La cabeza del pez

La denuncia de un mero contribuyente francés ha conseguido sentar al ex-presidente Chirac en el banquillo de los acusados. ¡Funciona l’egalité!” Ocurre el hecho poco después de que el influyente ex-ministro Charles Pasqua haya sido condenado a un año de cárcel por traficar con armas, y que el ex-premier y ex-canciller Villepin ande en la cuerda floja ante una petición de cárcel por su presunta participación en los manejos bancarios del banco Clairstreamm, y por otra por su intento de involucrar al presidente actual en aquella trama, como si de una demostración general de independencia del poder judicial se tratara. La cabeza del pez estaba pues evidentemente podrida y a los jueces no les ha temblado el pulso a la hora de cortarla de un tajo, lo que probaría una extraordinaria vitalidad del republicanismo francés si no fuera porque en las encuestas de este mismo mes de octubre, la popularidad de Chirac anda muy cerca del 80% algo muy pocas veces logrado por un político, y que custiona de forma muy seria los fundamentos de esa psicología democrática de la que el gesto del contribuyente mencionado y su acogida por la Justicia hablan mucho y bien. Aquí costó Dios y ayuda que el presidente González compareciera como mero testigo mientras una más que probable mayoría ciudadana se mostraba comprensiva con los crímenes juzgados que el Juez Garzón le atribuía, en suprema instancia, bajo el pseudónimo bien convencional de “Señor X”. Como han manifestado muchas voces en Francia desde que se conoció la suerte de Chirac, poca gente desea ver al ex-mandatario en el banquillo pero ubna inmensa mayoría exige que no haya diferencias ante la ley entre un ciudadano peatonal y un prócer. Yo sería partidario de eliminar el humillante uso de las esposas, por ejemplo, salvo en casos de peligrosidad manifiesta del conducido, pero mientras esa providencia no se adopte tampoco me rasgaré las vestiduras por ver grilletes en manos famosas o reconocidas.

Convencido de que la corrupción es inevitable en las actuales circunstancias socioeconómicas, cortar por lo sano esa manzana podrida me parece, por eso mismo, inaplazable, y los hechos comentados demuestran que semejante operación no es en absoluto imposible. Del mismo modo que estoy convencido de que esa delincuencia auspiciada o encubuerta desde la política contiene el germen de la destrucción del sistema en su conjunto. Ver en un banquillo a quien estiman 8 de cada 10 ciudadanos constitute una imagen, no por paradójica menos cabal, de la capacida autorregenerativa de la democracia. Verlo en la cárcel, eventualmente, sería tan desconcertante como saludable.

Mal porvenir

Demoledor el informe de Unicaja- de su sociedad de estudios- sobre el presente tenso y el futuro imperfecto de Andalucía. Estamos como en los peores tiempos y nada permite vislumbrar por dónde puede venir el remedio a una explosión del paro que va embalada hacia el 30%. ahora bien, ese remedio no puede surgir sólo de la Junta autónoma ni del exclusivo sacrificio ciudadano, sino que ha de producirse en el contexto general de una política autonómica adecuada de alcance nacional. Sentarse a verlas venir no ha solucionado nunca los problemas ni solucionará esta cuasi aporía en que se ha convertido la crisis en nuestra región. Lo que no tiene pase es un optimismo oficial que, fuera del interés partidista, no tiene hoy, por desgracia, el menor fundamento.

Huelva existe

Va a haber que decirle a la Junta aquello que desde otra provincia española se convirtió en un lema “Huelva existe”. Porque no se entiende el progresivo abandono de la provincia por parte del gobierno y de la junta, cuyos respectivos presupuestos la castigan de forma ostensible, rebajando la inversión pública en ella hasta colocarla la última en las 8 provincias andaluzas, es decir, condenándola a alejarse cada vez más de la media del conjunto regional. ¿por qué reconoce Griñán en Huelva que hacen falta más inversiones en la provincia si se las rebaja en sus propios presupuestos? Perdemos peso político a ojos vista, aparte del entreguismo del PSOE local y, a este paso, seremos los últimos en salir de la crisis. Huelva no existe más que en campaña electoral.

