Gibraleón bis

El “caso Benidorm” o “caso Pajín” ha devuelto a la actualidad el transfugazo de Gibraleón, respaldado por el PSOE en todo momento a pesar de la fingida “expulsión” de los tránsfugas, como acabó demostrando su posterior readmisión en el partido y en la lista electoral. Iguales ce por be, a salvo la circunstancia realmente escandalosa de que sean los padres de la “número 3” del partido quienes capitanean la operación con fondo de pingüe operación urbanística. El PSOE anda sobre seguro siguiendo los pasos de la experiencia onubense, la mayor desvergüenza registrada en los anales del transfuguismo. La única diferencia es que Pajín no se ha retratado allá con los convictos como hizo Mario Jiménez aquí.

La belleza redefinida

Hay un gran negocio funcionando en Internet alrededor del desnudo femenino. No me refiero a los ‘sitios’ porno (‘soft’ o ‘hard’), sino a esas galerías nudistas basadas en la idea de que el ideal del cuerpo femenino que gestiona la industria mediática no es “real”, razón por la que es necesario y conveniente prestarle cámara a la mujer “normal”, es decir, a la que queda fuera del estereotipo marcado por la moda, para que contribuya con su exhibición a reformar la mirada masculina (en fin, o la que sea) de modo y manera que aquel ideal se “humanice” en la medida en que se aleje de la inalcanzable singularidad. Hay “sitios” de estos que publican diariamente varios álbumes repletos de fotos de “streapers” voluntarias, cuya presencia no se explica, evidentemente, al menos de modo exclusivo, por la posibilidad concursal de agenciarse 500 dólares si son elegidas ganadoras por el público usuario. No se ponen de acuerdo los psicólogos que tercian en el negocio sobre si la motivación última de esas mujeres puede ser la transgresión por sí misma, el narcisismo o la recompensa económica, pero la verdad es que, una vez más, se nos plantea ese curioso tema que es la pulsión exhibicionista de la hembra frente a la cual el varón, domado o silvestre, suele mostrarse más púdico. ¿Por qué la mujer tiende a mostrar su cuerpo, qué puede justificar que no haya iniciativa de la moda favorable al desnudo que no sea abrazada con entusiasmo por el sexo que nuestros padres llamaban “débil”? Cuando el gran Rémy de Gourmont sostuvo que el pudor sexual constituía un progreso respecto del exhibicionismo de los primates, la verdad es que no anduvo muy fino. Mucho más lo estuvo Gautier, creo yo, cuando decía, poco más o menos pero con pleno acierto, que el pudor es una invención moderna y cristiana. En la medida en que la sociedad se seculariza y el postmodernismo se impone, se abre la veda que favorece aquella pulsión exhibitoria que misteriosamente diferencia a los dos sexos enfrentados.

En cuanto al negocio que da pie a estas líneas, no habrá que resaltar la astucia industrial que ha convencido a muchas mujeres de que el tipo idealizado que deslumbra inasequible en la pasarela no es propiamente cosa de este mundo, sino apenas una ilusión fugaz en el desfile o fijada en el papel cuché. Lo cual no hubiera sido posible si en la mujer no alentara íntimamente ese ‘élan’ que la lleva a “enseñarse” cuando puede, quizá no tanto con intención seductora como obedeciendo a un impulso que los fundamentalistas achacarán a la famosa “condición femenina” pero que se me ocurre que puede que no sea sino la réplica correspondiente al reto dialéctico planteado por el deseo masculino. ¿Para quién exhibe una mujer su cuerpo? Bajo esa cuestión subyace acaso el más grave arsenal psicológico de la historia de la especie.

El absurdo universitario

Andan queriendo llevar a Gadafi a la universidad de Córdoba. No sólo la Junta Islámica, que eso entra en el guión, sino el Ayuntamiento de la capital, la Junta de Andalucía y el ministerio de Exteriores, en línea todos con la monserga del “diálogo de civilizaciones”. O sea que se propone dar voz y cátedra en la universidad al terrorista probado que abatió el avión de la Lockerbie, al padrino de todos los terrorismos habidos y por haber, ahora reconciliado con la diplomacia occidental gracias a sus petrodólares. Nunca la doblez de las instituciones democráticas fue más grade ni más elocuente. Pocas veces la Universidad pudo llegar a menos.

