Se rompe la correa

Parece que se ha roto, al menos incidentalmente, la famosa “correa de transmisión” ugetista. El sindicato está desbordado por los quiebros y camelos oficiales, y lo está al extremo de tenerse que plantar el responsable regional, Manuel Pastrana, anunciando que se revolverá contra la Junta y el Gobierno con acciones públicas en el caso de que no se vea un movimiento confiable en la crisis aguda de la industria onubense. Cosas como ésa no se oían aquí desde la época de las huelgas generales y sorprenden tanto más en vísperas del acuerdo de concertación social del que viven los síndicos. Mal deben de andar las cosas, evidentemente. Peor, seguramente, de lo que suelen contarnos.

Fútbol para todos

El fútbol ha servido siempre al poder en Argentina. A la Junta Militar la sacó de su aislamiento cuando el Mundial famoso y luego hemos sabido que hasta se llegó a excarcelar de sus ergástulas a algunos secuestrados políticos de la dictadura para pasearlos por Buenos Aires en plena euforia futbolera. Hay que conocer, desde luego, lo que es el fútbol en aquel gran país en el que una parroquia no tan testimonial rinde culto de latría a un sujeto como Maradona y en el que los partidos de alto riesgo se liquidan frecuentemente con riñas tumultuarias cuando no con balaceras. Lo último en este negocio ha sido la decisión de la presidenta Kirchner de garantizar el “derecho a ver el fútbol” que asiste a todos los argentinos y no sólo a aquellos que disponen de medios para pagarse la tv privada, un proyecto que, según ella, supone la “democratización de la sociedad argentina” y contribuye a la imprescindible igualdad entre las clases. Maradona está encantado hasta el punto de regalarle a la primera dama –que atraviesa su peor momento político—una camiseta con su nombre y firma, como reconocimiento a este gran gesto de Estado que costará al contribuyente 110 millones de euros, una cifra prohibitiva en una nación que mantiene a importantes grupos de población bajo el umbral de la miseria y a amplios sectores sociales incluso en situación de desamparo absoluto. La Kirchner no ha podido explicar, claro, cómo su patrimonio conyugal se ha visto multiplicado por tres en un abrir y cerrar de ojos, ni ha conseguido espantar ese fantasma personal acusando los potentados del país de la penosa situación económica que atraviesa, pero ya ven cómo ha intentado convertir el fútbol en un insuperable aliado demagógico. Los evergetas romanos hacían lo propio con sus “circenses” pero los pagaban de su peculio. La demagogia postmoderna los carga a la cuenta colectiva.

También en España sabemos lo nuestro de guerras del fútbol y de elocuentes armisticios impuestos por los Gobiernos, pero hay que reconocer que no habíamos llegado nunca a la ocurrencia argentina a pesar de la amplia experiencia en ese negocio que nos legó el franquismo. Los demagogos de hogaño han perdido por completo la vergüenza, con independencia de que se conduzcan con la ingenua audacia del postperonismo o que lleven a cabo sus planes aprovechando –como es nuestro caso—la descomunal imbricación del deporte en la vida diaria que propicia un determinado modelo de difusión mediática. Es impresionante el espacio concedido hoy en esos medios al deporte en general y al fútbol en concreto, aunque, de momento al menos, no hayamos proclamado ese “derecho a ver el fútbol” con que la corrupción argentina pretende tapar sus agujeros negros. Franco sacaba al Lute del desván cuando había que tapar problemas como hoy se detiene a la Pantoja de madrugada y la Kirchner paga el fútbol para todos. No cabe duda de que cada maestrillo tiene su librillo.

Frentes de juventudes

Está siendo muy reveladora la pelea entre las organizaciones juveniles de PSOE y PP, provocadas por la denuncia lanzada desde el Consejo Andaluz de la Juventud de estar siendo coartado por la Junta a causa de sus opiniones públicas. Los alevines de derecha e izquierda reproducen fielmente el modelo dialéctico de sus mayores, en un lastimoso alarde de partidismo que rechina en esos niveles políticos. Los partidos hacen mal convirtiendo sus movimientos juveniles en réplicas de la competición adulta y convirtiéndolos, de hecho, en escuela de mandarines con nómina y todo. Vendría como agua del cielo una renovación generacional continua de nuestra política que, sin embargo, no tendrá sentido si los jóvenes se limitan a consagrar el viejo cainismo.

Polémica en Zufre

En Zufre se discute acaloradamente con motivo de la tajante afirmación del Ayuntamiento sociata de que en el pueblo “no hay vecinos dispuestos a trabajar”, un “gran problema que se está implantado en el municipio”. Frente a ello el PP ha lanzado una campaña contra su adversario municipal reclamando dimisiones, aunque parece que lo suyo sería, antes que exigir estas revanchas, aclarar si esas graves acusaciones son ciertas o no lo son. Zufre es un ámbito reducido, donde todo el mundo se conoce y, por tanto, en el que no es posible ocultar una realidad semejante . Sin pasiones ni demagogias, urge que entre los dos partidos aclararen una situación con la que no es lícito jugar tal como andan las cosas.

