La Iglesia y la HG

En tanto no hay quien ponga de acuerdo ni a tirios ni a troyanos frente a la huelga general prevista para el 29-S, la Iglesia sevillana, es decir, su Arzobispo, no se ha andado con chiquitas sino que ha tirado por la calle de en medio reivindicándola como una “cuestión de dignidad” frente “a la mayor agresión que han sufrido los derechos de los trabajadores en los tiempos recientes”. ¡Tomen del frasco! A través de delegación de Pastoral Obrera, la Iglesia de Sevilla critica con dureza insólita las medidas ultraliberales de la reforma laboral del Gobierno, y afirma la HG como “un derecho y una defensa justa y legítima” además de apostar por la causa de los pobres. Las cosas claras, por una vez. Se podrá discutir el tema pero no los bemoles de Monseñor.

Otra “cosa nostra”

No parece dudosa la denuncia del alcalde de El Cerro sobre la quiebra técnica en que se encuentra la mancomunidad del Andévalo, con su presidente empapelado por presuntos delitos de prevaricación y vulneración de los derechos cívicos. No puede admitirse el cierre a cal y canto de las cuentas a la Oposición ni el escándalo que supone que la institución no haya celebrado pleno, a pesar de hallarse en circunstancias tan extremas, desde hace más de dos años. Aparte de que lo que se juega es la ruina solidaria de los municipios mancomunados y de que demasiados indicios apuntan a que el cotarro ha sido manejado desde el PSOE como si fuera su coto privado. Si éste quiere probar que el PP miente o desinforma no tiene más que mostrar, como es su deber legal, esas misteriosas cuentas.

Los Kim

No veo a qué viene tanto estrépito ante la noticia de que en Corea del Norte se disponen a consagrar al tercer sátrapa de su monarquía roja. Lo que tiene sentido y es aceptado en algunas sociedades no entiendo por qué no ha de tenerlo y ser aceptado en todas, y desde luego, hay que ser muy lila para no haberse percatado de que todo poder es en el fondo patrimonialista, es decir, se presenta a quien lo ostenta (o detenta) no como una prerrogativa circunstancialmente adquirida sino como un derecho inherente al titular y, en consecuencia, trasmisible por su propia naturaleza a sus herederos. Con una disciplina mental estupenda aceptó Europa el proyecto cesáreo de Napoleón de convertir en hereditaria la corona francesa e imponer en los demás países, como soberanos, a la camada de su parentela, del mismo modo que en los EEUU el clan Keneddy soñó con instaurar una dinastía que los Bush habrían de lograr décadas después. ¿No se admite ese sistema de gobierno desde la más remota antigüedad y en todas las latitudes? Pues a ver por qué razón vamos a extrañarnos que se practique en países hasta ahora ajenos a él o por qué los poderosos que fundan su imperio en la demagogia no podrían aspirar a lo mismo que los que invocan la tradición  o el derecho divino. Una monarquía puede ser más mucho libre que una república, pensaba Chateaubriand, y  a ver cómo, con la Historia en la mano, sostener lo contrario. Pero más allá de esa idea está el hecho psíquico reconocido de que una inmensa mayoría entre quienes alcanzan el Poder se deforma hasta el punto de interiorizarlo como un bien propio o una prenda personal. Filipo hubo de eliminar a sus hermanos y cargarse a su sobrino antes de renovar el árbol de los argéadas y los Médici surgieron de un arcón de florines. ¿Qué es lo que les falta a los Kim, díganme?

 

El problema coreano no es, a mi juicio, el de la dinastía presidencial sino el de su propia demagogia. ¿Qué más da que un país en el que se prohíbe el móvil y el Internet está vedado sea o deje de ser el feudo de una familia? El siglo XX convivió con la imagen fantástica de un emperador de la selva cuya antropofagia constaba al mundo civilizado y en el XXI estamos viendo por doquier las de otros dinastas que reinan sobre pueblos oprimidos con la complicidad de los libres. ¿Y acaso no pueden ser opresores los regímenes electivos? Recuerdo una frase del “Breviario del Revolucionario” de Shaw que hube de comentar en un lejano ejercicio bachiller y que venía a decir que estos últimos combinan la inercia de un ídolo de madera con la credibilidad de otro de sangre. Temo que, en este punto, nos sobren los ejemplos.

