Subcampeón de deficit

El alcalde de Valverde cree que la gente se chupa el dedo y por eso ha dicho a los periodistas que la crisis asfixiante que vive la institución (ha llegado a no poder pagar la nómina de sus empleados y es el segundo Ayuntamiento de España en deudas) se debe a la socorrida crisis y a la falta de financiación. Hombre, y a la gestión manga por hombro, y a los altos sueldos de la legión de enchufados, y a las mariscadas, y a no tener ni idea de lo que se trae entre manos. Por ejemplo, Valverde ha tenido siempre un Secretario de carrera y ahora no lo tiene. El alcalde suplente sabe a la perfección lo que se hace como se lo sabía su antecesor.

El fuego sagrado

Imprevisible como todo lo grotesco nos aguardaba tras las vacaciones el conflicto abierto por ese pastor bárbaro que propone quemar, sólo por ofender, el libro sagrado de uno de cada dos pobladores de la Tierra. Y también la reacción de los ofendidos, que ha pasado sin pensárselo de las palabras a los hechos comprometiendo una terrible e indiscriminada venganza sin fronteras en el caso de que aquel demente llegue a realizar su propósito. Veo destacada la ocurrencia de Swift (“Instrucciones a los criados”, creo) que sostiene que tenemos religión de sobra para odiarnos pero nos falta mucha para llegarnos a amar, pero lo que más llama la atención es la pusilánime aceptación de que, así como los temibles atentados islamistas han de ser asumidos y hasta explicados (Zapatero lo hizo tras el 11-S, recuérdenlo) en función de las circunstancias, ninguna ofensa inferida al Islam desde la acera de enfrente deja de ser una provocación fatal. En España, una encuesta de Exteriores parece que prueba que el rechazo antisemita ha decrecido respecto de los judíos para aumentar frente a los moros, mientras la policía deja entrever que tiene el ojo puesto sobre un creciente entramado salafista, algunos de cuyos imanes pretende, tal como el Terry Jones de Florida, dar de una zancada el salto a la fama. Mala cosa, la religión en manos de sus ministros, cuando estos confunden su opinión con el dogma, lo que hizo decir a Voltaire aquello de que lo bueno es tener una religión sin creer a sus clérigos, de la misma manera que resulta óptimo seguir fielmente un régimen sin reparar en los médicos. El pastor de Gainesville y el imán de Lérida son dos majaretas ambiciosos. Los demás, nuestros gobiernos, la mayoría de nosotros –de momento– no somos más que unos pringaos.

 

Ha fraguado en Occidente la idea medrosa que la ofensa religiosa (y la agresión en general) es siempre digna de censura pero intolerable sólo cuando lastima al Otro. Que un mozo pisotee una hostia consagrada o el terror organizado destruya las Torres Gemelas puede ser explicado invocando la secularización o la pobreza tercermundista, pero una caricatura de Mahoma o la quema de un Corán desata el pánico más allá y por encima de cualquier reflexión. Terry Jones es un profanador temerario pero me cuento entre quienes no entendemos por qué su memez ha de justificar poco menos que una amenaza de guerra universal, no contra él ni sus adeptos, sino contra una Civilización –la única, técnicamente hablando—que el fanatismo se propone destruir. Es ese entreguismo, ese complejo ante la amenaza agresiva, el que muchos no entendemos. Daba pena escuchar a Obama excusarse amedrentado incluso antes de que ardiera nada.

Todos de acuerdo

Estupendas las declaraciones del ‘número 2’ del PSOE andaluz, Rafael Velasco (otra eminencia del fracaso escolar), a propósito de la democracia interna de los partidos: “dedazo” en el PP de Atenas, claro, frente a transparencia en el PSOE de Griñán. Estas cosas son posible sólo contando con la inevitable desinformación de un electorado al que, por otra parte, trae al fresco la vida pública, pero es evidente que también por el hecho de que tanto unos como otros –todos los “aparatos” sin excepción—están de acuerdo en el fondo en mantener la autocracia partidista. Y digo todos. Si alguien conoce algún que no lo esté, que lo señale.

