El lobo electoral

No sé por qué no antier, el año pasado o hace cuatro años, y sí hoy, es decir, cuando las elecciones se nos vienen encima, el ojo vigilante de IU, Diego Valderas, descubre que lo que está ocurriendo en la cuenca minera de Huelva –como aquí mismo hemos dicho y repetido tantas veces—no tiene perdón ni, probablemente, arreglo. Valderas ha visto claro de pronto que esa tasa de paro y esa depresión creciente amenaza con liquidar la comarca y no se le ha ocurrido más que pedir un plan “serio” y proscribir (otro extremo que tantas veces hemos denunciado los demás) el uso truquista de los famosos cursos con que entre la Junta y los sindicatos entretienen a los parados. Se le ven ya las orejas al lobo electoral, no hay duda. Y Valdera para eso es un águila.

Tortilla vuelta

Nunca me gustó la imagen de las viejas escoltas armadas que acompañaban a Cristos y Vírgenes en las procesiones, ni los palios cubriendo al dictador. Para qué referirnos a lo que hemos despotricado contra aquellos obispos que saludaban a la romana, es decir, a lo fascista, por no hablar de algún cura montaraz con pistolón al cinto. Incluso contribuí, si es que no fui pionero, al explicar durante años en la Universidad (en la Complutense, por si hay dudas) la implacable lógica de la secularización del mundo que los Weber, los Berger y los Luckmann, entre otros, contemplaron como secuela inevitable del industrialismo. Los tiempos cambian y es obvio que nuestra sociedad no podía conservar intacto el complejo mental heredado de una tradición armada en exceso sobre el imaginario católico. Ahora bien, esperábamos que la evolución de la propia cultura religiosa –Mâle advertía que ya no hay arte sagrado sino, todo lo más arquitectura religiosa—fuera autónoma y no forzada, lo que quiere decir ante todo que no viniera impuesta por los poderes civiles y menos a modo de revancha. Pero eso es lo que ha ocurrido, quizá porque estos revanchistas ignoren la mayor, a saber ese efecto descralizador que nadie tiene por qué molestarse en encasquetarle a las ideas ni a la práctica religiosa pues de eso se encarga la propia lógica social. Es verdad que en España han sobrado razones para ver en la religión tradicional un factor político de primer orden; pero no lo es menos que, con motivos o sin ellos, nuestras reacciones se han resumido en la barbarie, sin que ni siquiera hayamos escarmentado de sus consecuencias. Hemos pasado de soportar a un caudillo que viajaba con un brazo momificado a arrancarle brutalmente el brazo a un Cristo popularmente venerado. ¿No tendremos término medio? Cuando escucho esa pregunta al progresismo cuerdo me pasa ante los ojos, como en la visión del ahogado, la deplorable saga de nuestra proverbial estulticia.

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Con un agravante: el de que mientras se apela a la secularización para acelerar la ruina de la religión propia se recurre a la razón más elevada para fomentar las ajenas, y no sólo por temor, que también, sino por esa simplicidad que ha hecho posible en nuestra historia desde el chafarrinón antiladino del niño crucificado hasta las atroces leyendas ciertas de nuestras guerras civiles. Enfrenten la escena del cafre agrediendo al Gran Poder con la inminente ley de Libertad Religiosa con que se pretende, precisamente, suprimirla, y comprenderán que no salimos de las mismas. Valle decía que la historia de España es un albur o un barato. Y ha resultado cierto.

Audacia del ignaro

Que esperen sentados quienes esperaban (esperábamos) de Griñán un modelo político cualificado y prudente. Basta escuchar a Mario Jiménez, bachiller raso (y gracias, porque los hay con menos), “insultar” a Arenas llamándole, con las del beri, “estadista”, como si lo que rodea a Griñán fuera el círculo de Oxford y estos Jiménez sus distinguidos “schoolboys”. ¡Pero si tenemos consejeros sin estudios básicos siquiera!
Griñán es muy libre de optar por la agresividad pero quizá fuera más discreto controlar a esos perros de presa que no conocen otra política que la dentellada.

