Quiénes somos

No sé por qué, desde la escuela, me asiste la idea de la superioridad de los cromañones sobre los neardentales, o sea, de nosotros –arios o no, todas las razas de Sapiens sapiens incluidas—sobre esa incierta especie humana considerada, por lo común, como una desviación deteriorada del Hombre del Génesis. Se ha hablado –han hablado los paleontólogos, los etnólogos y cía.—de ciertas peculiaridades del cráneo, del tamaño del cerebro, del rastro cultural primitivo que dejaron los desaparecidos neardentales que, durante miles y miles de años, compitieron con nuestros superdotados ancestros por el dominio de este mondo cane. Y bien, no parece tan sencilla la cosa, al menos de creer a los sabios que aseguran ahora que entre ambas Humanidades, digámoslo así, no sólo hubo contactos sino que, hace millares de años, se produjeron sucesivas hibridaciones que dieron lugar a determinadas características que aún conservamos. Confieso que, desde hace más de tres lustros, me declaro adicto a la obra de Juan Luis Arsuaga, uno de los sabios de Atapuerca que, con el título El collar del neardental, me convenció de que ambas ramas humanas habían recorrido paralelas pero también tangentes largos eones y vastas perspectivas, acaso incluyendo los contactos que justificarían las afinidades reconocidas entre ambas. Pero ahora nos han dado una clave suprema: que nosotros, los listos, llevamos en nuestro cariotipo un dos por ciento de genes neardentales heredados de aquellos ignotos amoríos, genes responsables, por ejemplo, a través de algunos de segmentos cromosómicos, de ciertas limitaciones de nuestra inmunología, como las que propician el tabaquismo o la depresión. Pidan explicaciones al maestro armero, no a mí.
Gran misterio el de las especies o, si prefiere, el de las razas, pero gran lección de humildad ésta que nos han arrimado los especialistas de sabernos hermanos de sangre, más bien primos lejanos, de aquellos que hasta ahora han venido mirando por encima del hombro, no sólo esos “arios” bajitos y de pelo negro, como Hitler, sino la generalidad de los occidentales instruidos en nuestro pasado. El Génesis se ha revelado como una síntesis simplificada o una delgada metáfora del misterio de la vida superior en la que, como ven, hay que incluir como criaturas divinas a los pobres musterienses. Somos parientes de aquellos caníbales rituales que adoraban al oso de las cavernas, que le vamos a hacer. Los planes de Dios, ya saben, son inescrutables.

Los interventores

Un Interventor del Estado de los de toda la vida solía ser un señor muy serio que adornaba esa virtud embutido en un cumplido abrigo y tocado de un sombrero que su secretaria cepillaba con celo llegado el caso. ¡Valientes eran los Interventores! Doy fe –pueden darla muchos funcionarios de carrera de los antiguos—de que hasta el ministro correspondiente procuraba, a través de sus tentáculos, llevarse bien con él, no chocar nunca contra la roca de sus objeciones, pactar cuando no había otro remedio una solución para el caso. Hoy, en la Administración autonómica, al menos en la Andaluza, puede decirse que ese fenotipo se ha extinguido tras perder la batalla –si es que no la guerra—con los políticos de turno. ¿Un interventor que se resiste? Pues se le da un tantarantán administrativo y a otra cosa. A alguno bien dotado hemos visto acabar prejubilado y en el diván del psiquiatra, vencido por la absoluta falta de respeto a la Ley que hoy impera allí donde ni siquiera se cumplen las sentencias de los tribunales. ¿Que exagero? Oigan a los Interventores deponentes en esa Comisión quejarse de un trato vejatorio que va desde el desdén por sus informes, sean o no “de actuación”, hasta un tira y afloja que lleva costado a la Junta tres en un año. En el ninguneo de esos funcionarios encargados de “certificar la legalidad del gasto” reside la clave de las vergonzosas corrupciones a causa de las cuales tenemos ya hasta dos ex-Presidentes de la Junta imputados y con un pie en el banquillo.

