Ser y tener

En mis años mozos íbamos a escuchar a Ruiz-Jiménez su defensa de la “función social” de la propiedad ya esbozada en la famosa “Rerum novarum” del papa León XIII. Don Joaquín tenía que vérselas con la caterva de mozos empapados en la doctrina colectivista con los que discutía, sin perder el compás, empeñado en convertirlos al credo bonancible que limitaba el derecho inmemorial que Napoleón, refrescando el romanismo, fundamentó en la clásica visión del propietario omnímodo al que asistía tanto la capacidad de “utere” como la de “abutere” de la cosa poseída. Frente a la idea de que el amo era el amo y sanseacabó, él quería convencernos de que ese derecho indiscutible tenía en la utilidad y en la necesidad ajena unos límites si no terminantes, siquiera razonables, pero nosotros –gente endiablada y descomunal, como diría don Alonso Quijano—esgrimíamos con insolencia el lema proudhoniano “la propiedad es el robo” y, por descontado los graves desarrollos marxistas en los que entreveíamos ya la comuna. Muy lejos de aquellas disquisiciones, la alcaldesa madrileña –que no sólo es magistrada sino que ha sido “juez de jueces”—acaba de cortar de un mandoble el nudo gordiano de la cuestión declarando por derecho que “la okupación de un bien en desuso no es okupación”, es decir, que el derecho de propiedad ha de ser ejercido sin pausa por el dueño –a la manera del ciclista que ha de pedalear para no caerse de la bici– so pena de convertirse, de hecho, en una “res derelicta”, esa cosa abandonada que ya no es de nadie y, en consecuencia, es de todos.

¡Nada de “segundas residencias”, nada de viviendas vacías, el cambio social se solventa, en plan Corcuera, con una patada en la puerta y un cambio de cerradura! ¡El cortijo, para el jornalero en cuanto el dueño no sude la gota gorda segando como uno más! La Ley se la empluma, como quien dice, a la alcaldesa, partidaria, por lo que se ve, de sobreponer por las bravas el gobierno del pueblo por el pueblo al concierto de las instituciones, tolerante con el edil borrico que bromea con el holocausto o con la ménade que irrumpe en pelotas en una capilla. Todo eso de la revolución son mandangas. El desuso lo califica el propio okupa ya que, sin enterarnos siquiera, nos hemos despertado acariciados por la brisa en el “reino feliz de los tiempos finales”. Se abren las carnes sólo con pensar que Carmena, la juez Carmena, ha tenido en su mano de por vida la espada y la balanza.

Todos tiesos

No seré yo quien se quede sin comentar la alusión de la presidenta Díaz a su marido como a un “tieso”. No por la anécdota, bien lo sabe Dios, sino porque temo que a tanto comento se le está escapando la mayor que es, a mi juicio, la cara populista, peronista sin más, que impregna ese discurso político. A Evita, le atribuían los argentinos una perorata en la que, refiriéndose al lumpen amontonado en el Gran Buenos Aires, le gritaba desde el famoso balcón: “¡Hijos míos, mis cabesitas negras!”, como asumiendo la patria potestad de aquellos desgraciados, antes de pasarse por Suiza en visita bancaria. Hitler mismo decía ser socialista –bueno nacional-socialista, pero socialista al cabo—y Amín Dadá o Bokassa llamaban hijos a los mismos ciudadanos a los que, llegado el caso, arrojaban a los cocodrilos. No hay populismo que no se postule amigo del pobre, o lo que viene a ser lo mismo, remedio de la pobreza, pero luego, que sepamos, tampoco hay populista que no acabe con un fortunón escondido como el que ha estado reclamando hasta hace poco, con más cara que espalda, la señora Mubutu. El pobre es un gran reclamo político, un arma electoral infalible, simplemente porque los pobres son mayoría. Y doña Susana, una vez perpetrado el parricidio político de Chaves y Griñán, ¡ay, maestro Freud!, lo sabe: sabe que presentar a su marido como un tieso –y ojo, que no dice que ella era tan tiesa como su marido— le ha de valer un buen chorro de votos en una región empobrecida. Puro peronismo, ya digo, sólo que un poco vulgar, ¿verdad?.

