La jaula abierta

Es curioso que en un clima de inseguridad tan severo, el proyecto de modernizar las prisiones creando centros abiertos esté prosperando tanto en Europa. Prisiones sin muros ni rejas las hay ya en varios países como Austria, Luxemburgo o Finlandia a los que parece que podría incorporarse, aunque no antes de 2015, la propia Francia, el país donde el genio de Stendhal hizo decir a un personaje que la peor desgracia que de la prisión consistía en no poder cerrar la puerta. El proyecto parte de la idea de que establecer entre el penado y el poder una suerte de pacto de confianza podría contribuir considerablemente a potenciar su sentido de la responsabilidad y prepararlo para una reinserción efectiva, algo que, al parecer, los expertos vienen constando ya en los centros de esa naturaleza, convencidos de que el riesgo de empeorar su situación basta para disuadir al recluso de la tentación de evadirse. De momento, la experiencia ha dado de sí como para beneficiar con ese privilegio nada menos que entre un 10 y un 30 por ciento de una población reclusa de la está excluida por definición, ni que decir tiene, aquella cuyo perfil no  se adecua razonablemente al objetivo, y en especial los convictos de delitos terroristas, criminales de especial peligrosidad o componentes de bandas organizadas. E incluso juega a favor de la experiencia el hecho de que semejantes establecimientos resultarían notablemente más baratos al reducirse de manera significativa los dispositivos de seguridad preventiva. Puede que la crisis económica, con su obsesiva apuesta por la reducción del gasto, acabe haciendo realidad aquella paradoja de Hugo que decía, creo que era en sus “Contemplaciones”, que el hombre es una prisión en la que el alma permanece libre. Ya ven que el idealismo, sobre todo el romántico, da para todo.

 

Me parece a mí, sin embargo, que lo que subyace en estos ensayos no es sólo la humanidad o la economía sino el pavoroso aumento de la población carcelaria en todos los países, entre los que el nuestro, en cualquier caso, destaca por su masificación. Las quejas en EEUU son constantes en este sentido con el agravante de que la prospectiva sociológica apunta a que la evolución de las circunstancias pondrá las cosas peor de lo que ya están reduciendo los márgenes que el famoso humanismo trata de ensanchar a contracorriente. El sueño de la jaula abierta habrá de reducirse por ahora a esos experimentos controlados que, eso sí, podrían dar lugar antes o después a un doble régimen penitenciario que incluiría el infierno y la brisa. En Francia se le ha dado al tema prioridad política. En España, hoy por hoy, no parece posible plantearlo siquiera.

No la toques ya más

Peor que peor lo ha puesto el presidente Griñán al tratar de “explicar” el lapsus famoso: “Que Zapatero sea malo no los convierte a ustedes en buenos”. Dice que es una buena idea mal expresada, como si en política –esa cacería que no cesa—cupiera el error cuando concierne a materias tan graves. Mejor dejarlo como está, me parece a mí, mejor no meneallo. Y en cuanto a eso de que el rival que se alegra de la metedura de pata es un necio, mejor dejarlo también. ¿O es que él no se hubiera alegrado si a Arenas se le escapa lo que a él pero referido a su jefe? No la toques ya más. El poeta llevaba razón.

Que ahorren ellos

Lo de gastarse 120.000 en “redecorar” el vestíbulo de la Dipu, en plena crisis y habiendo Ayuntamientos que no pueden ni pagar las nóminas, pasa con mucho de la raya. Pero lo que habría que debatir es algo que ningún partido quiere jugarse: la eliminación de esa institución redundante con la autonomía (la antigua “Administración periférica”) que en la actualidad –y el ejemplo de Huelva es mayúsculo—no sirve más que para “arrecoger” a los descolgados del partido, premiar a los tránsfugas y forrarse los mandamases. Exigirle al pueblo que se apriete el cinturón mientras se dilapidan fortunas es un verdadero delito político.

