Vista de batalla

No hay guerra buena. No era mala sólo la de Irak –que lo era–, sino la de Yugoeslavia, por la manera en que se perpetró, o la de Afganistán, por más que cuente con todas las bendiciones. Tampoco hay guerras limpias. Échenle un vistazo a los 92.000 documentos “colgados” desde el domingo en la web Wikileaks, consideren el tono frío con que están redactados los informes de las acciones militares, la indiferencia con que se reconocen los famosos “daños colateterales”, la brutalidad de las fuerzas especiales (y muy señaladamente la de la cinematográfica Task Force 373), el cinismo con que se admite el protagonismo del CIA y su creciente intervención paramilitar en el conflicto. Verán la leyenda de la guerra reducida a su maldad efectiva, el heroísmo reducido a vesania, la patriotería mezclada inextricablemente con el negocio, obtendrán, en fin, la evidencia de que toda guerra es mala, de que no es posible mantener atraillado el monstruo de una guerra moderna, inevitablemente autónomo. Desde ahora habrá, eso sí, un elemento nuevo a tener en cuenta: la publicidad incontrolable que a través de Internet no tiene límites. Si en 1971 la filtración de los “papeles del Pentágono” permitieron entrever parcialmente la realidad de Vietnam, esta histórica y brusca puesta en escena del secreto de la guerra va a introducir en ella, seguramente, un elemento debelador de eficacia decisiva. Ninguna propaganda oficial –el recurso al sigilo impuesto por la seguridad nacional y demás—conseguirá en adelante anular la eficacia de un video como el que en abril pasado colgó esta misma web y en el que podía contemplarse la muerte de decenas de civiles y dos reporteros de prensa víctimas de la violencia desenfrenada de un helicóptero Apache. Vale más una imagen que mil palabras. Calculen lo que pueden vales imágenes y palabras juntas.

No hay guerra buena ni quizá haya en el futuro guerra secreta, el sigilo y la reserva que han venido protegiendo la barbarie y garantizando la impunidad del guerrero puede que en adelante no sean más que medidas provisionales expuesta a ser divulgadas en cualquier momento y simultáneamente en todo el planeta. Algo es algo. Tampoco era cosa de reducir la responsabilidad a unos cuantos pringaos envueltos en conflictos indefendibles, por perversos que éstos fueran, manteniendo en la penumbra a los grandes criminales de guerras… buenas. ¿Qué hacemos nosotros, mismamente, colaborando en una guerra que estas revelaciones confirman como infame, era acaso peor gestionar hospitales en Irak que participar en esta locura? El arte de la guerra –decía Voltaire—es en sí mismo, como la medicina, asesino y conjetural. A ver quién le contradice.

La puerta de atrás

Nuestras Administraciones han sido trituradas por la democracia. Primero con la decisión de asimilarles, en pie de igualdad con los funcionarios genuinos, los empleados del Movimiento y el Sindicato, luego con el chanchullo de los “preautonómicos” y ahora colando por esa puerta trasera a la legión de enchufados “afines” que vivaquean en las empresas públicas. Ya me dirá Griñán cómo estimular a los jóvenes a que opositen, cómo convencerles de que el estudio es el camino del oficio y no la proximidad al partido en el poder. Den por liquidada la esperanza de racionalizar la Administración. Por eso también se puede pasar a la Historia.

Coche gratis

Mucho se bromeaba en la dictadura a propósito de los coches oficiales. ¡Pues anda que hoy! Ahí tienen a esas dos damas onubenses, de Aljaraque y de Almonte respectivamente, que cada día viaja a su alto cargo en Sevilla y vuelven a sus domicilios en el vehículo que le pagamos entre todos, ¡a pesar de que cobran un suplemento para pagarse el piso en la capital! Es el colmo de la desvergüenza y el mayor desplante ante los afectados por la crisis que pueda imaginarse. Porque, además, si eso hacen dos mindundis del Gobiernillo regional, ¡qué no harán sus barandas! Una investigación parlamentaria no vendría nada mal.

