Qué nivel

Parlamento de Andalucía, debate sobre el “decretazo” que recorta derechos sociales por primera vez en la democracia, argumentan los dos líderes máximos. ¿Y cuáles son esos argumentos? Pues el de Griñán, que Arenas gana al mes, como senador, más que él, y el de Arenas, lo contrario, ya ven. ¡Con un millón y medio de parados y el “decretazo” encima, ellos entretenidos viendo quien mea más lejos! Nunca la autonomía andaluza había atravesado una coyuntura tan crítica, sobre todo si se tiene en cuenta que, encima, esos dos líderes están a años luz de los que les siguen en el escalafón. Como no cambien mucho las cosas, aviada va esta desafortunada Cenicienta.

Apretar cinturones

El gobierno municipal se ha adelantado proponiendo una rebaja –más que justificada—de los sueldos de los ediles y, de paso, reclamando que la Diputación haga lo propio. Muy bien. Ahora sólo falta que la medida se extienda a los demás chiringuitos (Mancomunidades, empresas públicas, fundaciones y otras martingalas), todo lo cual, siendo, eventualmente, estupendo, no dejará de ser agua de borrajas siempre que se mantenga el ejército de “enchufados” que vivaquean en las Administraciones. Mientras no se pode a fondo ese árbol vicioso, estaremos ante un paripé de austeridad. Y en ello, las cosas como son, el PSOE tiene mucho más tajo por delante que el PP.

La talla política

Ni les cuento la que me han dado tres comunicantes (¿o sería sólo uno y trino?) por haber repetido aquí la vehemente crítica de Jean Daniel a la mediocridad de los líderes actuales. Me ha caído en lo alto la socorrida teoría de que la talla de los personajes históricos es una cuestión subjetiva en la medida en que el tiempo hace sobre ellos el efecto de lente potenciadora mientras que la proximidad los empequeñece por un mezquino efecto tal vez relacionado con la emulación. Ya. He de decir que, en efecto, hace mucho que lamento la mediocridad de nuestra era –que hay eras mayúsculas frente a otras grises no hay modo de discutirlo–, no sólo respecto a los momentos estelares del pasado español y occidental en su conjunto, sino por comparación con los niveles de prohombres más cercanos. Quienes se hayan asomado con atención a las obras de Cánovas reeditadas hace poco habrán podido calibrar la estatura intelectual de aquel zorro ilustrado, lo mismo que pueden haber hecho los lectores de la recientemente revisada escritura de Azaña. No le den vueltas: no disponemos hoy en España de una cohorte generacional como la del 98, como la del 14, como la del 27 ni como la del 31, comparadas con las cuales esto es todo lo más un ateneo de provincias. Por no hablar de la pléyade “ilustrada” (desde Jovellanos a Feijoo, dese Capmany a Ustáriz, desde Olavide a Floridablanca. ¿Dónde encontrar hoy un Pí, un Castelar mismo, un elenco como el krausista? Griñán me discutió una vez este tema esgrimiendo las figuras de Hayes y Freeman cuando yo lamentaba el hueco dejado por los Sartre, los Camus, los Mandel, los Gorz o los Naville, idea de la que no he logrado desprenderme y en la que reafirmo cada vez que tengo que oírle sus paparruchas a alguna de las minervas que nos pastorean. Sí, vivimos una era mediocre, por arriba y por abajo. En Europa no hay un solo líder que recuerde a los que rememoraba con nostalgia Jean Daniel. Y en España, mejor no hablar.

 

No es un efecto deformante el que nos hace comprender que navegamos al pairo con el peor Presidente de de la democracia o con el Gobierno más insolvente. En Andalucía, no contentos con entregarle la Gobernación de la autonomía a un caballero sin estudios, se le añade la Justicia, y puestos a escoger sus manos derecha e izquierda en su proyecto prioritario de luchar contra el abandono escolar, nuestro Presidente elige y da mando en plaza a dos huidos de las aulas, mientras pone Educación y Cultura en manos de dos graduados medios. ¿‘Excelencia’? Estamos hundidos hasta las trancas en la “aurea mediocritas”: échenle un vistazo a los historiales de nuestros parlamentarios y gobernantes. El saber se ha vuelto sospechoso para la lógica hobbesiana que es la razón fuerte de toda partitocracia.