Pequeños verdugos

Un juez chileno acaba de ordenar la apertura de diligencias contra 120 antiguos agentes de la DINA, la feroz policía política creada a raíz del golpe y a la que se atribuye la desaparición de al menos 3.000 ciudadanos en los calabozos de la dictadura. No quiere el juez, como muchos chilenos, que se olvide el crimen de lesa patria y menos todavía que aquellos sayones continúen cobrando su sueldo como si estuvieran en activo, no es difícil imaginar por qué. Hasta ahora la democracia chilena había permitido empapelar a los jefes de de aquella tenebrosa mafia pero dejando fuera a “las pequeñas manos” que fueron las ejecutoras directas de la masacre y de las torturas, la canalla entusiasta que secuestraba de madrugada, sometía los detenidos a torturas indecibles y, finalmente, los ejecutaba y hacía desaparecer. Me parece que el esfuerzo chileno por sancionar los desmanes del pinochetismo no se ha valorado adecuadamente fuera de Chile, donde nada menos que diez jueces trabajan dedicados a esa tarea con la ayuda de una brigada policial desde hace casi un decenio, lo que no deja de resultar razonable teniendo en cuenta que de los 3.000 desaparecidos apenas han sido localizados unos cientos, y que son precisamente esos innominados verdugos los que custodian el secreto de la infamia. También el tribunal que auspiciado por la ONU investiga la inmensa matanza de los djémeres rojos en Camboya ha decidido ahora incluir en sus pesquisas, además de los responsables máximos –como ese famoso “Douch” juzgado por el asesinato de 15.000 personas en la prisión de Tuol Sleng–, a los verdugos de rango inferior que hicieron posible la matanza, arrebatados, en general, por un vesánico entusiasmo. Sólo que, en Camboya, el Mal no ha desaparecido ni se ha ocultado del todo hasta el punto de que el Gobierno, del que forman parte muchos de los viejos “cuadros”, mantiene con la comunidad internacional un duro pulso para evitar que se haga justicia. Las tiranías nunca se volatilizan sino que permanecen en el ambiente infectando con su presencia la libertad conquistada.

Nada tiene que ver la depuración de responsabilidades con el prurito vindicativo. Hoy sabemos que, salvadas las distancias, crueldades bárbaras se perpetraron, aparte de las nazis, no sólo en el gulag soviético sino en los campos de exterminio de Tito o en los ajustes de cuenta internos de la propia Resistencia antifascista en Italia o en Francia. Pero la culpa propia no puede eximirse pareándola con otras ni la Justicia cerrar los ojos cuando tiene delante hechos probados que merecen su mano de hierro. La Justicia en la Historia es siempre relativa y, con frecuencia, parcial, lo que no la exime de intentar su misión. Aparte de que no hay justicia tardía en casos como los comentados, en los que los artífices del crimen ostentan con descaro su impunidad. Nada tiene que ver la venganza con la justicia si ésta es posible. Sólo los cómplices y los mismos carniceros se opondrán a esa evidencia moral.

Guerra y Paz

En EEUU ha levantado tremenda polvareda la publicación de la foto de un joven cabo moribundo en el campo de batalla. En España ha pillado por sorpresa la noticia de que nuestras tropas “en misión de paz” han dado muerte a trece taliban tras seis horas de duro combate, sorpresa prolongada en la previsible decisión del Gobierno de aumentar significativamente las tropas, como le solicita la propia Oposición. Tenemos la máxima paradoja imaginable: una ministra del Ejército pacifista a la que las circunstancias (y ya se sabe la flexibilidad con que los políticos se adaptan a ellas sean las que sean) van a convertir, si Dios no lo remedia, en estratega de una guerra abierta que, por si fuera poco, parece poco probable, casi nada, que pueda acabar ganándose. “El rostro de la guerra es la derrota”, escribió Magris, la guerra es un negocio en el que todos pierden (salvo los especuladores), pero lo que no existen son “guerras humanitarias” ni tonterías semejantes. Como pasara con Irak, donde ahora comienza la cuestionable retirada, en Afganistán pintan unos bastos para los nuevos aliados que recuerdan no poco a los que acabaron rompiéndole la crisma bajo el casco al penúltimo Ejército Rojo. Estamos en guerra, pues, hay que admitirlo, aunque sea, de momento, en una guerra de relativa baja intensidad, en la que, eso sí, sólo matamos (como ya lo hiciéramos en Irak) en defensa propia. Lo que no tiene sentido es seguir manteniendo la pamema de que nuestras tropas están en Irak como misioneras pacíficas ni como salvadores bien acogidos con flores en los fusiles. Vamos a ver cómo se consuma esta paradoja del pacifismo armado hasta los dientes.

Se ha dicho, y no una sola vez, que es por completo hipócrita hablar de “misiones de paz” llevadas a cabo por contingentes militares. Defender el derecho de injerencia, como hacemos muchos, no supone aceptar la causa imperialista pero tampoco negar la inevitable índole marcial de toda intervención armada. En Afganistán, por ejemplo, una cosa es discrepar de la presencia internacional en el conflicto y otra muy diferente apostar por ella bajo la equívoca especie de la intervención  pacificadora. Nuestros soldados son combatientes de buena voluntad, si se quiere, pero en el campo de batalla los combatientes de esa condición pueden matar a trece enemigos si en ello les va la vida o, incluso, el éxito de su legítima misión. ¿Qué no hay guerras justas, que todas las guerras son malas y que en ellas pierden incluso los que las ganan? Bueno ahora ya sabemos lo que el espíritu pacifista le dura al pragmatismo de la política. En USA reproducen el fariseísmo camándula que en los años 60 ocultaba los desastres de Vietnam. En España es una ministra que escaló defendiendo la paz quien conducirá esta guerra imprevisible