Ojos cerrados

“No entiendo por qué hay que investigar algo que no está demostrado”. Fulminante y apodíctica, la diputada de Bienestar Social que se empeña en no conocer por su propios y sobrados medios qué ha ocurrido o está ocurriendo de verdad en la casa de acogida de Ayamonte. ¡Pero si estuviera demostrado ya no habría nada que investigar, criatura! Es ante esta situación de denuncias no probadas sobre materias tan sensibles, cuando habría que reaccionar por lo menos interesándose por unos hechos que tienen visos de no ser precisamente una invención. Porque si al final de prueba que realmente la realidad es la denunciada, la responsabilidad de la Diputación sería ya entera y plena. Cerrar los ojos no suele valer de mucho; tratar de cerrárselos a los demás es normalmente inútil.

Teoría del complot

Hay quien anda diciendo por ahí que la crisis económica habría sido provocada, no sólo por los grandes especuladores recocidos como Madoff o Goldman Sachs, sino por una legión menor especializada en la explotación de sus desastrosos efectos. La actual ola alcista de la Bolsa, sin ir más lejos, demostraría tal vez que los mismos que dieron lugar a la catástrofe han aprovechado luego para medrar en el negocio que ofrecían sus escombros y, de hecho, la irresistible ascensión de algunos de nuestros valores sugiere que, en efecto, en poco tiempo pueden haberse fraguado multitud de fortunas. Jacques Attali ha sostenido sagazmente que, cuando ocurren acontecimientos de esa envergadura, la opinión pública no se da por satisfecha con un “responsable” sino que precisa un “culpable”, razón por la que no suele tener bastante con un “móvil” sino que busca un “complot”. Pudimos comprobarlo cuando el atentado de las Torres Gemelas con la eclosión de una inacabable propuesta de conjuras más o menos enigmáticas de las que unos años después apenas queda más que un vago recuerdo, y acabamos de verlo con motivo de la crisis económica, atribuida los mismo a la gran banca que a las petroleras, a los judíos, a los inversores en oro, a China, a los EEUU, al Partido Republicano, a la CIA o a los islamistas, a cada uno con su imaginaria cuenta y razón. Parece que no hay respuesta aceptable para la opinión al margen del complot y en ello ve Attali nada menos que la manifestación de impotencia de la Humanidad frente a su destino una vez que ha sido desbordada por los propios sistemas que ella misma creó, empezando por el Mercado. El complot se ha convertido, en todo caso, en una opción recurrente en la que se espera encontrar una satisfacción mayor que en cualquier otra. Sin un culpable parece que no somos nadie.

Hay razones, sin embargo, para pensar que la inclinación hacia las teorías conspirativas no se deben en exclusiva a esas seísmos del psiquismo colectivo, sino que son también consecuencia de la creciente complejidad de un sistema de relaciones sociales en el que el Poder, esto es, los poderes, disponen de una capacidad de maniobra que ha crecido exponencialmente a rastras de la evolución tecnológica y, como consecuencia de ellas, a inmensas, casi ilimitadas, posibilidades de control social. Un broker puede hoy volar un banco neoyorkino desde Hong Kong y eso es algo que se parece demasiado a las fantasías de Fu Man Chú como para no caer en la tentación que nos ofrece la teoría del complot. Porque en lo que no cabe creer es en la generación espontánea o natural de una crisis que venía siendo anunciada desde hacía tiempo, quizá el tiempo necesario para que los conspiradores urdieran a conciencia su trampa. Pocas dudas caben de que la realidad puede ser mucho más desbordante que la fantasía.

Ninguno se libra

Mientras no ceja de acusar al PP de proteger a sus “imputados”, el PSOE hace lo propio con los suyos cada vez que se tercia. La última ocasión se ha producido en Bollullos del Condado, donde el partido, por razones que él sabrá, ha cerrado filas con el ex-alcalde y los tres ex-concejales actualmente imputados por presuntos delitos de prevaricación, falsedad documental, malversación de caudales públicos y fraude en la contratación, en un caso, además que, al menos en lo hasta ahora conocido, parece bastante claro. Ninguno se libra a la hora de pagar la misma moneda que se pretende cobrar a los demás, con independencia de que pueda haber razones que “expliquen” el apoyo. Eso es precisamente lo peor de estas miserias y lo más desmoralizador.

