La culpa no es suya

Escandaloso espectáculo en El Egido: un alcalde imputado por los presuntos delitos de blanqueo de capitales, malversación de fondos públicos, falsedad en documento mercantil, cohecho y tráfico de influencias, vuelve desde la cárcel a su sillón aclamado como un héroe. Lo nunca visto. ¿La culpa? Pues más que suya, del PSOE y sus instituciones que se niegan a disolver un Ayuntamiento saqueado al parecer por un  partido que les permite, a cambio, mantener la Diputación de Almería. ¿Qué ocurrirá si, finalmente, es declarado culpable? Pues nada de particular, ya lo verán. Después de Marbella y pasando por Estepona, aquí estamos curados de espanto.

Fuerte apuesta

El PP apuesta más fuerte por el AVE a medida que el PSOE pierde a chorros su credibilidad. Se ha visto, durante la visita de Arenas, en la contundencia de las reclamaciones y hasta en el dramatismo con que se ha pronunciado el alcalde Pedro Rodríguez. Frente a ello, chascarrillos como el de Cinta Castillo, la consejera fugaz, suenan a recurso desesperado de quienes se han visto atrapados al fin entre su designio de boicotear a Huelva mientras el PP gobierne la capital y el riesgo, cada día más acusado, de perder las elecciones. El enredo del AVE es un error más que una terquedad. Se empiezan a dar cuenta cuando quizá ya es demasiado tarde.

¿Qué es un rico?

No vayan a creer que es tan fácil determinar quién es rico y quién no lo es en esta sociedad compleja. Cuando el presidente Griñán ha puesto el listón en los 80.000 euros ha dado un paso en un vacío que no deja de ser muy consistente puesto que no hay quien se ponga de acuerdo en la noción de riqueza efectiva y mucho menos quién la asuma subjetivamente. Alguien ha recordado estos días la frase de Wilfredo Pareto que decía que nadie sabe dónde comienza la riqueza como nadie sabe a ciencia cierta dónde empieza la vejez, pero el principal observatorio sociológico francés, el INSEE, acaba de publicar un estudio en el que cuenta como ricos a los perceptores de “muy altos salarios”, siempre por encima de los 200.000 euros anuales, distinguiéndolo de los simples “altos salarios”, que son aquellos que alcanzarían sumas alrededor de los 80.000, es decir, al 1 por cuento de la población (la mitad vecinos de París, el 87 por ciento varones, mayoría absoluta de ejecutivos económicos y deportistas de élite) frente al 9 por ciento de segundones del privilegio. Pero, ay, ni esa distinción es virtual dado que dentro de aquel segmento áureo, el del 1 por ciento, las rentas oscilan ente un solitario millón y 13 millones anuales, lo que ha hecho decir a mi admirada Monique Pinçon-Charlot que hay más diferencias de condiciones de vida entre los ricos que entre los pobres. Y sin embargo, la dificultad subjetiva no desaparece en la medida en que, según asegura el prestigioso Crédoc, las clases medias tienen  dificultades para percibir estas nociones de estratificación social hasta el punto de estimar que se es rico de hecho si se ganan 4.660 euros mensuales, algo que sólo consigue, todo debe decirse, un 3 por ciento de los currelantes franceses. Al PSF no le gusta esa palabra, “rico”, que nada vendría a decir en rigor aunque quiera decir mucho. Y da un argumento que nos proporciona una ajustada idea de por dónde anda la socialdemocracia: “Siempre hay otro más rico que uno”. Dígname qué se puede añadir a esa demostración de narcolepsia política.

 

Todavía en tiempos de Eurípides se podía pontificar que la nobleza no es nada mientras que  la riqueza lo es todo, del mismo modo que en nuestra tradición hizo fortuna el axioma de que “tener es poder”, pero hoy –a la vista está—ni ricos ni pobres se ponen de acuerdo en que es eso de ser “rico”. Lo que está bien claro, incluso más allá de los diversos criterios técnicos que andan por ahí y de la ambigüedades psíquicas de la mesocracia, es en qué consiste ser “pobre”, sobre todo ahora que la “sociedad opulenta” se ha venido abajo con el estrépito suficiente como para silenciar a unos y otros.

