Florilegio del debate

“Lo peor de la crisis ya ha pasado”, presidente de la Junta, José Antonio Griñán. “Andalucía fue el primer Gobierno autonómico en reconocer la crisis”, el mismo. “Recuerden que ustedes nos llamaron antipatriotas a los que avisamos de la crisis”, jefe de la Oposición, Javier Arenas. “¿A qué le llaman cambio, a sustituir a don Manuel por don José Antonio y seguir adoptando con sumisión los dictados políticos de Zapatero?”, el mismo. “Han pasado ustedes de la socialdemocracia débil al neoliberalismo con un toque rosa”, coordinador de IUCA, Diego Valderas. “Nosotros seremos neoliberales pero ustedes (IU) hacen que los gobiernos donde están lo sean más todavía”, José Antonio Griñán. Y una guinda: “Si quitamos a los políticos de las Cajas, ¿a quién se las damos?”, el mismo.

Aljaraque bajo sospecha

Debe de ser grave lo que está ocurriendo en el urbanismo de Aljaraque cuando la dirección general de Costas del Gobierno, es decir una cuña de la misma madera partidista, se ve forzada un día sí y otro también a denunciar que sus principales proyectos son ilegales. Y lógicamente no basta con que el alcalde descalifique a Costas desmintiendo su criterio, sino que sería imprescindible que la Junta y el propio Gobierno –aunque sólo fuera por mostrar su imparcialidad—intervinieran en la cuestión en beneficio de todos. No es bueno mantener a un Ayuntamiento bajo sospecha, en especial si quien proyecta la sombra sobre él es “su” propia Administración.

Modelo caducado

Lo que ha ocurrido con la huelga de funcionarios no es ni más ni menos que el fracaso de los sindicatos. El principio del fin de un modelo tradicional que ya en los años 60 recomendaban rehacer los sociólogos de guardia. Antier no había más que mezclarse entre los manifestantes para comprobar dos cosas: una, el cabreo generalizado contra el poder político y el económico; otra, la distancia y el desdén por los propios sindicatos. Escucho que, dadas las circunstancias, tal vez lo más auténtico hubiera sido una deserción absoluta que permitiera ver en su dimensión real ese previsible fracaso de un sindicalismo verticalizado en el cuento del alfajor que llaman “concertación”, un mecanismo por entero ajeno a los trabajadores, que ha supuesto la burocratización y determinado un insostenible régimen de connivencia con el Poder político. Es decir, que no ya la proyectada huelga general, sino el propio sonajero de la representación suenan el día después casi sin sentido: los trabajadores han descubierto, al fin, que están solos frente al Mercado, que la representación es una comedia y que tendrán que elegir entre la sumisión definitiva o la reinvención de un nuevo modelo de defensa de sus intereses que, como acaba de demostrarse a lo largo de estos años, no es el de estos manijeros. Hasta ahora sabíamos que los sindicatos no controlaban a los currelantes en paro. Ahora sabemos que tampoco controlan a los empleados. ¿A quién representan entonces? La “sonrisa vertical” de estos concertadores se ha convertido en una mueca ante la evidencia de que es un sinsentido mantener con tantísimo dinero público estas maquinarias inútiles. Y ahora el tema es que, si quieren sobrevivir, ni pueden convocar la HG ni dejar de convocarla. Porque los trabajadores han comprobado el martes que están solos. Pero ellos también.

 

Da pena mirar hacia atrás, comprobar que cuando era tan difícil defender el trabajo con sentido realista resultaba más hacedero que hoy; da grima escuchar eslóganes tan manidos como ése del ogro ugetista que presta permanentemente coartada al Gobierno  amparado en la estrategia de “no hacer el juego al PP”; provoca tristeza ver el rostro desconcertado de Toxo desgranando en la tele su letanía minimalista. El PSOE ha rehecho con éxito el modelo vertical –Gobierno, sindicatos y patronos juntos y revueltos—garantizándose décadas de lo que llaman paz social pero arruinando, quién sabe si para siempre, lo que se creyó una conquista definitiva. Todo este tinglado está a punto de venirse abajo. Puede que los trabajadores tengan que arreglárselas solos, sin esos sindicatos que, en cualquier caso, nunca lo fueron más que de una exigua minoría.

