Teoría de las Cajas

Nada tan sorprendente habrán oído ustedes como la afirmación del vicesecretario general del PSOE-A, el bachiller Velasco, de que despolitizar las Cajas de Ahorro es un propósito franquista. A Velasco le han contado sus mayores en el partido que nada como una Caja al servicio de la Organización, en la que el propio partido designa a los gestores y consejeros y que, llegado el caso –tantas veces llegado—condona los créditos a sus mandamases, empezando por Chaves. No tiene límites, al parecer, la ignorante osadía de esta dirigencia improvisada por Griñán como círculo pretoriano. Tanto, que yo que él no me fiaría de ella, por si acaso…

Un escándalo

Otra vez el escándalo de los golfos que estafan a los emigrantes, esas mafias dedicadas a explotar la angustiosa situación de los más débiles en las mismas narices de una autoridad que es la más interesada, por supuesto, en que se aclare el tema hasta el fondo y se descubra quien está detrás. Así lo ha pedido el Defensor del Pueblo y así lo exige una mayoría de onubenses que lamenta que, cuatro años después, todavía colee judicialmente aquel escándalo anterior de la venta de “papeles” a los desesperados a cambio de dinero y sexo. Éste es de esos asuntos que deben resolverse con urgencia, sin darle tiempo al tiempo, como pide el Defensor.

Dependencia feliz

La verdad es que con las inversiones venimos manteniendo tradicionalmente una relación de amor-odio, una especie de ambiguo malestar en plan “ni contigo ni sin ti”, como canta el fandango, sobre todo la gente del progresismo generacional, hoy con un pie (o con los dos) en la jubilación, a la que la teoría enseñó a prevenirse contra la peste de la dependencia. Y sin embargo, está más claro que el agua que ningún sistema sobrevive sin inversiones y menos en un mapamundi del que han desaparecido como por encanto las tenues líneas de las fronteras. No les digo más que en Marbella han recibido con honores de jefe de Estado al jeque qatarí Abdullah Bin Nasser Al-Thani que ha llegado en su Rolls negro descapotable procedente de su fabuloso yate, tan grande que, por no caber en el puerto marbellí, ha debido quedarse en el de Málaga en espera de que la Junta o quien sea acabe por meterle mano al viejo proyecto de ampliación de sus pantalanes. Vuelve, pues, la alegría de los pringaos, el mito de los marchantes, la leyenda frenética de las propinas de diez mil duros a los guardacoches, las fichas casineras repartidas con largueza a crupiers y mirones, la apoteosis de los anticuarios y el agosto de las putas, además de la satisfacción oficial. Se dice que fue Fahd el saudita quien remedió la crisis de los 70 mientras contemplaba el cielo estrellado y soñaba, rodeado de huríes, con palacios y minaretes, y ahora se confía en este Ben Nasser de “gustos sencillos”, según sus deslumbrados, el mismo que cuentan que encarga por avión la cena a Maxim’s en competencia ventajosa con los millonetis de la mafia rusa que son la nueva panacea de la comarca. También ha vuelto Kashogui, si no ando despistado, olvidado ya su pasado de traficante de armas y su célebre grifería de oro macizo, y parece que Sean (pronuncien Chon, please) Connery aunque sea empapelado por no recuerdo qué pillerías urbanísticas. ¡La dependencia feliz! Tras el orgullo y las grandes soberbias suele agazaparse la “servidumbre voluntaria”.

Al menos en esa zona de nuestro Mediterráneo, el Islam de la morisma no va a necesitar ninguna reconquista porque, sencillamente, nos va a recomprar a plazos lo perdido y en paz. Para lo cual esta crisis, como la otra, la llamada “del petróleo”, le y nos va a venir de perlas, porque a ver quién es el guapo que se encocora dignamente ante esos propinazos o el sesudo que se detiene a pensar que depender de un cliente caprichoso implica fatalmente un serio riesgo. Bienvenido el jeque, a ver qué quieren, que aquí estamos nosotros para doblar el espinazo cuanto haga falta, la mano tendida y los dientes apretados.

