El adiós interminable

Si algo podrá definir a esta sociedad en un retrato futuro es posible que sea su desmesura. No tiene medida este tiempo confuso, ni para el Bien ni para el Mal, pero sobre todo no la tiene para las banalidades y para ese lamentable rasgo subcultural que es la ambigüedad. El interminable duelo por Jackson –duelo con fiesta, como corresponde al primitivismo que lo inspira—constituye una espléndida demostración de una y otra, sobre todo desde que se ha disparado la fiebre del “flasmob” o concentración espontánea (¿) y masiva para festejar públicamente su memoria reproduciendo sus famosas coreografías. Justo coincidiendo con el anuncio de su homicidio y con su cumpleaños, millares de danzantes concelebran en Barcelona o en México, un poco por todo el mundo, esas convulsas exequias que recrean “Thriller” o “Beat It” convocadas a través de Facebook en un escenario planetario que alcanza desde Beijin a Río y desde Estocolmo a Canarias. La fascinación, sin duda mediatizada, por el extravagante personaje debe de tener, sin duda, motivaciones más profunda, como el signo negroide de un estilo que, en definitiva, se apoya sobre la larga tradición que discurre desde los viejos ritmos como el gospel o el blues, tal vez más lejanamente del propio jazz, y que ha desembocado con éxito, como se ha señalado, en la fenomenal experiencia de una música negra injertada enérgicamente en la cultura popular blanca. También se ha dicho que sin nuevas tecnologías no habría sido posible ese milagro, pero es posible que la consecuencia más razonable haya que buscarla en la brillante superficialidad de una imagen que ha sabido obtener de la ambigüedad su contundente concreción. Un negro teñido de blanco, un adulto instalado en la infancia, un varón confundido en la feminidad, una suerte de Blanca Nieves deslustrada” (Claude Imbert): sin duda esta rara idolatría traza un desconcertante retrato de su parroquia universal.

No resulta tranquilizador advertir que el poder de los medios tiene tan larga mano. Con dificultad se hubiera podido reunir ni la tercera parte de esas multitudes para enfrentar la realidad de la crisis o el fantasma de la pandemia que viene, pero ha resultado sumamente fácil hacerlo en nombre de esa deplorable figura que, sin embargo, representa con fidelidad el espíritu de nuestras sociedades postmodernas, sometidas irresistiblemente por la hipermediatización, ese zombi trasgresor ante el que probablemente se compadece y entusiasma la muchedumbre desarmada que ha minimizado la asamblea en el “flashmob” en un gesto supremo de dimisión cívica. Los mitos imperan y sobreviven ajenos por completo a la razón. El espectáculo póstumo de Jackson no es una excepción ni mucho menos.

Vacunas distintas

Debe aclararse a toda prisa la noticia de que la vacuna contra el cáncer de cérvix administrada en Andalucía no protege más que frente a dos males mientras que la usada por la sanidad catalana protege frente a cuatro. Si es verdad que cuestan igual una que otra, peor lo ponen todavía, porque la pregunta es por qué criterios se rige el sistema sanitario andaluz a la hora de invertir en fármacos y cual es la solvencia real de los encargados de elegir. Pero en cualquier caso, ¿es verdad lo que dice esa noticia? Porque si lo es sería como para despedir sin contemplaciones a los responsables. Con el fantasma de la gripe a la vuelta de la esquina, lo que faltaba es no podernos fiar de la autoridad responsable de la salud.

IU se sube a la parra

No se ha andado con contemplaciones el coordinador de IU, Pedro Jiménez, al arremeter contra los dos grandes partidos. Al alcalde de la capital lo tacha de “suicida” acusándole de gestionar una política desentendida de la crisis. De la consejera de Medio Ambiente, dice que es “la peor consejera de la Historia”, así, ni más ni menos, por supeditar a los intereses y compromisos de su partido el bien general, aparte de no contribuir –tampoco ella—a la solución de la crisis creando empleo. No está mal para empezar un curso del que cabe esperar todavía una tremenda escalada. Pero sería de desear que la oposición radical tuviera algo más que intransigencia y dureza de boca a la hora de abordar la que nos aguarda.

