Belmonte

Antier sí que el Parlamento de Andalucía parecía una Cámara y no un botafumeiro. En efecto, la oposición logró tumbar por segunda vez el intento de Susana Díaz de integrar por decreto en la función pública a sus “enchufados” de la “Adminstración paralela”, en contra de lo que establece nuestra anticuada ley del ramo y repiten los jueces una y otra vez: que un amiguete contratado no puede desempeñar las tareas reservadas por la normativa y el sentido común a los funcionarios. El fracaso de nuestra autonomía tiene mucho que ver con el fracaso de esa Administración rediseñada por sus edecanes –porque hubo un proyecto jurídico correctísimo—con objeto de ponerla al servicio de los políticos y sus partidos. Un traspiés morrocotudo de la Presidenta facilitado, en esta ocasión, por la abstención de Ciudadanos.

Los Dionis

Pocos rasgos tan españoles como la picaresca, el arte de vivir del buscavidas, la teología del timo, la epistemología de la garduña. El pícaro es una figura sobradamente estudiada, dentro y fuera de España, una suerte de antípoda moral y ética del Quijote que fue, más o menos, “quinto suyo”, como se decía antes. El buen Quijano puede tener sus réplicas por ahí pero al pícaro genuino, al trápala fetén, no hay quien nos lo discuta en el planeta, razón por la que acaso cuenta seamos tan indulgentes con él. Una noche ya lejana, Jesús Quintero, nos llevó a su emisora a Márquez Reviriego y a mí, para entrevistar a tres al campeón de nuestra picaresca hodierna, esto es, al famoso Dioni que le levantó un furgón a su banco, se piró a Brasil, se arregló la cara e implantó el pelo y vivió una temporada de ensueño rodeado de un espléndido gineceo antes de que la bofia lo apresara en una playa carioca, y el Dioni nos dio –dentro de un orden– sopas con hondas a los que él llamó los “leídos”. Pero como no hay dos sin tres ni uno sin dos, ahí tienen ahora al Dioni de Almensilla, otro águila que se ha llevado a Santo Domingo la pasta de la Junta de Compensación de aquel pueblo –que dio vida a uno de los toreros de plata más notables del siglo XX– y hoy vive como Dios en la gloria caribeña. Sí, y qué pasa, ¿no andan por ahí sueltos desde Rato a la tía del Rey y desde Macri a Putin pasando por Messi o Niemar? La gente hace de su simpatía por los pícaros un contrapeso para equilibrar su indignación con los magnates. ¿No lo ven normal? Pues yo sí.
Un secreto bramante engarza la picaresca española reproduciendo siglo tras siglo los mismos métodos –mejorados por las ventajas del progreso material—desde el Guzmán de Alfarache o la golfemia cervantina hasta esta nueva delincuencia que llama a sus pícaras mañas “ingeniería financiera”. Y es obvio que con permiso, siquiera tácito, de la autoridad, dado que es público que existen en el mundo más de setenta “paraísos”, un puñado de ellos en España. ¿Se explican por qué el personal ve con simpatía o, al menos, con divertida comprensión, a trastos como los Rinconete o los Dioni? No me alegra precisamente la idea de que al nuevo Dioni lo trinquen como a su epónimo, y no me alegrará mientras campen por sus respetos en el telediario los insignes mangantes a los que incluso se les ha regalado, por lo visto sin gran éxito, una intolerable amnistía fiscal. ¿La ley es igual para todos? Vamos, hombre, a otro perro con ese hueso.

Cemento armado

Hay que tener la cara de cemento armado para salir a la palestra y justificar la evidente estrategia ralentizadora de la Junta a la hora de remitir los expedientes que les exigen el juez por un lado y el Parlamento por otro, con el infumable argumento de que atender a los dos podría dar lugar a un “conflicto de prioridades”. ¡Como si pudiera justificarse la demora ante el juez o ante la Cámara, que es lo que evidentemente cree y practica la Junta desde que comenzó el zafarrancho de los ERE! No se engañen: lo que la Junta busca –en este caso con la colaboración de Ciudadanos—es retrasar las investigaciones en busca de una prescripción que beneficiaría a los suyos y a nadie más que a los suyos, aunque la pagáramos entre todos los demás, y de paso evitar que la mugre crezca hasta alcanzar, como es del todo previsible, a la presidenta Díaz. De cemento armado, ya digo. El Dioni de Almensilla, al menos, no se esconde.

¡Pobres ricos!

Se está demostrando que la realidad, a medio o largo plazo, supera siempre a la demagogia. Ahí tienen el escándalo llamada “Wikileaks” demostrativo de la generalización de la indecencia política y aquí tienen ahora la revelación de los llamados “papeles de Panamá” para reafirmarse en la opinión de que la corrupción en bruto o la de guante blanco afecta hasta límites insospechados a lo que los anglosajones llaman la “upper class”, es decir, ese segmento privilegiado en que culmina la pirámide social y en el que el elemento común que los constituye es el dinero. Ya sabíamos que los Gobiernos –casi todos por no decir todos y cada uno—se saltan a la torera la ética y, por descontado la ley, cada vez que les viene bien. Ahora sabemos, además, que deben ser pocos o lelos los ricos que renuncian a guardar su alcancía en los paraísos fiscales incluyendo, como diría don Juan (Tenorio), desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca y desde los jefes de Estado y de Gobierno a los ministros y sus allegados. La propia Iglesia se vio en un brete al descubrirse que una diócesis española guardaba sus caudales en una hucha británica que prometía buenos réditos y máxima seguridad y discreción, de la misma manera que ahora se ve en apuros otra “miembra” de la Familia Real por hacer más o menos lo que los Pujol han hecho durante su inacabable mandato.

