La patria esférica

Da para mucha reflexión cuanto está ocurriendo alrededor de “la Roja”, es decir, no se alarmen, de la selección española de fútbol encargada casi oficialmente de sublimar en Sudáfrica las críticas penas que nos abruman. Ya saben que el propio presidente del Gobierno ha adaptado el delicado calendario político al de la competición, de manera que la sesión cumbre del año –en la que se verá, por fin, la cara a la reforma laboral—coincida con la final en la que se presume que, invicto y favorito, debería estar nuestro equipo. Y también habrán oído a Rajoy y a Bono poner a los componentes de esa selección como ejemplo para los políticos que anteponen su interés al de los contribuyentes, mientras aquellos los supeditan con decidida humildad al sentido patrio. Ya ven que el fútbol es algo más que opio para el pueblo en este inmenso fumadero para el que, según parece, no hay mejor remedio que esa copa que todos deseamos ver alzada en triunfo como panacea para nuestros males. Una encuesta reciente me llama la atención, en todo caso, al desvelarnos que seis de cada diez trabajadores españoles confiesan su desinterés por esos partidos que, a causa de la diferencia horaria, habrá que ver a veces en el lugar del curro, mientras que un 18 por ciento de ellos dice que los verá con permiso de sus comprensivos jefes frente a un 10 por ciento cimarrón dispuesto a verlos con esa venia o sin ella. Hay no poco disgusto en casi toda Europa  ante la negativa de muchas empresas a impedir ese esparcimiento en horas de trabajo, todo lo contrario que en Asia, donde países como India han decidido ya facilitar a sus plantillas, en un alarde de liberalidad, la contemplación de la efemérides. Entre nosotros, al parecer, no menos de un tercio de nuestros empleados se propone seguir en directo el Mundial desde la propia oficina. Vean como cuando Griñán distingue como un entomólogo entre competitividad y productividad  no hace más que demostrar que está a la última.

 

En la publicidad de tan extraordinaria cita he visto citada una frase de Albert Camus campeando como una irónica paradoja –“Todo lo que sé de ética y moral lo he aprendido en el fútbol”—que no echaría yo en saco roto teniendo en cuenta que aquel genio, que jugaba de portero para no gastar sus zapatos de niño pobre, debió gozar de una espléndida ocasión para observar de cerca, recostado en el poste, esa guerra reglada en que tantos espíritus siguen viendo todavía una metáfora darwinista. No sé qué va a ser de este país si “la Roja” pierde el campeonato pero tampoco quiero imaginarme qué podría acabar siendo de nosotros si llegara a ganarlo –como fervientemente deseo—en mano de estos demagogos.

Y ahora ¿qué?

No sabemos por donde tirará el proyecto de la Junta una vez descubierto que lo anunciado en el Parlamento era, digámoslo suavemente, sólo una parte de la verdad, y que la otra parte, la lesiva para medianos y más chicos, se ocultaba entre cifras y palabras con mano prestidigitadora. Lo de gravar a bancos y cajas quedará en nada, ya lo verán, tal como preveían los propios gravadores, pero está por ver la reacción de la gente de la calle a medida que se vaya enterando de la que se le avecina mientras se mantiene contra vienta y marea el gasto corriente. La verdad es que no tienen fuerza para otra cosa., Esta crisis es mucho troto para este novillero.

Los BIC de Huelva

Por regatearle, a Huelva se le regatean ya desde la Junta hasta las gratuitas y pródigas declaraciones de sus monumentos como “bienes de interés cultural”. Al monumento a Colón de la escultora Witney, ese logotipo de la capital, se empeñan en no concedérselo, como nunca se lo concedieron –a pesar de que, en tiempos, se adelantó mucho el proceso—a la singular ermita valverdeña del Santo, que atesora además obras artísticas importantes y se encuentra en ruinas tras los pasados temporales. Ya varios otros. ¡Ni agua a Huelva! He ahí una estrategia del partido en el poder que no se entiende como no sea por pura incompetencia.

