Contra las cuerdas

Las conclusiones del informe de los europarlamentarios europeos sobre el problema de los depósitos de fosfoyesos que soporta la capital son de órdago, por más que desde la Diputación  se difunda optimismo. Queda definitivamente en entredicho la teoría obsoleta de que defiende la inocuidad de esas substancias, cuyos efectos reales aquellos parlamentarios pretenden objetivar mediante mecanismos eficaces que informen a los ciudadanos en tempo real. Un asunto que debería ocupar a todos pero del que nadie debe hacer bandera barriendo para adentro, porque lo que está en juego es la salud pública. Es urgente que la autoridad, de manera unitaria, sin colores partidistas, tome postura ante ese negocio y adopte medidas.

Genio y figura

Nos tiene sumidos en la perplejidad, pero fue nuestro gurú de los felices 60 y la generación tiene serias dificultades para mantener la objetividad frente a él. Me refiero a Noam Chomski, el maestro de “La guerra de Asia”, acaso –lo ha dicho el New York Times—“el intelectual vivo más influente del mundo”, una de las referencias destacadas en el ránking mundial de todos los tiempos, dicen que emparejado con Platón y Freud. Estos días ha sido rechazado en la frontera de Israel cuando iba a dar una conferencia en el marco de una campaña de propaganda palestina y ha organizado la de Dios es Cristo como corresponde a un personaje que es también un símbolo, en buena medida religioso si hemos de atenernos al culto que le profesan sus incondicionales, desde los Rollings a Bono: “es nuestro rabino, nuestro predicador, nuestro pundit, nuestro imán, nuestro sensei”, reconoce David Barsamian, quizá su principal sectario. Y en ese plan. Hace poco visitó a Chávez en su terreno y declaró que la región es hoy “la zona más estimulante del mundo” en la medida en que, por vez primera, aquellos pueblos toman en sus manos su propio destino, y no es posible olvidar –por cálida que sea aún nuestra fidelidad al mito—su extravagante racionalización del terrorismo islamista tras la catástrofe del 11-S o su exacerbada interpretación de la guerra contra el narco como una estrategia clasista de los EEUU contra los derechos civiles. Junto a las finas críticas de Chomski al sistema americano, al peso de sus oligarquías o al efecto de sus burocracias, ahí está su visión idílica –por no decir insensata—de la realidad indigenista de la Bolivia de Hugo Morales. Genio y figura. No hay tónico como la rebeldía para neutralizar los estragos de la edad. Hay incluso quien defiende que morirse a tiempo es salvarse de la quema.

 

Muchos nos hemos revelado ante la imagen del sabio detenido en el fielato pero hay que comprender también al guardafronteras. No es lógico, por otra parte, viniendo de quien se declara ciudadano americano, fundar su protesta en que sólo un país estalinista (¡como Israel!) cribaría sus visitas atendiendo a la ideología: no tiene más que echar una mirada a lo que ha pasado siempre, y acaso hoy más que nunca, en la aduana de su propio país. Pero hay razones fuertes en su argumentación que reclaman atención, contribuyendo a acrecentar la perplejidad en torno a su figura. Se puede desmitificar a Obama –Chomski lo hace hasta el ridículo—pero no defender al mismo tiempo a los sátrapas bolivarianos. Los de Vietnam hemos visto luego demasiado. Alguien ha llamado al maestro “rebelde si pausa”. Dudo que bailar esa sola letra resulte suficiente.

La otra burbuja

Buena la hubiera hecho el Gobierno si llega a mantener en lugar de dar marcha atrás en el decretazo que prohibía a los Ayuntamientos endeudarse aún más a base de préstamos. Pero la realidad es que, viviendo enormemente por encima de sus posibilidades, nuestros consistorios han inflado una burbuja que se calcula ya lanzada hacia los 7.000 millones de euros, cantidad imposible de redimir en esta coyuntura y que, en cualquier caso, exigirá medidas excepcionales si es que antes no nos da un  disgusto mayúsculo. Es urgente que los propios Ayuntamientos se dispongan a evitar la explosión de esa burbuja que dejaría paralizada a la misma ciudadanía que los ha visto derrochar a manos llenas.

