El don de la palabra

Una imagen sin precedentes ni –esperémoslo—consecuentes: Chaves escuchando o haciendo como  el que escucha a Montilla a través de un  pinganillo introducido en la oreja: una andaluz pendiente de la traductora para entender a otro andaluz –lo nunca visto—y que ha costado al depauperado erario un millón y medio de las olvidadas pesetas en que aún calcula la muchedumbre silenciosa. Babel a precio de oro, el mito representado en función ridícula por una carísima, prohibitiva, Cámara inútil de cuya función nadie ha sido capaz en treinta años de dar una razón aceptable. Babel. El mito entrevé la plenitud de la Humanidad bajo un signo elocuente: la unidad de la lengua: “El mundo entero hablaba una misma lengua con las mismas palabras”, cuenta el Génesis (Gen, 11,1), hasta que los hombres decidieron desafiar el cielo con su torre borgiana y Dios los castigó con la confusión de lenguas: “Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible”. Y en consecuencia les confundió la lengua y los dispersó por la Tierra. ¡Ay de la lengua! ¡Nada más sospechoso, nada más peleado! Ni un solo disidente en la historia renunció, si pudo, a singularizar su lengua, seguro de que la universalidad del discurso garantizaba una paz que no le convenía. ¡Y la discordia es tantas veces rentable…! Montilla, cualquier cantamañanas, hace cuestión de la lengua allí donde la cuestión no existía, porque es su único recurso frente al orden creado por el tiempo que, como es natural, obedece a su lógica. El bilingüismo de Cataluña no es un milagro, es una conquista, pero quizá un mal negocio para los boutiguers del nacionalismo imaginario. Chaves hablando con Montilla a través de un pinganillo y a precio de oro: nunca el absurdo cobró tanto relieve. Ni la complicidad acentos tan miserables.

 

Las civilizaciones avanzaron unificando lenguajes. La koiné no es sólo un recurso del comerciante sino una proeza del talento. La griega primero, la latina luego, la española, la del inglés actual: no hay salto civilizatorio si no se apoya en el trampolín de un discurso común. Dispersar las lenguas conlleva disgregar a la gente. Eso es lo que significa el mito bíblico que hizo cavilar tanto a Swedenborg, a Blake, a Borges, a Kolakowsky. Pero no a estos membrillos con traductora. Los hombres, en su sabiduría, lograron entenderse en una lengua. A estos les ha bastado un par de horas para representar la tragicocomedia de Babel.

Pobres funcionarios

Ha dicho el presidente Griñán que la Administración no puede seguir engordando porque ese coste no hay quien lo pague. Y lleva razón, sólo que no dice que únicamente uno de cada tres trabajadores de la Junta es funcionario, o sea que dos de cada tres son enchufados. Sumen los empleados de empresas públicas y los “cargos de confianza” de Ayuntamientos y Diputaciones. Un caso, el de la Diputación sevillana, donde vivaquean 102 “asesores” de toda confianza, incluyendo asesores especiales (¿), asesores a secas, secretario del Presidente, secretario particular, secretario raso y auxiliar de secretaría, una carga de 4’7 millones de euros anual. ¿El funcionario Griñán olvidó su condición y apuesta por el enchufe? Al menos lo parece.

La suerte de algunos

Acaba de revelarse que la presidenta de la Diputación afana al año en su chiringuito 100.000 euros del ala. No está mal para una auxiliar administrativa del partido, aunque habría que decir, para ser justos, cuánto se llevan otros con el bachiller pelado y mondado y los de más allá en diversas circunstancias. El mayor fiasco del PSOE y otras autodenominadas izquierdas ha consistido en esta defección salarial, en esta desacomplejada carrera por la pasta que no cede ni en tiempos desastrosos como los que vivimos. Acusan a los políticos de derecha pero ellos cobran lo mismo o más mientras los salarios son cada día más reducidos y el paro una calamidad.

