La mala educación

Ya hay números cabales, y no sólo cábalas, sobre el fracaso escolar. Resulta que se nos van del aula, cada día, nada menos que 60 escolares mal contados, un total de 106.00 en cinco años. Y encima la Junta no tiene mejor ocurrencia –regalo de ordenatas aparte—que darle una beca de 100.000 pesetas de las antiguas a los alumnos para que no deserten, de tal modo que los colegiales cobrarán sólo por asistir a clase mientras que muchos licenciados seguirán pudriéndose en el paro. Estamos ante un sistema educativo que ha perdido el norte y dentro del cual todo irá a peor, verosímilmente, por más prioridades que prometa Griñán. Con esas cifras en la mano lo más razonable es pensar que nos aguarda un futuro peor que el presente.

La línea vertical

Quien manda, manda. En UGT no han dejado al aspirante a candidato frente al candidato oficial ni siquiera formalizar su entrada en el Congreso. Se ha quedado fuera, por si las moscas, de manera que ni por asomo pueda planear sobre la asamblea la sombra de la oposición. ¡Gran lección de ética, ejemplo admirable el dado por esos ganapanes! También el sindicalismo se ha convertido en una nómina y ya se sabe que con las cosas de comer no se juega. En resumen, habrá un solo candidato y ganará. Bulgaria no es sólo un país sino un ejemplo venerado por todos los tramposos.

Patrimonios súbitos

No seré yo quien le discuta el ex-ministro Solchaga, que debe saberlo de la mejor tinta, que España es el país en el que uno puede convertirse en millonario, partiendo desde la miseria, en menos tiempo. Si él lo dice, el sabrá pro qué lo dice, pero hace tiempo que colecciono datos sobre las fortunas de los políticos –desde los africanos más tópicos, hasta los familiares de Lula, los nuevos rusos, el elenco italiano, el yanqui o el francés—y tengo la sensación de que a Solchaga lo cegó en cierto grado el chauvinismo o la proximidad de un milagro que se estaba produciendo no sé si en sus haberes pero sí que en sus misma narices. Mi última adquisición se refiere al patrimonio del secretario particular del matrimonio Kirchner –primero de él y luego de ella–, un tal Fabián Gutiérrez, que ha logrado aumentar su patrimonio en seis años, es decir desde que llegó al despachito en 2006 hasta la fecha, en un mareante 765 por ciento, una barbaridad se mire como se mire, teniendo en cuenta que incluso el de sus jefes no se acrecentó más, durante el mismo periodo, que en un 572 por ciento. Desde el siglo pasado sabemos que una familia tronada como la de Yeltsin puede de la noche a la mañana conseguir derecho a alfombra roja en los bancos suizos o que los herederos de Mobutu no tienen empacho en reclamar una fortuna incautada que duplicaba la renta del país. Sólo en España un político puede decir con la cabeza alta que, tras un cuarto de siglo con salario de ministro, apenas posee un coche usado y un puñado de euros en su cuenta corriente, o tratar de justificar un alodio de respeto a base de su sueldo como tesorero de un partido. Y digo que sólo en España no para encomiar el caso, sino porque en cualquier otra parte del planeta el personal se troncharía de risa si le fueran con esos cuentos.

La política ha abierto muchas vías de enriquecimiento a sus afortunados servidores con la sola condición fáustica de la renuncia al alma y sus moralidades, y hay que decir que ese fenómeno no es privativo de la democracias ni de las satrapías sino universal y, por lo que estamos teniendo ocasión de ver, enteramente independiente del signo político. A Craxi le descubrieron los lingotes de oro que depositaba, como un bucanero, en una cuenta secreta, a Karamanlis o a Alan García, tuvieron que echarlos por pura vergüenza torera aunque luego hubieran de readmitirlos en sus magistraturas. De Rumsfeld hablan y no acaban los mismos que sospechan que hoy por hoy resulta inconcebible un mandatario que no cuente con un baúl enterrado en una isla que no viene en el mapa. El Leviatán, sin duda, tiene el estómago más grande que la cabeza.

