Desconcierto total

A la vista de las declaraciones de sus máximos responsables, la Junta andaluza no tiene ni idea de lo que está pasando ni de lo que tendría que hacer para ponerle remedio. Esas declaraciones contradictorias, a veinticuatro horas de distancia, lo dicen todo, pero su previsión de que no crecerá el empleo al menos en año y medio –vieja previsión, por cierto—obliga a esos responsables a reconocer su desconcierto y ofrecer siquiera un programa creíble. A base de mimetismo y demagogia, a golpe de improvisación, no iremos a ninguna parte. La Junta debe contar con el apoyo de todos, pero ella debe empezar por reconocer su fracaso.

Pierden los de siempre

Habría que comprobar esas cuentas que aseguran que, con el dinero despilfarrado por su presidenta en la innecesaria y suntuosa sede nueva de la Diputación, podría evitarse el “recorte” que van a hacerle a 30.000 pensionistas onubenses. Se me ocurren otros cálculos similares –un montón—pero no cabe duda de que, sin salir de Diputación, se podría aliviar mucho la situación con sólo renunciar al abuso. Por lo demás, observen cómo la presidenta le da largas al tema de la rebaja del propio sueldo y piensen en la que estaría armando si fuera ella la que se hubiera precipitado a anunciarla y no el alcalde. Si el PSOE no acomete una poda radical de su clientela, todo ajuste será una injusticia. Y probablemente lo será.

La chispa de la vida

Acaba de conocerse un estudio sobre la felicidad juvenil elaborado en 16 países por la Coca-Cola Company, en el que se revelan datos tan inesperados como que la crisis no ha afectado para nada a los dos tercios de encuestados que se declaran  satisfechos con sus vidas. En España, sin ir más lejos, a pesar del desconcierto provocado por el paro juvenil y la consiguiente explotación laboral, parece ser que nueve de cada diez jóvenes se consideran felices con su situación, desconcertante dato que nos sitúa en el segundo puesto de la clasificación europea, y sólo superado por el hecho de que la gente joven de un país en cuadro y en desbandada como Rumanía se muestre aún más contenta con su suerte que nuestros alevines. La extravagante encuesta retrata una juventud en extremo familiar, hogareña y discreta, que valora altamente la amistad, no aprecia a Internet en demasía y oye música sólo en una medida discreta, es decir, todo lo contrario de lo que tenemos a la vista y nuestra experiencia nos va mostrando día a día. Ya ven, “la chispa de la vida”: hay una pseudosociología dedicada a reconciliarnos en falso con la realidad degradada, que funciona como un espejo estimulante en el que se reconforta, al contemplarse, la muchedumbre solitaria, recompuesta en sus rasgos deformados por el reflejo trucado de una amable barraca, porque el optimismo es una droga blanda que engancha al personal en proporción directa a su desdicha. La sociología vio la luz con pretensiones de ciencia crítica y va transformándose poco a poco en una técnica integradora que hace cuanto está en sus números por eliminar el conflicto y propiciar el consenso. A base de dinero, como todo en esta vida.

 

Es significativo que, desde un principio, los grandes talentos de la disciplina presintieran esta previsible degeneración de la moderna adivinatoria. El fundador, Emile Durkheim, precisamente al elaborar “Las reglas del método”, recomendaba ya a la nueva ciencia renunciar al éxito mundano y blindar su rigor a base del esoterismo inherente a todo proyecto científico, y más tarde, quien fue maestro de toda una generación, Georges Gurvitch, concluyó que resultaba imprescindible negarle a sus técnicas toda capacidad profética. Si cualquiera de ellos hubiera tenido acceso a este “Barómetro de la Felicidad” que hoy nos brinda el popular refresco, seguro que se habría visto reafirmado en el prudente pesimismo que es bueno que acompañe como acólito fiel a todo intento de explorar la realidad humana y, en especial, la colectiva. Los doxógrafos griegos sabían de sobra que el negocio del oráculo se basaba en la amabilidad tanto como en el terror.