‘Grand Monde’

Nunca me han gustado los mayordomos, esas estrellas de la menestralía. Imagino que debe de haberlos habido fidelísimos e incluso la vida me ha dado para conocer a algunos consagrados, entre la lealtad y el servilismo, a la memoria de sus amos, lo que demuestra que no es cierto el postulado de que no hay hombre grande para su ayuda de cámara. El “grand monde”, de todas formas, no se entendería sin esa especie de criados de privilegio que, de una u otra forma, ha funcionado siempre desde la complicidad. Recuerden a Falstaff, no les digo más, aunque la verdad es que ese eterno ejército que incluye desde el de Faraón hasta el del marqués de Urquijo, ha sabido hacerse imprescindible alternando la sumisión perruna con la astucia más artera. De la inacabable saga de madame Bettencourt –la anciana dueña del imperio de L’ Oréal engatusada (¿y por qué no, a ver?) por un seductor profesional al que ha legado una fortuna, la suya– que vengo siguiendo desde el principio con un asco no exento de vehemente curiosidad, ni siquiera el capítulo correspondiente al escándalo que ha hecho tambalearse a Sarkozy me ha llamado tanto la atención como la escena del mayordomo grabándole sus conversaciones a la pobre vieja (es un decir, claro) que, conviene recordarlo, le pagaba más de un millón al mes por sus servicios al gran traidor. La literatura acumulada sobre el mayordomo desde las crónicas antiguas hasta la leyenda contemporánea, sugiere como imprescindible ese papel entre abnegado y canalla sin el que tal vez no sería imaginable siquiera la vida del magnate. Sabemos, por ejemplo, la putada que ese miserable Pascal B. le ha gastado a Mme. Bettencourt como antes otros se la gastaron a lady Di o al príncipe Carlos, pero ignoraremos también cuántos inconfesables servicios les prestaron. El cocinero de Franco salió al día siguiente de la muerte del dictador mofándose de la frugalidad de éste y de su desdén por la gastronomía. Hasta las ratas quieren su minuto de gloria.

 

Los manejos de Pascal B. han provocado, como digo, una auténtica crisis institucional además de jugársela al ama registrando en la grabadora sus pródigas debilidades, un doble efecto inimaginable en cualquier instancia convencional entre cuantas se disputan el Poder, que socava los cimientos de la bien urdida leyenda del confidente del servicio. Por eso decía que no me gusta ese oficio, bien entendido que el gremio incluye a muchos trujimanes que no necesariamente visten librea. La fidelidad es un bien escaso, raro incluso, aunque se pague a precio de oro. A la vileza, por el contrario, no habría oro suficiente para pagarla.

Sanciones al bárbaro

Otro caso de agresión a un profesor juzgado en Andalucía, y en esta ocasión con el apoyo de la Fiscalía que reclama sanciones efectivas y no sólo nominales para los agresores. Es lógico y justo, porque lo que no puede consentirse es que persista un clima de inseguridad que mantiene en vilo a muchos profesionales de la educación y de la medicina ante el acoso airado de los usuarios. Lo que la Junta debería hacer de una vez es dar el paso de considerar como atentados estos ataques sin sentido. No hacerlo porque se haya adelantado alguna autonomía de signo partidista diferente sería una simpleza si no fuera un intolerable disparate.

Ya hay cartel

Menudas Colombinas nos aguardan con los candidatos de las municipales contendiendo festivamente bajo los farolillos. La nueva aspirante del PSOE a derrotar a Pedro Rodríguez–¡y van cuatro!—tiene altas dosis de populismo, incluso corralero, bajo su talante autoritario, y no es dudoso que las empleará a fondo en las casetas para ir calentando motores, pero me temo que en ese terreno tampoco tendrá mucho más que hacer que tuvieron Parralo o, antes que ella, Pepe Juan. Doña Petri es una veterana –30 años en el coche oficial—probablemente más hecha al navajeo de pasillo que a la conquista del voto, y eso habrá de notarlo como un fardo frente a la experiencia y empatía de su rival. Apostar está feo, pero la verdad es que se la a uno la mano a la ruleta.