¿Qué pasa con los niños?

Ahora dice la consejera andaluza de Igualdad y Bienestar Social, Micaela Navarro, que ella nunca ha acusado a Canarias ni a nadie de enviarnos remesas de niños inmigrantes, peloteados entre comunidades  sin la menor consideración. No sabemos, pues, siquiera, quién manda esos niños que aparecen aquí con una mano detrás y otra delante, pero no es difícil conjeturar –como en un primer momento hizo nuestra mandataria—que han de enviarlos desde las autonomías donde los tienen y no los quieren. Por ejemplo, Canarias, que ciertamente no es la primera vez que perpetra esa maniobra, con la aquiescencia del Gobierno. Es una vergüenza este tráfico de desdichados, pero cuando afecta a menores constituye una conmovedora tragedia.

Ya hasta la UGT

No hace falta mucho cacumen para criticar el Plan Proteja, ese invento del TBO concebido para entretener el paro en plena sima de la crisis y provocar un cierto revuelo que simule actividad. Una vez más, no hay “plan” propiamente dicho, sino improvisación, conejos de la chistera y derrama de millones. Tanto que la UGT, el “sindicato hermano”, se ha visto forzada a criticar los efectos de esa intervención como ejemplo de una mala idea peor aplicada que no ha dado de sí más que un trabajo de “mala calidad”. El tiempo pone a cada uno en su sitio, en ocasiones hasta por mano de los propios compañeros de viaje.

Entre primos

A mí me parece de perlas la intervención  del Rey en el conflicto abierto con Marruecos. Manos mal que hay alguien ahí, menos mal que nuestra debilidad exterior puede contar todavía con una voz respetada. Lo que está ocurriendo con Marruecos no es más que otra ofensiva expansionista de aquella dictadura en busca de Ceuta y de Melilla. Al régimen marroquí le da igual que le da lo mismo –¡imagínense!—el supuesto e inverosímil maltrato que las policías españolas pudieran dar a unos súbditos suyos o de que las instituciones españolas respiraran por la herida del racismo. Lo que quieren es Ceuta y Melilla, como en su día fueron a por el Sáhara, y en la confianza de que, como entonces, los españoles acabemos postrados y mirando hacia la Meca. Por eso celebro que el Rey, es decir, el Jefe del Estado, supla a un Gobierno que ha extraviado toda su autoridad. Otra cosa es que, como repúblico convencido, me pregunte si esa intervención real encaja en el papel de árbitro y moderador que la Constitución atribuye al titular de la Corona, o si, en realidad, estamos ante una extralimitación inconstitucional (un acto de gobierno, en suma), tal vez solicitado por el propio Gobierno acollonado ante las circunstancias, pero sin duda impropio. En fin, que menos mal. No quiero ni pensar en que cuando ese conflicto rompa abiertamente –que romperá—no dispongamos ya de esa voz autorizada sino que tengamos que vérnoslas a las bravas con el moro y en manos de estos chisgarabís. Se me abren las carnes sólo de pensarlo, créanme.

 

No me cuadra este visible recurso al Rey, este echar mano del prestigio monárquico, viniendo de un personal cuya exigua filosofía se agota en una incierta memoria y devoción republicana y que se llena la boca propagando que en España no hay monárquicos sino juancarlistas, o sea, pan para hoy y hambre para mañana. Porque, insisto, que el Rey actual tiene un peso no es cosa discutible, pero ¿quién asegura que esa capacidad sea transmisible al heredero? Franco contaba para estos casos con prendas como Solís, que era el administrador del Rey moro, y gastaba un calculada maurofilia pendular entre el homenaje y la Legión que, bien que mal, mantuvo las cosas en su sitio mientras él tuvo arrestos. ¿Con quién cuenta esta democracia prosternada y con quien contaría el día infausto en que ya no disponga del recurso al Rey y, contra todo derecho, Marruecos vuelva a la carga –que volverá, ya digo—exigiendo la devolución de aquellos territorios históricos que jamás fueron suyos? Dios guarde al Rey, por supuesto, pero vamos a ver si lo imploramos con los ojos abiertos y los pantalones bien sujetos en su sitio.

