Protagonismos

Llevan mucha razón los empresarios exigiéndole (es un decir) a la presidenta de la Diputación que la defensa de Huelva se haga sin protagonismos, es decir, sin esa actitud con que, en efecto, los firmantes del “pacto por Huelva”, es decir, los sindicatos y la propia FOE posaron, junto a la ahora censurada, en una foto que no fue sino una consciente tomadura de pelo. ¡Anda que si habláramos de protagonismos! No quedaría títere con cabeza, seguro, ni resultaría reconocible la vida pública onubense, con todos sus “agentes” incluidos. Aquí no se libra de ese pecado más que el ciudadano que, encima, es el que paga.

La batalla de Madrid

Al líder sindical Fernández Toxo lo han puesto de chupa de dómine los internautas. Cándido Méndez parece que ha dicho que no puede ir por ahí tranquilo sin que lo abucheen espontáneamente. En la mesa de los sindicalistas responsables del conflicto del Metro de Madrid hemos podido leer un estólido insulto a la presidenta de la Comunidad y a ellos les hemos escuchado decir que respetarán los “servicios mínimos” –esto es, la Ley—durante el fin de semana pero que al doblar ésta “entrarán a matar”. Dos millones de ciudadanos madrileños están soportando el intolerable trágala de un sindicalismo caducado que, todo hay que decirlo, no ha dicho esta boca es mía mientras el Gobierno batía marca tras marca hasta alcanzar la temerosa tasa de paro que hoy nos aleja de Europa. A cambio de dinero, de mucho dinero, porque la llamada “política de concertación” no es más que una estrategia consistente en comprarle la paz social a precio de oro a los llamados “agentes sociales”, unos sindicatos que oscilan entre el seguidismo y el chantaje, y unos empresarios dirigidos por personajes que poco tienen de tales o que incluso viven trampeando en unos tinglados en quiebra que ni siquiera pagan a sus trabajadores. Lo de Madrid ha sido la gota que ha colmado el vaso hasta el punto de que se estima que nueve de cada diez ciudadanos ve delito en la actitud seguida por los sindicatos y no sólo por situarse por encima de la ley, que también, por supuesto, sino por imponer –impunemente, todo hay que decirlo—un modelo de acción sindical salvaje que hoy resulta tan impropio como para que los ciudadanos con edad suficiente se hayan acordado con nostalgia –no hay como una cola interminable para radicalizar al personal– de lo que Franco hacía en casos como el presente: militarizar el servicio. A lo peor ni se dan cuenta estos síndicos burocratizados, pero están a punto de desandar el largo trecho que sus mayores hubieron de recorrer para ir desde la represión a la normalidad.

 

Ahora que habíamos conseguido reducir a un mínimo la resistencia mental al derecho de huelga vienen unos insensatos a provocar a dos millones de ciudadanos dejándolos tirados en una ciudad secuestrada. A base de piquetes y dísticos groseros, en plan soviético, como si eso fuera posible. Pues bien, no tendría nada de particular que este fuera el principio del fin de una vieja historia y sea Rubalcaba y no Martín Villa quien,  para garantizar la Ley, tenga que acabar con el derecho. Estos días en Madrid el gentío está que echa humo. Entre otras cosas contra esos burócratas del sindicato que, además de inútiles, son los únicos a los que la crisis no afecta.

Los intereses creados

El PSOE ha salido por peteneras para justificar su oposición a que al alcalde de El Ejido –imputado por gravísimos delitos y en libertad provisional—se le pidan siquiera cuentas en su Ayuntamiento. Dice que si el PP esto y que si el PP lo otro, pero, en resumidas cuentas, lo que pasa es que no está dispuesto a perder la Diputación provincial, gran chollo con el que ese alcalde y su partido le pagan el favor. La política se ha vuelto puro toma y daca, negocio (normalmente redondo), connivencia y disimulo. Y el PSOE lo sabe mejor que nadie porque su contribución a ese proceso ha sido excepcional.