El truco del apeadero

“Estación, sí; apeadero, no”: ése es el lema lanzado desde el Ayuntamiento que, sin duda posible, hará fortuna en esta Huelva harta ya de compromisos incumplidos y cuentos de la lechera. Aceptar la degradación del proyecto y admitir un “apeadero” sería una defección que la capital no debe tolerar, ni siquiera en esta coyuntura difícil, puesto que tampoco en la etapa de bonanza el Gobierno tuvo la menor intención de cumplir lo prometido. Un apeadero “provisional” lo sería para toda la vida y no se explica por qué Huelva habría de soportar esa miseria mientras otras capitales se ven favorecidas con proyectos de gala. Que “recorten” de otras partidas, empezando por la cabeza.

Realidad del jamón

La propuesta de legalizar el uso industrial de una enzima procedente de vacas y cerdos, la trombina, para conseguir productos cárnicos recompuestos a base de trozos de desecho sobrantes del proceso de fabricación, ha sido rechazada en el Parlamento Europeo, contrario a que se legalice esa trampa comercial para consumidores con bajo poder adquisitivo, pero sobre todo a que se dé gato por liebre recurriendo a la capacidad persuasiva de la confusión nominal sobre la base, tautológica aunque rotunda, de que “un steak es un  steak y un jamón es un jamón” y no otra cosa. ¿Qué sería de este mercado persa si el almotacén cerrara los ojos dejando al mercachifle atento sólo a su beneficio? En verdad, no habría de faltarle tajo a esa Cámara se decidiera a plantarse ante el timo generalizado que permite una industria cada día más temeraria en el empleo de sucedáneos y, sobre todo, ante la estafa que supone una publicidad engañosa que ofrece por sistema lo que no es como si lo fuera, igual si se trata de un zumo de naranja que si la oferta se refiere a un fármaco, pero lo más probable es que nadie entre nunca a saco en este terreno en el que fragua la evidencia de que el Mercado funciona más sobre el fraude que sobre la verdad. No es menester ser tan bobo como el presidente boliviano para entender que un pollo “fabricado” en serie y  a base de enzimas en una granja nunca equivaldrá en el plato a un pollo criado libremente en un corral, lo que no implica que nos pleguemos ante la lógica de un consumo cuyo pragmatismo resulta cada día más alarmante. Un steak es un steak: más allá de la razón cualitativa puede estar, llegado el caso, la racionalidad nominalista.

 

La desconfianza ante la libre oferta se está convirtiendo en un signo de este tiempo. Poca gente consumiría hamburguesas convencionales si conociera la normativa de su fabricación y menos aún, por descontado, si pudiera contemplar su proceso productivo. Por eso se puede ver en este plante de los europarlamentarios un gesto, siquiera testimonial, para frenar el ímpetu de una lonja en la que la mercancía debe cada día menos a su naturaleza, hasta el punto de reclamar esa explosión tautológica para la voladura controlada del proyecto de fabricar solomillos falsos y entrecots de pacotilla. El consumo masivo ha impuesto el fraude, reservando en exclusiva lo genuino para una élite progresivamente reducida. Desde la Edad Media se viene diciendo que la cosa (el universal) no es una entidad real sino la voz misma, el “flatus vocis”. En Estrasburgo acaba de redescubrirse lo que Occam inventó hace muchos siglos. Sus Euroseñorías no tragan, en este caso, con toda razón.

Lapsus freudiano

Nadie está enteramente a salvo del lapsus freudiano. Lo ha demostrado el gazapo del presidente Griñán al reconocer en sede parlamentaria la “maldad” de ZP aunque fuera para decirle, con razón, al PP, que ese vicio ajeno no implicaba necesariamente virtud para el oponente. Pero me parece injusto cargar contra Griñán –cualquiera sabe lo que le habrán dicho ya desde arriba—porque la verdad es que ese mismo criterio se afirma cada día que pasa dentro de las propias filas del PSOE, en unos casos porque la evidencia se impone, en otros porque peligra el condumio. Griñán ha estado en Madrid y tratado a ZP desde arriba durante años, lo que explica muchas cosas. Entre ellas la que revela ese tropezón dialéctico que, sin duda, hará historia.