Doce jefes de Estado o de Gobierno, 128 ministros, 61 familiares de primer grado, futbolistas millonetis y Dios sabe quién más, han aparecido esta vez en los archivos descubiertos en una sola empresa panameña, burlando la Ley sin sombra de mala conciencia, lo que nos da una idea de la que podría organizarse si cualquier día lo que se destapa no es ya un fichero concreto sino la gran olla podrida del privilegio y la desigualdad. No hace ni un mes en que los poderes públicos vacilaban en conceder el indulto a un malandrín de menor cuantía, reo de haber mangado una bici de un depósito municipal. ¿Qué pensará esa criatura si se entera de los más altos políticos –y también algunos entre los medianos y más bajos—y esa “upper class” en peso viola tan gravemente la Ley manteniendo, sin embargo, el tratamiento de excelencia o de alteza cuando no se beneficia de una amnistía fiscal que los blanquea como uno de esos mágicos detergentes de la tele? Hay razones sobradas para que el peatón desconfíe de los poderosos. El milagro consiste en que con tanta pólvora en la santabárbara moral, no estalle de una vez.

Muelas autonómicas

Es sabido que la sanidad autonómica no entiende de dentaduras. Lo más que te hacen en el SAS es una extracción, pues la endodoncia, y para qué hablar de la ortodoncia, no es cosa para pobres. Pero como todo puede empeorarse, ahí tienen ahora el caso de la provincia de Almería, con un solo equipo odontológico, lo que obliga al ciudadano a viajar hasta 150 kilómetros para que le saquen la muela dañada. No hay dinero –se entiende–, y más en medio de una crisis tan dura, pero ¿por qué lo hay, entonces, para pagarle a los más altos cargos de la Junta el alquiler de su piso en Sevilla a poco que vivan habitualmente a más de sesenta kilómetros de la capital, o para pagarle a los diputados regionales dietas y kilometraje incluso durante el mes en que el Parlamento está cerrado a cal y canto? Más de tres trienios de autonomía no han dado para un mal empaste y, por lo que se ve, apenas para una extracción.

Un gran olvidado

Esta vez voy a Osuna, ese emporio urbano de la vieja nobleza y también de la burguesía agraria, a presentar el libro de un “cura exaltado”, Antonio María García Blanco, que ha rescatado del olvido Manuel Moreno Alonso en una edición primorosa, en adelante un referente obligado para el estudioso. El “exaltado” de aquella España era el protorevolucionario decidido a sembrar de sal las ruinas del Antiguo Régimen, ese español inopinado que convierte a nuestro país en el “faro de las libertades” europeas en el breve lapsus que media entre las Cortes gaditanas y el remanso de hierro –Espartero, Narváez y demás “espadones”—del largo reinado isabelino, un revolucionario que evolucionará con el tiempo por lo general –mi maestro Maravall idealizaba su propia actitud en un Alcalá Galiano joven—, salvo excepciones, hacia posiciones moderadas. Tiene sentido la opinión de que la Guerra de la Independencia fue una revolución, un seísmo histórico que pretendió barrer al Antiguo Régimen logrando, en todo caso, socavar los firmes cimientos del absolutismo de una monarquía señorial-feudal que la nueva generación, por efecto del contagio napoleónico, pretendió librar del peso de la aristocracia tradicional y de la férula eclesiástica. Aunque no será hasta el 68, con la expulsión de la dinastía, primero en la fórmula liberal o liberal-conservadora, luego en la del moderantismo, más tarde desde la ilusión progresista y, por fin, en la democrática, tras la que se estrena el protagonismo político proletario.

Las Memorias de García Blanco, rescatadas por Moreno Alonso, creo que van a proporcionarnos una perspectiva mucho más rica que la empleada hasta ahora, no sólo por el sugerente perfil ideológico del personaje, sino por ese aguafuerte en que nos descubre a una España no poco alejada de los tópicos tradicionales. En ellas encontraremos a ese cura siempre “exaltado” dentro de su ortodoxia, pionero del hebraísmo, culto y apasionado, del que su editor –tal vez, en cierto modo, un “alma gemela”—nos habla con justificado entusiasmo. En la mañana primaveral, Osuna brillaba en sus fachadas señoriales y en su espléndido urbanismo a la sombra de su vieja Universidad y del imperio visual de su Colegiata, del testero delicado de su Cilla, de la abrumadora presencia de sus iglesias y conventos, como recibiendo a este hijo olvidado que va a ser en adelante un referente historiográfico obligado.