¡Acabáramos!

El consejero de Empleo ha venido a Huelva para decir que, aunque la Junta quiere ser parte de la solución de Astilleros, ésta debe ser privada y sólo privada, añadiendo que él, desde luego, no tiene ninguna solución. ¿Y quién lo esperaba, buen hombre, salvo los desesperados que se agarran a un clavo ardiente y los tontos de solemnidad? Eso ha sido así desde el primer momento porque la Junta ha sabido siempre de qué iba la vaina y cuáles eran las intenciones de los “privados”. Lo que fue un cruel camelo fue hacerle creer a esos desdichados de la plantilla que el PSOE –recuerden a Mario Jiménez mitineando en plena factoría—estaba de su parte como una suerte de garantía. El consejero, al menos, empieza ya a no engañar. Algo es algo.

Oro mortal

Ningún parecido esta vez con las epopeyas de los buscadores de oro. Nada que ver con la visión aventurera de Jack London, ni con la descorazonadora (¿moralizadora?) peripecia de Mark Twain, menos aún con la amarga pero serena historia que le contó a Primo Levi en la celda aquel preso que se ufanaba de controlar su “auri fames”, su hambre de oro, y que estaba convencido de que lo ideal para la rebusca era el tiempo claro y la luna menguante. Lo que está ocurriendo en Nigeria con motivo del descubrimiento de oro en yacimientos del estado de Zamfara es tan distinto y brutal que ha sido calificado como una catástrofe “sin precedentes” por el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de EEUU y se resumía, hace ya semanas, en un balance provisional de 355 buscadores enfermos y 163 fallecidos, de los cuales 111 eran menores ¡de cinco años! Los mata el contacto con el plomo de los yacimientos, 10 microgramos del cual en sangre es motivo suficiente para hospitalizar a un contagiado, aunque se estima que la proporción de ese metal en la sangre de las víctimas supera allí treinta veces esa dosis. Está prohibido ese “trabajo”, es verdad, pero ya me dirán cómo evitar el suicidio colectivo en una población que sabe que unas horas le bastan para agenciarse un gramo de oro valorado en 20 euros mientras que para conseguir 15 kilos de mijo, cuyo valor es de 15 euros, necesitaría al menos tres meses. Ninguna iniciativa ha bastado para curar esta fiebre que, como en día las de Alaska o California, y aunque libres ya de aquella impronta romántica, no suele conducir más que al delirio. Todos sabemos que hoy existen otras alternativas a la fortuna súbita, es cierto, pero ninguna acaso tan acreditada en su entidad mítica como el ansia inmemorial de lograr por la vía rápida la opulencia acumulando oro.

 

Tres meses –de enero a marzo– han tardado los sabios en determinar que la causa de la extraña epidemia era el contacto con el mineral que esos pobres “diggers”, tras arrancarlos de las minas con sus propias manos, almacenaban en casa como un tesoro en espera de venderlo a los procesadores, pero ni la sobrecogedora experiencia ha resultado suficiente para disuadir de su sueño a un pueblo en la miseria. Allí siguen los niños mineros y allí seguirán, probablemente, hasta que algún bandazo del mercado los libere despertándolos, para devolverlos a la rutina del mijo, a esa condición de condenados de la tierra que los descolonizadores de los 60 creyeron ingenuamente haber liberado con una bandera empapada en sangre. Como sus iguales de Patagonia o Burkina Faso, como los garimpeiros paraguayos o los yanomami peruanos. Que el mito no tiene edad ni conoce límites lo sabe el hombre desde que tiene memoria.

Trágala en educación

Otro trágala impuesto por Educación, donde el nuevo consejero elige seguir las huellas de sus infaustos predecesores/as. Ahora se trata del Reglamento de Organización de Centros, el ya famoso ROC, metido por el mando con el calzador de CCOO y ANPE y en contra de la resistencia numantina de todos los demás, incluyendo a los padres. ¿Por qué no pacta la Junta, acaso cree que los bemoles valen más que el acuerdo, o es que da por perdida ya cualquier negociación libre? Una educación que a duras penas funciona bajo mínimos y que ahora verá “recortados” sus recursos debería entender que la fuerza podría valer como último recurso pero nunca como primero.

