La burbuja valverdeña

Denuncia la Oposición del Ayuntamiento de Valverde que los trabajadores del consistorio ni siquiera han cobrado todavía la nómina correspondiente al mes de mayo, aparte de otros flecos que cuelgan desde hace meses. Y reconoce que la situación es mala para todos pero en especial para los malos administradores que, encima, se homenajean a sí mismo con mariscadas cuando se tercia. Lo que no dice esa Oposición es que en Valverde se podría “recortar” mucho sólo prescindiendo de enchufados familiares y de partido, y del desproporcionado aparato de propaganda del alcalde (una tv, una radio, un periódico para un pueblo de 12.000 habitantes), aparte de reducir los salarios impropios que cobran los que mandan.

El estado asesino

A media noche del viernes fusilaron, al fin, en la prisión de Utah a Ronnie L.Gardner. Le dieron a elegir el tipo de castigo y él eligió el pelotón despreciando su alternativa, que era la inyección letal. También rechazó el privilegio de la última cena por absurdo y para abreviar el trance. De manera que fue conducido vacilante hasta una estancia y atado con correas a una sólida silla situada ante un paredón de madera en un siniestro estrado. En el pecho le colocaron una escarapela roja fijada con velcro para que los cinco escopeteros afinaran la puntería, un  total de diez disparos a quemarropa. Es más rápido, más económico, según dicen, el viejo procedimiento castrense que viene del predador ancestral, aunque no cabe duda de que esa suerte de guiñol permite entrever más a las claras brutalidad del suplicio: diez balazos a bocajarro sobre un cuerpo inmóvil. Dicen que la última víctima, un tal Taylor, eligió también el pelotón “para avergonzar a la autoridad” y que hay en la actualidad, en todo caso, otros cuatro presos dispuestos a repartirse otras cuarenta balas. En cuanto a Gardner –reo de asesinato en su juventud—no ha llegado al paredón antes de cumplir veinticinco años en el corredor de la muerte, una condena de órdago si, por ejemplo, la comparamos con las que cumplen nuestros asesinos. ¿Para qué matarlo a estas alturas, entonces? Pues según la autoridad concernida porque Gardner no debía pagar sólo a los deudos de su víctima sino a la sociedad. La Sociedad, ese monstruo insaciable, ¡qué gran excusa! Desde 1976, año en que se restableció la barbarie en los EEUU, a la Sociedad han pagado ya otros 1.217 pringaos, incluidos inocentes luego probados y varios retrasados mentales. A algunos incluso se les ha dado, como ven, la opción de elegir.

 

Ninguna de las polémicas que giran alrededor de la pena capital es comparable al farisaico debate de la “humanidad” del método. No sólo porque todos los imaginados hasta ahora resultaron ser atroces, sino porque lo que esconden todas ellas es la ilegitimidad radical de la pena misma. ¿Quién puede arrebatar la vida a alguien en nombre de la defensa de la sociedad pudiendo garantizar ésta manteniendo aquella a buen recaudo? ¿Y qué quiere decir, en el marco de una sociedad civilizada, que un suplicio es más “humano” que otro cuando lo que el suplicio conlleva, por encima de todo, es el argumento definitivo de la pérdida de la vida? No hay métodos piadosos en el cadalso, sino impiedad y degradación de la justicia en venganza. La imagen de un hombre desvencijado con un boquete abierto en el pecho por diez balazos lo dice todo sobre el humanismo de los verdugos.

Qué más da

Gran noticia: la Cámara de Cuentas no se renovará hasta después del verano. ¿Se imaginan cómo podrá sobrevivir la autonomía a ese retraso de tres meses? No se recuerda una sola denuncia de ese organismo leonino que haya tenido la menor repercusión práctica en la buena marcha de una gestión económica tantas veces, eso sí, calificada de desastrosa. Entonces, ¿para qué necesita Andalucía esa Cámara que tan práctica ha resultado a la hora de inventarse sus propios privilegios pero que no ha servido absolutamente para nada a la hora de librar a las contabilidades públicas de sus vicios y mamelas? Los partidos saben muy bien lo que se hacen. Pocos ejemplos mejores que éste de la Cámara de Cuentas.

