Subcampeones por la cola

Huelva figura en un mal puesto dentro del ránking de empleo o, mejor dicho, del paro. Es, en efecto, la segunda provincia andaluza en la que más subió el desempleo –un crecimiento negativo del 2’89 por ciento, equivalente a 1.401 personas más que se descuelgan del trabajo. Mala noticia, que por más que se esfuercen en disimular desde el PSOE, sin duda tiene que ver con los recortes impuestos desde Sevilla y Madrid. Y encima la manifestación de Astilleros lanzando huevos contra la Junta en una orgía desesperada de unos trabajadores que comprueban hasta qué punto los políticos les han tomado el pelo. Huelva va mal, hay que repetirlo. Nuestro puesto en las colas lo demuestra claramente.

La guerra tibia

Un truculento montaje del FBI detuvo en su domicilio de Boston el pasado domingo a un matrimonio de presuntos espías rusos, el formado por Donald H. Heathfield y Tracey L. Foley, miembros de una también presunta red de espionaje que vendría siendo investigada por los superpolis desde hace varios decenios, es decir desde los tiempos recios de la última Guerra Fría que acabarían templando entre Gorbachov y Reagan, ¡quién lo hubiera dicho! A los ya arrestados, que son diez de momento, no se les ha hecho  ningún cargo grave, ni siquiera una acusación concreta, aparte de acusárseles del propósito de “infiltrarse en los círculos de poder” de la nación, pero además, tanto por parte de los EEUU como por el lado ruso se han multiplicado los paños calientes tranquilizando al personal con la confirmación de que el asunto para nada afectará a las relaciones entre los dos países antaño enemigos. O sea, que parece que se confirma que hay en el ambiente algo así como una cierta nostalgia de la vieja tensión, hoy evidentemente imposible porque los sistemas bipolares son cosa de dos y hoy ese dos en discordia, tanto para americanos como para rusos, es el fantasma islamista. ¿Quién imaginaría hoy un clima como el que hace casi sesenta años provocó la despiadada ejecución de los esposos Rosenberg, aquellos pobres románticos víctimas del macartismo y de la frustración por la aventura coreana? Nadie o todo lo más, poca gente, porque las leyendas maniqueas no son recuperables una vez que se vienen abajo o se revela su falsedad, aparte de que hoy sabemos que las guerras frías –el maestro Truyol lo enseñaba ya así hace muchos años– no son un episodio histórico sino una constante en la crónica de las relaciones internacionales. Sólo que las hay frías abrasadoras y frías templadas, como ésta que ahora ocupa los titulares de una gran prensa poco dispuesta a comulgar con ruedas de molino. No hace mucho decía Gorbachov que los EEUU también necesitan una buena perestroika y, por lo visto, no le faltaba del todo la razón.

 

A los simples mortales no se nos alcanzan las intenciones últimas de los mandamases y menos las de sus aparatos secretos, que para eso lo son, pero no es difícil comprender el papel integrador de estas tensiones, su función biosocial de mantener alerta el espíritu de opinión, en base a ese estimulante factor que es el miedo. Esa red de espías que los propios Gobiernos disculpan es la prueba. Y si no, ya verán cómo ésta recién descubierta no da ni para un mal James Bond.

Más sector público

Lejos de pensar en reducirlo, la Junta mantiene su proyecto expansivo del sector público o Administración paralela, esas ruinosas empresas públicas que, además, compiten con ventaja con los sectores privados e incluso institucionales a los que afecta. ¿Qué pretende, por ejemplo, aparte de abarcarlo todo, con su intento de hacerse con la gestión de la Alhambra? Lo que podría preguntarse, a estas alturas, sería qué es lo que ha mejorado la Cultura andaluza durante estos años con la gestión de esos chiringuitos centralizadores y, sobre todo, hasta dónde pretende la Junta estirar su larga mano.

