La misma moneda

A un hermano mío analista le pagó un médico amigo sus gratuidades profesionales regalándole la misma “mojama” de atún con que mi hermano le había pagado a él las suyas. Genial. Pues un poco lo mismo es la propuesta del PA cuando propone que la Junta elija unos cuantos solares baldíos, los valores como crea conveniente y con ellos pague al Estado lo que le debe, de la misma manera que el Estado hizo con ella al pagarle la deuda histórica. Pura lógica. Si no puede estarse de acuerdo con la propuesta andalucista de “desobediencia civil y administrativa” de la comunidad, lo de los solares hay que reconocer que se demuestra solo.

La UHU, buen trabajo

La UHU, la Onubense, trabaja sin prisa ni pausa. Para el próximo año ha conseguido que todas las titulaciones impartidas desde primer curso hayan sido acreditadas positivamente por la Agencia Nacional de Evaluación y Acreditación (ANECA), con un total de 25 titulaciones de grado y 33 de postgrado, mientras que el Ministerio de Educación sitúa a nuestra “alma mater” en el primer puesto del ránking de menciones de calidad que elabora. Hay un trabajo callado y constante en la institución, no cabe duda, que da ya importantes frutos. Que quede mucho por hacer, seguro que no será más que un aliciente para esos gestores.

Memoria del plagio

Un colega estimado y autor de un libro de entrevistas que recomiendo vivamente (“Entrevistas con los vampiros”), Alfredo Valenzuela, me pregunta si el Gómez Marín que aparece mencionado (vapuleado, diría yo) en las memorias de Ernesto Giménez Caballero -aquel pope surrealista del franquismo– soy yo mismo o no lo soy. Le digo que sí, que esa mención está en una “Tercera” de ABC que don Ernesto (que es como durante años le llamábamos amistosamente en la tertulia madrileña de Turner, en la que tanto nos divirtió con su proverbial desmesura) escribió “cum ira et sine studio” en réplica a un comentario mío aparecido en “Tiempo de Historia”, por insistencia de Haro Tecglen, en el que yo recordaba el secreto a voces de su infame edición de piezas barojianas que, con el título “Comunistas, masones y demás ralea” (Valladolid, 1938: ojo a fecha y lugar de edición) tanto éxito tuvo publicitado por la agitprop fascista. Y luego me he quedado comentando con Javier Caraballo, bajo el efímero frescor de la mañana agosteña, el destino de esas infamias que se perpetraron a socaire de las conveniencias de un régimen al que le iba mucho en descalificar a los 98, una vez que aquellos maestros lograron escapar al garlito que los fascistas les tendieron –Caballero entre otros—al tratar de presentarse a sí mismos como los “nietos” legítimos de la gran generación. Éste de la apropiación indebida del ejemplo ajeno ha sido y es un eterno negocio oportunista que siempre se benefició del silencio forzado de los despojados, incluyendo a ese Baroja aturdido por la aventura guerracivilista, que tan bien supo poner en su sitio su sobrino don Julio Caro, y que recuerdo que descalificó con inteligencia el engendro de marras calificando su título como “detonante” para no tener que entrar en pormenores seguramente incómodos.

Don Ernesto –como Rafael García Serrano o el conde de Foxá, como Eugenio Montes o nuestro Sánchez Maza del Café Comercial—era un personaje tan interesante como dudoso. Franco lo invitaba al Pardo a fin de año, le daba una copa y lo devolvía a casa, cuando no le impedía enrolarse en la División Azul o lo enviaba de embajador junto al tirano Stroesner –los “cojones de América” según don Ernesto—para quitárselo de encima. ¿Lo ven? Con la biografía real de Caballero se podría hacer un panfleto “detonante” pero, eso sí, absolutamente fidedigno. Mi amigo Valenzuela, igual que Caraballo, nacieron tarde, como diría, Eugenio Evtuchenko, otro que tal bailaba. Y por eso no saben, seguramente, de la misa la media sobre aquellos lances. Si me he detenido ante ellos no ha sido más que por mostrar lo peligroso que resulta jugar con el alacrán.

