Qué más da

Gran noticia: la Cámara de Cuentas no se renovará hasta después del verano. ¿Se imaginan cómo podrá sobrevivir la autonomía a ese retraso de tres meses? No se recuerda una sola denuncia de ese organismo leonino que haya tenido la menor repercusión práctica en la buena marcha de una gestión económica tantas veces, eso sí, calificada de desastrosa. Entonces, ¿para qué necesita Andalucía esa Cámara que tan práctica ha resultado a la hora de inventarse sus propios privilegios pero que no ha servido absolutamente para nada a la hora de librar a las contabilidades públicas de sus vicios y mamelas? Los partidos saben muy bien lo que se hacen. Pocos ejemplos mejores que éste de la Cámara de Cuentas.

Las cuentas, claras

Mal ha quedado el PSOE tras el linchamiento del alcalde de la capital por parte de Mario Jiménez que lo ha acusado hasta de avaro. Porque el alcalde ha salido a la palestra para recordar, además de que esos sueldos fueron pactados con el PSOE e IU, que no sólo no se opone al “recorte” del 15 por ciento acordado por la FEMP sino que aumentará su rebaja personal hasta un 18 por ciento. Sería cosa ahora de que la presidenta de la Diputación recortara también el suyo renunciando, por ejemplo, a sus numerosos consejos y a sus dietas, pero dudo de que eso lleguemos a verlo.  La política no debe ser nunca un negocio. En tiempos de crisis, que lo sea es un escarnio.

El caballo negro

En la visión apocalíptica, el caballo negro es el hambre, el azote que sitúa la injusticia social a la altura de la violencia física y la muerte. El caballo negro y el jinete que lleva la balanza en la mano, la voz que hablaba del pan y el salario de cada día, es decir, de la explotación de la necesidad y del abuso del lujo. El caballo negro ha cabalgado siempre pero acaso nunca como hoy. Se amontonan los datos difíciles de asumir, incluso de creer, para nosotros los privilegiados que una y otra vez prometemos la ayuda de nunca acabar. Hay que repetirlo: más de media Humanidad vive con menos de dos euros al día, según los expertos del Banco Mundial, mil millones de “criaturas” –como dicen nuestras ministras– se las apañan con un solitario dólar. Esos mismos expertos sostienen que el mundo rico se gasta cuarenta veces más en cosméticos que en donaciones contra la plaga del hambre: “el aceite y el vino (el lujo), no lo dañes”, reprocha el Apocalipsis. Es la “obscena desigualdad” que denuncia Mandela, el gran fracaso de un mundo sobrado de recursos, en el que una de cada tres personas padece hambre crónica, en el que esos mil millones de niños son víctimas de la pobreza, de la guerra y del sida, mientras los nuestros se aburren en la sobreabundancia. ¿Sabían que uno de cada diez de los niños del mundo pobre no alcanzará los cinco años y que en esa vasta área –Asia meridional sobre todo, África casi al completo, buena parte de Sudamérica pero también zonas de la Europa del Este–  fallecen al día 25.000 de ellos a causa de enfermedades fácilmente evitables? Pues créanlo porque es cierto y comprobado. ¡Lo que sobran son demostraciones! Y las mujeres, por descontado, llevan la peor parte en la estadística. El caballo negro cabalga piafante como si se acabara de abrir el “tercer sello”. La especie no ha superado nunca la ferocidad cotidiana aunque haya sofisticado eficacísimos sistemas para disimularla. Incluyendo el de su exhibición: nada narcotiza tanto la conciencia como la repetida contemplación del mal.

 

Estos mismos días asistimos en Sudáfrica al gran montaje de la ocultación. Obscena desigualdad, en efecto, la que nos oculta la propaganda al mostrarnos el esplendor. Pero no hay que ir tan lejos. Aquí mismo, en Europa como digo, en la misma España, donde la denostada Iglesia mayoritaria, a través de sus organizaciones, hace encajes de bolillos para multiplicar los panes y los peces prodigando la sopa boba, mientras se ultima contra ella el borrador de una retrógrada ley y desde cierto radicalismo impotente se reclama que se le suprima la ayuda estatal. Mala cosa que hasta el Apocalipsis permita  una bergmaniana lectura actual.

