Venganza cumplida

Lo consiguió. La concejala tránsfuga del PP de Sierra de Yeguas ha logrado echar al alcalde conservador al que había denunciado en falso, según los tribunales, por acoso y violación, a pesar de sus prolongadas relaciones. Y lo ha conseguido con el apoyo sinvergüenza del PA, que se beneficia al heredar la vara, y del PSOE, que de esta manera demuestra que todo le vale, hasta la infamia, cuando se trata de perjudicar al cada más amenazador adversario. Una vergüenza, no de quien ha demostrado no tenerla, sino de esos partidos que predican democracia y ejercen caciquismos.

Los cacos de la Dipu

Sospechoso, más que sospechoso si cabe, el mangazo de los ordenadores perpetrado en la Diputación. Demasiados nervios, demasiado secretismo, elocuentes consignas de silencio a algún “medio” amigo, como para tragarnos la versión light facilitada por la Casa. ¿Qué podría haber en esos ordenadores para que los hayan quitado de en medio? La pregunta resultaría ociosa si un hecho tan simple como un robo de oficina se hubiera explicado en tiempo y forma, pero no cuando la explicación llega forzada por la denuncia ajena. ¿Qué buscarían esos cacos que, sospechosamente, tan bien conocían el territorio? Demasiadas preguntas y un interrogante como una catedral encima del caso.

Metafísica y peste

Escucho con inquietud al ministro de Educación, que antes que cocinero fue fraile y ahora es metafísico, hablar de algo tan real como es la amenaza de la gripe. ¿Qué hace un metafísico metido a epidemiólogo, qué valor podemos dar a sus consideraciones y recetas, sobre todo si lo vemos flanqueado de una ministra a todas luces lega en la materia que agota su mensaje en ensañarnos a estornudar y en vedarnos las efusiones? Mala cosa un metafísico para enfrentar una peste. Manzoni retrata, en ese monumento olvidado que son “Los Novios”, a un ‘don Ferrante’ aristotélico y tomista empeñado en probar filosóficamente que la peste (el cólera milanés de 1630) no existe puesto que, no siendo sustancia ni accidente, esencia ni contingencia, sencillamente no podría existir. Ni que decir tiene –y miedo da recordarlo— que ‘don Ferrante’ moriría resignado en su cama devorado por la epidemia que con tanto empeño negó, dando con ello testimonio de los peligros que el cientifismo lo mismo que el filosofismo pueden acarrear a la parroquia cuando se enredan en sus propias redes. Se comprende que es más fácil desdramatizar que sembrar el pánico, y por supuesto, es también más sensato, pero ante la amenaza de una pandemia de la que tememos mucho y frente a la que ignoramos casi todo, francamente, uno se sentiría más aliviado viendo en el puente de mando a un curtido experto y no a un metafísico con la gorra prestada, no sea que, tras mucho bajar la guardia a base de sofismas e improvisaciones acabemos, como el filósofo manzoniano, aceptando con resignación el triunfo de la realidad. No sabemos a estas alturas quién debe vacunarse, ignoramos si habrá vacunas suficientes, aunque sabemos que, de haberlas, sus beneficiarios habrán de ser también cobayas ya que desconocemos absolutamente sus efectos, hemos decidido abrir las escuelas aunque sin dar ninguna razón convincente ni por parte de la ministra lega ni por parte del ministro metafísico. En la Edad Media se decía “¡Jesús!” al oír un estornudo. Las cosas no han variado tanto, en fin de cuentas.

Ninguna ‘razón de Estado’ puede estar por encima del bien común. Todo indica, sin embargo, que en este negocio de la gripe esa razón prima sobre cualquier otra, a partir, además, por si fuera poco, de la inopia de los responsables últimos, que se limitan por el momento a dar palos de ciego cada día donde se tercia, recordándonos el proceder antiguo de esos médicos cuyas mascarillas venecianas de “pico de pájaro” son hoy también, curiosamente, las más demandadas a la industria proveedora. Esta peste, que tiene de medieval más de lo que pueda creerse, la vamos a ver por televisión, mientras ‘don Ferrante’ sigue en sus trece, enredado en sus filosofemas.

