económica espectacular de salvación de Grecia está siendo interpretada por la mayoría de los observadores como un ejercicio de autoayuda con el que, aunque tardíamente, la Unión Europea trata de salvarse a sí misma. Ya tenemos otra vez ahí la angustiosa imagen del náufrago tirando de su propio brazo para escapar del piélago, en la medida en que es el propio sistema que sustenta la precaria realidad europea el que trata de salvarse acudiendo en ayuda de uno de sus miembros. Hasta Edgar Morin ha roto su silencio para concluir que no se trata tanto de remediar el naufragio griego como de comprender que Europa se encuentra en una situación crítica como consecuencia del fracaso a la hora de dotarse de una autoridad política legítima, consecuencia del egocentrismo de sus miembros, y ya de paso para avisar de que un fracaso definitivo podría hacernos retroceder a situaciones anteriores que creíamos definitivamente superadas. De la ilusión del progreso indefinido e ineluctable hemos pasado a la evidencia de un porvenir incierto y peligroso, caldo idóneo para la amenaza neonacionalista. Salvar a Grecia es salvarnos todos, fracasar en su rescate supondría la liquidación de hecho de un proyecto como el europeo que arrastraría tras de sí imprevisibles consecuencias globales. Lo mismo piensan los expertos griegos, que han visto de cerca la tragedia y que insisten en la idea de que el sistema monetario europeo conduce de modo inevitable a una especulación que califican de dramática. No es descartable que tras Grecia vayan cayendo Portugal, España e Italia en un dramático dominó que liquide el montaje continental. Pero en ese supuesto nos despertaríamos transportados a 1929 con todas sus consecuencias. Salvar a Grecia no es un mérito solidario; es simple y previsora autodefensa.

 

Parece que hay consenso en que de la crisis habremos de salir –si es que salimos a tiempo—decididos a rematar el ideal europeo dotando al proyecto comunitario de una auténtica entidad política transnacional, perdido el miedo al menoscabo de la soberanía que es el que ha frenado la integración justo en el límite del establecimiento del euro. Con un Banco Central por ejemplo, que a semejanza del americano, preste a los Estados y no a esos bancos comerciales que hacen su agosto revendiendo a intereses prohibitivos el dinero barato que reciben. Con una autoridad efectiva, en fin, capaz de evitar cambalaches como el griego y desmarques como el alemán. La crisis será la prueba de fuego de Europa y del Sistema. Ahí radica su peligro pero también nuestra esperanza.

Pintar la mona

Toda reivindicación justa merece respeto. Ninguna, si está basada en el oportunismo. El montaje de Córdoba reivindicando la memoria de los ajusticiados por la Inquisición, mismamente, viene a sumarse a la fiebre memorística que amenaza si no infecta nuestra convivencia. La Inquisición es de las materias que cuenta con historiadores más serios y ninguno de ellos aparece en esta verbena justicialista que, ciertamente, merece un respeto mayor. Porque no parece lógico vivir mirando obsesivamente hacia atrás, como no lo hace ningún otro pueblo, teniendo todos su pasado negro. Ya es bastante negro el presente español y andaluz para andar revolviendo esas oscuras y remotas tragedias, por desgracia del todo irremediables.

‘Gürtelillo’ en Cartaya

Mala cosa para el Ayuntamiento de Cartaya y su partido, la investigación ordenada por un Juzgado ayamontino sobre el patrimonio del “número 2”, Miguel Novoa, que incomodará sin duda al propio ‘comandante’ Millán, ese alcalde con salida para todo cuya reacción se espera con interés. Habrá que aguardar a que se aclaren las cosas, pero el asunto –obras urbanísticas autorizadas sin darse las circunstancias legales preceptivas, patrimonios familiares galopantes—pinta de lo peor. Y afecta a la Diputación, como es lógico, dada la vara alta que Novoa ha esgrimido en la Casa todos estos años. ¿Un ‘gürtelillo’ en Cartaya? Todo a su tiempo. De momento son Novoa y su partido quienes tienen que mover ficha.

