Dos mentalidades

El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, ha provocado una auténtica polémica nacional al ponerse de parte del proyecto del imán Feisal Abdul Rauf que quiere construir en un edificio lindante con la Zona Cero un fastuoso complejo al servicio de la cultura islámica. Se apoya el alcalde en la mera decisión administrativa de la comisión de patrimonio de la gran ciudad que ha autorizado el derribo de un gran edificio propiedad de los islamitas y en la actualidad medio abandonado, pero su decisión ha puesto al rojo vivo la sensibilidad no sólo de los deudos de las víctimas del 11-S, sino la de una mayoría de los ciudadanos neoyorkinos y de los estadounidenses en general. Hay voces extremadas que hablan de traición a los muertos y de entreguismo clamoroso, gritos de protesta que comparan el proyecto a lo que supondría permitir que el KKK erigiera monumentos conmemorativos de sus hazañas en los mismos lugares de sus crímenes racistas y otras, más reflexivas y memoriosas, que cuestionan la moderación del imán Rauf de quien no se ha olvidado su teoría de que la política americana había sido cómplice del atentado de las Torres Gemelas ni la de que no son los islamistas sino los cristianos quienes matan inocentes en sus guerras. Por su parte, el alcalde sostiene que la verdadera victoria del islamismo consistiría en que la gran democracia americana se dejara arrastrar por sus emociones y, traicionando sus valores proverbiales, tratara a los musulmanes de manera distinta a los demás. Sólo el tiempo dirá quién llevaba razón en esta polémica y si extremar la coherencia del humanismo hasta el punto de ceder apaciblemente ante los agresores tiene sentido o carece de él. De lo que no cabe duda es de que en caso de enfrentamiento la civilidad está en desventaja frente a la barbarie.

 

No sería ni siquiera pensable una situación semejante en un país islámico, es cierto, pero esa evidencia no merma en absoluto la digna obligación moral de los civilizados de mantener con su ejemplo el fuste de sus ideales. Junto o sobre las ruinas del World Trade Center va a levantarse un complejo con mezquita, piscina, biblioteca, sala de meditación, estudio de arte y escuela de cocina sobre el que gravitará inevitablemente la imagen pánica de los cuerpos cayendo en el vacío o de las torres derrumbándose como la viva imagen del caos. Y no será la razón del agravio la que prevalezca sino el peso indeclinable de la superioridad moral. La tragedia menos digerible de aquel 11-S radica en este imperativo heroico que distingue con nitidez a las dos mentalidades hoy enfrentadas. La nobleza sale siempre por un pico. La barbarie es gratuita.

Votos cautivos

El decretazo de la Junta que ha hecho funcionarios a los contratados dejando en el aire a los funcionarios es interpretado por algún sindicato como un ardid electoralista para “cautivar” el voto en esas próximas elecciones para las que pintan bastos. ¡Pues vaya descubrimiento! La Administración autónoma ha sido desde sus inicios un pesebre y un pesebre no es otra cosa que un caladero de votos, de manera que todas y cada una de las grandes operaciones para cubrir las nóminas han sido diseñadas con el mismo fin. Aquí, en Cataluña, en Valencia y en Euskadi, en Galicia o en Canarias. Pero en esta operación hay algo más que electoralismo y eso no debería escapar a un sindicato de funcionarios a la hora de hablar de una Administración paralela.

Triunfalismo asustaviejas

Hay que oír al insultador oficial del PSOE, Mario Jiménez, ése que habla de “pernil” de Arenas, vaticinar el triunfo de su partido en los Ayuntamientos más seguros del PP –¡incluido Lepe donde, en este momento, el PSOE sólo tiene 3 militantes!”—en función de la “pésima” gestión de sus alcaldes. Pintar como querer, la más absoluta falta de respeto a la opinión pública, el estilo, en suma, que está convirtiendo el griñanismo que se esperaba más educado y respetuoso, en una grosera máquina de propaganda sin sentido. El PSOE lo tiene crudo en las próximas municipales, parece claro. Con gentecilla como Jiménez no tiene nada de raro.