Qué nivel

Parlamento de Andalucía, debate sobre el “decretazo” que recorta derechos sociales por primera vez en la democracia, argumentan los dos líderes máximos. ¿Y cuáles son esos argumentos? Pues el de Griñán, que Arenas gana al mes, como senador, más que él, y el de Arenas, lo contrario, ya ven. ¡Con un millón y medio de parados y el “decretazo” encima, ellos entretenidos viendo quien mea más lejos! Nunca la autonomía andaluza había atravesado una coyuntura tan crítica, sobre todo si se tiene en cuenta que, encima, esos dos líderes están a años luz de los que les siguen en el escalafón. Como no cambien mucho las cosas, aviada va esta desafortunada Cenicienta.

Apretar cinturones

El gobierno municipal se ha adelantado proponiendo una rebaja –más que justificada—de los sueldos de los ediles y, de paso, reclamando que la Diputación haga lo propio. Muy bien. Ahora sólo falta que la medida se extienda a los demás chiringuitos (Mancomunidades, empresas públicas, fundaciones y otras martingalas), todo lo cual, siendo, eventualmente, estupendo, no dejará de ser agua de borrajas siempre que se mantenga el ejército de “enchufados” que vivaquean en las Administraciones. Mientras no se pode a fondo ese árbol vicioso, estaremos ante un paripé de austeridad. Y en ello, las cosas como son, el PSOE tiene mucho más tajo por delante que el PP.

La talla política

Ni les cuento la que me han dado tres comunicantes (¿o sería sólo uno y trino?) por haber repetido aquí la vehemente crítica de Jean Daniel a la mediocridad de los líderes actuales. Me ha caído en lo alto la socorrida teoría de que la talla de los personajes históricos es una cuestión subjetiva en la medida en que el tiempo hace sobre ellos el efecto de lente potenciadora mientras que la proximidad los empequeñece por un mezquino efecto tal vez relacionado con la emulación. Ya. He de decir que, en efecto, hace mucho que lamento la mediocridad de nuestra era –que hay eras mayúsculas frente a otras grises no hay modo de discutirlo–, no sólo respecto a los momentos estelares del pasado español y occidental en su conjunto, sino por comparación con los niveles de prohombres más cercanos. Quienes se hayan asomado con atención a las obras de Cánovas reeditadas hace poco habrán podido calibrar la estatura intelectual de aquel zorro ilustrado, lo mismo que pueden haber hecho los lectores de la recientemente revisada escritura de Azaña. No le den vueltas: no disponemos hoy en España de una cohorte generacional como la del 98, como la del 14, como la del 27 ni como la del 31, comparadas con las cuales esto es todo lo más un ateneo de provincias. Por no hablar de la pléyade “ilustrada” (desde Jovellanos a Feijoo, dese Capmany a Ustáriz, desde Olavide a Floridablanca. ¿Dónde encontrar hoy un Pí, un Castelar mismo, un elenco como el krausista? Griñán me discutió una vez este tema esgrimiendo las figuras de Hayes y Freeman cuando yo lamentaba el hueco dejado por los Sartre, los Camus, los Mandel, los Gorz o los Naville, idea de la que no he logrado desprenderme y en la que reafirmo cada vez que tengo que oírle sus paparruchas a alguna de las minervas que nos pastorean. Sí, vivimos una era mediocre, por arriba y por abajo. En Europa no hay un solo líder que recuerde a los que rememoraba con nostalgia Jean Daniel. Y en España, mejor no hablar.

 

No es un efecto deformante el que nos hace comprender que navegamos al pairo con el peor Presidente de de la democracia o con el Gobierno más insolvente. En Andalucía, no contentos con entregarle la Gobernación de la autonomía a un caballero sin estudios, se le añade la Justicia, y puestos a escoger sus manos derecha e izquierda en su proyecto prioritario de luchar contra el abandono escolar, nuestro Presidente elige y da mando en plaza a dos huidos de las aulas, mientras pone Educación y Cultura en manos de dos graduados medios. ¿‘Excelencia’? Estamos hundidos hasta las trancas en la “aurea mediocritas”: échenle un vistazo a los historiales de nuestros parlamentarios y gobernantes. El saber se ha vuelto sospechoso para la lógica hobbesiana que es la razón fuerte de toda partitocracia.