¡Enriqueceos!

Muchos entre los profesionales que viven, directa o indirectamente, del “régimen” autonómico en Andalucía desde hace tres décadas y media, se han enriquecido hasta las trancas incluso al margen de los corruptos. Por eso no me parece del todo justo sacar en solitario el caso de Petronila Guerrero, expresidenta del PSOE y presidenta de la Diputación onubense, cuyo patrimonio cumulado en estos 35 años resulta no poco escandaloso. ¡Para que nos vengan luego con el cuento del “servicio” publico! Por pura salud pública deberían descubrirse tantos casos de fortuna que, como el de Guerrero, siguen –seguro que sin saberlo- a Guizot y su ralea dentro de ese partido teóricamente “obrero”.

Lo que faltaba

Se comprende que debe tratarse de un lapsus, acaso de una broma mal concebida y peor ejecutada, pero ese vocativo doble del párroco de la Concepción –“Onubense y onubensas”—es de los que dan un cante que convendría corregir a toda prisa. Lo que faltaba era introducir también en la prédica los idiotismos sexistas de la política que están arrastrando la ortodoxia gramatical, sin el menor fundamento, en nombre de unas reivindicaciones que para nada necesitarían de ellos. Huelva tiene desde hace siglos una importante tradición de clérigos cultos, entre los que no dudo en incluir a don Diego Capado, y por eso precisamente hay que exigirle un rigor que él mismo acaba de saltarse por las bravas

El quinto dominio

El envés fatídico de un mundo de la comunicación sin fronteras se está revelando de lo más inquietante. El ministro de Interior alemán, Thomas de Maizière, acaba de avisar públicamente sobre el peligro cierto y creciente de la guerra informática, es decir, de la actividad subrepticia que se registra en la Red universal tanto por parte de expertos delirantes pagados de su poder real, como por parte de bandas terroristas o criminales, sin excluir a los propios Estados en conflicto, y cuyo objetivo es perturbar si no anular el beneficio de una comunicación libre que incluye el control remoto de los servicios esenciales. El asunto del “ciberataque”, detectado simultáneamente en 2006 en USA y en Estonia, constituye hoy una amenaza tan cercana que el citado ministro ha recomendado a los altos cargos prescindir de medios como el iPhone o el BlakBerry considerados como extremadamente vulnerables para la piratería, pero no hay que olvidar percances mayores como el gran apagón registrado en Brasil el año pasado cuando una decena de ciudades y sus 60 millones de habitantes se vieron súbitamente privados de transportes públicos, sistemas de tráfico o ascensores domésticos como consecuencia de un ataque nunca del todo aclarado que afectó también a la industria, la banca y al comercio de la región. Claro que el ámbito en el que más inquietan esos bucaneros es el militar, dentro del que ya ha pasado a considerarse como el “quinto dominio”, más allá de los de tierra, aire, mar y espacio exterior. Un hacker puede ser un gamberro genial o una sesuda oficina del Estado, como lo prueba que en los mismos USA acaban de crearse un coordinador de área en la Casa Blanca y una oficina en el Pentágono. Los chinos son menos escrupulosos y se ufanan en su plan de defensa nacional de poseer un formidable dispositivo dedicado a controlar el ciberespacio y en el que trabajarían millares de los llamados “hackers patrióticos” junto a dos millones de “colaboradores” de los servicios secretos. La guerra ha comenzado, pues.

 

La universalización el conocimiento ha acarreado, junto a sus portentosas ventajas, riesgos temibles. Y cierto que estas noticias no son propiamente nuevas, ya que desde hace años conocemos la inevitable acuidad de los sistemas de espionaje de todo tipo que infectan la relación humana globalizada, pero también que las posibilidades destructivas de ese saber común cuestionan a fondo las ventajas que, sin duda y en todo caso, favorecen a eso que Manuel Castell ha llamado la “sociedad-Red”. Nunca fue tan pequeño y humano el pañuelo de la vida, nunca tan arriesgado vivir confiadamente en él. El superhombre reúne esa grandeza tras la miseria de su locura.