‘Beatus Ille’

Una vez más los sabios se aplican a la tarea de medir la felicidad. Lo acaban de hacer algunos en la universidad de Rotterdam, ni que decir tiene que enfocando al tema clásico desde la cuestionable perspectiva de la cuantificación del “bienestar” percibido por la opinión. La felicidad es uno de los más viejos asuntos filosóficos y, quizá por ello, difícilmente trasladable al plano sociológico, donde la acuidad del concepto suele perderse en beneficio del resultado práctico, siempre en línea con la presunción de aquel padre fundador que dejó dicho aquello de que esa sociología –que Unamuno consideraba “ciencia mostrenca”—es un saber empírico dedicado a probar obviedades. Como aspiración o ideal, la felicidad no tiene origen conocido porque es connatural al pensamiento, pero todo el mundo admite hoy que ese ideal individualizado no coincide con la aspiración a la “felicidad pública”, el gran invento del progresismo “ilustrado” –como hace poco tiempo resaltaban Delumeau y sus colegas— que los tiempos modernos y, en especial, la postmodernidad, han suprimido sin remedio. ¿Cómo medir en serio la felicidad de un hombre o la de un grupo cuando sabemos bien que plantear esa cuestión es hablar de la mar? En uno de sus finos “Propos” decía Alain que uno de los secretos de la felicidad es su indiferencia al propio humor: el perro dormido al sol –viva imagen—o su figuración humana en la imagen de Diógenes y demás adeptos de la “secta del perro”, que ha estudiado con acierto García Gual, constituyen la máxima representación posible del bienestar. Hoy, sin embargo, la felicidad se mide cruzando datos como la esperanza de vida o los índices de desarrollo con la propia opinión declarada. Y desde esa perspectiva, los españoles actuales califican con un notable su situación. Imagínense.

Se me vienen a la cabeza multitud de referencias al tema debidas a autores conspicuos, pero sobre todo se me impone la idea dominante de que la felicidad, según la mayoría de ellos, es concepto fugitivo debido a su índole eminentemente subjetiva. La gente ‘desconoce’ su felicidad propia pero ‘reconoce’ con facilidad la ajena, y esa razón se lo pone difícil a los cuantificadores que tratan de reificar, petrificando el concepto, lo que no pertenece sino al reino de la imaginación. Aparte de que no será lo mismo la felicidad para un espíritu estoico que para otro de propensión epicúrea, como no lo será en el ámbito mental de un Cioran o un Rilke respecto al de un Schopenhauer, el que definía esa búsqueda como la “cacería de una presa inexistente”. También se ha dicho que la felicidad era una “aptitud”. Ya me dirán nuestros sabios cómo se mide eso.

Marcha atrás

Con frecuencia comprobamos que nuestra política confunde hacer la oposición con llevar la contraria. Que el PP, un suponer, propone que la Junta avale a los compradores de viviendas ofrecidas por entidades financieras y promotoras para aliviar el angustioso stock, como ocurrió en 2008, pues nada, el PSOE se opone y a otra cosa. Aunque dos años después el propio PSOE recupere la propuesta rechazada presentándola como propia y la lance a bombo y platillo como hicieron el jueves los dos responsables de aquel rechazo parlamentario, el presidente Griñán y el consejero Espadas. Bien está lo que bien acaba, sostuvo Shakespeare, pero mejor estaría la lealtad al interés común por encima del partidismo.

Sirvase usted mismo

Genial lo de los tres camiones de adoquines propiedad del Ayuntamiento que un ciudadano se llevó en Ayamonte. El alcalde dice que se los regaló él mismo –“un favor se la hace a cualquiera”, ha dicho—pero que el beneficiado se sirvió tomándolos de donde no debía y en cantidades industriales, amparado en el barullo del “Plan E”. Más que el huevo lo que importa aquí es el fuero, pues la actitud del alcalde prueba que posee una idea patrimonial de lo público tan acrisolada que le permite dar y regalar a un particular lo que es de todos y de nadie. No tanto por los adoquines, claro, como por la actitud que subyace en el favor, alguien debería explicarle a ese corregidor que si él es de Ayamonte, Ayamonte no es suyo.