Las nieves del tiempo

Una influyente marca cosmética está consiguiendo esta temporada imponer en el gran mundo de la moda la exhibición de las canas. No las ocultan ya, antes las exhiben, estrellas como Georges Clooney o Meryl Streep, aunque disidentes de la moda como Demi Moore acaban de confesar que mantienen con esas nieves del tiempo, pinza en mano, una dura batalla. No me parece caprichosa esta vez la elección de la moda, sino ilustrativa de una sociedad seducida por la originalidad que, como comentaba hace poco alguna historiadora gala, ha decidido apostar por lo desvalorizado como signo de una nueva cultura, consciente de que en las posibilidades de su estética entra de sobra la capacidad de disociar la apariencia de la realidad, permitiendo, por ejemplo, entender que unas canas bien llevadas para nada implican decrepitud ni siquiera decadencia. Volvemos quizá al prestigio de la madurez, al respeto inmemorial por esa seña de superioridad moral que vio siempre en la blancura del pelo la comunidad primordial, prácticamente en todas las culturas conocidas, y que poco tiene que ver, en todo caso, con la amanerada sofisticación de la “estética blanca” que hizo furor en el mundo “ilustrado” de las albas pelucas y los polvos de arroz. Esa moda funciona hoy sobre una fuerte ambigüedad, favorecida por el progreso de la conservación física, que ha sido capaz de propiciar la imagen del maduro atractivo y de la matrona seductora, asistidos uno por el milagro de la química (el viagra ha hecho realidad al filtro de amor) y la otra por una biología capaz de prolongar casi indefinidamente su pubertad. En un mundo donde la virilidad ya apenas caduca y en el que la maternidad reproduce los prodigios bíblicos, las canas han liquidado su connotación fatal mientras que el mito de la experiencia gana puntos a ojos vista. Tengo la  sensación de que la Moore no se ha enterado de qué va la película.

 

No cabe duda de que el desprestigio de las canas ha sido siempre la traducción del desprecio productivista que veía en ellas la seña de la disfunción, pero curiosamente tampoco es dudoso que, paralelamente, desde el venerable homérico hasta el druida celta, en ellas se haya visto siempre el signo venerable de cierta superioridad moral. La novedad estriba ahora en que esa seña no marca ya al anciano sino al maduro, de cuyo perfil ahuyenta (como hemos vista tantas veces en los anuncios del comercio o en los carteles electorales) cualquier rastro de inmadurez, considerado por el marketing como poco favorable para la estimativa general. Nada, pues, de rescate de la viejez, sino de prolongación de la juventud. Si hay algo que no han cambiado estos tintes es la lógica de la dominación.

Banderas al viento

Poco éxito, más bien ninguno, el de la convocatoria de los sindicatos para concelebrar el 1º de mayo: descontados los manifestantes en nómina, cuatro gatos. Muchos indicios a apuntan al final de una era en que el mito de la representación obrera ha podido funcionar, mal que bien, antes de que unos y otros decidieran la liquidación práctica del movimiento de los trabajadores. ¿Cómo confiar en unos sindicatos profesionalizados, ayunos de militancia, subvencionados a manos llenas por el Poder y alineados con la patronal a la hora de poner la mano? Esas banderas y pancartas del sábado no significan ya casi nada, aparte de que mantengan a mucha gente y de que el Poder esté encantado con ellas.

Barbas en remojo

No es que sea calcado el caso, pero sí que tiene mucho que enseñarnos en Huelva la catástrofe de Luisiana. ¿Qué sería de nuestra Doñana y de nuestro turismo si el oleoducto apadrinado por ZP y gestionado por González acaba instalándose y algún día sufre un percance como el que ahora lamentamos en el Golfo de México? Porque también allí se descartaban riesgos y se tachaba de alarmistas a quienes preveían los peligros que la realidad ha acabado por confirmar, y ahora la única realidad es que toda una región ha quedado devastada y arruinados sus habitantes. ¿No tendrán bastante con lo que ya le han hecho a Huelva? Ese proyecto amenazante debe ser reconsiderado por mucho que se resientan los intereses de los “amigos políticos”.