La manga ancha

El proyecto del Gobierno de propiciar una amnistía fiscal que, a cambio de la impunidad de los evasores que torean a Haciendo a dos manos, pudiera conseguir el blanqueo (es decir, la recuperación) de los 50.000 millones sacados de matute a los paraísos fiscales o bancos extranjeros como respuesta al fracaso económico, es una demostración de incapacidad y reconocimiento de la propia incompetencia superior a cualquier otra de que haya memoria. Se repite la historia de la “amnistía” de comienzos de los años 90 y de nuevo el Poder se inclina ante el hecho consumado del poder de los ricos –y no vean en la palabra ni rastro de demagogia, por favor—a sabiendas de que si esa práctica mafiosa de la huida de capitales se “legaliza” por segunda vez, no sólo se habrá demostrado que en España lo menos rentable es declarar rectamente a Hacienda, sino que quedará probado el fracaso del Estado de Derecho. Lo que sí es verdad es que nadie podrá decir que estas blanduras le cogen por sorpresa, porque ya hace tiempo que desde la cúspide del Gobierno se repite que no se puede gravar a las grandes fortunas ni extremar el control de sus obligaciones fiscales por el riesgo que entraña ese tipo de medidas de estricta justicia de que los perjudicados –los más ricos, insistimos— levanten el vuelo y se lleven su dinero lejos del alcance de la corta mano del Estado que tan larga es, sin embrago, cuando se trata de alcanzar al pobre o al mediano. Ver al presidente del Gobierno dándole explicaciones a un grupo de magnates pertenecientes a un club privado en el que está la propia Reina, no era todo lo que nos quedaba que ver esta temporada atroz. Teníamos que asistir también al reconocimiento expreso de que el Dinero es superior al Poder, es decir, de que, en consecuencia, la organización política de la sociedad sólo es concebible si se ajusta al proyecto capitalista. Ni siquiera el hecho de que sean las clases medias las que sostengan aún la camelancia socialdemócrata reanima a un régimen tan duro con las espigas como blando con las espuelas.

 

Las democracias serias, en serio y sin miramientos se tomaron siempre la fiscalidad. Franco no gastaba declaraciones de la renta porque ni falta que le hacía, pero recuerden la suerte de Al Capone o miren a la señora Merkel imponer cargas a los bancos y a las nucleares. Cuando el Poder no puede imponer a los contribuyentes más que la rapiña a los modestos y el expolio de los débiles, la organización política, el Estado, se convierte en un gendarme injusto con catastróficos resultados para la justicia social. Este Gobierno está perdido por muchas razones. Ninguna tan miserable y cobardona como el pacto silencioso con los más ricos a costa de la inmensa mayoría.

Las patas cortas

No ha llegado muy lejos el camelo que le habían urdido sus escribas al presidente Griñán. En horas veinticuatro se ha descubierto que el demagógico anuncio de carga a los ricos era, en realidad, un palo ciego contra todos, pero muy especialmente contra las clases medias. Y encima ese rentoy carota del impuesto a bancos y cajas que resulta que se ha anunciado a sabiendas de que el Gobierno lo recurrirá, como si alguien pudiera tragarse que una medida semejante no se pacta antes con los jefes de Madrid. Lamentable balance el del debate. Chaves puede frotarse las manos celebrando aquello de “otro vendrá que bueno te hará”. Contra todo pronóstico, pero con toda la razón.

Los amos de la Caja

El estado mayor de Cajasol, que se prolonga fuera de la Caja al menos hasta Sevilla, se está pensando lo del indispensable crédito solicitado por Ayuntamiento de la capital para resolver financieramente el atasco en que se encuentra Aguas de Huelva, Emahsa, y, ya de paso, también la petición de Giahsa, es decir del PSOE, de otros 125 millones para librarse de una tal vez inminente suspensión de pagos. ¿De quién es la Caja de Ahorros? Griñán preguntaba en el debate de estos días que, si se quita a los políticos de las Cajas, a quién pone en su lugar. En vista de estas cosas, no es difícil contestarle que a cualquiera antes que a ellos.