Crisis de la Justicia

Sabíamos que la Justicia vive una crisis aguda en Andalucía (y en España, por supuesto), en especial desde que la autonomía consiguió del Estado la transferencia de funciones. Lo que ignorábamos en que esa crisis fuera, como dicen los científicos sociales, estructural, ya que, según el nuevo presidente del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA)  “La Justicia está en crisis desde el XIX”. Hombre, según y cómo, depende de por donde quiera su Señoría mirar el fracaso de una función tradicionalmente criticada pero que, evidentemente, ha sido desbordada en la sociedad compleja. Una opinión tan equívoca no puede ser buena para nadie pero sí mala para muchos.

Más sobre Lepe

En plena romería popular, el PSOE de Lepe está extinguido o en trance de extinción ya que han sido suspendidos de militancia 132 de los 135 miembros de la agrupación local. Y ahora se invoca, entre ingenua y cínicamente, la mediación  de Mario Jiménez, como si el disparate de la suspensión pudiera no haber sido obra suya. El problema creado por el leninismo de partido es esta vez especialmente grave porque a las escasas posibilidades que el partido tenía de cara a las municipales se une hora el hecho de concurrir a ellas con una organización de la que lo único que quedan son las heridas abiertas. A un golpe como éste hay que remontarse mucho para encontrarle parangón. Ya veremos por dónde le sale a los autócratas esta aventura disparatada.

El paso cambiado

Más allá de la proscripción de los toros, que tanto me concierne, y de noticias confirmadas tan desconcertantes como que en los kioskos de las Ramblas barcelonesas se haya prohibido la venta de muñecas flamencas y torillos en miniatura a los turistas, sigue pareciéndome excepcionalmente grave la ofensiva contra la lengua española perpetrada día tras día por el gobierno de la región gracias, sobre todo, al onanismo mental con que el TC ha fecundado el tema en su temeraria sentencia. Un raro viento ideológico está combatiendo con fuerza las viejas torres idiomáticas –“el sonido de la vida” del que hablaba el poeta—que durante siglos han permitido entenderse a las gentes, al margen de sus orígenes y diferencias, según esa ley histórica que rige invisible, hegelianamente, los destinos del hombre sobre el planeta. Creo que ya se oye ese trueno en los países bolivarianos en los que la demagogia se propone aislar oralmente a sus pueblos sacándolos de la vasta cultura común para encerrarlos en el cuchitril de sus tradiciones fósiles, mientras andan forcejeando todavía, lo mismo sobre las ruinas del mundo balcánico que en las inconstitucionales veguerías del resentimiento secesionista, y al otro lado del mundo, el gigante del futuro, esa China emergente que tiene en un puño las finanzas americanas mientras con el otro pretende remachar la dependencia comercial europea, se ha propuesto imponer por las bravas el mandarín como única lengua oficial en un país con más de quinientas etnias y dialectos (otros dicen que dos mil), entre los que, sólo el cantonés, cuenta con cincuenta millones de hablantes. Unos disgregan y otros reúnen sus leguas respectivas como si la gente no tuviera el más genuino derecho a hablar, como decía Valdés en su momento, su “legua de leche”.

 

Ya pasarán, seguro, estos vendavales, lo que para nada supone que cuando amainen las soberbias, el daño perpetrado no resulte ya irreparable a muchos efectos. Porque lo de menos es lo de las flamencas y los toros –más pronto que tarde funcionarán para la previsible demanda sus redes contrabandistas, ya lo verán—si pensamos en el destrozo que habrá de causar sobre la propia vida esa forzada ruina idiomática. El fracaso del griego alejandrino y del latín imperial no produjo en el mundo antiguo más que escombros que tardarían siglos en permitir una costosísima y siempre precaria recuperación , pero el hombre incorregible repite hoy mismo el disparate desde un utopismo sin sentido. Las lenguas nacen libres y no pueden imponerse, ni en Cantón ni en Cataluña, más que por su libre uso. Lo que sí cabe es herirlas, incluso de muerte, atraillándolas con la arbitraria sintaxis de la ambición política.

