Pobres profes

La oposición andaluza acaba de denunciar los graves problemas que afectan al colectivo de enseñantes de la comunidad autónoma, peor pagados que la mayoría de sus colegas (cobran 400 euros menos que los vascos), sobrecargados de trabajo por defecto de los sistemas de sustitución vigentes y, en fin, desprotegidos legalmente frente a la oleada de agresiones e insultos que reciben. En este sentido, se pide la declaración de “autoridad pública” de que ya gozan en Madrid o Valencia de manera que las agresiones en cuestión puedan ser perseguidas como delitos de atentado. Muchos problemas, demasiados, que es de temer, además, que entre las estrecheces de la crisis y los pruritos partidistas se queden como están.

Golpe de mano

En el PSOE onubense ha estallado una crisis interna a cuya preparación hay que reconocer buena mano y discreto disimulo, y que ha cortado en seco la carrera del hasta ahora número 2 del partido provincial, Ignacio Caraballo, ya ex-portavoz de la Diputación y poco más. Son movimientos quizá productos de cierto nerviosismo ante las futuras municipales, con independencia de la dosis de arbitrariedad que puedan implicar y de que constituyan una prueba de fuerza de la presidenta Guerrero. En todo caso, una crisis de fondo que pronto se irá desvelando en esos detalles que difícilmente pueden mantenerse en secreto. A Caraballo, en todo caso, le han dado de su propia medicina, y a su sucesor, el tránsfuga Manuel Guerra, el vendedor de Aracena, el pago habitual.

El infierno interior

En España sabemos mucho de conversos o simplemente ‘mudadizos’, como se les llamó en lo antiguo, que exhibían al límite su odio a los orígenes para despejar cualquier duda sobre la autenticidad de su conversión o mudanza. Hablan de ellos paladinamente los papeles de la Inquisición, pero también la historia social que da cuenta de tales cambios, inevitables en una sociedad multirracial como lo ha sido la nuestra durante siglos. Los cristianos nuevos disparaban contra sus viejos credos con la vehemencia de quien teme la duda, más o menos como lo hubieron de hacer los cristianos islamizados de grado o por fuerza. Nada diferente, si bien se mira, con lo que ocurre tras los cambios políticos con los chaqueteros y, en general, con cualquier relación humana que invierte su sentido, pues el salto al otro extremo funciona como garantía de sinceridad. Si acaba confirmada la noticia que lanza el ‘Daily Telegraph’ sobre la identidad judía de Mahmoud Ahmadinejad –el presidente de Irán que, con su bomba atómica a buen recaudo, niega el Holocausto y sostiene que el destino de Israel es ser “borrado del mapa” (sic)—podríamos estar ante un caso más de esa antigua regla, es decir, dispondríamos de una clave segura para explicar semejante obcecación racista y fanatismo religioso. Pero tendría guasa que esa clave decisiva no fuera otra que la obsesión de un judío converso al islam, empecinado en disipar hasta la menor duda sobre su nueva condición a base de estirar hasta un límite, eventualmente suicida, su radical negación del adversario. Debe de ser tremendo vivir dedicado a extirpar una raza cuya sangre le corre a uno por las venas. Desde esta perspectiva, como me pasa con muchos personajes maltratados por las inquisiciones, siento una cierta benevolencia ante esa ferocidad que resulta, que en el fondo, no era más que inseguridad y quizá miedo. Ahmadinejad se llamaba en hebreo Saburjian, que significa tejedor en castellano. No quiero ni pensar en el infierno interior que vivirá por dentro ese bárbaro insolente.

La vida nos ha acabado descubriendo barandas de la ONU que fueron nazis convencidos, viejos fascistas reciclados como demócratas de toda la vida, anticomunistas de nota que tanto defendieron la dictadura del proletariado, liberales de cuño socialista y, por supuesto, conversos de toda laya que, según el paradigma de Saulo, comenzaron en perseguidores y acabaron en mártires. Y es que hay quien no concibe la vida sin su fanatismo, con independencia del color de éste. A Ahmadinejad, el pobre, lo han pillado en el fielato, y no sé qué efecto tendrá el hallazgo sobre su manía, pero no dudo de que el hecho mismo constituye una memorable lección.

