El huevo de Colón

La oposición municipal del PSOE en la capital debe de ser la peor conocida hasta ahora, y eso que se han conocido algunas de aúpa. ¡Mira que enfrentarse a dentelladas para impedir que el monumento a Colón no goce de las garantías que la ley puede ofrecerle ni pertenezca a los onubenses a través de su Ayuntamiento! Una de dos, o han perdido el rumbo definitivamente, o están atrapados en su absurda estrategia de negarse a todo lo que no salga de ellos mismos. Los más torpes que se recuerdan, hay que insistir en ello. Como el personal lleve la cuenta de lo que hace y deja de hacer en la capital esa tropa, a esa oposición le queda una eternidad por delante para seguir llevando la contraria.

Vender sexo

Nadie ha leído todavía por aquí la novela en que Sharon Dogar recrea el mundo de Anna Frank aplicando el foco morboso a la presunta relación sexual de la desdichada adolescente con su famoso compañero de escondite, aquel Peter junto al que ella, vagamente enamorada, cuenta que se sentaba en silencio en su desván “a contemplar el cielo azul”. Su solo anuncio ha provocado reacciones muy diversas, desde las que defienden al derecho narrativo a imaginar libremente la desgarradora experiencia vivida por una Ana de carne y hueso, hasta quienes reniegan –me temo que en vano—frente a lo que consideran una vidriosa explotación de aquella tragedia al exhibir circunstancias imaginarias o censuradas en su día por el padre de la víctima. Supongo, por otra parte, que, para los lectores de mi generación, el sexo explícito ha de resultar no poco extraño a una historia sagrada que ni siquiera la sugerente imagen de Millie Perkins en la famosa película que, en los amenes de los 50, Audrey Hepburn no se atrevió a vivir, sobrepasaba el nivel de un platonismo circunstancial si acaso picado aquí y allá por las agujas de un deseo emergente en pugna con los prejuicios morales. ¿Hubo algo más que palabras y pulsiones románticas entre los dos jóvenes escondidos de la Gestapo, merece la pena descender por debajo del delicado clima que revela el Diario añadiendo unas escenas escabrosas que seguramente contribuirán al negocio de las ventas pero sólo en razón de la rijosa curiosidad del público? Francamente, para quienes leímos con unción esa crónica de la desdicha que acabaría nada menos que en los campos de concentración nazis, este pretendido realismo no deja de resultar gratuito y, en cierto modo, profanador, no porque el sexo posible, tal vez probable, en aquellas circunstancias (ni en ninguna otra, en principio) tuviera algo de reprobable sino por algo tan elemental como es el respeto a la desgracia supina. La Anna Frank que yo leí antes de cumplir los 20 años podía resultarme –ya entonces—acaso un punto romántica y pajarera. Pero palabra que un par de achuchones no van a redimirla, aunque puede que sí a banalizarla.

 

He usado a propósito la palabra de Hannah Arendt, banalizar, porque eso es lo que me parece que supone añadir mondongo al guiso viudo pero emocionante que hervía en aquel puchero conmovedor. En literatura desteto la casquería. Y en cualquier situación reclamo el máximo respeto por unos humillados que sufrieron demasiado para que ahora vengan cualquier mercachifle a hurgarles en los menudillos. Aparte de que, a veces, los mitos son intocables. Y en la Europa de postguerra, el de Anna Frank jugó un papel que no merece acabar en la serie X.

El estatuto cojo

No sé si el argumento de la portavoz de la Junta –que la inconstitucionalidad declarada de un  precepto o de una norma no puede extenderse a otra que no haya sido recurrida—será suficiente o no para salir del paso, pero es evidente que, en todo caso, alguien debe tomar las medidas precisas para eliminar al absurdo que supone mantener en nuestro Estatuto preceptos ilegalizados expresa y concretamente por el TC en el de Cataluña. Porque lo que no pretenderá es sugerir que, tras esa ilegalización de lo igual, no ocurre nada y las cosas siguen como estaban. Un Estatuto frankenstein debe ser reparado sin pérdida de tiempo ni juegos de palabra.

