Estatutos mojados

A la impugnación del Congreso de UGT firmada por varios militantes, el jefe regional, Manuel Pastrana, ha respondido con una razón tan desconcertante como absurda: que no existe “voz más autorizada que la decisión democrática de un Congreso”, o sea, que los Estatutos son papel mojado y en caso de contravención de lo en ellos estipulados, a los damnificados no les queda otra que mamar, como diría Maradona. La verdad es que UGT ha quedado esta vez como Cagancho en Almagro y todo por imponer a un manijero de confianza frente a un candidato sin ella. Pastrana se saldrá con la suya, por supuesto, pero es probable que el “sindicato amigo” en el pecado lleve la penitencia.

El mercado político

No hay democracia en el mundo que no incluya su cuota de transfuguismo. El transfuguismo es la consecuencia natural de la profesionalización de la política y funciona de modo mucho más descarado allí donde la vocación de sus protagonistas cuenta poco, es decir, donde han hecho de la política un oficio oportunista ajeno ya a la vieja idea romántica del “servicio público”. En Rumania, la prensa local denuncia estos días que la formación descabalgada del poder, el Partido Demócrata-Liberal (PDL), anda tentando a los diputados rivales con una oferta que se concreta en 70.000 euros y dos ministerios a cambio de que lo sostengan en su equilibrio inestable al menos durante un tiempo suficiente para conseguir que llegue a aquel ruinoso país la importante ayuda pactada con el FMI. Así, sin anestesia, a pelo, ofreciendo dinero y cargos a cambio de la deslealtad y la traición no sólo a sus respectivos partidos sino al lejano electorado, una infamia que, sin embargo, nada tiene de novedosa incluso sin salir de España donde este tipo de arreglos han funcionado y funcionan como un reloj en nuestra partitocracia. Es verdad que hoy sería un auténtico anacronismo imaginar un sistema basado en la recluta clasista entre los mejor preparados –entre una “gentry” oxoniana o una “grande classe” como las de antes–, pero también lo es que un sistema que encumbra y se pone en manos de espontáneos sin formación previa es el peor estímulo para una sociedad cada día más alejada del ideal educativo. Pero de ahí a convertir el servicio público en una profesión sometida a las descarnadas leyes del mercado va un abismo moralmente insuperable. No sé cual habrá sido la respuesta a la oferta rumana, pero me imagino sin problemas cual hubiera sido si se la plantea aquí.

No hay nada que objetar a la profesionalización de la política, al hecho de que el poder sea ejercido por una ‘clase política’ con base y experiencia, algo que poco tiene que ver con lo que Djilas llamó la “nueva clase”, es decir, las jerarquías crecidas en el seno de los partidos e impuestas por ellos. Un país como Francia se escandaliza hoy porque el Presidente pretenda colocar a su hijo en un cargo de responsabilidad antes de acabar la carrera; en España esa circunstancia ya ni se cuestiona. Pero si hay algo inaceptable en esta degradación progresiva es la sumisión de la política a la lógica del mercado, por la sencilla razón de que lo que compran y venden esos políticos –la representación—es algo que no les pertenece en absoluto. Siempre funcionó esa lonja miserable, es verdad. Lo que nunca se había hecho como ahora es difundirlo a los cuatro vientos.

Prioridad pero menos

Está quedando en evidencia el compromiso del presidente Griñán de dar prioridad absoluta a la depauperada educación andaluza. Hasta el punto de que consejera del ramo deja plantado al Parlamento que iba a debatir sobre el tema para irse a la feria de Jaén. Y ello al día siguiente de conocerse que sesenta alumnos andaluces abandonan sus estudios cada día y que, por toda providencia, la Junta ofrece 100.000 pesetillas a los que aguante en el aula aunque sea sin dar golpe. ¿De qué prioridad hablaba Griñán, entonces, si ni siquiera le ha reñido a su consejera feriante por tratar su competencia como si se tratara de una fruslería? No les falta razón a quienes nos llaman “empecinados” a los que aún confiamos en el nuevo presidente.

