Coche gratis

Mucho se bromeaba en la dictadura a propósito de los coches oficiales. ¡Pues anda que hoy! Ahí tienen a esas dos damas onubenses, de Aljaraque y de Almonte respectivamente, que cada día viaja a su alto cargo en Sevilla y vuelven a sus domicilios en el vehículo que le pagamos entre todos, ¡a pesar de que cobran un suplemento para pagarse el piso en la capital! Es el colmo de la desvergüenza y el mayor desplante ante los afectados por la crisis que pueda imaginarse. Porque, además, si eso hacen dos mindundis del Gobiernillo regional, ¡qué no harán sus barandas! Una investigación parlamentaria no vendría nada mal.

‘Grand Monde’

Nunca me han gustado los mayordomos, esas estrellas de la menestralía. Imagino que debe de haberlos habido fidelísimos e incluso la vida me ha dado para conocer a algunos consagrados, entre la lealtad y el servilismo, a la memoria de sus amos, lo que demuestra que no es cierto el postulado de que no hay hombre grande para su ayuda de cámara. El “grand monde”, de todas formas, no se entendería sin esa especie de criados de privilegio que, de una u otra forma, ha funcionado siempre desde la complicidad. Recuerden a Falstaff, no les digo más, aunque la verdad es que ese eterno ejército que incluye desde el de Faraón hasta el del marqués de Urquijo, ha sabido hacerse imprescindible alternando la sumisión perruna con la astucia más artera. De la inacabable saga de madame Bettencourt –la anciana dueña del imperio de L’ Oréal engatusada (¿y por qué no, a ver?) por un seductor profesional al que ha legado una fortuna, la suya– que vengo siguiendo desde el principio con un asco no exento de vehemente curiosidad, ni siquiera el capítulo correspondiente al escándalo que ha hecho tambalearse a Sarkozy me ha llamado tanto la atención como la escena del mayordomo grabándole sus conversaciones a la pobre vieja (es un decir, claro) que, conviene recordarlo, le pagaba más de un millón al mes por sus servicios al gran traidor. La literatura acumulada sobre el mayordomo desde las crónicas antiguas hasta la leyenda contemporánea, sugiere como imprescindible ese papel entre abnegado y canalla sin el que tal vez no sería imaginable siquiera la vida del magnate. Sabemos, por ejemplo, la putada que ese miserable Pascal B. le ha gastado a Mme. Bettencourt como antes otros se la gastaron a lady Di o al príncipe Carlos, pero ignoraremos también cuántos inconfesables servicios les prestaron. El cocinero de Franco salió al día siguiente de la muerte del dictador mofándose de la frugalidad de éste y de su desdén por la gastronomía. Hasta las ratas quieren su minuto de gloria.

 

Los manejos de Pascal B. han provocado, como digo, una auténtica crisis institucional además de jugársela al ama registrando en la grabadora sus pródigas debilidades, un doble efecto inimaginable en cualquier instancia convencional entre cuantas se disputan el Poder, que socava los cimientos de la bien urdida leyenda del confidente del servicio. Por eso decía que no me gusta ese oficio, bien entendido que el gremio incluye a muchos trujimanes que no necesariamente visten librea. La fidelidad es un bien escaso, raro incluso, aunque se pague a precio de oro. A la vileza, por el contrario, no habría oro suficiente para pagarla.

Sanciones al bárbaro

Otro caso de agresión a un profesor juzgado en Andalucía, y en esta ocasión con el apoyo de la Fiscalía que reclama sanciones efectivas y no sólo nominales para los agresores. Es lógico y justo, porque lo que no puede consentirse es que persista un clima de inseguridad que mantiene en vilo a muchos profesionales de la educación y de la medicina ante el acoso airado de los usuarios. Lo que la Junta debería hacer de una vez es dar el paso de considerar como atentados estos ataques sin sentido. No hacerlo porque se haya adelantado alguna autonomía de signo partidista diferente sería una simpleza si no fuera un intolerable disparate.