La pura verdad

Todo el escándalo provocado por la ausencia del PSOE del homenaje a Blas Infante es pura ojana. El PSOE no ha creído nunca en ese hombre trágico ni en su obra no poco anacrónica y circunstancial, pero ni más ni menos que los demás, empezando por IU y terminando por el PP, sin olvidar a los diversos ensayos de un andalucismo histórico que jamás supo construir con ella un ideal y menos una doctrina. El blasinfantismo es un camelo del que han vivido no sólo los que lo inventaron sino quienes, en circunstancias normales, no lo habrían considerado nunca. Por eso, pasado el tiempo, empiezan a poner distancia por medio. Aquí los nacionalismos no tuvieron su Herder ni su Renán. Por eso precisamente aceptaron todos el culto vacío a Blas Infante.

Pagamos todos

Gastan ellos, pagamos todos. La Federación Andaluza de Municipios y Provincias (FAMP) acaba de descubrir la pólvora, aunque haya sido en la cartuchera olvidada de Adolfo Suárez: lo que hay que hacer para salvar la bancarrota de los Ayuntamientos es, sencillamente, sanear su deuda a cargo del Estado, es decir, del contribuyente, de mí, de usted y del vecino. La siguiente podría ser volver también atrás y sanear la burbuja de los clubs de fútbol a la manera en que entonces se hacía también. Total, unos gastando y los demás, sin voz ni voto, pero apoquinando para pagar los platos rotos.

Folclore y cultura

Vaya verano que nos está dando del debatillo en torno a nuestras tradiciones. Se cuestiona el folclore más enraizado como si en ello nos fuera la existencia misma de las patrias (porque ahora hay muchas, chicas y medianas), se eleva la polémica sobre las corridas de toros –un clásico desde Paulo V a Manolo Vicent pasando por la reina María Luisa y Eugenio Noel—a la categoría de discurso fundante de la identidad nacional, mientras que un casuismo ultrajesuítico trata de salvar de la quema, y nunca mejor dicho, barbaridades como las juergas demóticas de los toros de fuego, igualmente propuestas como cimiento de la personalidad colectiva que, ya ven lo que son las cosas, no repugnan al animalismo secesionista. En España, país de cabreros, como dijo el poeta, no es extraño que el populacho se divierta arrojando cabras desde la torre o degollado gallinas al tirón por mano de los mozos competidores, ásperas tradiciones cafres que poco tienen que ver con la lidia reglada del toro bravo más allá de los aspectos inevitablemente primitivos que ésta conserva. En países tan civilizados como Inglaterra se pirran por el espectáculo del ciervo despedazado por la jauría y desde una sociedad frígida como la finlandesa acaba de llegarnos la imagen de un incauto achicharrado en un concurso de saunas, con lo que quiero decir que los pueblos son muy suyos –todos—y no sé por qué hay que considerar más brutal torear a un morlaco que cocer viva a una centolla o devorar lenguados vivos. En ninguna parte está escrito que la tradición sea esmerada. Y yo no niego que sea deber de todos ir esmerándola pero con la condición de que no escape ninguna.

 

En España hacemos tradiciones de incidentes y las consagramos con el sacramento de la cultura antes de que los antropólogos las eleven el séptimo cielo de su disciplina. Pero si miramos en derredor lo que comprobamos es que en este país no poco duro de mollera la única “tradición” que hemos sido capaces de inventar contemporáneamente ha sido esa “tomatina” que, de manera tan sugeridora, representa en vivo la guerra latente a la que alivia por la espita de una ferocidad que, significativamente, acaba por teñir de un rojo sangre inconfundible a tirios y troyanos: la derrota perfecta. Curioso: los mismos esprits fins que ven impertérritos como convulsiona el rodaballo despiezado diestramente en el shuchi, se horrorizan ante un puyazo en lo alto o un par de garapullos asomándose al balcón. Y encima defienden los “correbous” como si la tortura fuera divisible y la tradición lo justificara todo. Que nosotros no hayamos inventado más que la “tomatina” parece confirmar que ya no damos para más.