Una Administración sin el control de una Intervención eficaz es una huerta sin vallar. Y la Junta no tiene vallas, en efecto, por lo que sobre los robaperas venimos sabiendo desde hace unos años. ¿Nos estaremos haciendo viejos?, me pregunto inquieto, recordando nuestras vehemencias juveniles de funcionarios por oposición de las de antes. Pues yo creo que no, que más bien es que no salimos de nuestro asombro al ver que el desprecio hacia los Interventores se ha convertido en una norma de obligado cumplimiento político. Explíquenme si no por qué la Junta lleva tres en un año y cuál es la causa de que para sustituir al último haya habido que hacer una novena o, si lo prefieren, denme una sola razón que justifique que la Junta no mueva un dedo siquiera ante los famosos “informes de actuación”. La clave de la corrupción, no hay duda. Mientras no se rehabilite a esos funcionarios, la garduña seguirá haciendo de las suyas y el peatón pagando cada día mayores impuestos.

La yenka de la Junta

La Junta de Andalucía celebró hace bien poco la sentencia del Tribunal Supremo que disponía la demolición del hotel de El Algarrobico, en pleno Parque Nacional del Cabo de Gata, y hasta llegó a pactar con el Gobierno de la nación los gastos que habría de provocar esa demolición. En sólo esos días contados que decimos, la Junta vuelve a dar el paso atrás, una vez más, y decide recurrir la sentencia al propio Supremo en lugar de recorrer la vía contencioso-administrativa que le indicó el TSJA. Luego no quieren que el personal piense que la Junta, su partido o quien sea anda empeñado hace años, sólo Dios sabe por qué intereses, en mantener en pie ese atentado medioambiental. Pero eso es lo único que le queda al ciudadano, incapaz de entender esta yenka que la Junta lleva bailando desde que comenzó el pleito. Chaves y Griñán sabrán el por qué, pero doña Susana también.

La mujer ideal

Se acaba de celebrar el “Día de la Mujer Trabajadora”, como si existieran, aparte de una minoría elitista, mujeres que no trabajan. Es una reivindicación feminista extremada que, a mi modo de ver, desprecia el trabajo doméstico de tantos millones de madres de familia cuyo homenaje parece que no fuera necesario, al tiempo que reclaman el aumento de la representación femenina en la política y en los altos cargos de la empresa privada que, nunca sabré por qué, creo que es la Comisión Nacional del Mercado de Valores la que la calcula ahora en un 30 por ciento del total. Por otro lado, las “mujeres progresistas” del pueblo alicantino de Bigastro han saltado a titulares por leer en misa y colgar en la Red un comunicado que parece arrancado de “Pablo y Virginia” cuando dice que “la mujer es princesa a los 15, bella a los 25, pasional a los 35, inolvidable a los 45, especial a los 75 y hermosa toda la vida”. Y en fin, escucho decir a mi lado a Salvador Sostres, en la tertulia de Herrera, que el lavaplatos ha hecho por la liberación de la mujer más que todos los feminismos. La mujer ha sido tema de debate desde siempre y si no, echen una ojeada a la Biblia o al Corán para comprobar hasta qué extremo la incomprensión patriarcal ha sido tan extremista como la demanda de igualdad del activismo “de género”. ¿Saben que una mujer española acaba de pedir que se elimine del dintel del Congreso de los Diputados la mención de estos últimos ya que no parece muy viable que se le añada “y Diputadas”? Pues así ha sido. Ya pueden desollarse en vivo los gramáticos la Real Academia que no lograrán nunca restaurar ya la lógica aplastante del “masculino genérico”.

