Secretos de crisis

¿Por qué un directivo de Caja de Ahorro ha de cobrar en Andalucía 200.000 euros al año, es decir, varias veces más que un cirujano de trasplantes, un sabio investigador, un jurista de altura, un trabajador de alto riesgo o, incluso, el presidente de la autonomía? Es asombroso que se aireen estas cifras sin que estalle por algún lado la burbuja de la indignación ni, por descontado, se levante siquiera un teléfono desde los despachos en los que hay poder para evitar semejante saqueo del dinero de los impositores. ¡No van a estar arruinadas las Cajas si las vacían sus propios manijeros con la anuencia de la autoridad! Cuando se está rebajando el sueldo a los sufridos peatones, estas revelaciones escandalosas constituyen un auténtico insulto.

La soledad de astilleros

Manifiesta el PSOE onubense que “todavía no sabe” si apoyará o no la “gran manifestación” para la que los estafados trabajadores de Astilleros han solicitado el apoyo a toda Huelva. No es cosa de manifestarse ni frente ni contra la Junta, que donde hay patrón no manda marinero, aparte de que durante este largo e indigno proceso cada cual ha dejado bien claro donde estaba realmente más allá de las soflamas y demagogias. Astilleros estaba condenado desde el principio y el PSOE ha jugado mientras ha podido con la buena fe de sus víctimas. Ahora que ya no hay margen para ambigüedades lo más probable es que esos trabajadores comprueben cómo y quiénes los han engañado desde un  principio.

El arte ajeno

Como tantas veces ocurriera antes, estamos asistiendo esta temporada a varias campañas de reclamación de las obras de arte adquiridas por los grandes museos occidentales a través de los tiempos. La más ruidosa de ellas quizá sea la que, auspiciada por el ministro egipcio de Cultura, Zahi Hawass, trata de conseguir que viaje al Museo de El Cairo –un museo fundado gracias a la insistencia de los arqueólogos franceses del XIX y, en especial, como es sabido, al empeño de Auguste Mariette—el busto de Nefertiti que centra la atención de todo visitante del Neues Museum berlinés, pero el runrún persiste en torno a los polémicos “mármoles de Elgin” que se exhiben en el British Museum e, incluso, del friso y las metopas del Partenón conservados en el Louvre, y ya con un eco más débil hasta de las joyas medievales francesas o españolas reconstruidas en el Metropolitan neoyorkino o de los famosos caballos de San Marcos que Napoleón arrebató a los venecianos como estos los habían expoliado anteriormente a los bizantinos y que serían restituidos a Italia tras la caída del Imperio, entre los acuerdos del Congreso de Viena. Hasta los restos humanos museificados, a excepción, por el momento, de las horripilantes momias egipcias, están siendo objeto de reivindicación acogida al paraguas ideológico que proporciona la satanización de Occidente. No importa que los países que ahora reclaman fueran en su día incapaces de conservar y menos de descubrir las piezas que la superior cultura occidental puso, afortunadamente, a buen recaudo, ni que algunos de ellos ni siquiera existieran políticamente en el momento del hallazgo o el traslado, porque la reclamación es básicamente ideológica y carente de cualquier fundamento que sea de ésa índole. Ni la piedra de Rosetta ni el Código de Hammurabi existirían hoy, muy probablemente, sin la diligencia y previsión de quienes los rescataron del abandono más absoluto. Ni el colonialismo ni la acción de los imperios tienen que excusarse ni rendir cuentas por haber prestado a la cultura un servicio tan imprescindible.

 

Lo interesante de la ofensiva es el aprovechamiento que en ella se hace del mito antioccidental, baza clave del islamismo extremo aunque no exclusiva de él. Y lo curioso es ese silencio de Occidente, terciado entre la displicencia y la timidez, que no se decide de una vez a poner las cosas en su sitio haciendo valer la razón histórica que es la única que puede dar cuenta de las circunstancias. Esas culturas son en su práctica totalidad hijas del denostado Occidente al que acusan de rapaz pero sin el que ellas mismas hace tiempo que no serían más que la sombra de un recuerdo.