Chaves el echa cara

El vicepresidente tercero del Gobierno y ex–presidente de la Junta, Manuel Chaves, ha venido a Huelva a “revistar” las obras del famoso ‘Plan E’ –¡hay que tenerla dura!—el mismo día en que la patronal pide al Gobierno que de aprobarse otro que, por favor, no se limite a levantar aceras y arreglar fuentes sino a invertir de manera productiva en este erial. Por lo demás, le gran líder no tuvo inconveniente a aparecer por Punta Umbría años después de haber prometido que la emblemática playa se uniría a Huelva por unos puentes de nunca a acabar que, según él, deberían haber comenzado a construirse a finales del año 2008. El caso es cubrir el expediente, hacer acto de presencia y volver a emplazarnos hacia un futuro cada día más imperfecto.

Libertad vigilada

No sabía yo que las cámaras de vigilancia pública, instaladas en calles y edificios, fueran santísimas. Menos aún podía imaginar que el apoyo del pueblo soberano a esta obvia limitación de la libertad individual, podría ser tan aplastante: entre el sesenta y el ochenta por ciento, no sólo en España sino en varios de los principales países europeos. Sin duda es la consecuencia del sentimiento de inseguridad difundido hoy por medio mundo (el otro medio ni se entera, el pobre), la respuesta de una sociedad asustada a la amenaza creciente que avasalla precisamente las libertades del individuo. Pero junto a esa providencia tan orwelliana, el Poder anda enredado cada día más en una inextricable madeja de espionaje masivo, hasta el punto de que altos responsables de la seguridad comentaban hace poco que, con las tecnologías actuales de su parte, las policías (y quienes no son las policías) tienen en su mano espiar telefónicamente a quien quieran y como quieran sin dejar el menor rastro. El caso Gürtel, tan cutre que se lo merece casi todo, no se merecía, en todo caso, que los resultados de ese espionaje policial fueran expuestos en la picota para que el último en enterarse fuera el juez y el mal estuviera ya hecho, fueran cuales fueran las medidas adoptadas ‘a posteriori’. En un país como España en el que a nadie se le han caído los anillos al reconocer que se había espiado con alcahuetería al propio Jefe del Estado –o sea, para entendernos mejor, al Rey en persona– nadie se va a extrañar porque se “escuche” subrepticiamente al frutero de la esquina o a la vecina de enfrente e incluso se publiquen luego los resultados de la escucha, verosímilmente incómodos para el espiado. Vigilados y escuchados, nuestra vida ha entrado ya sin estrépito en la “servidumbre voluntaria” que anunciara Étienne de la Boétie.

Claro que de momento se publican sólo los materiales que convienen al Poder, por ejemplo el mentado “caso Gürtel”, pero no los que puedan incomodarle, ‘verbi gratia’ ese “caso Faisán” en el que consta que desde la policía española se avisó a los extorsionadores de ETA de su inminente detención en Francia y hasta parece que se confortó a un poli intranquilo por la fechoría asegurándole que el juez (imaginen qué juez) “era amigo” y, por tanto, nada había que temer de una eventual investigación. Vivimos vigilados y contentos, pues, pero, encima, expuestos a que nos divulguen el secretillo si se diera el caso de que ello con venga a quien manda. Lo de Orwell era una profecía, no una ficción. Ya sólo queda confiar en que en su granja los cerdos no acaben armando la marimorena.

La mala educación

Ya hay números cabales, y no sólo cábalas, sobre el fracaso escolar. Resulta que se nos van del aula, cada día, nada menos que 60 escolares mal contados, un total de 106.00 en cinco años. Y encima la Junta no tiene mejor ocurrencia –regalo de ordenatas aparte—que darle una beca de 100.000 pesetas de las antiguas a los alumnos para que no deserten, de tal modo que los colegiales cobrarán sólo por asistir a clase mientras que muchos licenciados seguirán pudriéndose en el paro. Estamos ante un sistema educativo que ha perdido el norte y dentro del cual todo irá a peor, verosímilmente, por más prioridades que prometa Griñán. Con esas cifras en la mano lo más razonable es pensar que nos aguarda un futuro peor que el presente.