La vía rápida

Ahora resulta que la descatalogación que era requisito para la instalación del Parque Científico de Aljaraque, y que era competencia del Consejo de Gobierno, se solventó con una simple orden de la consejera breve, Cinta Castillo, en plan yo me lo guiso y yo me lo como. No es que me extrañe en el personaje, pero en modo alguno cabe culparla a ella sola de ese salto mortal que el gobiernillo regional debió advertir y excusar. Que estas cosas ocurren, además, por elevar a gente sin base a puesto altos, desde luego. Pero también es cierto que ocurren, sobre todo, por situar en esos puestos a gentes dispuestas a todo.

Una de Salomón

El numerito final montado por el TC para salvar a gusto de todos (y de nadie, claro) el Estatut catalán me recuerda una escena que vi hace años en alguna película de guerra americana y en la que cierto mandamás cortaba en seco las objeciones críticas de algún subordinado escrupuloso con un argumento que, vuelto del revés, podría haber usado la muy parcial presidenta de la casa para poner orden entre sus magistrados: “No estamos aquí para practicar la democracia sino para defenderla”. Y a partir de aquí se precipitan las perplejidades. ¿Por qué ha tardado cuatro años ese órgano bienpagado si resulta que la sentencia podía hacerse en un día? ¿Cómo puede decir la vicepresidenta primera del Gobierno –la misma que fue filmada abroncando en público, como a una mandada, a esta otra  cuestionada presidenta—que una sentencia que confirme en un hipotético 92 por ciento el texto recurrido es una buena sentencia? ¿Acaso entiende que un 8 por ciento de inconstitucionalidad es cosa baladí? ¿Y cómo se pretende colar este pésimo ejemplo de cambalache en virtud del cual un tribunal ha logrado –¡tras cuatro años de espera, no se olvide!—salvar la papeleta a base de cambiar cromos entre sus miembros en plan éste para ti si tú me das aquel? ¿Qué significa, por lo demás, esa convocatoria del pueblo a manifestarse “bajo la senyera” lanzada por el presidente regional que se presenta como el posible pródromo de tristes experiencias ya vividas en una época bien distinta? No sé, la verdad, pero no entiendo ni el pesimismo de unos ni la satisfacción de los otros. ¿O es que 14 artículos declarados inconstitucionales, 27 sometidos a interpretación y el desmontaje legal de esas dos gemas de la joya de la corona condeferal que son el título de nación y la “preferencia” de la lengua local no suponen un palo tremebundo para compensar la insensata tolerancia usada con el resto? Ni Salomón borracho trocea ese niño tan malamente.

 

Sí, el TC ha jugado una vez más a eludir la defensa de la democracia con el ardid de practicarla, como si a los ciudadanos, al interés común de la única nación, les importara un bledo las componendas de esos ropones que en poco tiempo volverán a la nada política de la que surgieron. Porque aunque hayan salvado a España de palabra han dejado su existencia real a los pies de los caballos. ¡Y para eso han echado cuatro años, las criaturas! Sólo por curiosidad, los ciudadanos deberían enterarse de cuánto les ha costado la hazaña de esos guardianes de la Constitución que han terminado repartiéndose su túnica ya que rifársela hubiera sido demasiado. Incluso para la vicepresidenta segunda y su obediente abroncada.

La bicoca de las Cajas

No hay más que ver el desasosiego con que la Junta y el PSOE están viviendo la llamada “reforma” de las Cajas para comprender que en el negocio se juegan bastante más que el fuero. Las Cajas han sido la mayor arma del “régimen”, que no sólo las ha utilizado como inmenso pesebre para sus adictos y como madrina de partido, sino como financiadora imprescindible del disparate autonomista. Griñán sabe que quedarse sin las Cajas es perder el equilibrio y quizá el poder, y desde luego no veo yo que sus opositores muestren mayor entusiasmo que él por ponerlas a salvo de los partidos. Todos ellos han mamado de esa teta inagotable cuyo agotamiento ha desvelado la crisis.