La casa y la calle

La amenaza de la pandemia gripal nos ha devuelto la ilusión de que el lugar más seguro es siempre la casa. La calle es la intemperie, el espacio expuesto, la geografía del riesgo, mientras que la casa acogedora representa el refugio seguro, placentario, el “castillo interior” se me permiten la bella expresión teresiana, en cuyo ámbito nos sentimos protegidos frente al peligro, al menos imaginariamente. Hay por ahí muchedumbres que se están haciendo a la idea de un otoño casero como una suerte de penitencia tras el verano loco, como medio de evitar el contagio que se anuncia por tierra, mar y aire, y como si hubiera alguna garantía territorial frente a la ubicuidad de un virus que ha sido capaz, en un tiempo récord, de colonizar el planeta entero. Pues bien, ni eso parece que vaya a ser la solución, al menos si hemos de fiarnos de esos estudios científicos que aseguran que el aire que respiramos en el interior del domicilio es nada menos que cinco o diez veces más infecto que el de la calle, paradójica tesis que se apoya en la demostración de que nuestro actual modo de vida compromete la salud ambiental a causa de unas cien mil sustancias químicas de las que un buen número se aloja entre nuestras paredes y de las que apenas conocemos un mísero uno por ciento. Muebles, alfombras (moquetas sobre todo), materiales de limpieza u objetos de decoración, la propia atmósfera doméstica, resulta que son auténticos veneros de microorganismos agresivos o moléculas peligrosas, sin contar con que los propios materiales de construcción emitirían al ambiente numerosas sustancias que la OMS tiene acreditadas como cancerígenas. A ver qué hacemos este otoño, pues, si en la calle nos acecha la pandemia y en casa nos amenaza esa cuadrilla de enemigos íntimos.

 

Me parece que la vaguedad de las opiniones y consejos de la autoridad está contribuyendo a crear en torno al peligro que viene un halo de ambigüedad que va a costar Dios y ayuda despejar cuando llegue el momento crítico. Y me pregunto si tanta profiláctica propaganda, al exacerbar la prevención psicológica, no acabará contribuyendo a descolocar a un individuo que se va quedando progresivamente sin territorio sobre el que aguantar el tirón. Probablemente –Dios lo quiera– la pandemia anunciada no pasará de ser uno más de los grandes sustos que la sociedad medial parece necesitar para subsistir, pero de momento ya sabemos también que, cuando pase, dentro de nuestro propio cubil seguirán acechándonos otras amenazas no menos inquietantes.

Quién sabe si acabaremos todos acampados bajo las estrellas. No se le escapó a Le Corbusier que el urbanismo moderno –nuestra civilización y sus problemas—podría devolverle a la especie su impronta natural.

La costumbre del lugar

Nunca escuché una justificación más ilustrativa de la corrupción que la proporcionada al mismísimo juez por el ex-alcalde de Bollullos del Condado (PSOE) tras ser acusado de tramitar ilegalmente las obras municipales: “Es como se hacía siempre”, dijo, el hombre. Reconoce que las obras se hacían sin consignación presupuestaria y contra el informe de la Intervención, pero insiste en que ésa era la costumbre y que no ve en ello nada punible. ¿Cuántos Bollullos hay en Andalucía, cuántos alcaldes como ése hay en España? Lo malo de la corrupción no es ya siquiera que se perpetúe sino que se justifica por la autoridad política. Alí Babá no la habría tenido tan dura.

Respaldar la ilegalidad

Grave que el ex-alcalde bollullero, Carlos Sánchez, reconozca sin asomo de arrepentimiento, haberse saltado la ley a la hora de gestionar el Ayuntamiento –lo que según él era un hábito de la casa– en unión de sus compañeros imputados. Pero mucho más grave es que el PSOE los respalde porque, cuentos solidarios aparte, eso implica aceptar la ilegalidad como norma corriente en la vida pública. ¿Cómo luchar contra la corrupción y la ilegalidad si desde el Poder se ampara a los corruptos y a los ilegales? El PSOE onubense se ha metido en una ratonera de la que sólo el descaro le permitirá salir airoso.