Hablar de la mar

No creo que de esta crisis vayamos a sacar gran cosa en limpio desde el punto de vista de la experiencia. Los hombres están sujetos al viejo enunciado del adagio de que “con las glorias se olvidan las memorias”, de manera que cuando vuelva a soplar el viento de popa y los bancos abran de nuevo gloriosos la ventanilla de la especulación, volverán probablemente los excesos sobre los escombros de la catástrofe. Marx, que no llegó nunca, como es sabido, a elaborar una teoría cumplida de la crisis (tampoco de la “clase”), dejó en todo caso criterios bastantes para contemplar esos baches no como consecuencias de una causa concreta y única, sino más bien como un mecanismo de ajuste del propio Sistema que corregiría con él la desproporción entre el exceso de mercancías y el de capitales, lo que equivalía a sostener que el modo de producción capitalista sólo funciona gracias a esos momentos equilibradores, tan duros como imprescindibles, nota que Mandel matizó con sobrado talento. Pero ahora las teorías se suceden en plan francotirador, sin que podamos atisbar siquiera un modelo satisfactorio de explicación. Escucho al maestro Sampedro explicar nuestras actuales cuitas como el resultado de la insostenibilidad del Sistema mismo, incluso como una muestra elocuente de su desmoronamiento, basado en la locura que supone la dinámica de un mercado en el que los productos preceden a las necesidades. Pero también oigo decir a Oscar de la Renta que la crisis no va con los ricos e ilustrar su aserto con el dato de que esta temporada se han vendido en Nueva York más abrigos de piel que nunca. Nadie sabe qué está ocurriendo pero todo quisque echa su cuarto a espadas en la timba de la opinión. El mercado se mueve entre el azar y la necesidad, pero sin despreciar la especulación. Ya verán el fortunón que amasan los compradores de acciones y viviendas a la baja. Está visto que aquí, cuando una gana un duro, otro lo pierde. O al revés.

 

Volverán los buenos tiempos y la alegría de vivir aunque sea, cierto, sobre el camposanto repleto de víctimas y aunque tampoco esta vez saquemos de la tragedia la moraleja debida. Y cuando pase el tiempo –que todo pasa—no quedará de esta crujía más huella mental que la muy brumosa que en blanco y negro conservamos hoy del crac de 29 a pesar de la sangre que éste provocaría. No hay mal que cien años dure ni, afortunadamente, gobierno que perdure, y los hombres son mamíferos desmemoriados que han hecho de la complejidad la coartada de su inopia. Sampedro me ha parecido entre melancólico y como dispuesto a entregar la cuchara en la orilla misma del río que nos lleva. Hay cosas tan claras que ciegan. Él lo sabe de sobra.

Mejor reír que llorar

Eso de llamar “ajuste del mercado laboral” a la debacle del empleo regional supera con mucho el récord irresponsable de una Junta que había prometido el pleno empleo. El gobierno está para animar y no para deprimir, por supuesto, pero eso no equivale a engañar a los ciudadanos para justificar su impotencia y su inepcia. Andalucía está en el peor momento de esta crisis y de su historia autonómica, y no en ninguna imaginaria coyuntura esperanzadora. Decir lo contrario –¡en el BOJA!—es algo más que una licencia retórica y algo más que una ligereza.

El mundo al revés

El recurso constante a culpar a la Oposición de los fracasos del Gobierno resulta ya hasta cómico. El señor Guerra –trásfuga en su día–, por ejemplo, diciendo que el déficit de infraestructuras en la provincia onubense se debe a lo poco que hizo el PP durante los 8 años que estuvo en el poder antes de los 6 que lleva luego el PSOE y tras los 13 anteriores de mandato de este mismo partido, resulta sencillamente, ridículo, pero sobre todo engañoso. Ningún Gobierno defraudó tanto a la provincia como el actual, que no ha cumplido un solo compromiso adquirido. Ese trásfuga agradecido debe de pensar que todo el mundo menos él es tonto en la provincia que le paga su fastuoso sueldo.