No se enteran ciertos “revolucionarios” de profesión de que la pobreza no es ninguna ejecutoria aristocrática sino un simple efecto de la lucha por la vida en la sociedad desigual. Y no se enteran porque no quieren, puesto que ellos mismos, los populistas, han solido salir de la pelonería, de la penuria, antes de subirse al coche oficial. El marido de la presidenta debería haberle dicho al llegar a casa: “¡Para tiesa, tu”! Pero, en fin, esas son ya escenas conyugales en las que nada es predecible, aparte de que la ideología de la excelsitud de la pobreza siempre ha sido, como ahora dice el idiotismo de moda, viral. Sin contar lo que le cuadra a las lideresas, desde la señora Bandaranaiken a la Merkel o a la Bechelot, ese signo materno que es la mano tendida y el gesto limosnero. ¡El orgullo del pobre! Después del hallazgo de la “mano invisible” no se ha inventado en política nada tan rentable como el “orgullo del pobre”.

Fin de la primera parte

Se acabaron los prolegómenos, los desmentidos, la descalificación del periodismo denunciante, las calumnias contra la juez Alaya. A la titánica labor de ésta se debe un sumario capaz de sentar en el banquillo a dos Presidentes (de la autonomía y del PSOE), media docena de consejeros y la tira de altos cargos. No escarmentaron cuando Filesa, ni cuando el secuestro de Marey, ni cuando Lasa y Zabala, ni… Pero la Justicia, que tiene los pies de plomo, suele acabar llegando a la meta antes que el listo de Aquiles. Aunque no se lo crean, lamento profundamente el drama político de nuestra dirigencia, tanto como lamento estos años deplorables que nos han dejado arruinados a los pies de los caballos antisistema. Éste es el “peso de la Ley” que reclamaban de boquilla sin sospechar siquiera que pudiera caerle a ellos encima.

Vita brevis

Mucha agitación hay en la actualidad en torno a las investigaciones que buscan prolongar la vida o, si se prefiere, retrasar el envejecimiento. Los sabios hablan ya del tema –un tema esencialmente filosófico—en términos estrictamente científicos. Nos dicen, por ejemplo, para empezar, que la vejez no está genéticamente determinada, que si envejecemos es porque los telómeros se acortan con el tiempo pero que si nos suplementan la dotación de dichos elementos nuestra vida se alarga y nuestra juventud se resiste al paso del tiempo. No todo lo que vive tiene un mismo horizonte: hay mariposas que no cumplen ni el día, pero no hay ratas que sobrepasen los tres años ni ardillas que superen los veinticinco, aunque las tortugas se arrastran o nadan más o menos medio siglo. Nos envejece el ambiente, no la acción de los genes, en los que, a lo que parece, no está inscrita esa condena. Y hasta hay una excepción, la hidra, que según el Experimental Gerontology, no sabemos cómo, pero vive sin que el tiempo la afecte o lastime, gracias a la exuberancia de células madres en su organismo. Científicos extranjeros y españoles compiten en este desafío al “mal metafísico” y hasta llegan a decir –no sé si en un arrebato de optimismo—que la muerte ha de llegar a ser algo opcional, dado que la medicina genética y la inteligencia artificial, según el profesor Cordeiro, nos conducen a una “era posthumana”. Si lo han leído en el ministerio de Seguridad Social deben de andar subiéndose por las paredes.