Las cuentas, claras

Mal ha quedado el PSOE tras el linchamiento del alcalde de la capital por parte de Mario Jiménez que lo ha acusado hasta de avaro. Porque el alcalde ha salido a la palestra para recordar, además de que esos sueldos fueron pactados con el PSOE e IU, que no sólo no se opone al “recorte” del 15 por ciento acordado por la FEMP sino que aumentará su rebaja personal hasta un 18 por ciento. Sería cosa ahora de que la presidenta de la Diputación recortara también el suyo renunciando, por ejemplo, a sus numerosos consejos y a sus dietas, pero dudo de que eso lleguemos a verlo.  La política no debe ser nunca un negocio. En tiempos de crisis, que lo sea es un escarnio.

El caballo negro

En la visión apocalíptica, el caballo negro es el hambre, el azote que sitúa la injusticia social a la altura de la violencia física y la muerte. El caballo negro y el jinete que lleva la balanza en la mano, la voz que hablaba del pan y el salario de cada día, es decir, de la explotación de la necesidad y del abuso del lujo. El caballo negro ha cabalgado siempre pero acaso nunca como hoy. Se amontonan los datos difíciles de asumir, incluso de creer, para nosotros los privilegiados que una y otra vez prometemos la ayuda de nunca acabar. Hay que repetirlo: más de media Humanidad vive con menos de dos euros al día, según los expertos del Banco Mundial, mil millones de “criaturas” –como dicen nuestras ministras– se las apañan con un solitario dólar. Esos mismos expertos sostienen que el mundo rico se gasta cuarenta veces más en cosméticos que en donaciones contra la plaga del hambre: “el aceite y el vino (el lujo), no lo dañes”, reprocha el Apocalipsis. Es la “obscena desigualdad” que denuncia Mandela, el gran fracaso de un mundo sobrado de recursos, en el que una de cada tres personas padece hambre crónica, en el que esos mil millones de niños son víctimas de la pobreza, de la guerra y del sida, mientras los nuestros se aburren en la sobreabundancia. ¿Sabían que uno de cada diez de los niños del mundo pobre no alcanzará los cinco años y que en esa vasta área –Asia meridional sobre todo, África casi al completo, buena parte de Sudamérica pero también zonas de la Europa del Este–  fallecen al día 25.000 de ellos a causa de enfermedades fácilmente evitables? Pues créanlo porque es cierto y comprobado. ¡Lo que sobran son demostraciones! Y las mujeres, por descontado, llevan la peor parte en la estadística. El caballo negro cabalga piafante como si se acabara de abrir el “tercer sello”. La especie no ha superado nunca la ferocidad cotidiana aunque haya sofisticado eficacísimos sistemas para disimularla. Incluyendo el de su exhibición: nada narcotiza tanto la conciencia como la repetida contemplación del mal.

 

Estos mismos días asistimos en Sudáfrica al gran montaje de la ocultación. Obscena desigualdad, en efecto, la que nos oculta la propaganda al mostrarnos el esplendor. Pero no hay que ir tan lejos. Aquí mismo, en Europa como digo, en la misma España, donde la denostada Iglesia mayoritaria, a través de sus organizaciones, hace encajes de bolillos para multiplicar los panes y los peces prodigando la sopa boba, mientras se ultima contra ella el borrador de una retrógrada ley y desde cierto radicalismo impotente se reclama que se le suprima la ayuda estatal. Mala cosa que hasta el Apocalipsis permita  una bergmaniana lectura actual.

Tardío pero cierto

No hay quien reconozca a estos sindicatos mayoritarios oyéndolos reclamar nada menos que la “rebelión” de los ciudadanos contra el recorte de derechos que Europa y el sentido común imponen. ¿Son esos síndicos los mismos que no han parado de posar sonrientes junto a ZP o Chaves en los últimos siete años? Desde luego no se les reconoce ni por el forro, pero se entiende que hayan de montar el número dada su desairada situación. Ya veremos qué ocurre de aquí a la huelga general anunciada y, sobre todo, cómo se desarrolla ésta, pero es obvio que ese recurso llega tarde, cuando ya a casi nadie escapa la connivencia sindical que tanto ha contribuido a ahondar nuestra ruina.