Las patas cortas

No ha llegado muy lejos el camelo que le habían urdido sus escribas al presidente Griñán. En horas veinticuatro se ha descubierto que el demagógico anuncio de carga a los ricos era, en realidad, un palo ciego contra todos, pero muy especialmente contra las clases medias. Y encima ese rentoy carota del impuesto a bancos y cajas que resulta que se ha anunciado a sabiendas de que el Gobierno lo recurrirá, como si alguien pudiera tragarse que una medida semejante no se pacta antes con los jefes de Madrid. Lamentable balance el del debate. Chaves puede frotarse las manos celebrando aquello de “otro vendrá que bueno te hará”. Contra todo pronóstico, pero con toda la razón.

Los amos de la Caja

El estado mayor de Cajasol, que se prolonga fuera de la Caja al menos hasta Sevilla, se está pensando lo del indispensable crédito solicitado por Ayuntamiento de la capital para resolver financieramente el atasco en que se encuentra Aguas de Huelva, Emahsa, y, ya de paso, también la petición de Giahsa, es decir del PSOE, de otros 125 millones para librarse de una tal vez inminente suspensión de pagos. ¿De quién es la Caja de Ahorros? Griñán preguntaba en el debate de estos días que, si se quita a los políticos de las Cajas, a quién pone en su lugar. En vista de estas cosas, no es difícil contestarle que a cualquiera antes que a ellos.

Irse a tiempo

Coincide la noticia de la dimisión del presidente alemán, Horst Köhler, a la que ya se refirió finamente en esta páginas Luis Olivencia, con el “fuego amigo” de una encuesta próxima al Gobierno que evidencia la pérdida radical de confianza entre sus propios votantes que se ha agenciado nuestro teatral ZP. “¿Y no convocará elecciones este tío?”, me pregunta, supongo que a título retórico, un miembro antiguo y fiel del partido gobernante. Le digo eso tan recurrido de que nadie (salvo De Gaulle, quizá) convoca elecciones a sabiendas de que las perderá, pero eso no tranquiliza a mi personaje que es de los raros que creen todavía que hay perjuicios mucho mayores para la nación y para el propio partido que perder unos comicios. “¿Pero cómo se puede gobernar si seis o siete de tus propios votantes no van contigo ni a recoger duros?”, insiste el hombre. Le contesto que gobernar, lo que se dice gobernar, no lo sé, pero que aferrarse al macho y resistir numantinamente no parece ser muy difícil para la legión de paniaguados (y ZP entra en sus rangos) que no tienen dónde ir fuera de la oficina. Hay políticos, eso sí, como nuestro Köhler, incapaces de mantenerse en el pimpampum pudiendo librarse de esa humillación, pero son infinitamente más numerosos los dispuestos a soportar la befa pública antes de dimitir. Añado, ya en plan teórico, que el cargo es para muchos de estos advenedizos como una segunda naturaleza, algo que pertenece a la ontología y no a la ética, conque para qué hablar de la estética. A ZP no le queda más que la cuesta abajo, la degradación de la imagen pública y el daño público que implica su fracaso. Pero no se irá, por algo tan sencillo como que, habiéndolo tenido todo, ahora no tiene  a dónde ir.

 

Hay de que detenerse en ese sondeo “amigo”, ver en su cuenta pequeña la mancha invasora del desencanto, escuchar entre sus porcentajes el sordo rumor de la ira de quienes hace tiempo vieron venir la catástrofe y quienes han debido rendirse a la evidencia aplastados por la realidad. Pero hoy que tanto se reprocha al de enfrente el descrédito del país, hay que decir que ningún crédito será posible mientras permanezca ahí ese mascarón de proa que se va a llevar por delante no sólo la respetabilidad de la nación sino la misma entidad ideológica y práctica de la izquierda supérstite. Cuando se vaya, que todo ha de llegar, no sólo España sino la esperanza en la utopía estarán ya como un solar. Que es justamente lo que ha querido evitar el alemán de nuestra historia que tenía garantizado el cargo hasta el 2014. ZP no es Salmerón ni es Suárez. Cuando el cargo es la propia identidad, la dimisión no deja de ser un suicidio.

