Bocas cerradas

Ningún partido tolera, si puede, la crítica interna. Todos han sancionado –hagan memoria—a los que han osado ejercerla, incluso dentro de la discreción dialéctica, como un derecho indiscutible. El caso de los blogueros de Cádiz expedientados por el PSOE no constituye, por eso, ninguna excepción sino que responde a la regla misma. ¿De qué unos militantes van a poder criticar al baranda provincial, al virrey regional o al sumo pontífice madrileño? ¿Libertad o muerte? ¡Ca! Nunca el Poder consiente la discrepancia, salvo que vaya de “sobrado”, que casi nunca es el caso. Los rebeldes de Cádiz han de asumir su suerte como la consecuencia más natural del mundo. Por lo que ellos han hecho, a más de uno y a más de mil les han pegado un tiro.

Crece el ‘facturazo’

Es verdad que el alcalde accidental de Valverde y sus edecanes no han inventado la factura falsa. El Ayuntamiento de Sevilla tiene abierto varios frentes y cuenta ya con dos condenados por ese delito. El de Baena, presidido por un senador nada menos, sigue como si tal cosa a pesar de haber pagado presuntamente con facturas falsas sus juergas en puticlubs marbellíes. Lo que tiene de especial el caso de Valverde no es tanto el mangazo de la mariscada como el presunto delito de la factura falsa y, sobre todo, el hecho de que el responsable máximo reciba en premio la vara da alcalde. ¿Un alcalde sobre el que pesa la vehemente acusación de encargar facturas falsas? Temo que a ese tránsfuga le ha fallado esta vez la técnica de los hechos consumados con que hizo carrera salvando al PSOE y destrozando a IU.

La guerra del dinero

Agentes del Fisco italiano se han presentado por sorpresa en el exclusivo Hotel Palace de Merano para confiscarle a Maradona los aros de oro con que adorna sus orejas y que están valorados, al parecer, en cuatro mil euros, más que nada como gesto para justificar que el insigne pelotero se pasee o incluso resida libremente en un país al que le debe más de treinta millones de euros desde sus tiempos de pasmo de Nápoles. Será un gesto y lo que queramos, pero no me dirán que no constituye también una ilustración magnífica de que las posibilidades de hacer que los magnates paguen lo que deben son mayores y, si me apuran, más fáciles de lo que se pudiera pensar, que es, en cierto modo, lo que se está reclamando estos días desde la izquierda europea de cara a la cumbre del G20, a la que se desea –en Francia el acuerdo ha sido unánime en el Parlamento—que se retiren de la circulación los billetes de 500 euros –los “Bin Laden” famosos, ya saben—, se refuercen los controles financieros y, en fin, se obligue de una vez a la banca declarar todas y cada una de las operaciones vinculadas a ‘paraísos’ fiscales. No es que uno se haya vuelto de pronto optimista, nada de eso, sino simplemente que hay signos a la vista que sugieren que el gran susto de la crisis, una vez que pase, pudiera dejarnos en el ‘haber’ de su balance –toda crisis tiene sus dos columnas—ciertas cautelas que podrían limitar, siquiera razonablemente, el abuso que supone que un tío que debe una fortuna al Estado se pasee por el país con ochenta mil duros de los antiguos enganchados en las orejas. No había oído yo en mi vida declamar y reclamar con tanta vehemencia el fin del secreto bancario, por ejemplo, y ya se incluye ese designio como objetivo inaplazable en bastantes reclamaciones políticas hasta el punto de que Suiza anda buscando componendas que le permitan salir del brete sin romper la vieja alcancía que ha hecho grande al pequeño país.

Fantástico un mundo sin aros de oro en las orejas deudoras, un panorama exento del escándalo del secreto a voces de la defraudación y, si me apuran, de las filosofías baratas que apuntalan el chiringuito financiero, estupendo un sistema financiero sin las trampas del secreto bancario ni el cartón de las evasiones fiscales. No es justo adjudicar sólo a los suizos, como hace Henri Emmanuelli, la tesis de que robar a la colectividad no es delito, porque esa tesis es universal. Sólo la escala permite diferencia entre la orgía contable de Madoff y las facturas falsas con que en Valverde del Camino o en Baeza los ediles se pagan mariscadas o juergas en puticlubs. Gran cascabel ése que ha fabricado la unanimidad política. Ya sólo falta ver quién da el paso para ponérselo al gato privilegiado.