Niños hermosos

Es muy vieja la obsesión del hombre (y de la mujer, se sobreentiende) por garantizar la belleza de sus hijos. Los nazis organizaron, como es sabido, auténticas “granjas humanas” –los asilos Lebensborn que ideó Himmler– donde amazonas escogidas con esmero se “cruzaban” gozosamente con la pléyade de jóvenes arios, rubios y atléticos,  rebuscados en el frente, que debían contribuir a la purificación progresiva de la raza según el espíritu de las leyes de Nuremberg. Estos mismos días un ‘sitio’ en Internet ofrece pertenecer a una especia de club de guapos dispuestos, dicen que de manera altruista, a ceder sus óvulos y espermatozoides a los feos que así lo soliciten con el objeto de tratar de impedir la duplicación de la fealdad y conseguir una descendencia bella. ¿Se acuerdan de la anécdota de Russell y creo que era la Mansfield (la he visto también referida a Einstein y alguna otra estrella)? Pues resulta que la diva propuso al sabio reunir en un mismo ser las virtudes excepcionales de ambos, es decir, la belleza de ella y el cerebro del otro, a lo que éste retrucó: “Vale, bonito proyecto, sí señor. Pero ¿y si se tuercen las cosas y el niño sale con mi cuerpo y tu cerebro, te imaginas?”. La pulsión humana por mejorar la descendencia es tan explicable como dudosa, si se tiene en cuenta la vastísima experiencia reproductiva acumulada por las especies y, muy en especial, por la humana, en la que con frecuencia elocuente los hijos no salen a los padres ni para lo bueno ni para lo malo. El culto a la belleza, por lo demás, cuando se desorbita hasta fraguar en proyectos como el mencionado, no deja de ser preocupante en la medida en que presagia los peores acentos de la eugenesia que sabemos cómo empiezan y no debemos olvidar cómo han acabado en ocasiones. Hay que desconfiar del narcisismo, incluso cuando se presenta idealizado en la lógica y ambiciosa  proyección paterna.

 

El relativo ocaso de la bioética y el avance incontrolado del sueño genético van a traer no pocos males a la Humanidad doliente, que los tiene ya sobrados, sobre todo en esas promesas insensatas que contiene su milagrería, pero también en estos disparates, veniales si se quiere, que implican una frívola concepción del progreso y una temeraria idea del futuro. A mi amigo Ginés Morata –premio Príncipe de Asturias aunque frustrado rector de Doñana– le he oído sostener que la inmortalidad había dejado de ser una hipótesis imposible aunque no fuera, en absoluto, probable ni tampoco, claro está, deseable. A estos científicos serios no se les ocurriría jamás pensar en montar un chiringuito de estética ofreciendo bellos garañones o amazonas esbeltas a los pobres feos de toda la vida.

La puerta falsa

Las Administraciones no han tenido suerte con la autonomía. Primero se las desmembró a lo loco –cosa que hoy se lamenta por doquier–, luego se perpetró la integración de los empleados del Movimiento y el Sindicato Vertical en pie de igualdad con los funcionarios genuinos, más tarde se abrió de par en par la exclusa para que pasara sin despeinarse el grueso de la Preautonomía y, ahora, se acaba de integrar a los 20.000 “afines” que el PSOE había colocado previamente en las ruinosas empresas públicas de la Junta. Nunca existió un desmadre semejante en la función pública, ni el viejo caciquismo logró clientelas tan vastas.

Coches a gogó

Ahí tienen a esas dos altos cargos de la Junta que se desplazan diariamente hasta Sevilla en el coche oficial desde Almonte y Aljaraque, respectivamente, y vuelven luego a sus domicilios por el mismo procedimiento, a pesar de cobrar religiosamente su plus para alquilar piso en Sevilla. En la dictadura hubo mucho cachondeo a este propósito, pero los que conocimos de cerca aquella situación podemos dar fe de que ni siquiera en aquella autocracia rigió tan desvergonzada actitud predadora. El Parlamento debería pedirle cuentas a estas minervas que nos salen por un ojo de la cara y, como va dicho, por parte del otro.