Ya hay cartel

Menudas Colombinas nos aguardan con los candidatos de las municipales contendiendo festivamente bajo los farolillos. La nueva aspirante del PSOE a derrotar a Pedro Rodríguez–¡y van cuatro!—tiene altas dosis de populismo, incluso corralero, bajo su talante autoritario, y no es dudoso que las empleará a fondo en las casetas para ir calentando motores, pero me temo que en ese terreno tampoco tendrá mucho más que hacer que tuvieron Parralo o, antes que ella, Pepe Juan. Doña Petri es una veterana –30 años en el coche oficial—probablemente más hecha al navajeo de pasillo que a la conquista del voto, y eso habrá de notarlo como un fardo frente a la experiencia y empatía de su rival. Apostar está feo, pero la verdad es que se la a uno la mano a la ruleta.

Una delgada línea

El presidente Obama está viviendo estos días otro incidente provocado por motivos raciales. ¿Se acuerdan del lío del poli blanco que arrestó al profe negro en Harvard y de la foto del presidente ofreciendo una cerveza a ambos en la Casa Blanca para poner paz pero que fue interpretada por algunos en clave paternalista? Pues ahora el caso atañe a una funcionaria negra que dimitió tras ser degradada en el ministerio de Agricultura a causa de un video ofrecido por los republicanos en el que aquella admitía no haber ayudado a un agricultor blanco tanto como pudiera veinticuatro años atrás, motivo que luego se ha demostrado impropio al conocerse el contenido completo de su declaración. Pocas cosas tan rentables hoy día como la acusación de racismo –hasta el reverendo Jesse Jackson ha echado su apasionado cuarto a espadas a favor de la funcionaria–, tan difícil de precisar siempre como está comprobando estos días también Sarkozy a causa de su decisión de cortar por lo sano la situación irregular de grupos gitanos y nómadas, de tan difícil encaje en la dura sociedad francesa, y en especial tras el anuncio de expulsión de todos los campamentos que se encuentren en situación irregular. En España misma vivimos en plena canícula las tristes escenas de un pueblo tomado por la fuerza pública para evitar males mayores entre unos clanes gitanos enfrentados a muerte, sin que hayan faltado voces reclamando el restablecimiento de un orden que ninguna minoría tiene derecho a romper. Es delgada la línea que separa el rechazo del diferente de la simple exigencia de socialización sin excepciones, algo que el Poder propone liquidar planteando la necesidad de que esos grupos, cualquiera que sea su origen o su naturaleza, no estén, en la práctica, ni por encima ni por debajo de la Ley. Nunca resulta fácil resolver este problema. Cortar el nudo gordiano de un tajo es una tentación demasiado fácil y hoy ya inadmisible.

 

Dicen que puede que Obama simule plegarse a la trampa republicana con objeto de desviar la atención de problemas de mayor cuantía como  su choque con la banca o la resistencia a su plan sanitario, de la misma manera que Sarko estaría distrayendo a la opinión con sus presunta razzias de “tsiganes” y “gens du voyage”, de asuntos tan complejos como el enredo Woerth o la polémica sobre la jubilación retrasada. Vaya usted a saber, pero ahí tienen una vez más esa delgada línea roja que separa el ominoso rechazo del Otro de la necesidad de ordenar su convivencia en el contexto colectivo, esa imprescindible tarea que dificulta el racismo o la xenofobia latente que, como un reflejo prelógico, oculta la inmensa mayoría.

Prueba del algodón

Otra decisión del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) negándole a la Junta su derecho a administrar al margen de la Administración, es decir, por la mano interpuesta de sus innumerables y ruinosas empresas públicas. Bien puede ser esa la prueba del algodón del griñanato, pues mientras el Presidente, que es funcionario de carrera, mantenga esa trampa del desvío de funciones no habrá modo de creer en su voluntad de regenerar este tinglado. ¿Entendería él –Inspector de Trabajo—que las tareas que la ley encomienda a su Cuerpo las ejerciera un ejército de contratados a dedo? Tan seguro estoy de que no como de que esa trampa no hay quien piense en desmontarla.