No sé si creerme que llegaremos a vivir 120 años, pero de momento, ya en uno de nuestros laboratorios le han alargado la vida a un ratón transgénico en un tercio y una ciudadana francesa ha cumplido los 120 tacos, al tiempo que circulan por ahí, aparte de la telomerasa, drogas como la metformina o la rapimicina acreditando sus efectos longevos. ¿Se habrán parado a pensar los sabios en que una humanidad más que centenaria no cabría en un modelo social como el nuestro que cuenta con la muerte como fatal pero insustituible aliado? ¿Quién podrá mantener a esa especie sin límite vital? Me temo que, una vez más, la ciencia social no acierta a coger le paso de las naturales. Dicen que en el siglo XX la esperanza de vida aumenta tres meses por año y que ya apenas entrevemos de lejos el brillo de la guadaña. No sé, pero miro a mi prole no sin desolación. Ni a Weber ni a Sauvy se les había ocurrido imaginar una sociedad senil.

Fin de fiesta

Compareció, al fin, la presidenta Díaz en la comisión y lo hizo tan pancha, como es ella, vamos. Dijo que su menda no estaba en ese puesto cuando los hechos sucedieron; vaticinó que la enorme madeja que tratan de devanar entre quinces Juzgados nada menos, cualquiera sabe si, al final, se quedará en nada. Y abroncó a la comisionada del PP –por preguntarle por las ayudas de las que se benefició su esposo (el de la Presidenta)– como si el presunto beneficiado no fuera su marido sino el de la preguntante. La mejor defensa es un buen ataque. ¿O es que alguien en sus cabales esperaba que una aparatchik consumada como es doña Susana se achantara por tan poca cosa? Igual acierta y todo termina en agua de borrajas, pero entonces, ¿por qué suspendió ella los cursos y hasta reclama el dinero a algunos beneficiados? La política, como diría el pobre Pacheco, es un cachondeo.

La dignidad del cargo

En una ocasión, en la tertulia radiofónica de “Protagonistas”, hube de soportar los insultos más necios de Jesús Gil porque, porque para interrumpir su cadena de insultantes disparates, pregunté en directo si era imprescindible seguir escuchando a aquel “delincuente ex-presidiario”, indultado en una ocasión por Franco y en otra por González, cada cual con su cuenta y razón. Gil de me dijo de todo, pero ese todo naufragaba sin remedio tras mi descalificación. Y bien, ¿no parece normal exigir al Poder que sus representantes –que lo son del pueblo soberano, no se olvide—carezcan al menos de antecedentes penales y no sean personas de mal vivir ni miembros de la cofradía de Monipodio? Ahora mismo tenemos planteada la candidatura para lehendakari de Otegi –Otegui en castellano–, un secuestrador terrorista que jamás mostró siquiera atrición por sus crímenes, en cuyas manos manchadas ignominiosamente de sangre pudiera acabar el poder en el País Vasco, y todavía hay quien discute si su inhabilitación judicial, que es firme, cubre el supuesto de esa candidatura o se refiere a la mar y a los peces. Y en Jaén, un profesional de la agitación campesina como Diego Cañamero, que ya no es aquel muchacho valeroso que acompañaba al cura Diamantino, sino un delincuente condenado por okupar fincas y asaltar supermercados, irá seguramente al Congreso como número en la lista de Podemos. La democracia española no podrá tal vez hundirse más.

No hay delincuentes buenos y delincuentes malos, sino delincuentes a secas, es decir, ciudadanos que se han saltado la Ley y han sido condenados en firme por un juez. ¿Cabe imaginar unas Cortes salpimentadas con la presencia de estos out-siders o su presencia no será sino una señal elocuente del grado de descomposición moral, ética y política alcanzado por nuestro sistema de libertades? Hay más candidatos impropios, por descontado, un poco en todos esos partidos que suscriben de boquilla frente a las corrupciones el latiguillo de la “tolerancia cero”. Pero el caso de los delincuentes sin más, es decir, de quienes han sido condenados en firme, es ya harina de un costal distinto. En Barcelona manda una agitadora de barrio asistida por una partidaria de la educación tribal, en Cádiz un mochilero antisistema y en los Madriles una abuela que planta en su terraza tomates y claveles, acelgas y lechugas. El Poder ha perdido su fulgor natural. A la democracia, sencillamente, se le ido la olla.