La real gana

Poco ha contribuido la arrogante argumentación de Chaves a la aclaración de su increíble balance de patrimonio personal. “No he ahorrado– dice para justificar la clamorosa evidencia– porque no me ha dado la gana”, como si ésa fuera alguna razón de recibo en un personaje público al que, al contrario del privado, la opinión e incluso la institución están en su derecho de cuestionarle el peculio. Una grosera expansión que no evitará que se mantenga la duda razonable sobre la parquedad de ese balance increíble que, por lo que se ve, no dispones de mejor razón que el inútil recurso a la testosterona.

La UHU, en el mercado

La Onubense no sólo se ocupa de sus alumnos mientras lo son sino que se preocupa de su posterior inserción en el mercado laboral, siguiendo el rastro de todos y cada uno de ellos y disponiendo como obligatorias unas prácticas en empresas antes de finalizar los estudios. Toda una demostración de inteligencia y realismo, especialmente notable en las duras circunstancias actuales, y todo un alto concepto de lo que debe ser una Universidad más allá de una simple fábrica de títulos. Son raras las universidades que hagan otro tanto hoy por hoy, y por esa razón hay que felicitar doblemente a los responsables de una institución que con el tiempo se verá que ha marcado en Huelva un antes y un después.

Las lágrimas de Lula

Al día siguiente de la elección de Río Janeiro como sede de los JJOO de 2016, un gabinete de autoridades y expertos en seguridad debatió la situación de una ciudad en la que la violencia es endémica prácticamente desde siempre. Se habló allí de aumento de las plantillas policiales, de planes de “pacificación” de las zonas infraurbanas (‘favelas’), de medidas especiales para someter a los hasta ahora indómitos clanes violentos por lo general ligados al narcotráfico. Pero ahora, el, sábado pasado, en la “ciudad maravillosa” que se llevó al agua al gato escaldado de los dudosos compromisarios olímpicos, una refriega en toda regla entre la policía las bandas provocó doce muertos y el derribo a tiros de un helicóptero policial cuyos dos agentes perecieron carbonizados, un duro prólogo para los que al día siguiente, el domingo, arrojaron un balance de cinco traficantes muertos en diversas favelas. Toda la policía ha sido acuartelada y 4.500 agentes suplementarios han sido desplazados desde otras zonas hasta la capital en vista del estado de terror provocado por los incidentes, mientras el propio ministro del Interior –que está convencido de que los enfrentamientos continuarán produciéndose—proponía enviar a la zona el supercuerpo de elite del ejército del que el Gobierno dispone para afrontar situaciones límite. Las festejadas lágrimas de Lula el día del éxito internacional puede que incluyeran la conciencia de que a una ciudad como Río le queda un trecho demasiado largo por recorrer antes de poder postularse como sede de una cita de esa naturaleza.

Es probable que en el tiempo que queda por medio, Brasil consiga apaciguar los ánimos en beneficio de la seguridad de una ciudad en la que muchos vecinos (soy testigo) viven atrincherados en sus domicilios entre blindajes y seguratas. Pero también lo es que el problema es difícil si se tiene en cuenta que dos tercio de esa población, cabalmente dos millones de personas, viven en los terribles barrios del norte y en impenetrables favelas como Jacarezino o Sao Joao, el escenario de esta penúltima guerra. ¿Tenía sentido elegir a Río capital olímpica en estas condiciones, alguna lógica apunta a que una acción cívica logrará cambiar lo que siempre fue esa hermosa y tremenda ciudad en la que hasta la policía ha estado bajo sospecha de gravísimos crímenes? Lula prometió al llegar que no se iría antes de proporcionar a cada brasilero tres comidas diarias y elminar el chabolismo endémico. No ha conseguido, según parece, ni una cosa ni la otra pero sí unos JJOO que encajan a la perfección en el imaginario de un pueblo cuyo narcisismo sólo es comparable a su violencia.

