La misma piedra

Coincide con el éxito rotundo obtenido en el festival de Cannes por la película que Xavier Beauvois ha rodado sobre la experiencia y la tragedia de los monjes trapenses del cenobio argelino de Tibhirine, raptados y masacrados en 1996 por extremistas islámicos, “Les hommes et les dieux”, la noticia de que numerosas voces se han alzado en el seno del PSOE reclamando –en vista de la situación, realmente paradójica, en que el recorte de derechos sociales ha dejado átona a una izquierda a la que la derecha reprocha su abandono de los más débiles—mano dura con los bancos, con los ricos y con la Iglesia. Imagino que pocas voces habrá que se yergan contra lo primero porque si en esta crisis hay una evidencia de culpa, ésa recae en el sistema financiero, y me figuro también que sólo los ricos saldrán a defenderse, incluyendo a los muchos sobrevenidos precisamente en el ejercicio de la política desde el propio PSOE. Ahora bien, lo de la Iglesia resulta ya más vidrioso aunque sólo sea porque la historiografía seria de la II República es unánime al considerar que quizá ningún  error contribuyó tanto a su descalabro de la izquierda como el de recuperar, exacerbándolo, el tradicional anticlericalismo post-romántico. Se entiende, ya digo, que la militancia, e incluso al electorado, de esa sedicente izquierda que rompe el ajuste congelando las pensiones al tiempo que coquetea con el despido más o menos libre que reclaman los freemanianos, se sienta ideológicamente desnuda al ver, finalmente, al descubierto la insustancialidad de una actitud no sólo sin rastro de utopía sino entregada con armas y bagajes a esa lógica neoliberal que todo lo invade y está afirmando sin remedio la premisa de que no existe más modelo político y económico viable que el que consigue jibarizar el Estado y dejar el destino en manos del Mercado. Lo que no se ve es que esa orfandad tenga poco ni mucho que ver con un laicismo agresivo decidido a repetir el error de la persecución.

 

Puede que no se hayan dado cuenta de que esta sociedad tiene poco que ver con la española de los años 30, pero ese reflejo demagógico conlleva un inevitable tufo soviético que hoy resulta no sólo insensato sino despreciable y que contrasta, curiosamente, en su rancia factura antirreligiosa, con el imprescindible respeto a la intimidad y a las creencias que hoy exige la opinión. Sabemos que la izquierda ha perdido el norte y que esta crisis la está noqueando. Más pronto que tarde comprobaremos que sacar al tragacuras del desván no va a solucionarle ese problema a quienes, por lo visto, no saben ya siquiera ni quiénes son.

La guerra del paro

Curioso contraste el que ofrece esa diputada sociata de Jaén negando la realidad del paro con los argumentos más manoseados, frente a la defensa que, ante el ataque de la derecha catalana al subsidio agrario, ha hecho, desde la derecha, Javier Arenas. Pertenece la senadora jiennense a esa banda de mantenidos por la política que es la única que no sabe lo que es buscarse la vida por medios propios ni lo que supone el riesgo del desempleo. Seguro que cambiaba de opinión si, como sería de lo más lógico, se “recortara” gasto suprimiendo el Senado que la mantiene a ella mano sobre mano. Aunque lo suyo sería que, por vergüenza torera, su partido la enviara a los albañiles. Con el permiso de éstos.

Candidato a palos

Se da marcha atrás ahora en el PSOE onubense para postergar la presentación del candidato/a a la alcaldía de la capital, que se había prometido para junio. Y se explica, porque en ese negocio no hay un forcejeo por entrar sino una desbandada para escapar al brete que las encuestas se están encargando de azuzar. Quien se presente frente a Pedro Rodríguez lo va a hacer como “candidato/a a palos”, incluso si le ofrecen la compensación en la presidencia de una hipotética Dipu. Por eso y no por otra cosa retrasan una y otra vez el anuncio, tal como ya hicieran cuando mantuvieron tapada a Parralo y al pobre José Juan en lamentable exposición, hasta que fue demasiado tarde.

