El millón raspado

Al consejero de Empleo parece que lo reconforta el hecho de que la oposición haya errado el cálculo del paro al cifrarlo en un millón, pues según los datos oficiales, Andalucía no cuenta más que con 994.400 personas desocupadas, o sea, un 25’64 por ciento de las que están en edad de trabajar. Hay que estar en Babia para no percatarse de que si el verano no ha sido capaz más que de raspar levemente la estadística, el otoño y el invierno habrán de llevarla, por desgracia, más allá del previsto millón. Y hay que ser indulgente o irresponsable para mantener al frente del empleo a alguien con semejante criterio.

Optimistas, abstenerse

Ha subido el paro en Huelva, ¡en pleno verano!, mientras en el conjunto de Andalucía el trabajo recuperaba unas migajas perdidas. Y estamos ya en una tasa de un 22’14 por ciento de la Población Activa –un 1’67 por ciento más que el trimestre anterior–, con 51.300 personas mano sobre mano. ¿Dónde está el éxito de las medidas contra el paro adoptadas por Gobierno y Junta, de qué sirvió ese ‘Plan E’ que levantó las aceras de media región para volverlas a tapar? Mantener la polémica en lugar de pactar todos contra esta plaga es una temeridad de la que habrá que pedirle cuenta al Poder algún día. Que si las cosas siguen como van, no sería extraño sino lógico que coincidiera con el día de las elecciones.

El instinto dinástico

Con motivo de la promoción del hijo de Sarkozy se habla mucho de esa pulsión dinástica que se manifiesta en tantos líderes republicanos, empeñados en instaurar o restaurar ‘de facto’ la monarquía convirtiendo en herederos a sus hijos. Asistimos a un silencioso movimiento universal que, desde el seno de las repúblicas, evoluciona hacia la monarquía, de la misma manera que, en su día, determinados cambios sociales (y económicos) provocaron la sustitución de ésta por las repúblicas. Rafael Atienza rescató, en un memorable discurso académico, el balance que el historiador Harold Nicholson hizo del destino de las dinastías europeas tras la Gran Guerra y la Revolución Rusa, aquel “gran terremoto de la Historia”, que supuso el fin de cinco emperadores, ocho reyes y dieciocho dinastías menores en un tiempo récord, un seísmo que hoy estaríamos viviendo al revés. Nos lo recuerda una crónica de Rosa Meneses que incluye en su recuento, junto al niño de Sarko, a los régulos de Corea del Norte, Libia. Egipto, Argelia, junto a las dinastías familiares de Argentina o Cuba, aunque dejando fuera los casos del Congo, Togo, Zaire, Chad, Senegal, las dos Guineas o Gabón, y algún otro que se me quedará el tintero. El discurso de Atienza se titulaba “Heredar el mérito” y ya desde su perspectiva aristocrática destripaba con lucidez los trucos del dinastismo junto a sus fuertes razones históricas. Hoy día la cosa es más sencilla. No hay diferencia básica entre la decisión de Sarkozy y la de Kabila porque la razón dinástica ha dejado de ser un código ético para reeditarse en una simple cuestión subjetiva. Hemos descubierto las repúblicas hereditarias. Me temo que alguien andará reinando en la idea de rescatar la guillotina del desván.

Lo malo es que ni siquiera se trata de la idea de Flaubert de que no hay mejor monarquía que la república constitucional, sino de un simple y humano reflejo de esa propensión patrimonialista que parece inseparable del ejercicio del poder, lo mismo si éste se atiene a la lógica de las democracias que si va por libre en el marco de la autocracia. A Kim Il-Sung o a Gadafi los mueve, en le mejor de los casos, un impulso idéntico al del presidente francés, a saber, a la ilusión de que la estirpe propia es aristocracia y, en consecuencia, garantía de virtud. Al propio Franco, siendo lo suyo que era el pavo, a poco lo convence el pretorio familiar para hacerse suceder por un trasyerno. Lo que prueba que el Poder, se emplee bien o se use mal, acaba siendo interiorizado como un derecho. Entre el derecho divino y la soberanía popular, resulta que no había más que un paso. Y se ha dado.