Conformidad política

Resulta poco creíble, desde luego, pero los artífices de los Presupuestos de la Junta para el año próximo aseguran que no se producirán en el “más” que 50.000 parados suplementarios. 50.000 más que habría que sumar al millón real que no se atreve a reconocer la estadística del Poder pero que lo que, en realidad, significan es que esta caída en picado no hay quien la pare y que, desde los despachos, semejante catástrofe se ve con más resignación que rebeldía. No hay duda de que si no fuera por la economía sumergida esto había explotado hace ya tiempo. Y todo indica que ese Poder cuenta con ella como con un aliado eficacísimo.

El clavo ardiendo

Hay que comprender las cosas, sobre todo en el légamo político. Un defenestrado como Caraballo tiene que hacer lo que sea, agarrase a lo que se tercie, con tal de recuperar lo perdido y a costa de lo que sea. No hay que tomarse muy en serio, como veo que se lo han tomado los concernidos, esa ruin sugerencia de que el PP onubense estaría vinculado a la trama Gürtel y otras especies calumniosas vertidas por ese politiquillo en caída libre en busca de la perdida notoriedad en su partido. Por lo demás, me parece que es bien sencillo el recurso del PP: irse derecho al juez sin pensárselo dos veces. Aunque sólo sea porque esta ralea de personajillos inventados y amorales no deberían tener un sitio ni siquiera en esta democracia tan averiada.

Recuerdo de Miret

Nos coge por sorpresa la muerte de Miret Magdalena, quizá porque Miret parecía vivir fuera del tiempo, al margen de la realidad a la que, sin embargo, dedicó todas sus energías. Recuerdo ahora aquella página de ‘Triunfo’, martillo semanal que tantas perspectivas adelantó, densa, escrita sin concesiones desde una urgencia moral que le impedía cualquier filigrana, un testimonio que aspiraba a ser guía espiritual dentro de aquel ‘catecismo’ generacional. Abierto a la crítica y firme en sus conceptos, no gustaba Miret de las bromas. Lo supe un día que, caminando por el Madrid de los 70, saqué aquello de Voltaire de que la teología es a la religión lo que el veneno al alimento, y él me devolvió en una mirada sombría todo su compasivo desdén. El Concilio lo había marcado, como a tantos, pero yo lo recuerdo siempre arrastrando la última novedad dialéctica no sólo de la reflexión católica, que era la suya, a pesar de los pesares, sino de la teología protestante que tanto le interesó. Nunca supimos en ‘Triunfo’ si su página tenía mucha parroquia o se había convertido en un rasgo indeleble de aquel proyecto abierto a todo el que llegara con la mano tendida, pero tuve siempre la sensación de que Miret era una referencia para más lectores de los que pudiéramos imaginar, quizá porque sus palabras traían la marca de una sinceridad que tanto molestaba al que Manolo Vázquez llamaba ‘nacional-catolicismo’. A vueltas con Voltaire, recuerdo cuando lo mortificábamos con la famosa pulla –“Dios no debe padecer en absoluto las pamplinas de los prestes”—y él callaba discreto y acaso comprensivo. Había un enorme desnivel entre nuestros énfasis juveniles y el estilo de aquel hombre bueno.

Conservo una obra suya con una dedicatoria ajena, de Ludvig Holberg, que aseguraba que si alguien aprende teología antes de haber aprendido a ser hombre, nunca llegará a ser hombre, y siempre vi en ella toda una declaración de principios. Porque Miret fue valiente hasta donde llegaba su audacia contenida, pero más allá de lo que le habría convenido al teólogo “comme il faut” que nunca pretendió ser. En las primeras necrológicas he visto recordado el corte amistoso que le dio a los colegas progresistas de la Asociación Juan XXIII al afirmar que se equivocaban al elegirle porque él, en realidad, era un antiteólogo, concepto excesivo, seguramente, pero que encaja en el poliedro atormentado del hombre religioso que más de una vez se declaró “católico agnóstico”. Recuerdo aquel paseo madrileño y su amable contrariedad ante mi broma volteriana. Hemos perdido a un ‘espiritual’ señero, justo ahora que tan rara va siendo esa especie.