Pintar como querer

Ha dicho el portavoz del PSOE-A que la mayor satisfacción de su partido es comprobar que, según las encuestas, “el líder más valorado de Andalucía en el presidente Griñán”. Incluso admitiendo que Andalucía anda ‘chunga de líderes’, como diría alguna voz reconocible, la verdad es que eso no se lo cree ni él, y tengo para mí que menos aún ha de creérselo el Presidente, que es hombre avisado y sabe bien lo poco probable que resulta que su imagen llegue a enraizar en la opinión mientras desde dentro de su propio partido se le siega la hierba bajo los pies. Los rentois son libres, por supuesto, pero a poco conduce el empeño en no reconocer una realidad como es que la marcha forzada de Chaves ha abierto una crisis interna que puede serle a Griñán todo menos ventajosa.

Un viejo fantasma

La polémica por los nitratos originada en el entorno de Doñana no es ninguna novedad en la provincia. ¿O es que nadie se acuerda ya del durísimo debate mantenido, cuando los nitratos dañaron las aguas de Lepe, entre los expertos y una consejería empecinada en negar los enormes riesgos que entrañaba? Aquel pleito se arregló cuando la Junta dio su brazo a torcer, por cierto, con un proyecto bastante caro, pero lo que debate ahora en el Coto es el daño ambiental que puede provocar la eutrofización y no los efectos que el filtrado de los nitratos producen inevitablemente en el freático del que, tarde o temprano, habrá que beber. Un viejo fantasma, que estará ahí mientras la agricultura demande su uso y la autoridad lo permita.

La leona imaginaria

No es fácil distinguir en pleno campo un perro gigante de una leona. Sí lo es, probablemente, conjeturar las escasas probabilidades que existen de que una leona anduviera paseándose por los montes, entre Cataluña y Valencia, o se apareciera en carne moral a los desprevenidos senderistas de Castellón. Otras veces ha ocurrido, desde luego, y no hace más que unos días hemos visto espantados por la tele la mediación de la autoridad en la disputa de una pareja en trance de separación que porfiaba por la “tenencia” o “custodia” de una tremenda pitón. Nunca se sabe. Un circo tan acreditado como el de Ángel Cristo tuvo abandonados, según creo, a la `animalia` de su zoo por falta de recursos y de uno americano nos informaban los telediarios hace poco que escapó jubilosamente todo un arca de Noé para espanto de la población. ¿Qué hacer si unos vecinos denuncian formalmente que hay una leona transitando a sus anchas por un paraje convencional? En Cataluña y Valencia no se han parado en barras sino que han contestado movilizando varias patrullas de policías, un par de helicópteros, grupos de bomberos forestales y efectivos de la Guardia Civil, un operativo que, según los cálculos que hace Pilar Rahola en su “Oda a un perro muerto”, no ha costado al contribuyente menos de 100.000 euros. Y total, para descubrir, en fin de cuentas, que no había tal felino sino que se trataba de un enorme perro (de más de metro y medio de largo por 70 cms. de alto) al que sus expeditivos perseguidores dieron muerte inmediata haciendo uso de sus armas, con la consiguiente algarabía ecologista que reclama elevando el treno respeto para ese can proletario que, según ellos, bien pudo ser anestesiado con tacto de albéitar. Cinco días de búsqueda y 100.000 euros del ala, y todavía vienen pidiendo árnica. El problema de estos “ecos” es su condición urbanita.

Me pregunto a veces cuánto se podría hacer con las energías dispersas que esta grey bienintencionada despilfarra en pleitos seguramente mucho menos progresistas que tantos otros como necesitarían su apoyo. Se ha hablado más estos días de la jodida leona que de los ahogaditos de las varias pateras en entretanto han naufragado en nuestras costas y desde luego bastante menos de lo que suele hablarse cada vez que el hermano perro, asilvestrado o casero, acaba con una persona indefensa –un niño, tantas veces—por no hablar del caso del pastor agredido en pleno monte del que ni nos enteramos. ¿Cuánto va a tardar el ecologismo hispano en sustanciarse siquiera como los europeos que vivaquean ya con éxito en Estrasburgo y coquetean con el poder aquí y allá? Hay que estar muy pegado al asfalto para pedir que a un perro peligroso en pleno campo se le trate con guante blanco. Y en un mundo como éste que en que vivimos, para qué hablar.