Conocer gente

Demasiada gente vive en este mundo de la intermediación, cada día más. En las dictaduras, claro, pero también en las democracias, cada vez más atenidas al sofístico principio de que lo que es legal es legal y a otra cosa. Acabamos de asistir al festival organizado con razón en torno a la Administración  gürteliana de Valencia que adjudicaba contratos burlando la ley mediante su fraccionamiento, es decir, lo mismo que se viene haciendo en todas las Administraciones desde que el mundo es mundo, y para qué hablar de la polémica a propósito del cohecho impropio (nótese la zumba del legislador), esto es de los habituales regalos que son como la lluvia fina que ablanda mansamente el terruño de los poderosos. Pero ya me dirán a qué viene tanto ruido por unas prácticas que todo el mundo sabe que existen y funcionan en pleno régimen de libertad quizá porque, de hecho, han sido siempre propias de las relaciones desiguales. El enredo que amenaza esta temporada a un personaje tan grave como Balladur por haber rebañado su parte, como quien no quería la cosa, en la venta de tres submarinos a Pakistán –reedición de la venta de fragatas que, en su día, costó el cargo al presidente Dumas—no tiene, probablemente, de particular más que el mero hecho de haber sido descubierto, pues a nadie se le oculta ya que apenas hay negocio público que no conlleve su mordida privada. Y en fin, la escena de la duquesa de York vendiéndole a un falso corruptor, por una enorme suma, el acceso directo a su marido, el príncipe Andrés –representante especial de su país en materia de inversiones extranjeras–, sólo desde el fariseísmo puede presentarse como un escándalo de nueva planta, porque rara será la persona informada que pueda sorprenderse, a estas alturas, al toparse con un acto que, como ése, constituye hoy algo normal en nuestro sistema de relaciones. Esa ex-princesa será una inmoral y una desvergonzada pero ni más ni más ni menos que cualquiera de los innúmeros ganapanes que trapichean al socaire del Poder.

 

¿No nos parece normal acaso que un grupo de empresarios le regale un  yate fenomenal al jefe del Estado, que a quien preside un gobierno (nacional o autonómico) le pague el veraneo un marchante o que un ex-presidente gestione intereses urbanísticos? La influencia, hablemos o no de tráfico, constituye hoy un auténtico “sector de actividad” económica, y yo le he oído argumentar con vehemencia a ciertos empresarios que gracias a ello funciona la denostada máquina de la función pública, lo que cierra con siete llaves el círculo ético. Sarah Ferguson será una tiesa trincona pero no es mejor ni peor que los trincones a los que Westminster ha tenido que quitarles por las bravas la visa oro.

Fuera caretas

El ejemplo dado por el presidente castellano-manchego de eliminar 7 consejería de su Gobierno de 14 va a resultar difícil de evitar. En Andalucía tenemos 13, aparte de otras tantas empresas públicas que las doblan en coste y saquean en función, y ya me dirán qué ocurriría si se redujeran a la mitad, distribuyendo sus funcionarios donde se necesitan luego de prescindir de la legión de enchufados. ¿Cuáles? Eso va en gustos pero lo que está claro es que si hay autonomías que funcionan con la mitad de organismos no hay por qué mantener en otras el doble. Siendo cuña de su propia madera, Griñán lo va a tener difícil para mantener intacta su corte de los  milagros.

Arón

El decretazo de ZP que deja sin aire a los Ayuntamientos no carece de motivos. El ahorro que produzca, en cambio, podría haberse conseguido sólo con no dilapidar los miles de millones que se han tirado en levantar aceras, y podría lograrse todavía replanteando el antiguo debate (del propio PSOE) sobre la amortización de las Diputaciones en una autonomía. Porque no se trata tanto de ahogar a los alcaldes sino impedir, por ejemplo, que un pueblo de 7.000 vecinos o menos pague una tele, una emisora de radio y un periódico (y hasta dos) en loor del mandarín. Aquí se administra mal de arriba abajo. La “burbuja municipal” es nada más que una entre varias.