Pangloss en las 5 llagas

¿De qué país hablaba ayer el presidente Griñán cuando aseguraba que (¡otra vez1) “lo peor de la crisis ya ha pasado”, enumeraba incansable bonanzas y mejoras, decía que era el que presta mayor financiación incondicional (¡) a los Ayuntamientos o hablaba de una recuperación económica y laboral palpable? Cierto que admitió problemas y dificultades pero enseguida se le iba el pincel listo para esbozar el mejor de los mundos posibles. Como al Pangloss volteriano en sus mejores momentos. Se ha dicho que el optimismo es un requisito de toda recuperación. Pero hay que añadir que también de los peores fracasos.

Fracaso pero ¿de quién?

Más allá de la guerra de cifras, la verdad es que la huelga de funcionarios no fue en Huelva lo que se dice un éxito, desde luego no el que correspondería al enorme cabreo que siente el gran colectivo penalizado por el Gobierno y la Junta con una rebaja de sueldos. Pero ¿quién fracasó el martes, los propios funcionarios que deberán pagar a sus expensas los platos rotos por otros o los sindicatos convocantes, cuya capacidad de influencia resultó insuficiente incluso contando en el cabreo mentado? Todo el mundo finge entender las razones de la huelga pero la realidad es que los trabajadores públicos no están menos solos que los privados, aunque sí bastante más que los que, por carecer de trabajo, a nadie interesan. Esta huelga abre un debate. Y un debate en tiempos del cólera es mala cosa.

No somos nadie

Nada ilustra mejor el derrumbe sufrido por el prestigio internacional de España bajo este Gobierno que el reciente viaje del ministro Moratinos a Mauritania para tratar de conseguir la liberación de los cooperantes españoles secuestrados en aquel país por Al Qaeda. Primero por el viaje mismo, luego por el hecho de que nos hayamos enterado y, en fin, por el fracaso de su misión, saldada con un lacónico anuncio de que los rehenes, tras su larguísimo cautiverio, “se encuentran bien”. Recuerden cómo nos respaldaron los EEUU cuando la crisis de Peregil y comparen, pero ni eso será preciso pare entender que ese viaje de un ministro de Exteriores del Gobierno que en este momento preside la UE a un país en cuadro como es Mauritania, constituye una demostración de irrelevancia política difícilmente superable. Tratar secuestros con rehenes nunca fue fácil, por supuesto, y nadie sería tan insensato como para evocar con nostalgia la brillante operación israelí de 1976 cuando liberó a sus secuestrados en Uganda, ¡a 3.500 kilómetros!, en un operativo de película. Pero una cosa es el sentido común y otra la humillante pasividad con que este Gobierno se exhibe suplicando a un país muy respetable pero de cuarta fila que cumpla con el deber elemental de no proteger terroristas. También asistimos estos días a la insultante escalada de desprecio con que la Armada británica humilla en aguas españolas a nuestros militares sin que el Gobierno diga esta boca es mía ni, por supuesto, Chaves se manifieste ante la Colonia como hacía cuando gobernaba el PP y atracaban en ella los mismos submarinos atómicos que atracan hoy. En resumen, que el Gobierno dirá lo que quiera –por lo demás, su crédito, lamentablemente, está más que agotado—pero la realidad es que hemos pasado de ser un país que contaba en el foro internacional a ser el pito del sereno. No somos nadie, aflíjanse si quieren, pero eso es lo que hay.

 

Aspirar a sentarse en el club de los poderosos es un objetivo tan poco deseable como asumir mansuetamente la irrelevancia. Pero ver a ese ministro babieca mendigando en un zoco como ése o contemplar a las patrulleras coloniales vejando a domicilio a las españolas son imágenes que arrasan de un tirón hasta la más sensata aspiración de dignidad nacional. Vaya que por causa de nuestra incompetencia nos teledirijan desde Bruselas, pero que el Gobierno escenifique escenas chuscas como la del inútil Moratinos o haga el dontancredo frente a la gratuita agresión inglesa, es ya harina de otro costal. Hemos pasado de poner los pies sobre la mesita del rancho a pordiosear en el desierto. Se puede no añorar la foto de antaño e indignarse a justo título con las de hogaño.