La sombra de la gente

El único tripulante vivo del avión que, hace 65 años, destruyó Hiroshima y Nagasaki ha declarado impertérrito que volvería a bombardearlas si se dieran las mismas circunstancias y de sus palabras me ha llamado la atención el testimonio de que sobre las ruinosas paredes de Nagasaki podía distinguirse “la sombra de la gente reducida a cenizas”. De mi infancia conservo yo también ese recuerdo – insistente leitmotiv que permaneció años en la prensa–, plasmado en la imagen de unas fantasmales bancas de escuela sobre cuyos adivinados pupitres podía distinguirse, en efecto, una especie de proyección de los cuerpos de las víctimas con cuyo ejemplo trataban de edificarnos en medio de aquel clima de difuso terror. Ningún espanto tan desconcertante en mi vida como el provocado por aquellas imágenes sobre las que dirimían un tremendo debate tirios y troyanos, alegando unos la superfluidad de tan espantoso holocausto, y los otros la lógica bélica que enfatizaba el ahorro de vidas que había supuesto la imprevista rendición de Japón. Aunque muy pronto he dicho ningún espanto, porque la verdad es que mi generación vivió durante más de un decenio bajo el espectro de un desarrollo armamentístico que pronto dio de sí la llamada “bomba H” y otros ingenios sucesivos a cada uno de los cuales la propaganda atribuía exponenciales aumentos de su capacidad destructiva. La gente de la Guerra Fría vivió sumergida en aquel escabeche que confería al miedo el inconfundible sabor de la incertidumbre, al menos hasta que, ya mayorcitos, Bertrand Rusell nos explicó que no había mejor garantía contra la guerra nuclear que la competencia imposible entre los dos gigantes: las armas resultaban ser el único disuasor. Pero nosotros, los niños de la postguerra, seguíamos viendo las sombras de la gente sobre pupitres y paredes, ignorantes todavía de que, por años que pasaran, la paz nunca lograría zafarse de la tragedia.

 

Estoy viendo aún aquellas estampas, escucho todavía los amedrentadores comentarios, las opiniones de los adultos cazadas al vuelo por el niño aterrado, el resplandor “como de mil soles” que derribó Hiroshima, los huracanes que decían los periódicos que habían arrasado el país abrasándolo con su lluvia radiactiva, los cuerpos aniquilados, las lágrimas perdidas, las porfías sobre el “ahorro” de vidas que, a pesar de todo, habría supuesto la doble masacre, las populares gafas de Truman, la leyenda del piloto edípico que se metió monje acosado por su conciencia. ¿Podrá escarmentar la Humanidad o esa hazaña no cuadra con su naturaleza? Oigo hablar al superviviente y crecen mis dudas. Es una tragedia que sólo el miedo mutuo pueda funcionar como garantía de paz.

El tiempo aliado

No hay mejor aliado político que el tiempo. Se deja transcurrir y no hay problema, por urgente que sea, que no acabe diluyéndose hasta desaparecer. Miren cómo la Junta, que tanto ha explotado ese recurso, ha liquidado el problema laboral del cierre de Delphi a base de dinero despilfarrado y promesas incumplidas, como ha toreado a las víctimas de inundaciones o incendios (las del Guadalete o el de Riotinto, por ejemplo) sin cumplir las apresuradas promesas del primer momento, cómo la logrado aburrir a los mineros en extinción y a tantos otros colectivos. Se trata de prolongar la espera. El tiempo barre siempre para dentro en casa del Poder.

Huelva, castigada

Ya no es posible mantener oculto que el Gobierno y sus Administraciones regatean a Huelva capital cualquier beneficio, incluyendo los solemnemente comprometidos. Ahí están –por poner un caso– los atascos de verano, cada año más peligrosos y disuasorios, que dañan a los ciudadanos y perjudican al turismo, sin que el Gobierno –como acaba de demostrarse en la visita del director general de Tráfico—tenga la menor intención de intentar siquiera solucionarlos. ¿Los puentes sobre el Odiel? Nunca más se supo ni se sabrá mientras Pedro Rodríguez conserve la alcaldía. El PSOE fracasado en Huelva castiga a su adversario imbatido lastimando a los ciudadanos.