Protagonismos

Llevan mucha razón los empresarios exigiéndole (es un decir) a la presidenta de la Diputación que la defensa de Huelva se haga sin protagonismos, es decir, sin esa actitud con que, en efecto, los firmantes del “pacto por Huelva”, es decir, los sindicatos y la propia FOE posaron, junto a la ahora censurada, en una foto que no fue sino una consciente tomadura de pelo. ¡Anda que si habláramos de protagonismos! No quedaría títere con cabeza, seguro, ni resultaría reconocible la vida pública onubense, con todos sus “agentes” incluidos. Aquí no se libra de ese pecado más que el ciudadano que, encima, es el que paga.

La batalla de Madrid

Al líder sindical Fernández Toxo lo han puesto de chupa de dómine los internautas. Cándido Méndez parece que ha dicho que no puede ir por ahí tranquilo sin que lo abucheen espontáneamente. En la mesa de los sindicalistas responsables del conflicto del Metro de Madrid hemos podido leer un estólido insulto a la presidenta de la Comunidad y a ellos les hemos escuchado decir que respetarán los “servicios mínimos” –esto es, la Ley—durante el fin de semana pero que al doblar ésta “entrarán a matar”. Dos millones de ciudadanos madrileños están soportando el intolerable trágala de un sindicalismo caducado que, todo hay que decirlo, no ha dicho esta boca es mía mientras el Gobierno batía marca tras marca hasta alcanzar la temerosa tasa de paro que hoy nos aleja de Europa. A cambio de dinero, de mucho dinero, porque la llamada “política de concertación” no es más que una estrategia consistente en comprarle la paz social a precio de oro a los llamados “agentes sociales”, unos sindicatos que oscilan entre el seguidismo y el chantaje, y unos empresarios dirigidos por personajes que poco tienen de tales o que incluso viven trampeando en unos tinglados en quiebra que ni siquiera pagan a sus trabajadores. Lo de Madrid ha sido la gota que ha colmado el vaso hasta el punto de que se estima que nueve de cada diez ciudadanos ve delito en la actitud seguida por los sindicatos y no sólo por situarse por encima de la ley, que también, por supuesto, sino por imponer –impunemente, todo hay que decirlo—un modelo de acción sindical salvaje que hoy resulta tan impropio como para que los ciudadanos con edad suficiente se hayan acordado con nostalgia –no hay como una cola interminable para radicalizar al personal– de lo que Franco hacía en casos como el presente: militarizar el servicio. A lo peor ni se dan cuenta estos síndicos burocratizados, pero están a punto de desandar el largo trecho que sus mayores hubieron de recorrer para ir desde la represión a la normalidad.

 

Ahora que habíamos conseguido reducir a un mínimo la resistencia mental al derecho de huelga vienen unos insensatos a provocar a dos millones de ciudadanos dejándolos tirados en una ciudad secuestrada. A base de piquetes y dísticos groseros, en plan soviético, como si eso fuera posible. Pues bien, no tendría nada de particular que este fuera el principio del fin de una vieja historia y sea Rubalcaba y no Martín Villa quien,  para garantizar la Ley, tenga que acabar con el derecho. Estos días en Madrid el gentío está que echa humo. Entre otras cosas contra esos burócratas del sindicato que, además de inútiles, son los únicos a los que la crisis no afecta.

Los intereses creados

El PSOE ha salido por peteneras para justificar su oposición a que al alcalde de El Ejido –imputado por gravísimos delitos y en libertad provisional—se le pidan siquiera cuentas en su Ayuntamiento. Dice que si el PP esto y que si el PP lo otro, pero, en resumidas cuentas, lo que pasa es que no está dispuesto a perder la Diputación provincial, gran chollo con el que ese alcalde y su partido le pagan el favor. La política se ha vuelto puro toma y daca, negocio (normalmente redondo), connivencia y disimulo. Y el PSOE lo sabe mejor que nadie porque su contribución a ese proceso ha sido excepcional.