El huevo de Colón

La oposición municipal del PSOE en la capital debe de ser la peor conocida hasta ahora, y eso que se han conocido algunas de aúpa. ¡Mira que enfrentarse a dentelladas para impedir que el monumento a Colón no goce de las garantías que la ley puede ofrecerle ni pertenezca a los onubenses a través de su Ayuntamiento! Una de dos, o han perdido el rumbo definitivamente, o están atrapados en su absurda estrategia de negarse a todo lo que no salga de ellos mismos. Los más torpes que se recuerdan, hay que insistir en ello. Como el personal lleve la cuenta de lo que hace y deja de hacer en la capital esa tropa, a esa oposición le queda una eternidad por delante para seguir llevando la contraria.

Vender sexo

Nadie ha leído todavía por aquí la novela en que Sharon Dogar recrea el mundo de Anna Frank aplicando el foco morboso a la presunta relación sexual de la desdichada adolescente con su famoso compañero de escondite, aquel Peter junto al que ella, vagamente enamorada, cuenta que se sentaba en silencio en su desván “a contemplar el cielo azul”. Su solo anuncio ha provocado reacciones muy diversas, desde las que defienden al derecho narrativo a imaginar libremente la desgarradora experiencia vivida por una Ana de carne y hueso, hasta quienes reniegan –me temo que en vano—frente a lo que consideran una vidriosa explotación de aquella tragedia al exhibir circunstancias imaginarias o censuradas en su día por el padre de la víctima. Supongo, por otra parte, que, para los lectores de mi generación, el sexo explícito ha de resultar no poco extraño a una historia sagrada que ni siquiera la sugerente imagen de Millie Perkins en la famosa película que, en los amenes de los 50, Audrey Hepburn no se atrevió a vivir, sobrepasaba el nivel de un platonismo circunstancial si acaso picado aquí y allá por las agujas de un deseo emergente en pugna con los prejuicios morales. ¿Hubo algo más que palabras y pulsiones románticas entre los dos jóvenes escondidos de la Gestapo, merece la pena descender por debajo del delicado clima que revela el Diario añadiendo unas escenas escabrosas que seguramente contribuirán al negocio de las ventas pero sólo en razón de la rijosa curiosidad del público? Francamente, para quienes leímos con unción esa crónica de la desdicha que acabaría nada menos que en los campos de concentración nazis, este pretendido realismo no deja de resultar gratuito y, en cierto modo, profanador, no porque el sexo posible, tal vez probable, en aquellas circunstancias (ni en ninguna otra, en principio) tuviera algo de reprobable sino por algo tan elemental como es el respeto a la desgracia supina. La Anna Frank que yo leí antes de cumplir los 20 años podía resultarme –ya entonces—acaso un punto romántica y pajarera. Pero palabra que un par de achuchones no van a redimirla, aunque puede que sí a banalizarla.

 

He usado a propósito la palabra de Hannah Arendt, banalizar, porque eso es lo que me parece que supone añadir mondongo al guiso viudo pero emocionante que hervía en aquel puchero conmovedor. En literatura desteto la casquería. Y en cualquier situación reclamo el máximo respeto por unos humillados que sufrieron demasiado para que ahora vengan cualquier mercachifle a hurgarles en los menudillos. Aparte de que, a veces, los mitos son intocables. Y en la Europa de postguerra, el de Anna Frank jugó un papel que no merece acabar en la serie X.

El estatuto cojo

No sé si el argumento de la portavoz de la Junta –que la inconstitucionalidad declarada de un  precepto o de una norma no puede extenderse a otra que no haya sido recurrida—será suficiente o no para salir del paso, pero es evidente que, en todo caso, alguien debe tomar las medidas precisas para eliminar al absurdo que supone mantener en nuestro Estatuto preceptos ilegalizados expresa y concretamente por el TC en el de Cataluña. Porque lo que no pretenderá es sugerir que, tras esa ilegalización de lo igual, no ocurre nada y las cosas siguen como estaban. Un Estatuto frankenstein debe ser reparado sin pérdida de tiempo ni juegos de palabra.