Lecciones impropias

No nos faltaba otra penitencia a los españoles que recibir rapapolvos de esa presidenta argentina, sucesora de su propio marido, que constituye por sí misma un paradigma perfecto de la corrupción política, acusada como está de haber arramblado fondos millonarios para su campaña electoral o multiplicado por 9 su fortuna matrimonial en los 9 años que llevan controlando la vida pública argentina. Acusa la dama a la Justicia española de perpetrar una “regresión de los derechos humanos” por haber procesado al juez Garzón, siempre desde la idea tópica de que la causa de esa medida habría sido la investigación de los crímenes de la dictadura y no su presunta prevaricación al invadir –desoyendo al mismo fiscal que hoy pide su absolución—terrenos procesales ajenos. ¿Es posible que semejante bronquilla nos venga de un país que toleró una de las más atroces dictaduras del siglo y que luego indultó a los verdugos que hoy siguen viviendo en sus domicilios? A mí me toco vivir en Argentina, tras la llegada de Menem, la intensa campaña, apoyada por los círculos más progresistas, a favor de la amnistía de los verdugos, que recuerdo que ese excepcional cómico que entonces era Enrique Pinti ridiculizaba hasta el delirio frente a un país admirablemente habituado a pasar página tras página de un pasado en el que la infamia ha sido el bramante capaz de conciliar a tirios y a troyanos. Muy mal debe de andar Garzón cuando busca amparo en las faldas de esa autócrata que trata de reproducir en caricatura el arcaico perfil peronista.

 

Claro que mucho más grave que la patochada de la Kirchner ha sido el intolerable ataque que el presidente del Poder Legislativo, José Bono, ha dedicado al Poder Judicial, sin escatimar juicios de intenciones ni dejar de alegar razones que resulta  desmoralizador que no hayan recibido respuesta adecuada desde al TS ni desde el CGPJ. Esa opinión debería bastar para que las propias Cortes se plantaran ante su Presidente exigiéndole la inmediata reparación del ultraje que arruina sin remedio la división de poderes en que se asienta la democracia, o para que el propio Gobierno –por la cuenta que le debe tener—exija que no se comprometa el fundamento último del sistema de libertades. Cuando Guerra habló de la muerte de Montesquieu no tenía, probablemente, ni idea de hasta dónde llegaría este insensato desafío en boca de quien, como Bono, hasta puede que esté tratando de desviar la atención que tanto la opinión como la Justicia dedican a un político enriquecido cuya hija de 10 años paga una hipoteca de 100.000 euros. Como la Kirchner quizá. Hace mucho que se dice que la mejor defensa es un buen ataque.

Voluntad política

Ha dicho la consejera de Presidencia que la Junta tiene “voluntad política” de aplicar el recorte al agujero negro de las empresas públicas que nos están arruinando pero que habrá de esperar a que, desde Madrid, el Gobierno de verdad le diga al Gobierno autónomo lo que tiene que hacer. Ya es tautológico eso de que los políticos tienen voluntad política, desde luego, pero lo grave es esa exhibición de seguidismo y sometimiento que no casa con la autonomía ni con cola. Comparada con las autonomías ambiciosas que el Gobierno central protege, la nuestra es una simple secretaría. Ya ven qué doble maleficio castiga la suerte de nuestra comunidad.

Rara condición

Se explica con facilidad que el PP reclame austeridad a la Diputación y exija a su Presidenta que –igual que ya decidió el Ayuntamiento– se bajen sus fabulosos sueldos renunciando, además, al boato de unas instalaciones caprichosas que cuestan un millón de euros al año. Lo que no se entiende es que le dé ese plazo de 10 días para rectificar bajo la amenaza de que, en caso contrario, denunciará ante la Justicia que la adjudicación del contratazo fue irregular. Porque si cree que fue irregular, ¿cómo no lo ha denunciado desde el primer momento, y a qué viene, encima, lo del plazo de 10 días? Lo de la Dipu es intolerable y su despilfarro insostenible. ¿Hace falta algo más para que la Oposición actúe sin pensárselo dos veces?