Florilegio del debate

“Lo peor de la crisis ya ha pasado”, presidente de la Junta, José Antonio Griñán. “Andalucía fue el primer Gobierno autonómico en reconocer la crisis”, el mismo. “Recuerden que ustedes nos llamaron antipatriotas a los que avisamos de la crisis”, jefe de la Oposición, Javier Arenas. “¿A qué le llaman cambio, a sustituir a don Manuel por don José Antonio y seguir adoptando con sumisión los dictados políticos de Zapatero?”, el mismo. “Han pasado ustedes de la socialdemocracia débil al neoliberalismo con un toque rosa”, coordinador de IUCA, Diego Valderas. “Nosotros seremos neoliberales pero ustedes (IU) hacen que los gobiernos donde están lo sean más todavía”, José Antonio Griñán. Y una guinda: “Si quitamos a los políticos de las Cajas, ¿a quién se las damos?”, el mismo.

Aljaraque bajo sospecha

Debe de ser grave lo que está ocurriendo en el urbanismo de Aljaraque cuando la dirección general de Costas del Gobierno, es decir una cuña de la misma madera partidista, se ve forzada un día sí y otro también a denunciar que sus principales proyectos son ilegales. Y lógicamente no basta con que el alcalde descalifique a Costas desmintiendo su criterio, sino que sería imprescindible que la Junta y el propio Gobierno –aunque sólo fuera por mostrar su imparcialidad—intervinieran en la cuestión en beneficio de todos. No es bueno mantener a un Ayuntamiento bajo sospecha, en especial si quien proyecta la sombra sobre él es “su” propia Administración.

Modelo caducado

Lo que ha ocurrido con la huelga de funcionarios no es ni más ni menos que el fracaso de los sindicatos. El principio del fin de un modelo tradicional que ya en los años 60 recomendaban rehacer los sociólogos de guardia. Antier no había más que mezclarse entre los manifestantes para comprobar dos cosas: una, el cabreo generalizado contra el poder político y el económico; otra, la distancia y el desdén por los propios sindicatos. Escucho que, dadas las circunstancias, tal vez lo más auténtico hubiera sido una deserción absoluta que permitiera ver en su dimensión real ese previsible fracaso de un sindicalismo verticalizado en el cuento del alfajor que llaman “concertación”, un mecanismo por entero ajeno a los trabajadores, que ha supuesto la burocratización y determinado un insostenible régimen de connivencia con el Poder político. Es decir, que no ya la proyectada huelga general, sino el propio sonajero de la representación suenan el día después casi sin sentido: los trabajadores han descubierto, al fin, que están solos frente al Mercado, que la representación es una comedia y que tendrán que elegir entre la sumisión definitiva o la reinvención de un nuevo modelo de defensa de sus intereses que, como acaba de demostrarse a lo largo de estos años, no es el de estos manijeros. Hasta ahora sabíamos que los sindicatos no controlaban a los currelantes en paro. Ahora sabemos que tampoco controlan a los empleados. ¿A quién representan entonces? La “sonrisa vertical” de estos concertadores se ha convertido en una mueca ante la evidencia de que es un sinsentido mantener con tantísimo dinero público estas maquinarias inútiles. Y ahora el tema es que, si quieren sobrevivir, ni pueden convocar la HG ni dejar de convocarla. Porque los trabajadores han comprobado el martes que están solos. Pero ellos también.

 

Da pena mirar hacia atrás, comprobar que cuando era tan difícil defender el trabajo con sentido realista resultaba más hacedero que hoy; da grima escuchar eslóganes tan manidos como ése del ogro ugetista que presta permanentemente coartada al Gobierno  amparado en la estrategia de “no hacer el juego al PP”; provoca tristeza ver el rostro desconcertado de Toxo desgranando en la tele su letanía minimalista. El PSOE ha rehecho con éxito el modelo vertical –Gobierno, sindicatos y patronos juntos y revueltos—garantizándose décadas de lo que llaman paz social pero arruinando, quién sabe si para siempre, lo que se creyó una conquista definitiva. Todo este tinglado está a punto de venirse abajo. Puede que los trabajadores tengan que arreglárselas solos, sin esos sindicatos que, en cualquier caso, nunca lo fueron más que de una exigua minoría.