Lo que nos faltaba

Lamentable la discusión en el Congreso a propósito de la próxima pérdida por parte de Andalucía de su condición de Objetivo 1, es decir, de los fondos estructurales y de cohesión que veíamos recibiendo a raudales desde Bruselas. Chaves y una diputada bisoña defendiendo que esa pérdida supone poco menos que un éxito de la autonomía, frente a Juan Manuel Albendea respondiéndole, con evidente razón, que no se trata de ningún éxito sino del efecto de la ampliación de la CE, es decir, del hecho de que se han incorporado a Europa nada menos que 12 países aún más pobres que España. El camelo de Chaves y el intento chovinista de su ayudante no convencieron a nadie, pero en poco tiempo serán todos los andaluces quienes aprecien lo que supone ese desastre.

Cencerros tapados

¿Por qué se emperra la Dipu de ese modo tan impresentable en ocultar con doble llave los datos sobre el proyectado aeropuerto, en especial los que hacen referencia a los gastos ya producidos? Es raro, ¿no?, incluso en el talante autocrático de su Presidenta, porque, entre otras cosas, podría dar lugar a la sospecha de que si tapan es porque algo hay que tapar. El argumento exclusivista dirigido contra la Oposición no encaja en modo alguno en un procedimiento democrático, pero tratándose de cuartos, además, y al paso que va la burra, sería mejor para todos llevar las cuentas claras.

Clase de urbanidad

Las autoridades africanas andan no poco preocupadas con el deterioro creciente de la indumentaria pública y, de manera muy particular, con la que exhiben en sus lugares de trabajo los empleados estatales. El tema es viejo y existe en torno a él un amplio consenso en el sentido de que esa revolución indumentaria, que viste a las masas con camisetas estampadas, universaliza los jeans, hace populares las gorras de béisbol (colocadas al revés, sobre todo), acorta las faldas y abre estudiada y provocativamente los escotes, no es sino la consecuencia en las costumbres ancestrales del impacto de la imagen occidental que trasmiten sin tasa ni posible fielato las televisiones del jodido Occidente. Tanto es así que una Administración proverbialmente desorganizada y corrupta como la gabonesa acaba de recibir por sorpresa un decretazo en el que su Gobierno establece por las bravas un código del atuendo que detalla con precisión qué prendas serán en adelante imprescindibles para el funcionario varón (chaqueta o sahariana, corbata y, no se lo pierdan, “calzado de ciudad”) y para las hembras traje-sastre, falda en todo caso, y camisa, eso sí, decorosamente abrochada hasta una altura prudente. Occidente ha entrado a saco en la estética popular de la negritud y esa circunstancia inquieta a sus responsables, al parecer, tanto como los rastros indígenas que permiten asistir descalzo al trabajo o exhibir el torso detrás del mostrador. Claro está, no han faltado críticas oportunas recordando –en este caso al presidente Ali Bongo—que hay en aquellas covachuelas problemas de mucho mayor entidad, aparte de que imponer semejante normativa de urbanidad puede alejar de hecho de las oficinas a la población rural que, en alejada de las zonas modernizadas, mantiene a veces intactos sus vínculos vestuarios con el neolítico. Quieren comenzar la revolución pendiente por las tetas y los pies, por lo visto, como un homenaje de mínimos a ese Occidente redentor que les ha descubierto el fútbol y la cocacola.

En ese sincretismo embalado sí que sería posible ver una real “alianza de civilizaciones”, cierto que a costa de que la civilización “inferior” –digámoslo así
a título exclusivamente descriptivo—asimile sin mayor reflexión la ganga vistosa que le ofrece un mercado global al que el progreso auténtico de esas masas neocolonizadas le importa un comino. Tipos como Bongo, como pueden comprobar, hacen suyas en un país nudista hasta antier los prejuicios de una civilización tan corrupta como la suya pero que a él, como a tantos otros, debe de parecerle “superior” por el simple hecho de que gasta zapatos y sostenes, bebe colas y sale en televisión.