Madrid manda

El alcalde irá pasado mañana a Madrid con objeto de firmar con el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias, es decir, con  el mismo personaje que boicotea al Ayuntamiento pero recibe a la Dipu, el convenio de la estación del Ave que el PSOE prometió hace años y ahora descarta. Hace bien el alcalde: que no quede por el Ayuntamiento. Ahora sólo queda ver qué nuevo obstáculo inventan en Madrid (o aquí mismo, en Huelva) para retrasar el proyecto que ya debía estar funcionando, como los tres puentes prometidos, como el desvió famoso de la N-435, como el aeropuerto de nunca acabar, como la Ciudad de la Justicia… A Huelva, ni agua. Por eso el alcalde hace bien con ir a Madrid.

Rojo y gualda

He vivido casi tres decenios en Madrid sin asistir jamás a una demostración patriótica como la del lunes. Nunca vi las calles abarrotadas de esa manera ni animadas de semejante patriotismo expreso, mucho menos tremolantes de banderas nacionales, durante decenios cuestionadas por tantos malentendidos. Recuerdo el día en que el PCE decidió recuperar la bandera de todos abriendo con ello la puerta, hasta entonces atrancada, de la Transición simbólica, pero es evidente que luego el rechazo fue ganando de nuevo terreno, en buena medida, hay que reconocerlo, por el infausto empeño de las fuerzas reaccionarias de apropiarse del símbolo. En cualquier caso, ahí estaban antier las banderas en los balcones por toda España y la oleada de banderas atestando las calles, sobre todo en manos de jóvenes ajenos a los viejos pleitos, algo que, en definitiva, no hubiera sorprendido en ningún país cercano, pero que aquí se ha mantenido como marca de una absurda singularidad que no ha podido resistir al impulso sentimental del éxito. La patria, toda patria, deriva de un triunfo, real o sublimado, del mismo modo que se desvencija a consecuencia del fracaso y la derrota. Y antier, en una España agobiada por la ruina, desahuciada política y económicamente, en la que una mayoría cualificadísima de ciudadanos rechaza tanto al Poder como a la Oposición, fue el éxito deportivo –incluyente, totalizador—el que realizó el milagro de restaurar de golpe el sentimiento nacional. ¡No me sean idiotas, por favor, esos que hablan de nacionalismo españolista! La muchedumbre extasiada que hemos visto sublimar sus desdichas en la sauna del triunfo futbolero no es nacionalista de nada que no sea la España de siempre, del mismo modo que esa enseña roja y gualda que con que han hecho su agosto las tiendas de los chinos no era en absoluto el blasón borbónico ni el referente franquista, sino el símbolo genuino de la inmensa mayoría. Incluso los que seguimos siendo republicanos de corazón hemos tenido que aceptar esta realidad con la cabeza.

 

Gran contraste con los pleitos de las taifas, con el silencio cobardón del Gobierno, con el encono rastrero de los secesionista que en Internet tildan a los españoles del Barça de “botiflers”, con la ambigüedad oportunista de los partidos que, con su ausencia, han demostrado lo poco que tienen que ver con la realidad, con el pueblo que los legitima y los mantiene. Es posible que el mundialazo cambie no poco este lamentable estado de cosas y hasta que obligue a la casta gobernante a entender esa demanda masiva de unidad. Tendrían que haber contado hace tiempo con esas razones del corazón que dicen que la razón no entiende.

No a las dos Juntas

Va quedando claro como el agua que los jueces no tragan con el tinglado de las dos Administraciones, es decir, con la “Administración paralela” constituida por las empresas públicas frente a la legítima y única que la Ley contempla. Lo certifican los tres palos que le llevan administrados a la Junta rechazando ese modelo de gestión que duplica los gastos, despoja ilegítimamente de sus funciones al funcionariado a cambio de facilitarle a los políticos sus intereses. Griñán, que es funcionario de un cuerpo tan exclusivo y cerrado, debería emprender la marcha atrás que le sugiere la Justicia. Si no lo hace habrá que pensar que el lío actual tiene un trasfondo más complejo de lo que veníamos imaginando.