La izquierda complaciente

Nada ve la mandamas/a y posible sucesora Mar Moreno en el hecho escandaloso de que los ejecutivos de las Cajas cobren –como señalábamos ayer—esas cifras insultantes. “Nada tengo que opinar sobre relaciones que pertenecen al ámbito privado de remuneración” y que, en cualquier caso, “son bastante más ajustadas que las de los ejecutivos de la banca privada o de las empresas del Ibex 35”. Ya. Ni la meritocracia se rige por criterios razonables a estas alturas de la crisis de la utopía. El sociatismo ha sucumbido definitivamente, y sin el menor complejo, ante el becerro de oro.

Dinero fugaz

Es de justicia resaltar la tarea política que está desempeñando en solitario la concejal valverdeña y diputada autonómica, Loles López, empeñada ahora en que el Parlamento intervenga en la presunta “desaparición” de los 54.000 euros que la Junta habría dado al Ayuntamiento de Cejudo y de cuyo paradero nadie es capaz de dar cuenta. Claro que algo ingenua sí que es Loles, cuando pretende que un tipo como el biconsjero Pizarro –forzada mano derecha de Griñán– tome en cuenta tan razonable petición y acepte tal vez responsabilidades de su partido. Si no ha sido posible averiguar qué pasó, en definitiva, con la mariscada de los concejales ante la cerrada oposición del PSOE, ya me dirán cómo esperar que se aclare este golpe mágico.

El mapa roto

Como una noticia sin mayor relieve ha pasado la noticia de que en Bélgica ha barrido en las elecciones un partido separatista, ultraconservador y xenófobo que no culta su intención de que el país “se desvanezca” y vaya “difuminándose poco a poco” hasta desaparecer del mapa. Un lío, sobre todo si se tiene en cuenta que a ese país minúsculo y en almoneda le corresponde ahora el turno de presidir la Unión continental, circunstancia que no hará sino agravar al límite los graves problemas planteados por la crisis, pero que, además, constituye un paso más en la tendencia disgregadora que está triturando el mapa europeo de postguerra que, todo hay que decirlo, no era de los peores que hayamos tenido como europeos, ni mucho menos. Ya no se reconocen en él ni la Checoslovaquia ni la Yugoeslavia anteriores, aunque a mucho menor escala la imagen de la secesión, tradicional en Irlanda, crece también en Escocia o en la Padania rica de la Liga del Norte, anima a corsos, vascos y bretones en su pulso con los jacobinos galos y mantienen las consabidas espadas en alto en nuestro país, donde el presidente saliente del Barça, no contento con los ya demostrados fracasos de los ilegales referendos separatistas, acaba de redondear su mandato cediendo el estadio del Nou Camp como sede idónea para escenificar esa consulta asociando la manías oligárquicas a las pasiones deportivas. A pesar del histórico esfuerzo unificador que ha supuesto el movimiento europeísta, hay indicios serios de que pronto veremos borrados del mapa generacional países con tanta tradición continental como esa Bélgica que lleva medio siglo –desde el día siguiente de la independencia del Congo—debatiéndose en un estéril debate lingüístico en el que los flamencos ricos fundamentan su reivindicación y su fuerza.

 

La peste del ultranacionalismo va íntimamente ligada –en Flandes como en Padania o Cataluña o País Vasco, por no hablar del Eire o Escocia—con la pulsión dominante de las clases económicamente fuertes que agitan el fantasma de la voracidad de las pobres como causante de sus más diversos problemas. Y eso es algo que ni la integración en el espacio continental ha logrado frenar, casi siempre favorecido por ese oscuro clima xenófobo que el desbordamiento migratorio ha acabado por potenciar hasta el paroxismo. Con la lengua como excusa, por supuesto. Hoy no es raro que en Flandes o en nuestras propias “nacionalidades” se imponga la lengua indígena por encima del Estado y, lo que es peor, con la anuencia del Estado. Bélgica va a desaparecer sin ruido siquiera, aunque nadie tenga idea de que hacer al día siguiente con sus tristes pedazos.