Estado del malestar

La “Andalucía imparable”, la que antier anunciaba oficialmente que mejor ir dejando de hablar de la crisis, está que arde con el “decretazo” que por primera vez recorta derechos sociales en la historia de nuestra democracia. Tendrán que ir pensando en acuñar otro constructo –¿qué tal “badfare state” en lugar de “welfare state”- para encandilar a la vasta masa perjudicada por los errores ajenos ante los que los políticos permanecieron silentes mientras el viento sopló a favor. Primer recorte de derechos sociales, insisto, y vendrán otros, tan necesarios tal vez como inmerecidos. Y los sindicatos viéndolas venir. A ellos nadie ha hablado de “recortarles” la mamela.

El gozo en el pozo

Lo que faltaba el día del “decretazo”: también lo del milagro de Punta Umbría –600 euros diarios por un trabajo en Dubay—no era más que un camelo. Vamos de cuento en cuento, pero lo que extraña en esta historia picaresca es la pasividad de la autoridad gubernativa y la inhibición de los síndicos hasta que el propio Gobierno, informado por su diplomacia, hubo de avisar del timo. España entera se estará tronchando de risa con este nuevo bastinazo onubense y su aire entre crédulo y palurdo. ¿Es que no tenemos autoridades e instituciones de sobra para velar, al menos, por que no nos tomen el pelo? Esa instantánea puntumbrieña retrata bien, aparte de la ansiedad laboral, la inopia de nuestra vida pública.

El truco del recorte

La cuerda se rompe siempre por la parte más débil, suele admitirse. Y con razón, Vean el “recorte” finalmente decretado por ZP tras la lógica presión de variadas instancias institucionales. Primero y ante todo, el funcionario, ese privilegiado según y cómo, cuya retribución se bajará implacable en un 5 por ciento de media para ser congelada luego en el ejercicio siguiente, un buen bocado, cierto, pero el chocolate del loro, como suelen decir los gastosos, si se compara con el que podría dársele al personal “político” –es decir, al enchufado– en que se asienta el poder clientelar de los partidos, y nada digo si se le metiera mano a esa “Administración paralela” que son las empresas públicas con que el Gobierno y las Autonomías han logrado duplicar el pesebre y, ya de paso, burlar los controles de intervención, a las innúmeros fundaciones, a los infinitos consejos, a las mancomunidades mil que agigantan un municipalismo voraz y electoralista. Un funcionario es un manguito de carrera que ganó su plaza por oposición, por otra parte, lo que merecería un respeto por parte de estos sobrevenidos que se creen “elegidos” porque alguien los incluyó en una lista de partido, y desde luego, un miembro de un colectivo cuyos cuerpos inferiores cobran una miseria tantas veces. El problema no es el coste salarial de los funcionarios sino su número y, más allá, su duplicación en esas excrecencias administrativas a las que ya verán cómo no se les toca un pelo. ¿Por qué cargar la mano, entonces, con el funcionario por mérito propio? Larra hizo un excelente retrato de ciertas indolencias pero le prestó un flaco favor a la función pública.

 

Creo que hay que apoyar ese “recorte”, en todo caso (a muchos privados ya nos han crujido en silencio), pero si en España hubiera un Gobierno de derechas mañana por la mañana tendríamos la calle abarrotada por la protesta sindical. Aparte de que muchos de esos “recortados” tienen a su cargo familias en las que abundan los parados y cuyas economías luchan desde hace tiempo por llegar a fin de mes. Porque funcionarios –abran los ojos– son los subalternos mileuristas, los policías malpagados, los bomberos, el personal sanitario, los investigadores lampantes, los currelantes judiciales o los furrieles, y es a ellos a quienes se les va a dar el palo mientras los ejecutivos de nuestras podridas finanzas, por ejemplo, hacen público alarde de cobrar millonadas en bonos graciables. La crisis la pagarán los de abajo y los de enmedio, como estaba previsto. Y encima no sabemos siquiera si con su sacrificio sacaremos algo en claro.