No lleva razón

No lleva razón la consejera de Educación, María del Mar Moreno, cuando dice que asistir a un pleno municipal en su pueblo va por delante de su obligación de comparecer en el Parlamento. Al contrario, esa actitud descubre, con cierta ingenuidad, la auténtica idea que estos dirigentes se han formado del Parlamento –representación única del pueblo de todos—y que se cifra en ver en la cámara un simple instrumento legitimador de la política de la Junta y, llegado el caso, de la del partido que lo sustenta. Claro que la culpa no es suya sino de un Parlamento que, adormecido sobre la mayoría absoluta, hace mucho que se resignó a su papel segundón.

El enchufe según IU

Ha denunciado IU el enchufismo que, según la coalición, rige tanto en Trigueros como en Villarrasa. ¡Toma, y en la Diputación (empezando por IU misma), y en Gibraleón, y en Valverde, y en la Sierra y en…! El ‘enchufe’ es el instrumento del neocaciquismo, el engrudo que fideliza a una amplísima clientela familiar por toda la provincia, y es de temer que también lo fuera en el caso de que gobernara un partido distinto al que gobierna. Hace bien la coalición protestando por esos abusos, pero ¿es que los “equipos” descomunales que “asesoran” sobre todo lo asesorable en la mayoría de las instituciones no son abusivos? Estos políticos dicen no fiarse de los funcionarios porque ello les abre la puerta grande a sus estrategias expansivas. La bendita democracia es un régimen muy caro, de eso no cabe la menor duda.

Ley y clase

Un eminente jurista, con cargo institucional para más inri, reconocía hace bien poco que, con toda evidencia, la aplicación de la ley no resultaba igual en la práctica para el pobre que para el rico. El derecho no lo es tanto, en fin de cuentas, ni lo fue nunca salvo en los momentos fundantes, en la medida en que su ejercicio se conforma a una lógica y a unos protocolos reservados a los expertos, los cuales han sido toda la vida especialistas en extremar el laberinto. Por algo dice el refranero lo que dice de jueces y abogados y por algo repiten los gitanos eso definitivo de “pleitos tengas y los ganes”. La imagen de los dos primos Cortina –condenados por estafa en el Tribunal Supremo y liberados luego de esa condena en el Constitucional por prescripción de los delitos—reclamando al Estado cantidades millonarias como compensación por los “daños injustos” soportados, es de ésas que confunden sin remedio a una opinión nunca curada de espantos a pesar del espectáculo en sesión continua de las corrupciones privadas y públicas que se han adueñado de este país nuestro ante la evidente tibieza de los poderes que podrían remediarlo. En dos casos también recientes, sendos presos por error han reclamado, como los Cortina, por sus muchos años de injusto calabozo sin merecer más que algún que otro suelto o comentario. Los famosos financieros, por el contrario, han campeado en la mayoría de las portadas acaparando un interés que ellos justifican con el argumento de que, al fin y al cabo, ser sentenciados como estafadores por el Supremo les ha causado un perjuicio irreparable no sólo moral sino económico. No fue Balzac, como suele repetirse, sino Rabelais, quien ideó el símil de la ley como tela araña que atrapa al mosquito pero se rompe y deja escapar al tábano. ‘Martín Fierro’lo explica mejor que nadie en sus olvidados cuartetas: “No la tema el hombre rico,/ nunca le tema el que mande,/ pues la ruempe el bicho grande/ y sólo enrieda a los chicos”.

Sin darnos cuenta quizá nos hemos instalado en una situación límite cuyo perjuicio no radica sólo en la ruina que provoca sino, mayormente, en la desmoralización masiva experimentada por la ciudadanía que asiste atónita y en régimen de función continua a situaciones judiciales incomprensibles. Antier mismo un juez dejaba en libertad sin fianza al saqueador del Orfeó Català y al día siguiente otro detenía a un Ayuntamiento en peso en la estela de casos como los de Marbella o Estepona. En el clima moral crítico del Barroco escribió Corneille (cito, una vez más, de memoria) que la Justicia no es precisamente una virtud de Estado. Hoy, en España, esa frase podría ser un lema.