Dos guiones

No debe pasar desapercibido que el lema más destacado en las crónicas de la beatificación de ZP en el Comité Federal se debe al presidente andaluz, José Antonio Griñán, que fue quien pidió al partido que no se deje “escribir el guión” de gobierno, en clara referencia a Prisa, ahora que parece haberse abierto la veda contra el holding del gonzalismo. Sin embargo la Junta de Griñán acaba de regalarle un millón de euros a ese grupo en apuros, siguiendo su línea tradicional de colaboración con él. A lo peor es que no resulta tan fácil renunciar al guión escrito desde fuera o eliminar antiguos compromisos. Eso pudiera explicar los dos guiones que aún parece seguirse, al menos en Andalucía.

El juego de siempre

Otra vez un pronunciamiento favorable a las balsas de fosfoyesos –ahora de los expertos de la Comisión Europea—y de nuevo la protesta de los críticos que reclaman, con razón, que estas “visitas” deben hacerse con luz y taquígrafos y no con nocturnidad y alevosía. Ahora vendrán los europarlamentarios y darán, a su vez, otra opinión que sumar a las innumerables ya emitidas. Todo menos formalizar una inspección aprobada por todos que de una vez para siempre despeje las dudas, lo mismo en este contencioso que en el provocado por las denuncias de insalubridad de nuestra tierra. Es triste pensar que si quien gobernara fuera el de enfrente, probablemente los papeles se invertirían entre defensores y críticos, porque eso indica que lo de menos para la política es el interés público.

El poder emergente

No es un secreto que la Unesco, esa dama blanca de la ONU para defender los derechos humanos y el diálogo entre las culturas, va de mal en peor. Estos días anda liada con la elección de un sustituto al director saliente sin conseguir sacar adelante la candidatura de Faruk Hosni, el ministro de Cultura egipcio desde hace decenios, a pesar del apoyo masivo de los países islámicos y de países occidentales como Francia y España a los que, por lo que se ve, les da igual que le da lo mismo que ese organismo esté en manos responsables o en las de un sujeto que se ha distinguido como un represor cultural en un régimen férreo como es el de Moubarak. La polémica, en todo caso, no viene de que Hosni cuente en su haber con páginas negras como su actuación censora, su indiferencia en la persecución de periodistas incómodos, su negativa a proyectos conciliadores como la apertura de un Museo Judío en El Cairo, su persecución de los blogueros o su apuesta por el negacionismo del Holocausto para la que contó con la ayuda de un Roger Garaudy –¡a quien tanto quisimos!– despeñado ya hace tiempo desde posiciones intelectuales eminentes a miserias como la propaganda antisemita. Pesa sobre Hosni una reciente proclama parlamentaria en la que aseguró, literalmente, que estaba dispuesto a quemar por su propia mano los libros judíos que encontrara en su país, barbaridad que recuerda las hogueras nazis o la odisea bradburyana de “Fahrenheit 451”. ¿Se puede representar aquel diálogo intercultural o defender los derechos humanos descubriendo de antemano semejante parcialidad? La candidatura de Hosni ha fallado ya dos veces en la asamblea pero el apoyo descrito se mantiene firme. Hay demasiados intereses de por medio. No digo ya a ZP, que por supuesto, sino sobre al propio Sarkozy, defender ese fuero en precario les importa un pimiento frente a lo que se juega frente al mundo emergente.

Más triste resulta, si cabe, el nulo eco que el pleito está teniendo en España, comparado con el intenso debate que ha abierto en otros países, singularmente en Francia donde lo encabezan prestigios de la talla de Henri-Lévy, Claude Lanzmann o Elie Wiesel, concordes todos en que un sujeto con la hoja de servicios de Hosni supondría para la UNESCO un más que probable fracaso. Es probable, sin embargo, que acabe imponiéndose el pirómano y censor, y vergonzoso para nosotros que, de conseguirlo, lo haga como el apoyo de un país como el nuestro empeñado, por otra parte, en figurar en la novedosa vanguardia de la ampliación de derechos. Y es verdad que la Unesco ha sobrevivido ya a no pocos lideratos pintorescos. Lo nuevo esta vez no está en eso sino en comprobar de qué manera prospera la irresistible ascensión de ese nuevo poder mundial a pesar del desafiante tono de su cultura.