Pobres andaluces

Hay que ver la frialdad estadística con que la Junta (Bienestar Social) habla de los pobres andaluces. Reconociendo la barbaridad que supone que el 4’5 de nuestros ciudadanos vivan en situación de “pobreza severa” (menos de 3.000 euros al año), la junta añade, como quien no quiere la cosa, el 7’8 que viven que vivaquea en “pobreza alta” y el 18’2 en que se calculan los “pobres moderados”. Sumen y verán que, en resumen, más del 30 por ciento de los andaluces son, hoy por hoy, pobres. Después de treinta años de gobierno “socialista” la cosa merecería su tesis doctoral.

Matar al mensajero

Recurre el PSOE onubense a la identificación de las denuncias contra la política de sus instituciones (Gobierno y Junta) con el ataque a Huelva. Ir a Bruselas a pedir ayuda para que de una vez se resuelva el interminable proceso de los fosfoyesos, por ejemplo, como han hecho IU y la Mesa de la Ría, resulta que sería “tirar piedras contra nuestro propio tejado”, como si recurrir al Parlamento de todos no fuera siempre legítimo y como si los eventuales daños a la imagen no se debieran a la irresoluta o connivente política de esas instituciones que llevan años pasándose unas a otras la patata caliente. Lo que perjudica a Huelva es el silencio cómplice, la tapadera de la Junta y la manta del Gobierno. Para una vez que la Oposición, incluida la civil, hace algo, merece la pena destacarlo.

La mala memoria

Acaba de cumplirse el 70 aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial en medio de una creciente polémica en la que cada parte trata de arrimar a su sardina el ascua de la razón. En Rusia el propio Gobierno ha salido al paso de lo que llama “revisionismo” o intento historiográfico de equiparar las responsabilidades por la espantosa locura, fundamentalmente oponiendo la responsabilidad de Hitler con la de Stalin, a quien se reprocha, hasta convertirlo en causa del conflicto, el pacto de no agresión firmado por Ribbentrop y Molotov, sin duda una maniobra sibilina del “padrecito” que, a cambio de despejar el camino a la locura nazi, se garantizaba una tregua que necesitaba sin remedio si quería disponer de una razonable capacidad de respuesta. Dice el ministro Lavrov, actual jefe de la diplomacia rusa, que esa lectura de la Historia es el colmo de un revisionismo que en la propia URSS vivió ya sus primeras manifestaciones, y alega que ni siquiera durante la Guerra Fría se equiparó la agresión nazi al papel jugado por la Rusia soviética, lo cual es no poco cierto. La evidencia de que esa partida se jugó entre dos monstruos no agota, sin embargo, toda la historia, entre otras cosas, porque, para empezar –incluso obviando que Europa vivía un complejo proceso anexionista en el que estaban comprometidos varios Estados– no hay más que recordar cuanto el Pacto de Munich supuso a favor del proyecto hitleriano, no sólo desmembrando Checoslovaquia sino dejando expedito el camino a los diversos planes de expansión entonces en danza. Stalin dio un respiro fundamental a Hitler pero las demás potencias europeas no hicieron menos por él en ese tratado que liquidó de hecho toda esperanza de solución negociada. La realidad requiere perspectiva para ser entendida: no olvidemos la ridícula foto de Chamberlain mostrando el papelito a los británicos y hablando de la única “paz de nuestro tiempo”.

Ni la absoluta culpa nazi ni el estratégico plan stalinista pueden ser discutidos y, de hecho, ya en su momento provocaron fuertes disensiones en el mismo ámbito comunista europeo, pero plantear a estas alturas un debate de esa índole carece de sentido porque supone anteponer la causa ideológica a la atroz realidad provocada por la guerra. Sesenta millones de muertos, pueblos destrozados y espantosos genocidios no permiten moralmente detenerse en una discusión estratégica bajo la que se oculta la locura generalizada de un continente en almoneda a merced de las ambiciones. Hitler y Stalin fueron dos personajes perversos y ningún revisionismo logrará alterar esa evidencia. Otra cosa fueron, sin duda, sus papeles respectivos en una contienda que sin la audacia del segundo podría haber condicionado el futuro de todos en términos simplemente atroces.