Otro camelo

De estación de Calatrava, nada. No veremos en Huelva el proyecto vanguardista que vendió el PSOE en 2007 por boca de Magdalena Álvarez, que aquí los compromisos, en especial los electorales, valen lo que el papel mojado. Parece que ahora van a encargar otro proyecto, hay que suponer que más económico, que es la mejor forma de ir ganándole tiempo al tiempo y darle carrete al inexpugnable Ayuntamiento. ¿Ven como a Huelva ni agua mientras la voluntad de la mayoría absoluta de los onubenses mantenga ahí a Pedro Rodríguez? Para las cercanas municipales, la verdad es que se la están poniendo al PP como a Frenando VII.

Tres mil fugados

Hacienda ha difundido a bombo y platillo la noticia de que sus servicios inspectores han conminado a 3.000 criaturas a reintegrar a la patria los 30.000 millones del ala que, huyendo de la quema, habrían ocultado en las cajas fuertes suizas. ¿Qué habrán hecho mal esos pavos para que una Hacienda tan complaciente con los ricos –la vicepresidenta económica confesaba hace poco que no es sensato imponer un impuesto a las grandes fortunas porque ello conllevaría inevitablemente la huida de capitales—los haya empitonado de esa expeditiva manera? Bueno, verán, personalmente no tengo otro remedio que sospechar, aparte de las lógicas razones de oportunidad, que Hacienda la ha emprendido con esos trujimanes eligiéndolos cuidadosamente en las seguramente copiosas listas de evasores que, con toda seguridad, pone en sus manos su eficaz aparato de control, porque lo que no me cabe en la cabeza, por más que lo intento, es la leyenda de que si se le mete mano a esos 3.000 es porque, así, como casualmente, han caído en el garlito de los controladores. ¿O es que alguien en sus cabales concibe hoy una gran fortuna española que no disponga de su cofre en algún paraíso fiscal? Miren, los paraísos fiscales son parte del Sistema, una institución quién sabe si imprescindible para que las cosas sean y sigan siendo como son, ni más ni menos. Y Hacienda, en consecuencia, también. Para que funcione el tinglado thatcherista –que es el único verdadero, hoy por hoy, tanto para la derecha como para la izquierda—parece ser que resulta necesario ese “no lugar” en el que se refugia el dinamismo capitalista. Y más que lo va a ser con la que está cayendo. Por eso mismo me resulta en cierto modo poco equitativo el sacrificio de esos “pobres ricos”, valga el oxímoron.

 

El dinero es un poder fáctico ante el que el propio Estado tiene poco que hacer si es que quiere hacer algo. La prueba es cómo se quedó en papel mojado la crítica decisión de confeccionar un mapamundi en el que figuraran todos y cada uno de los paraísos fiscales, no sé si incluyendo los “interiores” o no, la verdad. Pero nada mejor para fingir lo contrario que ejercer la autoridad de vez en cuando, de modo calculado, obviamente, entrillando a ser posible a una panda de membrillos pero excluyendo –y si llega a buen puerto esta operación, ya lo comprobarán ustedes—a todos esos en los que ustedes están pensando. Eso si el mero anuncio no provoca una desbandada aún mayor que la que, por lo visto y oído, se está produciendo esta temporada y la cola de Gibraltar llega hasta La Línea. Es muy peligroso el “big Money”, ya se sabe, y la implacable Hacienda lo sabe mejor que nadie.

Una estampa arcaica

La imagen de los alcaldes y dirigentes del Sindicato Andaluz de Trabajadores (CAT, antiguo SOC) sancionados por practicar, a estas alturas, la absurda estrategia de las ocupaciones resulta de todo punto anacrónica. Ni esas presencias valen para nada ni esas multas impuestas por la Justicia dejan de ser floclore político, al margen de que detrás de las protestas en cuestión haya que reconocer una situación especialmente dura que se explica que busque dar salida a su cabreo. Es verdad que “Novecento” queda lejos. Pero también que hace muchos años que la autonomía viene dando la espalda al campo.