Ambiente corrupto

Ahí tienen otro caso, el de la Unión de Empresarias Cordobesas, que en su día habría acordado en pleno –según denuncia, con grabación y todo, la actual presidenta– “inflar” las facturas para quedarse con el beneficio excedente. La facturas falsas se utilizan ya lo mismo para financiar la campaña de un alcade capitalino que para pagar una mariscada feriante de tres concejales de pueblo, y ya lo ven, para agenciar recursos procedentes de la Junta  a asociaciones que cuentan con el escaso control existente y se amparan en la difusión ambiental de las corrupciones. Quienes se empecinaron tanto tiempo en negar la corrupción no son menos culpables que los corruptos.

Ayamonte, de nuevo

Nuevo caso: el actual alcalde ayamontino, Antonio Rodríguez Castillo, debió tirar a la papelera sin tenerlos en cuenta los informes, encargados por el mismo, en los que los especialistas advertían de las irregularidades atribuibles al anterior alcalde, Rafael González. Les da igual incluso de los avisos técnicos a la hora de pasarse por el arco la planificación  urbanística y saltarse la ley, entre otras cosas, pero sobre todo, porque casi nunca pasa nada, porque su partido los protege (a cada cual el suyo) y, lo que es peor, porque el personal se ha acostumbrado ya al manguis y admite la corrupción como algo inevitable. Lo de Ayamonte debe de ser para ahondar mucho. Verán como nadie ahonda.

La patria esférica

Da para mucha reflexión cuanto está ocurriendo alrededor de “la Roja”, es decir, no se alarmen, de la selección española de fútbol encargada casi oficialmente de sublimar en Sudáfrica las críticas penas que nos abruman. Ya saben que el propio presidente del Gobierno ha adaptado el delicado calendario político al de la competición, de manera que la sesión cumbre del año –en la que se verá, por fin, la cara a la reforma laboral—coincida con la final en la que se presume que, invicto y favorito, debería estar nuestro equipo. Y también habrán oído a Rajoy y a Bono poner a los componentes de esa selección como ejemplo para los políticos que anteponen su interés al de los contribuyentes, mientras aquellos los supeditan con decidida humildad al sentido patrio. Ya ven que el fútbol es algo más que opio para el pueblo en este inmenso fumadero para el que, según parece, no hay mejor remedio que esa copa que todos deseamos ver alzada en triunfo como panacea para nuestros males. Una encuesta reciente me llama la atención, en todo caso, al desvelarnos que seis de cada diez trabajadores españoles confiesan su desinterés por esos partidos que, a causa de la diferencia horaria, habrá que ver a veces en el lugar del curro, mientras que un 18 por ciento de ellos dice que los verá con permiso de sus comprensivos jefes frente a un 10 por ciento cimarrón dispuesto a verlos con esa venia o sin ella. Hay no poco disgusto en casi toda Europa  ante la negativa de muchas empresas a impedir ese esparcimiento en horas de trabajo, todo lo contrario que en Asia, donde países como India han decidido ya facilitar a sus plantillas, en un alarde de liberalidad, la contemplación de la efemérides. Entre nosotros, al parecer, no menos de un tercio de nuestros empleados se propone seguir en directo el Mundial desde la propia oficina. Vean como cuando Griñán distingue como un entomólogo entre competitividad y productividad  no hace más que demostrar que está a la última.

 

En la publicidad de tan extraordinaria cita he visto citada una frase de Albert Camus campeando como una irónica paradoja –“Todo lo que sé de ética y moral lo he aprendido en el fútbol”—que no echaría yo en saco roto teniendo en cuenta que aquel genio, que jugaba de portero para no gastar sus zapatos de niño pobre, debió gozar de una espléndida ocasión para observar de cerca, recostado en el poste, esa guerra reglada en que tantos espíritus siguen viendo todavía una metáfora darwinista. No sé qué va a ser de este país si “la Roja” pierde el campeonato pero tampoco quiero imaginarme qué podría acabar siendo de nosotros si llegara a ganarlo –como fervientemente deseo—en mano de estos demagogos.