Cambiar de lengua

Puede que a muchos españoles los desconcierte la noticia de que el Departamento de Estado americano que, ciertamente, tiene mucho por donde callar en materia de derechos humanos, haya denunciado la indefensión en que, en ese terreno, se encuentran los españoles de Cataluña o Baleares impedidos de utilizar libremente su lengua vernácula, pero tampoco sería raro que otros muchos se escandalizaran contemplando al Gobierno español erigirse en defensor de los beligerantes adversarios o, más bien, enemigos jurados de la lengua española. Son cosas que ocurren en la vida cuando la política las impone, como en este caso, aparte de lo cual justo es reconocer que en muchos países del planeta las lenguas tradicionales de los pueblos están siendo sustituidas por otras total o parcialmente, al margen de la inevitable conversión del inglés en una auténtica koiné o idioma transnacional que es lo propio de todo Imperio. Un caso singular, siquiera por lo llamativo de su calendario, es el vivido en Rwanda, país martirizado, como se sabe, por lo menos desde que, a mediado de los años 50, se produjera la primera de las atroces persecuciones de hutus perpetradas por los tutsis y que provocaron el exilio a Uganda de masas de la etnia perseguida, que volvería con el triunfo de su propia revolución trayendo consigo, entre otras cosas, la mudanza simbólica del idioma, del francés colonial por el inglés. Fueron los tutsis criados en la Uganda anglófona quienes impusieron en 2003 la cooficialidad de ambas lenguas y quienes han excluido el francés tradicional de una enseñanza que desde 2010 se imparte exclusivamente en inglés. La generación próxima de ruandeses hablará ya sólo inglés y habrá olvidado, de paso, la reliquia del viejo kinyarwanda. Una nueva lengua para un país nuevo. Hoy se puede cambiar de idioma como de camisa. Que nos lo cuenten a nosotros.

 

Sin duda el cambio de lengua comportará novedades en  otros ámbitos, hará que las costumbres, en Rwanda como en cualquier otro sitio, varíen a favor de la nueva oralidad y sus implícitos contenidos culturales. Así lo entendía un genio como Raymond Queneau cuando estimaba verosímil el cuento del emperador chino que cambió las costumbres de sus súbditos mudándoles su lengua y así lo entenderá cualquiera que haya reparado en los efectos sobre la cultura europea del impacto del inglés invasor sobre sus viejas sociedades. Aquí mismo hemos pasado ya de la gramática a la tradición y andamos en plena trifulca empeñados en borrar los garabatos más entrañables de la vida de la generación siguiente. Comparados con Rwanda, en todo caso, parece obvio que nuestros novadores llevan el paso cambiado.

Ceder por sistema

Tras la bajada de pantalones de Melilla (y la de Rabat), no se pierdan la palinodia entonada en Cádiz por el senador Carracao (PSOE), portavoz de Exteriores en la “Cámara Inútil”, sobre Gibraltar, agachándose más si cabe que Moratinos a favor de una salida “a 30, 40 0 50 años”, basada en la “cosoberanía”. Nada de colonia ya, pues, sino paisito soberano que debe ser tratado con guante de seda. Hay que ver lo que puede un “paraíso fiscal” y la jindama que inspira el que lleva y entiende las cuentas secretas. Una razón más para estar al lado del alcalde de La Línea y su rentable fielatillo.

Salir del paso

Nada para salir del paso como las palabras, los conceptos inventados para entretenimiento del personal que las Administraciones no han tenido nunca la intención de cumplir ni remotamente. Ahora denuncia el Ayuntamiento de la capital que ni el Gobierno ni la Junta han dado un palo al agua para hacer realidad el tan publicitado “Plan de Inclusión Social”, que lleva dos años dando tumbos o relegado en la nevera, y con menos posibilidades de ser atendido cada día que pasa con la que está cayendo. Otro cuento, otro camelo, otra raya en el agua. El “régimen” debe a estos trucos una parte sustancial de su estabilidad.