Tardío pero cierto

No hay quien reconozca a estos sindicatos mayoritarios oyéndolos reclamar nada menos que la “rebelión” de los ciudadanos contra el recorte de derechos que Europa y el sentido común imponen. ¿Son esos síndicos los mismos que no han parado de posar sonrientes junto a ZP o Chaves en los últimos siete años? Desde luego no se les reconoce ni por el forro, pero se entiende que hayan de montar el número dada su desairada situación. Ya veremos qué ocurre de aquí a la huelga general anunciada y, sobre todo, cómo se desarrolla ésta, pero es obvio que ese recurso llega tarde, cuando ya a casi nadie escapa la connivencia sindical que tanto ha contribuido a ahondar nuestra ruina.

La onubense sube

Hay que celebrar como un éxito del equipo directivo de la UHU el importante acuerdo con el Banco Santander que ayer se formalizó con la visita personal de Emilio Botín a nuestro campus. No sólo por esos 300.000 euros más lo que suponga el resto de las demás acciones concertadas con el mecenas, sino porque queda a la vista la agilidad de esos gestores que están siendo capaces de sacar fuera nuestra marca universitaria y allegar esas imprescindibles ayudas que pueden contribuir a remediar la cicatería de la Junta. A la UHU le falta mucho por recorrer pero tiene ya mucho recorrido. El Rector, en nombre de todos, puede apuntarse un diez.

El niño y el héroe

A mi nieto le ha preguntado su profe de qué prefería que lo disfrazase para una fiesta escolar y, para pasmo de todos, mi nieto le ha contestado que elegía el disfraz del “espectacular Spider Man”, un personaje al que, no tan paradójicamente quizá, resulta que él no conocía más que por vagas referencias de algún coleguilla. Lo mismo viví con algún  sobrino hace años cuando se obsesionó por la “Masa Verde”, es decir por el “increíble Hulk”, también antes de conocer a fondo a ese personaje por entonces omnipresente en la publicidad. Me ha intrigado esa elección a ciegas, o casi a ciegas, hasta el extremo de buscar ayuda en expertos del ramo, tarea para la que me ayudado decisivamente la bibliografía proporcionada por Paula Pinto Gómes, y en la que figuran psicólogas clínicas como Geneviève Djénati, la psiquiatra Stéphane Clerget, el sociólogo Michael Fize o la filósofa Isabelle Smadja, coincidentes todos ellos, grosso modo, en la idea de que así como en la primera edad, en el debut de la conciencia, para la admiración basta la imagen y la apariencia llamativa del héroe que le ayuda a sublimar su deseo de crecer hasta alcanzar el ilusorio poderío de la edad adulta que representan a sus ojos sus propios padres; en etapas posteriores, es decir, en la adolescencia, la fijación elige modelos psicológicos más complejos en los que se funden inextricablemente, como en un balanceo constante, lo real y lo maravilloso. Se pasaría de Hulk, Batman y Spider Man  a mundos como el de Harry Potter tal como en mi generación transitábamos desde el universo maniqueo de “El guerrero del antifaz” o “Roberto Alcázar” a la inquietante realidad, entre cotidiana y extraordinaria, de personajes como Tintín. Es el hallazgo de que la linde entre el Bien y el Mal no está tan clara –la superación del maniqueísmo—lo que permite ese paso en la maduración psíquica en la que el ideal contempla ya al héroe como animado por un espíritu dialéctico, tal vez identificable con la visión de uno mismo y, en esa medida, puente hacia la propia hazaña de la libertad, como diría Benedetto Croce. Los héroes que pueblan esos sueños resultan ser medios o palancas del propio crecimiento.

 

Unas rayas de color en los mofletes, una capa improvisada, un casco de pacotilla: el hombre necesita poco para descubrir su élan de superación, su irresistible vocación de héroe. Es la vida la que luego pondrá las cosas en su sitio, reduciendo la ingenua perspectiva, tantas veces, a la espesa mediocridad que nos constituye, y negando la hazaña soñada para sustituirla por esa imprescindible murga que llamamos realidad. Los niños son adorables. Somos los adultos resabiados quienes despojamos de ilusión a la aventura de la vida.