La sentina municipal

Algo tendrán que acabar haciendo los partidos con esta Administración Local que está ofreciendo tan insólito espectáculo de corrupción. No pasa día sin un nuevo alcalde o concejal imputado por presuntos delitos económicos, al margen de los innumerables que la fiscalía ignora olímpicamente lo mismo por manejar facturas falsas que por contratar ilegalmente o “beneficiar” a partidarios y clientes de mil maneras. Es verdad que hay muchos casos entre ellos que terminan resueltos en agua de borrajas, pero no lo es menos que, por ser la administración más próxima al contribuyente, es también la que más contribuye a la desmoralización generalizada que vivimos.

Astilleros, al Parlamento

A propuesta de IU, el Parlamento de Andalucía debatirá mañana la situación en que se encuentra la empresa Astilleros. Allí se habrá de ver quién apoya a los trabajadores hasta el final y quien los maneja con el ‘sí pero no’, allí ha de quedar claro que partidos se comprometen a apoyar a esos trabajadores y cuales –incluido el que en su día le largó el mitin gratuito– seguirán dándoles largas. Pero lo lógico sería que, ante ese problema mayor de Huelva, se unieran todos los partidos, por encima de sus intereses y compromisos concretos, en la mejor defensa posible. Entre todos se puede hacer bastante, qué duda cabe; cada cual por su cuenta, no se conseguirá nada.

Tierra de frontera

Oigo hablar, no recuerdo dónde, de un cadáver que no puede devolverse a Marruecos, su país porque nadie se hace cargo de los gastos del traslado. Ha habido otros muchos casos similares, lo que nada tiene de extraño teniendo en cuenta que en los 20 años mal contados transcurridos entre la primera aparición de un ahogado en nuestra playas, se calcula que no han des ser menos de 18.000 las víctimas de las pateras sepultadas en el Estrecho, “la mayor fosa común del mundo”. Y Europa sin enterarse, ya que España tampoco quiere saber nada de la cosa, indiferente a la tragedia de esos desgraciados a los que encima despluman las mafias consentidas por la autoridad marroquí. No interesa el asunto –en su reciente viaje, el presidente de la Junta ni ha hablado de él—quizá porque ése es síndrome natural de toda tierra de frontera, y Andalucía tierra de frontera fue siempre, para bien y para mal. El insigne medievalista Manuel González gusta de recordar que Andalucía fue llamada en España, durante mucho tiempo y a partir del siglo XIII, simplemente “la Frontera”, esa frontera a la que se refería el marqués de Santillana en su ‘Serranilla VI’ para situar a la “moça tan fermosa” que le dio calabazas en la ‘Finojosa’, es decir, en el monte cordobés de Hinojosa del Duque. También la poesía vivió su particular experiencia fronteriza, como es sabido y dejó bien claro don Ramón Menéndez Pidal, tanto en lo que aquella tiene de beligerante como en cuanto posee de aproximador o. como se dice hoy, de mestizo. Esta frontera separa a Europa de ese temido universo que es el mundo islámico. Nuestra costa es el rompeolas de un choque de civilizaciones que nos mantiene atemorizados pero indiferentes.

Todos hemos visto la foto infame en la que aparece el cuerpo del ahogado en primer término ante la pareja playera. O leído que en las morgues de nuestros pueblos aguardan olvidados y anónimos los muertos del naufragio. La Junta no sabe qué hacer con los menores detenidos ni con tanto ilegal abandonado a su suerte en el vertedero de la subsistencia. Incluso se ha llegado a amenazar con sanciones a quienes echen una mano fraterna a esos dobles desterrados. Son cosas de “la frontera”, la crónica impía por la que transitan esos muertos vivientes en busca de una vida menos inhumana, ante la mirada ajena que propicia nuestra “buena conciencia”. Díganme si no, cómo asumir esa legión de víctimas, cómo pensar sin estremecerse en el festín submarino que ha hecho pasar al hombre desde la lógica de la dignidad a la cadena trófica. 18.000 muertos son muchos muertos. Pienso que incluso para nosotros, los satisfechos dueños de esta tierra de frontera.