Y todo esto sucede en un país en el que la mujer cobra en el mercado de trabajo un 20 por ciento mal contado menos que el varón, lo que supone tres puntos más que la media europea. Ya, pero ¿qué mujer, acaso las funcionarias públicas o privadas, serán las titulares de grandes carreras o tal vez las que caben en el ancho segmento laboral de los trabajos no cualificados –las modestas y pobres, para entendernos—que, al parecer, no preocupan tanto a las reivindicativas? La lucha por la igualdad lleva dentro un cuarterón clasista sin duda por ser las mujeres mejor posicionadas socialmente las que pueden permitirse el lujo de reclamarla. Mi amigo Sostres es un dinamitero dialéctico pero también el envés de ese feminismo ultraísta al que trae más bien al fresco “las que tienen que servir”.

Los interventores

La Junta lleva tres Interventores generales, si no me equivoco, en el plazo de un año y sólo a duras penas ha logrado encontrar al actual. Es normal. En la Administración autónoma nunca se creyó en la función de ese funcionario clave, considerado por sistema como un subordinado del político, pero desde que estalló el escándalo de los ERE y las prejubilaciones falsas –es decir, en el decenio Chaves-Griñán— los han reducido al pito del sereno. Entre los que ahora comparecen ante la comisión parlamentaria del saqueo de Formación, el de Huelva ha afirmado que en la gestión de esos fondos había “un 100 por 100” de irregularidades que, contra la tesis oficial, han provocado menoscabo de fondos públicos. Sólo de ellos, de los Interventores, depende que lleguemos a saber la verdad sobre lo que aquí se ha afanado, pero en el Parlamento van a encontrarse con demasiadas muletas.

Degenerando

Se repite cada dos por tres el puyazo de Belmonte dedicado a uno de sus banderilleros que hizo carrera política : “¿Y cómo ha llegado ese hombre a donde ha llegado?”, le preguntó un contertulio. Y el Pasmo de Triana le espetó con brevedad gracianesca: “Degenerando, hijo, degenerando”. Saltando de un debate a otro, del de Madrid al de Sevilla, del de la “cal viva” al de siempre, me puse a considerar lo que va de ayer a hoy, hasta qué punto el talento político ha caído en picado y nuestra vida pública se ha convertido en un botellón sin salida en el que se asfixian entre sí los que quieren entrar y los que no quieren salir. Durante la Transición –digan lo que digan los revisionistas—iba uno , yo mismo, a la tribuna de la prensa del Congreso,y se cabreaba en clave mayor con los Suárez, los Fraga, los Carrillo, los Herrero de Miñón, los González, los Alzaga, los Cisneros, los Calvo Sotelo, los Jiménez Blanco y toda esa nómina que Márquez Reviriego ha historiado con mano maestra. Hoy va uno y…, mejor no hablar. Una cosa, por ejemplo, fue decirle a Suárez que, en caso de “golpe”, se subiría a la grupa del caballo de Pavía, y otra espetarle a un ex–Presidente del Gobierno –“presuntio iuris tantum”– que tiene las manos manchadas de “cal viva”, un insulto ni siquiera original pues está calcado del que en su día hizo un etarra en la Cámara vasca. No era lo mismo la insolente carga de las Bibianas o Pajines, tan ingenua, que esta patulea encamisada que ni siquiera desdeña la “camisa nera”, con lo que ella ha significado.

Ninguna paradoja mayor que ésta: en la España del superparo, cuando casi la mitad de los jóvenes preparados andan mano sobre mano o acodados en la barra del bar, la política se ha convertido en un chollo al alcance de cualquier agitador de barrio y así –me temo—van a seguir la cosa mientras los peatones sigan fascinados por la “emergencia” política, la idea de que para gestionar la complejísima realidad pública basta con tenerla bien dura (la cara) y no cortarse ante los ancianos de la tribu. Un criminal como Otegui ha dicho que el terrorista era Fraga y no él que, fue secuestrador y pistolero la banda, y anda tan tranquilito de homenaje en homenaje. Y un piernas como Iglesias cree que una coleta y unas mangas arremangadas bastan y sobran para instaurar el “leninismno amable”. ¡Pero si han hecho de Susana Díaz la esperanza blanca! Encarna Sánchez solía decir que este país no resiste una tesis. ¡Si lo sabría ella!