Teatro político

Difícil de tragar esa pirueta del autodidacta del PSOE, Mario Jiménez, anunciando su oposición de la Junta al Ministerio. ¡El PSOE andaluz oponiéndose y denunciando al “Gobierno amigo”! A otro perro con ese hueso, a no ser que hayan asumido definitivamente lo de tomarnos por tontos. Si la Junta quisiera habría ido directamente a Madrid y a cencerros tapados, vía institución o vía partido, para solucionar el contencioso de Ercros y defender a sus trabajadores. Debe de haber, por tanto, otras razones (lograr mayor publicidad, castigar a CCOO, vender más caro el favor…) que Jiménez, como es natural, no ha expuesto en público. Teatro político, pura función para entretener y provocar el aplauso. Queda por ver si el público traga o rechaza el paripé con su silencio.

Libertad religiosa

Coincidiendo con la prohibición de besar al Apóstol dada en Santiago como providencia contra la gripe porcina, el jerifalte de los islamistas españoles, Mansur Escudero, en un arranque de raro ecumenismo, acaba de invitar a la parroquia hispana al completo a unirse con los dos millones de sus devotos a los cultos y purificaciones del Ramadán. Yo no sé cual sería la reacción de Mansur si el sínodo de nuestros obispos replicara su gesto invitando a los musulmanes a concelebrar la Cuaresma con la grey cristiana, pero mucho me temo que no aceptara la invitación. En Lepe, por otra parte, según anuncia triunfante la web islámica que me señala Javier Caraballo, los moritos de la fresa han culminado las obras de su mezquita adaptando una carpintería del barrio de Blas Infante –nótese la ironía de la Historia—y hasta se han pertrechado de nuevas tecnologías para alumbrar y acondicionar el clima del templo, lo que no deja de resultar estupendo por más de un concepto. Bien, todo marcha viento en popa en el Islam español, cosa que no puede decirse de una catolicidad inmemorial que, a partir de septiembre, verá cómo le tiran por la ventana el crucifijo del aula para satisfacer la creciente demanda de laicismo militante protegida por los poderes públicos. En muchos países islámicos, en la mayoría, el solo hecho de apostatar supone jugarse la vida; en el nuestro, esos poderes han apostado sin reservas por los credos sobrevenidos y contra el tradicional. Aquí vale la etnografía de cualquiera menos la propia.

Recuerdo unas páginas de Claudio Magris, escritas hace una década, en las que, defendiendo la laicidad, se oponía al laicismo radical en términos de deslumbrante lucidez: hay que distinguir –venía a decir– el ‘laico’ del ‘laicista’, porque éste, desde su arrogancia agresiva e intolerante (sic), resulta, en fin de cuentas, la simple imagen especular del clericalista cerrado en banda. Nada se parece más a un creyente fanático que un laicista intolerante. Y ése puede ser tiro que salga por la culata. La única misa masiva que yo recuerdo en la parroquia de la Complutense fue un desagravio espontáneo provocado por un majareta que, en plena noche de piedra franquista, arrojó el crucifijo del aula por una ventana de la Facultad, y pocos estupores de la izquierda como el que vivió cuando Tierno –que nos había dicho siempre que, en su fuero íntimo, era “prudentemente agnóstico”—confirmó sobre su mesa municipal el crucifijo de toda la vida. Se ha sostenido que la laicidad no tiene enjundia doctrinal porque, realmente y contra lo que crean los estrategas de pacotilla, no es sino un ámbito mental. Unamuno pensaba que no era adecuado ni quizá posible defender el cristianismo a cristazos. Alguna minerva oculta debería advertir a esta “morisma interior” de que lo contrario tampoco lo es.

Imparable Andalucía

Muy por debajo de la media nacional, más de uno de cada siete andaluces ha de aviárselas para vivir con mil euros raspados al mes, un dato al que si se le suman los cientos de miles de pensionistas que cobran –también bajo la media española—menos de 700 euros, ofrece una imagen desoladora de una región que, tras treinta años de hegemonía socialdemócrata, no es la arrolladora realidad que quiere pintar la Junta sino un casi inexplicable fracaso. ¿O será que la realidad es diferente a la estadística y esos andaluces reciben bastante más de lo que dicen recibir en el medio idóneo que les ofrece la economía sumergida en una sociedad subsidiada? Seguro que nuestros poderes públicos no quieren ni por asomo conocer las respuestas.