Lo de astilleros

Se acabó el cuento, según parece, y finalmente los amenazados trabajadores de Astilleros han visto bajo la puerta la patita del lobo. Los cuentos dilatorios empleados por el PSOE y la Junta resultan inaceptables si ambos sabían desde el principio que el conflicto tenía mala solución, algo que convierte en intolerable tomadura de pelo la arenga que les soltó al autodidacta Jiménez cuando aún tenía tiempo de ocuparse de esa “gentecilla del común”. Es un crimen político entretener a los trabajadores con razones falsas. Abandonarlos a su suerte es una decisión que cuestiona la propia función política.

Un rey en Nueva York

Gran revuelo con motivo de la visita del tirano libio, Muamar el Gadaffi a Nueva York para hablar ante las Naciones Unidas. Para empezar le han dicho que nones a su pretensión de plantar su jaima en pleno Central Park y luego le han denegado el permiso en Bedford, donde un millonario con torre en la Quinta Avenida le prestaba de buen grado sus terrenos. Incluso en un hotel de lujo le han dicho que no a sus petrodólares y en Upper East Side, donde la ‘crème de la crème’, una agencia le ha negado el alquiler de una mansión que pretendía alquilar. Quizá por eso ha forzado el tono ante la Asamblea General, elogiando a Obama para equilibrar sus insultos a la organización, a cuyo Consejo de Seguridad vejó llamándole terrorista –¡él, precisamente!—antes de amagar con romper el estatuto fundacional y lanzarlo despectivamente por encima del hombro. De vez en cuando la tribuna de la ONU sirve para escenificar estas payasadas a personajes indeseables o incluso, como en este caso, a quien ha encabezado el terrorismo internacional durante decenios, ordenando atentados atroces que lo convierten en responsable de cientos de muertes de inocentes. Es el precio que hay que pagar por mantener en pie esa ficción, aunque nada justifique la tolerancia con personajes reconocidamente criminales por mucho petróleo que tengan. Bastante mejor que la ONU ha quedado la gran ciudad al cerrarle las puertas a ese “payaso negro” cuya simple admisión en la asamblea de las naciones supone una afrenta al sentido común por no hablar del sentimiento de las víctimas. Quien hace bien poco admitió su responsabilidad terrorista al pagar las indemnizaciones por uno de los peores atentados de la historia, la verdad es que no tiene por qué justificarse más. Son quienes aceptan esa redención miserable los que merecen el mayor desprecio. O sea, casi todos los países miembros, incluyendo a España.

La recuperación de Gadaffi ha consagrado el perverso principio de que todo, incluso la peor ferocidad, tiene un precio político, y lo peor es que lo ha hecho en un momento de suma inquietud ante las amenazas del terror, sin dejar de sentar un precedente pésimo. Toda una tragicomedia, en fin, representada por ese histrión sin escrúpulos al que –debe insistirse en ello—son las grandes democracias las que le han facilitado el escenario. El propio Gobierno británico ha admitido a media voz que, ciertamente, en sus concesiones a este sujeto han pesado mucho los negocios en marcha. Nada impide imaginar, aunque sea en el terreno de la fantasía más audaz, al propio Bin Laden aleccionándonos con gesto despectivo. La ONU es el gran teatro del mundo y como todo teatro depende decisivamente de cartel.

La Cámara de cuentos

A la Cámara de Cuentas deberían cambiarle el nombre como indica el título, no tanto por causas propias sino por la absoluta indefensión en que se mueve. Su último aviso versa sobre el “incumplimiento generalizado” de los municipios menores, que se pasan por el arco la obligación legal de someterle sus números presupuestarios y los de la cuenta general, algo sin demasiada trascendencia comparado con el pitorreo, también generalizado, de las facturas falsas y otras maniobras delictivas en los Ayuntamientos mayores, entre los que destaca el de la propia capital de la región. La sistemática indiferencia mostrada por el Parlamento y la Junta frente a esa indefensión de la Cámara demuestra el nulo interés que tienen nuestros partidos en que de verdad se controle esa huerta sin vallar.