Chaves al TSJA

No pasa nada, nada en absoluto, porque un vicepresidente del Gobierno como Chaves deba explicar ante un Tribunal Superior, en vía contencioso-administrativa, por qué su firma y la de su hija aparecen juntas en el documento que aprueba una subvención a la empresa asesorada por ésta. Ya sabemos que el asunto fue archivado en el TS en vía civil, pero vamos a ver qué ocurre en esta nueva vía porque, desde luego, si al TSJA también le parece normal y de trámite que un  padre sancione  con su firma beneficios milmillonarios a la empresa en que su hija hace méritos, apaga y vámonos. ¿Qué hay opiniones para todos los gustos? Por supuesto, y el TSJA es muy libre de tener la que sea. Pero era imprescindible escucharlo antes de cerrar este oscuro y dudoso capítulo de nuestro “régimen” hegemónico.

Nervios electorales

Nada más sacar a la luz una encuesta el alcalde de la capital, el PSOE en peso se ha disparado como un manojo de nervios. La presidente de la Dipu y arriesgada candidata a la alcaldía ha pedido “una campaña limpia”, como si la publicación de sondeos fuera algo sucio o insólito en este país nuestro. Por su parte la “consejera breve”, Cinta Castillo, no se ha cortado un pelo al decir que le parece “patético que el alcalde encargue encuestas falsas” y algún dirigente más ha remachado el clavo con simplezas del mismo orden. ¿Nervios? A manojos, ya digo, sobre todo al escuchar que el PSOE se descuelga más de 5 puntos en la capital mientras el alcalde “acabado” gana un concejal más en la previsión. La próxima vez que el Gobierno publique un sondeo CIS hablaremos también de patetismo.

Ante la huelga

Me ha impresionado, como a muchos españoles, el coro de UGT, el “sindicato hermano”, pidiendo a gritos destemplados la dimisión del Presidente del Gobierno y llamándole nada menos que embustero. Menos, claro está, los argumentos de los líderes sindicales, quizá por obvios y pasajeros. ¿Tiene sentido hacerle una huelga general a un Gobierno al que se ha apoyado en su desdichada gestión durante legislatura y media, al que se la disimulado su empecinado escamoteo de la crisis, su reconversión literal a las estrategias neoliberales o su defección ideológica? Pues a mí me parece que no del todo, sobre todo si recuerdo –que recuerdo—los miles de millones que esos sindicatos han trincado estos años a cambio del apoyo referido. Claro que la táctica provisional es presentar la HG no como una acción de acoso crítico al Gobierno sino como una censura activa contra el Sistema, es decir, contra el sistema capitalista cuya perversidad ahora parece que han descubierto los síndicos a pesar de haber recorrido del brazo con él tan largo trecho, o contra esos empresarios  con los que, junto al Gobierno, han logrado reproducir el denostado verticalismo de la dictadura. ¿Sindicatos unos montajes que no representan más que a un 14 por ciento de la población activa del que sólo pagan sus cuotas el 4 por ciento? ¿Empresarios unos dirigentes cooptados sin gran (o sin ningún bagaje empresarial real) que en Madrid o en Huelva no se cortan por no pagar a sus empleados, lo cual es ya lo último? Vamos a tener una HG, puede que hasta con éxito de público, pero resulta evidente que esos insolventes –los críticos y los criticados–, además de carecer de autoridad moral y política, no son más que compañeros de viaje haciendo el paripé de las horas extremas. ZP la ve venir como un mal menor, seguro de que, entre unos y otros, no ha de llegar la sangre al río.

 

Si no fuera así el Gobierno temblaría en un momento en que es raro el frente que no tiene abierto, y cuando crece el rumor de que el propio partido en el Poder prepara ya la liquidación del régimen vigente por más que sin saber ni bien ni mal qué hacer en consecuencia. Tendremos HG, pues, precedida de decenas de apariciones del Jano bicéfalo sindicalista anunciando el apocalipsis y de compungidos pucheros empresariales. Con ZP de esfinge, que es lo suyo, apretando la mandíbula para escuchar el peor dictado que se puede lanzar contra un  Presidente cuando peligra la confianza de los mercados y de la sociedad: el de embustero. Luego, Dios dirá. No olviden que, unos y otros, mal que bien, tienen garantizado el futuro.